|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía ao28004a, predicada en 20081012, con 21 min. y 28 seg. 
Transcripción:
Creo que en todas las culturas el acto de comer juntos es mucho más que alimentarse. Cuando queremos compartir nuestra cena, nuestra comida con otra persona, normalmente nos une mucho más que el hambre y a veces que casi no se necesita hambre para compartir alguna cosa. Cuando nos invitan a tomar té y más té y otra tacita de té, no es que estén pensando que nos estamos muriendo de hambre o de sed. En esa continua oferta de té nos están indicando una actitud amigable, abierta. Jesús utilizó muchas veces esta imagen del banquete. Y de hecho, lo que nosotros celebramos en nuestra Eucaristía, es el eco en la historia de la comida más importante de todos los siglos, la comida, el banquete que tuvo Jesús con sus apóstoles y como fue en una ocasión tan señalada y como fue la última vez que se reunió así con ellos. A ese banquete lo llamamos la última Cena. Ese amor de Cristo, esa presencia entrañable de Cristo, sigue con nosotros en la Eucaristía. Cada Misa es esa misma presencia de Él que reúne a sus discípulos, comparte con ellos, o sea, con nosotros, y se da a sí mismo como alimento. Porque hasta allá llega su amor. No es solamente compartir una misma hambre, una misma conversación, sino que Él ha llegado hasta el extremo de compartirnos su propio ser. Por eso, bajo las especies del pan y del vino, nos entrega su propio cuerpo y su propia sangre. Es un acto de amor. Es un acto exquisito de amor. Y cuando uno piensa en todo el amor con que Cristo preparó su banquete, cuando uno piensa en la delicadeza, la pureza del corazón de Jesús, pues viene a la mente esta parábola que hemos oído hoy y que se encuentra en el capítulo 22 de San Mateo. Porque esta parábola lo que nos cuenta, es cómo se prepara un banquete, pero parece que la gente no está interesada. Este rey está ofreciendo una comida magnífica y envía a sus mensajeros para que recuerden a los invitados, ya pueden venir. Pero parece que los invitados están demasiado ocupados en sus cosas. No quieren que nadie les quite un poquito de su tiempo. Yo creo que algo así sucede cuando pensamos en nuestra Santa Misa. ¿Cuántas son las riquezas que da Jesús en la Misa? No da menos que a sí mismo. Y sin embargo, para algunas personas la Misa puede ser o no ser. Puede estar o no estar. Si puedo ir, está bien. Si no puedo ir, no pasa nada. Estoy seguro de que no tratarías así a tus amigos. Con los amigos no somos así. Si nos invitan a una ocasión, sobre todo si es una ocasión especial. Pensemos en eso. Un banquete de bodas; pues sería una terrible descortesía. Sería una muestra impresionante de frialdad decir: -Pues si puedo, voy al matrimonio de mi amigo. ¡Pero si no puedo, no voy! Y no pasa nada. Nosotros no hablaríamos así de nuestros amigos. O sea que el reproche de Cristo sigue siendo completamente válido. El corazón humano es frío, el corazón humano es indiferente. Está Dios dándonos su alimento maravilloso, y estamos nosotros, como dice esta parábola. Estamos muy ocupados. El texto que leímos hoy dice: -Ellos no tuvieron en cuenta la invitación y se fueron uno a su campo, otro a su negocio. Y por lo visto otros se disgustaron tanto de que los interrumpieran con una invitación.- Por lo visto tan tonta que maniataron a los pobres mensajeros mensajeros de una buena noticia. Los maniataron y los torturaron y los mataron. Entonces, como en otros casos, el primer mensaje que aparece aquí es triste. Es un mensaje triste porque es triste que nuestras iglesias estén vacías. Aunque no podemos decir eso de esta misa en español, donde bendito Dios cada vez va llegando, Va llegando más, van llegando más hijos e hijas del Señor. Y aquí bueno, hacemos lo que podemos y Dios quiera que siga creciendo esta asamblea. Pero en general en algunas partes del mundo por lo menos lo que se ve es un declive y a veces