Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Ignorancia, engaño y soberbia son los principales enemigos, que quieren que seamos sordos a las invitaciones del amor de Dios.

Homilía ao28008a, predicada en 20141012, con 31 min. y 22 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, la primera lectura y el Evangelio nos presentan la imagen de un banquete abundante y suculento. Dice el profeta Isaías El Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos. Y dice el Evangelio que hemos escuchado. El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados. Tengo preparado el banquete. He matado terneros y reses cebadas. Todo está a punto. Es un banquete abundante, delicioso. Y hay prisa. Pero el que tiene prisa es el anfitrión. Dios el que invita. Parece que los convidados no tienen ganas. Parece que los convidados no tienen prisa.

Y este es el primer elemento hermanos que nos llama la atención. El contraste entre la abundancia de Dios y la necesidad humana. Y luego el contraste entre la prisa de Dios y la tardanza humana. Repito contraste entre la abundancia de lo que Dios quiere dar y la inmensa necesidad del ser humano. Por una parte, contraste entre la prisa que tiene Dios en esa fiesta y la tardanza de nosotros los seres humanos para responderle a Dios. Fíjate que eso no cuadra. Fíjate que hay algo ahí raro. Normalmente la persona que tiene necesidad es la que tiene prisa. La persona que está en la indigencia, la persona que tiene hambre, la persona que está pasando trabajo, es la que siente la necesidad y por eso busca satisfacer esa necesidad. En tiempos de hambre y también en otros tiempos, basta con que se diga que se va a regalar, que se va a donar comida y se sabe muy bien por experiencia cuánta gente aparece.

Es decir, que lo normal es que el necesitado tenga prisa. Eso es lo normal. Lo normal es que el enfermo busque al médico, no que el médico tenga que salir persiguiendo al enfermo. Lo normal es que el hambriento busque la comida, busque el banquete, no que el anfitrión tenga que salir a buscar a los comensales. Lo normal es que el pecador busque que lo perdonen y no que el Dios de perdón tenga que salir a buscarnos a nosotros para ver si nos arrepentimos o no. O sea que hay algo anormal, algo anormal, que nos describe el Evangelio de hoy. Y eso terriblemente anormal es, somos gente de gran necesidad, pero sin prisa. Somos gente que tenemos grandísimo amor pero grandísimo dolor, grandísima enfermedad, grandísima hambre pero sin prisa.

Y por eso la primera pregunta que quiero hacerme es ¿Por qué no sentimos prisa? ¿Por qué no tenemos esa prisa? ¿Por qué le damos largas a Dios? ¿Por qué le decimos una y otra vez? Después me convierto, después me confieso. ¿Por qué no sentimos urgencia? ¿Por qué parece que el único que siente la urgencia de perdonarnos, de curarnos, es Él? ¿Por qué ese caso tan raro de este médico que tiene que salir correteando a los enfermos? ¿Por qué ese caso tan raro de este anfitrión que tiene que estar reuniendo a los comensales de los cruces de los caminos? -A ver, consigan alguna gente, alguien que venga aquí, que coma lo que yo he preparado.- Indudablemente lo que ha sucedido es que nosotros, aunque tenemos gran necesidad, desconocemos nuestra necesidad. No sabemos el grado de necesidad que tenemos.

Hay otra explicación posible también. Quizás tenemos una gran necesidad, pero tenemos un sucedáneo. Es decir, tenemos algo falso que está llenando una necesidad verdadera. O tal vez hay una tercera explicación: Tenemos una gran necesidad, pero tenemos un orgullo que es mucho más grande. O sea que hay tres posibles explicaciones. No tenemos prisa en acercarnos a Dios, porque tenemos una gran ignorancia porque desconocemos nuestra necesidad. No tenemos prisa en acercarnos a Dios porque estamos consumiendo algún sucedáneo en lugar del pan que Él nos ha preparado. O también, no sentimos una gran prisa porque tenemos un orgullo que es mucho más grande.

Podemos decir que el primer grupo es el grupo de los ignorantes, los que desconocen su necesidad, los que no saben en realidad en qué gravedad se encuentran. Podemos decir que el segundo es el grupo de los distraídos, pero más que distraídos, el grupo de los engañados. En el primer caso es ignorancia, en el segundo caso es engaño. Y el tercer grupo, Por supuesto, es la situación de los orgullosos, de los arrogantes, de los soberbios. Así que ya hemos llegado a una conclusión interesante. Cuando uno tarda en responder a Dios, es por una de estas tres razones por ignorante, por engañado o por soberbio. No es muy bonito. No son respuestas agradables, no son respuestas bellas, pero son respuestas ciertas. Repito, ¿Por qué uno le da tantas tardanzas a Dios? Por ignorancia, porque uno no sabe la necesidad en la que se encuentra, porque uno no sabe los años de vida que tiene, porque uno no sabe la abundancia de bienes que Dios promete, porque uno no sabe cuán feliz sería su vida si se acercara más a Dios.

