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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Dios en todo abundante queda abandonado de todos; así marginado, instaura su Reino con los marginados.
Homilía ao28007a, predicada en 20141012, con 5 min. y 40 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo 22 de San Mateo, eso no es una sorpresa, porque durante este año nos ha acompañado este evangelista precisamente por eso, este es el ciclo A, el de Mateo; el año entrante, con el favor de Dios, será el ciclo B, el de San Marcos y el siguiente año el ciclo C, el de San Lucas. En cada año, para los domingos, hay un evangelista que nos está acompañando y que de esa manera se convierte como en nuestro guía, en nuestro Maestro, para llevarnos al misterio de Cristo, para enseñarnos quién es Jesús, para fortalecer así nuestra fe. Y yo tengo, debo reconocerlo, un particular afecto por aquellos textos que nos desconciertan, que yo creo que es un poco lo que sucede en el caso de hoy, porque nos encontramos a San Mateo con una de las parábolas más extrañas de Cristo. Se trata de un banquete, la idea del banquete viene con mucha fuerza desde el Antiguo Testamento, recordamos cómo San, San Isaías, así hablan en el Medio Oriente, recordamos cómo el profeta Isaías muchas veces muestra la generosidad divina y la perfección de la victoria de Dios precisamente hablando de un banquete, un banquete maravilloso, un banquete abundantísimo. Pero lo extraño, y esto es lo que aparece en el Evangelio de hoy, es que mucha gente no quiere ir al banquete, no les interesa la abundancia de los bienes de Dios, la abundancia del amor de Dios no les interesa. Son invitados, son llamados, pero no responden, no está dentro de ellos ese, acoger la propuesta de Dios y por el contrario, Dios se queda como abandonado. Es muy paradójico, porque Dios, el que todo lo tiene, el que puede darlo todo, sin embargo, queda relegado de todos, como si Dios fuera el necesitado. Observa la contradicción. Él es el que tiene toda abundancia y sin embargo, queda como abandonado de todos. Pero entonces viene la segunda parte de esta parábola. -Bueno, si los que eran invitados en primer lugar no aceptaron, entonces vayan a los cruces de los caminos hay que llenar la sala del banquete-, esa invitación tan extraña, esa invitación que llena la sala del banquete, pero que nos llena a nosotros de desconcierto, despierta muchas preguntas. El comportamiento de Dios nos puede parecer extraño, pero es porque nosotros mismos somos extraños en nuestra manera de comportarnos, somos nosotros los que le hemos dado la espalda a Dios muchas veces, somos nosotros los que llamados por Él nos hemos considerado suficientes; y es la suficiencia nuestra la que ha hecho inoportuno a Dios, la que ha hecho parecer inútil a Dios, por eso necesitamos ver que otros toman la delantera. Parece que el sentido principal de la parábola es precisamente ese recordarnos que hay otros que toman la delantera. Los que aparentemente nada merecían, los que aparentemente no pintaban nada, esos son los que van delante. Los cruces de los caminos, los despreciados del mundo, van a la fiesta del Dios despreciado, el Dios ignorado con los ignorados del mundo, el Dios despreciado con los que el mundo desprecia y aquellos que se creen mucho, al final se quedan sin nada. Es la pura paradoja del Evangelio y es la pura enseñanza de un Dios que tiene que recordarnos tantas veces que somos nosotros quienes dependemos de Él y no Él quien depende de nosotros. Que este sea un domingo para abrirnos al amor de Dios, que este sea un domingo para reconocer nuestra indigencia y que este sea un domingo para decir si el mundo acaso me desprecia, me voy al banquete del Dios despreciado.

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