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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Fuera de Dios el ser humano no puede encontrar su plenitud y en este sentido hay una obligación suprema que nos lleva a entrar en su lógica, en su plan y en su Reino.
Homilía ao28009a, predicada en 20171015, con 6 min. y 1 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 22 de San Mateo; la idea que se repite, la imagen que domina este texto del Evangelio es la imagen de un banquete, pero si lo miramos con detención, en realidad no es un banquete, o mejor, no es una sola forma de ver el banquete. ¿A qué me refiero? Me refiero a que al principio parece un banquete gratuito, un banquete que se ofrece gratis, la gente puede entrar porque han sido invitados a participar, ni siquiera hay que pagar. Esto se parece a aquel hermoso texto del profeta Isaías; de manera que es un banquete gratuito, pero luego se nos habla de un banquete que es obligatorio. Dice: -Oblíguenlos a entrar- Esto parece entrar en colisión con la primera idea; normalmente las cosas que son gratuitas son también de libre elección: Si quiero, lo tengo, si no lo quiero, no lo tengo; pero aquí se funden dos ideas de banquete, banquete gratuito, banquete obligatorio. Y todavía aparece una tercera manera de ver el banquete, es un banquete exigente, no se puede llegar de cualquier manera; es lo que aparece representado con aquella idea del vestido especial. Si uno intenta en su cabeza fundir estas tres ideas de banquete gratuito, obligatorio y exigente, yo creo que no lo va a lograr, porque cada uno de los extremos o de los vértices de esta especie de triángulo del banquete, cada uno de ellos entra como en colisión con los otros dos. . . Lo que es gratuito se supone que no es obligatorio y tampoco es exigente, lo que es exigente se supone que no es gratuito ni tampoco es obligatorio; es decir, hay como una colisión. El que me exige, por ejemplo, el que me exige que yo tengo que alcanzar un resultado en un determinado trabajo, se supone que tampoco me va a obligar específicamente a ese trabajo. -A mí me exigen dentro de un trabajo porque se supone que es el trabajo para el que soy bueno-. Por eso digo que es muy difícil juntar las tres puntas de este triángulo del banquete, pero es que posiblemente el propósito del Señor no es que nosotros intentemos amarrar las tres esquinas de este triángulo, sino más bien que recibamos tres enseñanzas sobre cómo es el Reino de Dios, porque ese es el tema que le interesa a Cristo y lo que tenemos que aprender seguramente es que en lo que atañe al Reino de Dios, esas tres dimensiones son todas importantes. Es importante, al hablar del Reino de Dios, hablar de la gracia, hablar de la gracia porque el Señor nos amó primero. Como dice la primera carta de Juan: -Dios nos amó primero y en eso consiste el amor-. De modo que en el Reino de Dios todo es por gracia. Pero también nos damos cuenta de que hay una especie de obligación de entrar al Reino de Dios. ¿En qué sentido? En el sentido de que el único desenlace lógico de la vida humana es avanzar y caminar hacia Dios. De hecho, fuera de Dios, el ser humano no puede encontrar su plenitud y en este sentido hay un deber supremo, una obligación suprema que nos lleva en el camino de entrar en su lógica, en su plan y en su Reino. Cuando Santo Tomás de Aquino habla de la virtud de la justicia, dice algo muy hermoso, dice: -que es parte de la virtud de la justicia, la religión, porque es justo Y en ese sentido hay una obligación, es justo darle toda la gloria a Dios y al mismo tiempo eso que es tan justo y que es como obligatorio, es algo que está más allá de nuestras propias fuerzas y por eso requerimos de la gracia-. Si ves, cómo aparece al mismo tiempo el aspecto de la gracia y el aspecto de la obligación, y por supuesto, de aquí también se deriva la parte de la exigencia. El hecho de que Dios me regale la gracia, me regale el auxilio de su amor, eso no me exime a mí de la obligación en mi respuesta a esa gracia. Como también explica Santo Tomás, la primera y fundamental obra de la gracia, que es la justificación, sucede en mí más allá de mi voluntad. Pero una vez que mi Voluntad ha sido transformada gratuitamente por ese amor de Dios, yo soy llamado, yo soy, en cierto sentido, exigido a una respuesta de amor a esa gracia, porque de otro modo habría que decir que en el proceso de la salvación no importa la respuesta que dé la persona. Así que estas tres imágenes del banquete son preciosas, no porque tratemos de fundirlas, de amarrarlas, sino porque nos están enseñando tres elementos muy importantes sobre la vida cristiana y sobre cómo quiere Dios reinar en nosotros.

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