Ignorancia. Somos ignorantes. Segunda explicación No sentimos prisa porque estamos engañados. Por ejemplo, reemplazamos al Dios verdadero por dioses falsos. Y mientras estamos disfrutando del ídolo, mientras estamos disfrutando del Dios falso, entonces estamos distraídos. Estamos engañados. Como la persona que encuentra una enorme satisfacción en hacer dinero; y con cada remesa, y con cada ganancia y con cada cheque que le entra, se regocija y lo disfruta y tiene un sucedáneo. Eso le satisface. Los bienes de este mundo, aunque fueron hechos para que nos hablaran del dador de todos los bienes, que es Dios. Los bienes de este mundo a veces nos distraen.

Entonces los placeres de este mundo y los amores de este mundo. Cuántas personas conoce uno que tienen buena salud, que tienen buen trabajo, que tienen buenos amigos. Y precisamente porque tienen tantas cosas buenas, les cuesta trabajo reconocer la necesidad de Dios. Decía San Agustín en su libro de las Confesiones: "Me retenían lejos de ti aquellas cosas que sin ti no existirían". Ese es un problema que tiene el corazón humano, quedarse a mitad de camino. Ese es el problema gravísimo de idolatrar, idolatrar lo feliz que me siento con mi pareja, lo feliz que me siento en mi casa, lo feliz que me siento con la plata que gano, lo feliz que me siento con el prestigio que tengo. Quedarse a mitad de camino. Entonces nos volvemos tardos en la respuesta a Dios porque nos dejamos engañar. Tomamos una criatura en lugar de Dios.

Y en otras ocasiones, sí nos damos cuenta de que estamos mal y de que tenemos necesidad, pero el orgullo nos retiene. Orgullo que puede ser de muchas clases. Yo, que he estudiado tanto, yo que soy tan inteligente, yo me basto por mí mismo. Yo, que soy tan fuerte. Allá los que son débiles que vayan donde Dios. Pero yo soy de los fuertes, de los que tienen pensamiento fuerte, los que tienen muy buenas ideas. Y ahí es donde viene el ateísmo y ahí es donde viene la dureza del corazón. Entonces, hermanos, primera parte de esta homilía: ¿Qué nos hace lentos para responderle a Dios? La ignorancia, el engaño y la soberbia. Esas tres cosas, que a veces se combinan. Normalmente el soberbio no quiere aprender. Dice que ya sabe. Cuántas personas he conocido yo que dicen, -Yo conozco la Biblia mejor que cualquiera.- En realidad no conocen la Palabra de Dios. Si acaso conocen la corteza, no conocen la médula. No conocen la sustancia, lo esencial del mensaje. Ignorancia, esa es una.

Engaño, esa es otra. Soberbia. Esa es otra. Ahora viene la pregunta ¿Y qué hace Dios? ¿Qué hace Dios? Ese Dios que nos ama con locura, Ese Dios que nos ama apasionadamente. Ese Dios que no teme hacer el ridículo porque parece que estuviera enamorado de nosotros. Ese Dios bendito, ese Dios maravilloso, ese Dios ¿Qué hace cuando nos encuentra en la ignorancia, cuando nos encuentra en el engaño, cuando nos encuentra en la soberbia? Pues te voy a contar una cosa, lo que Dios hace cuando nos encuentra resistentes. Eso es lo que se llama en la teología se llama: -Economía de la salvación- Es decir, todo lo que Dios se inventa, todo lo que Dios se inventa para que tú salgas de tu soberbia, para que tú salgas de tu ignorancia y para que tú salgas de tu mentira. Todo eso que Dios se inventa se llama economía de salvación.

Porque así como la economía supone la administración y el cuidado de la riqueza, riqueza material. Existe también la riqueza espiritual, que es la salvación. Y Dios tiene su economía de la salvación. Dios se las arregla. Dios quiere arreglárselas para que no se pierda su criatura tan amada que eres tú. Pero resulta que tú estás distraído o estás engañado. Resulta que tú estás ignorante o estás rebelde. ¿Qué hace Dios en esos casos? Hermanos míos, la lista de la creatividad divina es inagotable, todo lo que Dios hace. Pero es hermoso reconocer. Algunos, algunos solamente de los rasgos de esa providencia, las estrategias que Él utiliza para rescatarnos y para cuidarnos.

