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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Las dimensiones del banquete--satisfacer una necesidad, conceder un gusto y ofrecer una grata compañía--condensan muy bien el plan de Dios para con nosotros, su pueblo.
Homilía ao28010a, predicada en 20171015, con 19 min. y 25 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Las lecturas de este domingo, especialmente la primera y el Evangelio, nos hablan de un banquete, comida. Ese es el punto de partida. Pero el punto de llegada, lo que quiere enseñarnos Dios es mucho más profundo que el simple acto de comer. Sigamos la pedagogía de las lecturas sin embargo, y empecemos por algo tan cotidiano, algo tan cercano a nosotros como es la comida. Lo primero que observamos es que la comida satisface una necesidad nuestra. Necesitamos alimentarnos. El cuerpo lo recuerda con fuerza a través de una sensación que se llama el hambre. La comida satisface una necesidad. Eso significa que la comida nos recuerda que la vida la estamos recibiendo, no la tenemos plenamente, sino que la vamos recibiendo y la vamos gastando. La comparación que voy a hacer es muy infantil. Es como la gasolina que hay que echarle al automóvil. No puede seguir marchando solo. Así también nosotros a través del regalo cotidiano de poder alimentarnos, experimentamos la vida y gastamos la vida. O sea que nuestra condición de indigentes de la vida aparece a través de la comida. Pero luego no queremos comer cualquier cosa. Tenemos la capacidad de experimentar placer en el alimento y así aparece otra dimensión de la comida. La comida no solo es una necesidad, sino que con mucha frecuencia es un deleite. Un deleite que hasta cierto punto llega a volverse también necesidad. Quienes hemos vivido un tiempo fuera de nuestros países de origen, solemos echar de menos la comida. Después de un tiempo se llega a presentar una especie de ansia de comer lo que ha sido familiar, lo que ha sido cercano para uno. Y estoy seguro que cada persona, según el país del que venga, tiene recuerdos de platos particulares. Aquellas pupusas, aquellos tacos, aquellas pizzas, aquellos sancochos. Cada uno va recordando, porque en la comida también hay un deleite. No solamente satisfacemos una necesidad, sino que experimentamos un placer; como una caricia interior que nos hace sentir bien y nos hace sentir amados. Y esto conecta con otra dimensión de la comida, el compartir. Escogemos para invitar a comer a aquellas personas a las que sentimos más cercanas. Parece que el placer se multiplica cuando podemos compartir un plato delicioso con las personas que nos quieren y que nosotros queremos. Así que, en resumen, en la palabra banquete tenemos esas tres realidades. Una necesidad que es satisfecha, un placer que es concedido y una compañía que es agradable. Necesidad, placer, compañía. Con ese contexto que podemos llamar antropológico. Volvamos a las lecturas de hoy. Isaías nos presenta a Dios como uno que ha preparado un banquete para su pueblo. Apliquemos lo que acabamos de decir; El banquete es alimento para nuestra necesidad. Es placer y deleite para nuestro corazón y es dulzura del compartir. Esto quiere decir que así quiere ser Dios con nosotros. Es como si Dios nos dijera: -Yo quiero y puedo responder a tu necesidad.- Dijimos que el banquete responde a una necesidad de alimentarse. Entonces Dios, al ofrecer el banquete, nos está diciendo: -Yo puedo satisfacer tu necesidad.- Pero en el banquete también hay una dimensión de placer, y es como si Dios nos dijera, -Yo quiero ser tu alegría, yo quiero que te deleites en mí.- Pero además, en el banquete está la dimensión del compartir. Y es como si Dios entonces nos dijera, -Yo quiero estar contigo y quiero que tú estés conmigo. Quiero que podamos compartir.