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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios invita, a veces obliga y aunque la puerta está abierta para todos, una cosa es entrar y otra quedarse.
Homilía ao28013a, predicada en 20231015, con 5 min. y 21 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! El Evangelio de este domingo bajo la imagen de un rey, un banquete y unos invitados, nos enseña cosas absolutamente vitales para nuestra vida cristiana. En primer lugar, darnos cuenta de que Dios invita. Dios nos llama. Y esa invitación de Dios a veces encuentra oídos sordos. He tenido ocasión de acompañar y también de participar en retiros de conversión, y es bien interesante cómo en la mayor parte de los testimonios la gente con unas palabras o con otras termina diciendo Dios me estaba buscando y yo no le oía. Efectivamente, Dios toca a la puerta, Dios invita. Primer punto. Y por consiguiente, también darnos cuenta que muchas veces rechazamos la invitación de Dios. Segundo punto. Dios obliga. Parece contradictorio con el anterior, pero se parece mucho a lo que sucede cuando tú estás caminando, por ejemplo, conversando con un amigo. Van a cruzar una calle y tu amigo está tan metido en la conversación que sigue avanzando. Cuando viene una motocicleta a toda velocidad y tu amigo que está metido en su tema no ve la motocicleta, no la escucha. Entonces tú lo agarras fuertemente y lo jalas salvándole de hecho, la vida. Tú no le dijiste. Hay que tener cuidado con las motocicletas. Tú no le dijiste. Te invito a que no mueras arrollado por una motocicleta. Tú lo jalaste. Pues hay ocasiones. Son impredecibles. O sea, no vamos a decir aquí que conocemos el algoritmo que Dios utiliza. Pero hay ocasiones donde genuinamente podemos decir que Dios nos obliga. En ¿Qué sentido? Pues en el sentido de que Dios a veces trae circunstancias tan particulares a nuestra vida que en la práctica como que nos llevan en una dirección. Tú piensa, por ejemplo, lo que le sucedió a San Francisco de Borja. Él tenía gran ilusión con los honores de este mundo y servir a los reyes de este mundo. Y él servía a una cierta reina que murió y entonces tenían que enterrarla en un lugar bien distante de donde murió. Y hubo que hacer un largo camino con el cadáver de la Reina en un clima que no era el más favorable. Y cuando Francisco de Borja se asoma para ver el cadáver hediondo de la reina, esa impresión que fue sensorial y que fue emocional, lo sacudió. Fue como cuando tú agarraste a tu amigo y lo quitaste del camino de la motocicleta. Pues así también Dios tiene sus maneras. O piensa en lo que le sucedió a Pablo de Tarso cuando iba llegando a Damasco y cayó. Dios nos obliga. Hay ocasiones en que Dios, por puro amor, por puro amor, nos obliga. Ese es el segundo punto. Pero hay que entender, y lo estoy enfatizando. Dios nos obliga por puro amor. Tercer punto. Observemos que la puerta queda abierta literalmente para todos. Puerta abierta para todos. Sí, para entrar en la Iglesia todos, todos, todos pueden entrar. Pero una cosa es entrar y otra cosa es quedarse. Dios nos acepta como llegamos con nuestra suciedad, con nuestras heridas, con nuestras incoherencias, con nuestro cansancio, con nuestros pecados, llegar, podemos llegar de muchas maneras, pero quedarse; y este es el tercer y último punto de hoy. Quedarse, Quedarse para siempre. ¡No!, el pecado no tiene causa para siempre. En la morada de Dios tú puedes llegar como pecador, pero llegas para convertirte. Y lamentablemente esa palabra se está pronunciando demasiado poco. Quiero decir, tanto la palabra pecado como la palabra conversión. Todos llegamos como pecadores, pero hay que hacer camino de conversión, y el camino de conversión empieza por llamar bueno a lo que está bien y llamar malo a lo que está mal. Tres lecciones. Dios invita. A veces Dios obliga y aunque la puerta está abierta para todos, una cosa es entrar y otra cosa es quedarse. Que Dios te bendiga.

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