Por ejemplo, lo que hemos oído aquí, los testimonios que hemos oído aquí. Ayer nos estaba hablando un joven que decía que le habían disparado y que la bala había penetrado, destrozado páncreas, hígado y una parte del intestino grueso. El que disparó esa bala estaba pensando en matar. Y me gustó mucho el testimonio que dijo este muchacho, porque fíjate, como él decía: "Querían quitarme la vida. Y sí, me quitaron la vida, me quitaron ésa vida". Qué cosa tan bien dicha. Ahí se acabó esa vida. Esa vida de vicio, Esa vida de pandilla. Se acabó ahí. O sea que la bala fue disparada para muerte. Pero esa bala fue el comienzo de una nueva vida. Eso se llama providencia de Dios. Eso se llama economía de salvación. Eso es economía de salvación. Dios administra muchas cosas.

Ayer nos hablaba también un joven que nos contaba cómo su cuerpo ya no resistía más con el tema de la droga y cómo empezaron a darle unas taquicardias espantosas y él pensaba únicamente en su cuerpo debilitado. Pero esas taquicardias eran un instrumento de Dios para sacarlo de su soberbia, para sacarlo de su ignorancia. Esas son providencias de Dios. Dios se vale de esas cosas. Hay un gran predicador, un gran santo de nuestra Orden Dominicana. Yo pertenezco a los dominicos. En el siglo XVI estuvo predicando en Colombia un hombre muy santo, muy virtuoso, llamado Luis, San Luis Bertrán. Y Luis Bertrán estuvo predicando y se encontró con un problema. Y es que muchos indígenas tenían una tremenda reverencia hacia ídolos y entonces les hacían altares y ponían un ídolo encima del altar. Y era un objeto tan reverenciado que era imposible tocar al ídolo.

Cuando Luis Bertrán les predicaba a los indígenas, lo escuchaban con gusto. Cuando Luis Bertrán hacía su evangelización, lo recibían con gusto, pero cuando Luis Bertrán les iba a decir que se convirtieran, ellos sentían miedo de quitar ese ídolo. Le tenían miedo reverencial al ídolo. No se puede quitar el ídolo. Entonces, ¿Sabe lo que tuvo que hacer una vez Luis Bertrán? Como esta gente tenía su ídolo ahí, no lo quitaban y lo seguían venerando. Se acercó Luis Bertrán y derribó el ídolo y les mostró. No hay vida en este ídolo. Esto no tiene vida. A veces Dios tiene que hacer eso con nosotros. A veces Dios tiene que derribarte el ídolo. Hay personas que tienen una determinada idolatría hacia una persona y Dios les tiene que mostrar que esa persona no es Dios. Hay un caso famoso de un santo llamado Francisco de Borja, Francisco de Borja, antes de su conversión él creía que lo más importante era estar en muy buena relación con la reina de aquella época, o la duquesa, o la princesa o la condesa. Alguna de esas autoridades nobiliarias.

Y resulta que la duquesa o condesa esta se murió. Y resulta que tuvieron que transportar el cadáver por varios días hasta llevarlo a su sepulcro. Y exhibían el cadáver en los pueblos donde iban parando. Mostraban el cadáver para que la gente pagara sus respetos a la duquesa, condesa o reina esa que se había muerto. Pero resulta que con varios días usted sabe lo que le pasa a un cadáver. No solamente se destruye la figura, sino que sale el hedor. Y Francisco de Borja se acercó para brindar su veneración y pagar sus respetos al cadáver de la duquesa, condesa o lo que fuera. Pero no pudo acercarse mucho porque le vino una náusea espantosa del hedor de ese cadáver. Y entonces dijo Francisco de Borja: "No volveré a servir a un señor que se me muera". Y escogió servir a Jesucristo, que no se muere. Jesucristo que ha vencido a la muerte. Eso escogió Francisco de Borja.

Entonces, fíjate, a veces Dios tiene que derribarte el ídolo. Tú creías que el duro, el durísimo, el duro y teso era el jefe de la pandilla. Le pegan un plomazo. Muere tristemente. Y tú te preguntas, ¿Yo detrás de quién voy al fin? ¿Ves? Muchas veces Dios tiene que derribar el ídolo. ¿Cuántas personas a través de una quiebra económica han llegado al Señor? Tenían una idolatría del dinero. Tenían idolatría de la cuenta bancaria y de la cuenta de ahorros y de los ahorros en dólares. Y cuántas veces Dios, a través de una quiebra económica muestra que eso es falso. Te saca de ese engaño y te lleva al conocimiento de Él. Cuántas personas han dicho barbaridades con enorme desprecio sobre la Iglesia Católica y llegan a un momento de extrema necesidad y la única mano que les tienden, es ¡La mano de la Iglesia!