- O sea que Dios se presenta, se ofrece como aquel que puede satisfacer nuestra necesidad. Aquel que puede darnos la verdadera alegría y aquel que quiere gozarse y que nos gocemos en mutua compañía. Eso es lo que significa el banquete. Es una oferta generosa. Dios ofrece todo eso. Pero detrás de todo eso que ofrece, ¿Qué hay? Hay lo mismo que usted experimenta cuando usted hace una buena comida en su casa. Amor. Hay amor. Cuando usted se esmera por preparar ese plato y ¿Me quedó muy bien! Y luego llegan los invitados y luego llega el momento de servir. Y usted ve las sonrisas y la mirada de aprobación en las personas que están ahí. ¡Ah! Cómo se siente de bien. ¡Quedó bien y les gustó! Es decir, usted siente que el amor con el que usted trabajó dio fruto, de manera que la gente pudo recibir ese amor. Detrás de un banquete bien preparado. Lo que hay es un corazón que palpita amor. Ese es Dios con nosotros. A través del banquete, a través de la imagen del banquete. Dios lo que nos está haciendo es declarándonos su amor. Nos está diciendo: -Los amo. Me gusta verlos sanos, verlos fuertes, verlos felices y sobre todo, verlos conmigo, me gusta. Como una buena ama de casa, como un excelente anfitrión. El Señor nos está diciendo eso. Me gusta que estés bien, que estés fuerte, que estés sonriente, que estés feliz. Pero sobre todo, me gusta que estés conmigo.. . . Esa historia de amor, porque es una historia de amor, se complica. ¿Por qué se complica? Porque la invitación de Dios a veces cae en el vacío. Dios nos está diciendo, -Yo quiero satisfacer tu necesidad. De mí viene toda respuesta a tu corazón.- Y entonces nosotros decimos. . . No, yo prefiero quedarme en otro lugar. Yo prefiero quedarme con otras cosas. Es decir, como lo enseña San Agustín, nosotros nos quedamos con las criaturas y nos olvidamos del Creador. Esa es la esencia de la idolatría. ¿Qué es un ídolo? Un ídolo es una realidad creada a la que yo pretendo desconectar de Dios y la convierto como en un absoluto. Entonces, preferir la criatura y dejar de lado al Creador. Ese es el pecado. Ese es el pecado. Exactamente eso. No es que Dios no quiera que disfrutemos de las criaturas, pero hay un orden, hay un orden. Por darte solamente un ejemplo, la Biblia misma dice: -El vino alegra el corazón del hombre.- O sea que hay una manera recta de degustar el vino. Pero si yo convierto al vino o al licor en general, en una especie de Dios que me domina, y si yo espero encontrar todo mi descanso, toda mi alegría, todo mi placer en el vino y el vino o en el licor. ¿Qué pasa? Que me vuelvo alcohólico. Y ¿Qué pasa? Que destruyo mi vida. Pero lo que destruyó mi vida no fue el bien que Dios puso en el vino. Lo que destruyó mi vida fue que yo utilicé el vino. Que yo lo desconecté del plan de Dios. Entonces las criaturas, cuando son arrancadas del plan de Dios, cuando yo pretendo arrancarlas del plan de Dios y las convierto en un absoluto, entonces ya no me llevan a Dios. No por culpa de Dios, ni por culpa de las criaturas, sino por culpa de mi voluntad torcida. Esa es la idolatría, ese es el pecado, esa es la rebeldía. Observa que en el momento en el que yo pretendo arrancar las criaturas de la disposición y el plan de Dios para disfrutarlas a mi manera, como yo quiero, como a mi me parece. Observa que a quién estoy desobedeciendo y a quién estoy ofendiendo es al mismo Dios. Porque acuérdate cual es el mensaje del banquete, quiero alimentarte, quiero verte feliz, pero sobre todo quiero que estés conmigo. Cada vez que idolatramos las criaturas dándole la espalda al Creador, en el fondo lo que le estamos diciendo es: -Quiero quedarme con lo tuyo, pero no te quiero a ti.