Yo quiero hacerles una pregunta a los amigos de la Fundación MOCE ¿Toda la gente que les llega a ustedes son católicos fervorosos? ¿Todos los que llegan son católicos fervorosos; llegan hablando maravillas de la Iglesia, de la Eucaristía y del Papa y de la Virgen? No, ¿No? ¿No les habrá pasado a ustedes, como nos ha pasado a nosotros en nuestras obras sociales, que llega una cantidad de gente que ha hablado pestes de la Iglesia, pero después nadie le tiende la mano, sino sólo la Iglesia; si les ha pasado a ustedes? Ahí está. Y me hacen cara diciendo muchas veces. Entonces uno se vuelve orgulloso y uno juzga y el Papa es un tal por cual. Y los curas no sé cuánto, y los obispos y dice barbaridades. Su lengua se atreve con el cielo. Su boca se atreve contra el cielo y su lengua recorre la tierra. Así describe un salmo a esas personas.

Y entonces, después de hablar mal de la Iglesia y de todo eso, a veces resulta que la única persona, la única institución, la única voz que les tiende la mano, es la Iglesia. Eso, es tragarse uno el orgullo, y eso lo hace Dios. Pero hay que decir algo muy importante. Aunque Dios muchas veces tiene que contradecir nuestros planes y derribar nuestros ídolos, y aunque Dios algunas veces para que nosotros nos convirtamos, nos lleva por los caminos de un fracaso económico, de un quebranto de salud, nadie piense, nadie piense que eso lo hace Dios por revancha. No, Dios ha tratado de muchas maneras, como dice el profeta Oseas: "Con cuerdas de amor te atraía". Dios quiere atraerte con cuerdas de amor, pero tú sigues distraída. Dios quiere atraerte con su misericordia, pero tú sigues distraído. Por eso Dios nos mima, por eso Dios nos consiente y nos trata con ternura. Pero algunos de nosotros somos demasiado cabeciduros.

Parece que no entendemos de ninguna manera. Y es ahí, es ahí donde Dios dice ¿Qué hago yo con este hijo rebelde? ¿Qué hago yo con este hijo rebelde? He tratado de llamarlo de una manera y de otra, con el cariño, con la ternura, con las buenas maneras, con el abrazo, con la sonrisa y nada y nada y nada. Y es ahí cuando parece que no hay otro camino que Entonces Dios dice Bueno, entonces tocará, tocará duro, tocará más fuerte. Dios no quiere que nosotros para convertirnos, suframos, ¡No! Lo que Dios quiere es que tú le respondas a Dios desde el fondo de tu corazón, con generosidad y con verdad. Pero a veces algunos de nosotros somos cabeciduros. Algunos de nosotros somos obstinados y entonces parece que solo le quedaran a Dios dos posibilidades, ¿Ahora, qué hago yo con este tipo? ¿Ahora qué hago yo con esta señora? ¿Qué hago yo con esta muchacha? He querido atraer a esta niña con la ternura, con el amor, con la música, con la suavidad, con la sonrisa.

No responde a nada. Sigue con sus ídolos, sigue con sus malas costumbres. Sigue recayendo en lo mismo. Y sobre todo, su corazón está helado. Su corazón está frío, su corazón está distante de mí. ¿Qué hago yo con esta amiga? ¿Qué hago yo con este muchacho? Y parece que solo le quedaran a Dios dos posibilidades. . . ¿Será que lo dejo perder; o será que le doy un tratamiento de choque? Ustedes saben, cómo aquí estoy rodeado de médicos que después me amargan el almuerzo. Pero bueno, ese es otro tema. Estoy rodeado de médicos. Y ustedes saben que un médico en una situación de emergencia hace lo que ve que tiene que hacer por tratar de salvar al paciente. En algunas ocasiones hay que hacer un masaje cardíaco para tratar de restablecer la función del corazón. Se han dado casos en que el masaje, por hacerlo muy rápido, muy fuerte, quiebra la caja toráxica.

Ese es un problema grave, por supuesto, y eso debe doler muchísimo. Dios nos libre. Pero si el médico tiene que quebrar tu caja toráxica para restablecer la función del corazón. La alternativa es: ¿Lo entierro con caja toráxica entera; o le doy vida y le reviento la caja toráxica? ¿Qué hago? ¿Y qué hace el médico? El médico hace fuerza y se reventaron las costillas. Y ahí sigue hasta que se restablezca, porque tiene que hacer el máximo. Si es un médico de verdad, no un asesino con título, que eso también existe, que son los que matan fetos y esa gente, los desgraciados que matan fetos. De esos no estoy hablando, estoy hablando de un médico. Lo otro son asesinos con título de universidad. El médico hace hasta lo imposible. Y así es Dios con nosotros.

Dios quiere llevarte por las buenas. -Vení, hombre. No seas terco. Vení. Vení, hombre. Por las buenas, hombre. Da el pasito. Ve que sí puedes. Dale otro pasito.- No, no. ¿Sabe qué? Ya no me interesa. A mí sí me interesaba la conversación. Ya no me interesa. Hombre, no seas así. No seas terco, hombre. Vení, vení. Que sí se puede, hombre. No, no, ya no me interesa. En ese momento dice Dios, Pues ¿Ahora qué hago? Lo entierro con caja toráxica o le doy vida, así haya que causarle un dolor. Y ustedes saben cuál es la opción que toma Dios. Lo importante es que nosotros entendamos una cosa. Lo importante es que nosotros entendamos. Que Dios cuando nos acaricia la cabeza. Cuando nos regala una melodía preciosa en un retiro, cuando nos da un abrazo fraterno y nos lleva a la conversión, nos está amando muchísimo.

Pero Dios, cuando nos revienta la caja toráxica, también nos está amando muchísimo. No pienses que Dios hoy está bravísimo porque me reventó la caja toráxica. No, te está amando muchísimo. Es el mismo, Es el mismo Dios de amor, el mismo, es el mismo Dios de amor. Cuando te puede llevar por las buenas y cuando a veces tiene que tratarte un poquito duro, un poquito duro. Nadie diga que Dios lo ha tratado demasiado duro. La palabra demasiado no cabe. Cuando uno mira lo que es la eternidad, porque el médico que te rompe la caja toráxica por un masaje al miocardio, ese médico está tratando de salvarte para esta vida. Dios quiere salvarte para la vida eterna, para toda la eternidad. Por eso, hoy vamos a creer. Hoy más que nunca vamos a creer en el amor de Dios, en el bendito amor de Papá Dios, en el amor maravilloso que llega hasta el extremo de contradecir nuestros planes.

Y a Dios le pasa lo mismo que le pasa a los que administran vacunas a niños pequeñitos. Yo no sé si ustedes han visto, seguramente que sí. Es una escena muy familiar ver cómo se le ponen vacunas a los niños. Muchos niños le tienen pánico a las inyecciones, aunque cada vez hay más vacunas que dicen que se administran por vía oral. Pero en mi época, por lo menos yo soy del siglo pasado, las vacunas eran inyectadas y hay que ver cómo reniegan algunos niños y hay que ver cómo lloran y amenazan y hacen mala cara. Y te odio. Te odio, dicen. Y la enfermera o el médico, se aguanta eso. ¿Por qué? Porque sabe que es por el bien del niño. Así también es Dios con nosotros.

Hay gente que levanta los puños al cielo y dice. ¿Y por qué Dios hizo esto? Si Dios fuera a responder en el mismo tono, le decía ¡Porque usted no entiende de otra manera, gran pendejo! Llevo años, años llamándolo con amor, con ternura, con paciencia. Le he enviado mensajeros, dice, el Evangelio. Le mandé mensajeros, le mandé criados, le mandé oportunidades, le mandé retiros. Pero usted no entiende de ninguna manera. No entiende de ninguna manera. Entonces, por amor he hecho lo que he hecho. Y uno reniega y levanta puños al cielo. Y uno dice como un muchacho que estaba muy rabioso con Dios y entonces decía, ahora no le voy a su misa. Entonces, ¿Qué dijo Dios? ¿Quién pierde? No le voy a su misa. Entonces date cuenta. Ese es el amor de Dios.

¿Sabes cuál es la buena noticia en el Evangelio de hoy? Tenemos a un Dios que nos ama tanto, pero tanto, pero tanto que es capaz de contradecirnos y es capaz de aguantarse, que reneguemos y que blasfememos. No estoy invitando a que se haga eso, pero tenemos un Dios que es capaz de aguantarse todo eso simplemente porque nos ama, porque somos muy importantes para Él. Ese es el tamaño del amor de Dios.

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