- Ése es el pecado. Quiero disfrutar lo tuyo. Por ejemplo, el vino. Quiero disfrutar este vino, pero no te quiero a ti. Dios. Quiero encerrarme con lo que tú hiciste. Pero quiero sacarte a ti que lo hiciste. Ese es el pecado. Por eso es horrendo y desordenado. Porque pretende desconectar las cosas del plan de Dios. La belleza. La belleza es el pincel con el que Dios ha decorado toda su maravillosa creación. Dejó belleza por todas partes, especialmente en el ser humano. Especialmente en el ser humano. Pero ¿Qué pasa cuando una persona toma ese don de la belleza y lo convierte en un absoluto? ¿Qué pasa cuando una persona, se obsesiona con la belleza y por la belleza, y por buscar la belleza y por poseer la belleza empieza a hacer daño a otras personas? Piensa en el caso horrendo de una violación. Piensa en el caso de esa persona que se obsesiona. Esa mujer tiene que ser mía. Esa chica tiene que ser mía. Fíjate. Admirar la belleza, por ejemplo, de una mujer está muy bien. Es criatura de Dios quien la pintó con tanta hermosura. El Creador. Quererla está bien. Según sea el caso. Como amiga, como hermana, como novia, tal vez para alguien, como esposa, para alguien. Pero cuando la persona se obsesiona y dice ¡Tiene que ser mía, tiene que ser mía! E incluso en contra de la voluntad de ella, pretende poseerla. Está arrancando el don de la belleza, del plan precioso de Dios y en ese momento destruye la misma belleza que pretende poseer y deja una herida y un trauma espantoso en esa pobre joven porque arrancó el regalo de la belleza, lo arrancó del plan de Dios. Eso es lo que nos cuenta la parábola del día de hoy. Es exactamente eso. Cómo aquellas personas que no quisieron ir al banquete de Dios, cada uno dijo, yo me quedo con algo, yo pretendo quedarme, yo quiero quedarme, con mis negocios, yo quiero quedarme con mis tierras, yo quiero quedarme con. . . Preferimos las cosas y olvidamos al Dios de quien vienen todas las cosas. Nos abrazamos y pretendemos poseer las criaturas y le damos la espalda al Creador. De manera que esa es la historia del pecado, y eso es lo que aparece en la primera parte del Evangelio de hoy. Ahí está descrito el pecado. Si nosotros aprendemos a no sacar las cosas del plan de Dios, entonces descubrimos que esa mujer que es hermosa, o ese vino que es delicioso, o tantas cosas preciosas que Dios ha hecho en este mundo tan grande, tan espléndido, sabiéndolas integrar en el plan de Dios, están muy bien y son alegría y son motivo de alabanza para nosotros. Entonces el error está en pretender arrancar del plan de Dios, arrancar de la disposición y el orden de Dios las cosas. ¿Qué pasó cuando el ser humano se reveló? Entonces ahí viene la segunda parte de la parábola, porque una manera de leer esta parábola es cronológicamente como etapas de la historia de la salvación. En la primera etapa que aparece en la parábola tenemos la rebeldía del pecador. Entonces viene la segunda parte, que es esa invitación universal y esa invitación universal, vengan todos, malos, buenos, entren. Esa invitación universal ¿Qué significa? Significa que a través de nuestro Señor Jesucristo, Dios hace un segundo llamado. El primer llamado de su amor es la creación misma. Pero como nosotros hemos absolutizado las criaturas y nos hemos vuelto idólatras, entonces viene el segundo llamado. El segundo llamado es a través de Cristo. Y a través de Cristo. ¿Qué es lo que hace Dios? Nos convoca a todos, a todos, para que conozcamos de su amor. ¿Y qué viene después? Pues que mucha gente llega, pero viene la tercera etapa, que es la tercera parte de la parábola cuando llegue el Juicio final. Tú necesitas preparar tu vestido. Tú has sido invitado, pero tienes que preparar tu vestido. ¿Y cómo se prepara ese vestido? Nos lo cuenta el Apocalipsis cuando dice que aquellos que están en la gloria del cielo lavaron sus túnicas en la sangre del Cordero. Es decir, han sido purificados por la redención del Señor. Hermanos, vamos a apreciar los dones de Dios y vamos a escuchar el llamado de Cristo, y vamos a vivir en plenitud nuestra vida cristiana. Para que esta parábola se haga realidad en nosotros, así nos lo conceda el Señor. Amén.

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