uno mismo trata de desanimarse. Por ejemplo en esta católica Irlanda. Yo llevo ya unos cuantos años aquí desde que empecé mis estudios y durante estos años yo puedo dar fe por mí mismo. Cómo dolorosamente ha disminuido la respuesta a esa invitación del banquete. Lo que yo veo es que se muere una persona y nadie llena ese vacío. Ahí, queda el banco, ahí queda el asiento desocupado. Entonces la primera parte del mensaje de hoy es triste. Es una. Es un reproche de amor que nos hace Dios. Es Dios quejándose. Es Dios diciendo Ustedes parece que no conocieran cuánto los amo. Decía. Dicen que en aquellas apariciones que están por discernirse todavía apariciones de la Virgen en Medjugorje, dicen que la Virgen dijo, -Si ustedes supieran cuánto los ama Dios, llorarían de alegría,- aunque eso no lo hubiera dicho expresamente La Virgen, es una gran verdad. Si uno supiera cuánto lo ama Dios. Pero muchos de nosotros podemos pasar mucho tiempo sin llorar, y muchos hemos pasado demasiados años sin llorar de alegría, que es una de las experiencias más lindas de la vida. Llorar de puro gozo, llorar porque no te cabe un centímetro más de gozo en el alma. Pues eso es. Esa es una especie de imagen del tamaño del amor que Dios nos tiene. Pero parece que hubiera como un velo. Parece que algo nos está tapando los ojos y no logramos ver ese amor. Y vivimos entretenidos y vivimos enredados. ¿Enredados en qué? La parábola dice: "Ellos no tuvieron en cuenta la invitación. Se fueron uno a su campo, otro a su negocio. . . " Estamos en eso. Estamos metidos en nuestros campos. A veces puede ser un campo de investigación. Estamos metidos en nuestros campos, en nuestras preguntas, nuestros problemas, nuestros negocios. Y ahí estamos metidos, en qué tengo que pagar esta deuda, tengo que conseguir este trabajo, tengo que pasar este examen y ahora tengo que conseguir novio, tengo que conseguir novia, tengo que lograr amigos. "Tengo que". Tengo que. Vivimos en eso, tengo que. Y estamos tan metidos en todo lo que tenemos que. . . Que estos rayos bienhechores, este mensaje dulcísimo, hermosísimo del amor, no nos llega. Hay un velo. Un velo que nos tapa. Hay algo que está oscureciendo la mente del ser humano y no logramos ver ese tamaño de amor. Y entonces no lloramos de alegría, lloramos si acaso de rabia, o lloramos de angustia, o lloramos de tristeza. Lo mejor que le podría suceder, a una persona, es sentirse tan amada que empezara a llorar de alegría. Yo he llorado de alegría unas cuantas veces en mi vida. Un par de ellas relacionadas con el amor de Dios. Pero son muy poquitas mis lágrimas de alegría, muy poquitas. Yo espero que ustedes tengan una cuota más alta. La mía es muy bajita. Llorar de alegría. Eso es sanación. Eso es reparador. Eso es sentir hay alguien, hay alguien que verdaderamente me ama. Hay alguien que me ama. El más grande, El más poderoso, El más sabio. Me ama. Me ama intensamente. Y ahí brotan las lágrimas de alegría. Así lloraba, por ejemplo, San Francisco de Asís, que por eso era tan creativo, para expresar el amor. Una vez llegó la fiesta de Navidad, que ya no está tan lejos, entre otras cosas, y este señor, Francisco de Asís, que tenía un corazón sensible, sensible, quiere decir que no tenía ese velo. Francisco de Asís, desbordado de amor, trataba de contarle a la gente todo lo que había sucedido el día en que nació Jesús. Y entonces se le ocurrió la idea de hacer una representación del nacimiento de Cristo, como una pequeña obra de teatro. Y así nació la costumbre de hacer lo que llamamos en algunos países el pesebre o el belén, la representación del pesebre. Es un invento del amor de Francisco de Asís. Mucha gente ha llorado de alegría. Mucha gente parece que se le ha caído ese velo. Otro santo muy grande, San Ignacio de Loyola. Cuando iba a celebrar la misa, él no celebraba la misa con esa frialdad que a veces tengo yo ¡No! Ignacio de Loyola, cuando iba a celebrar la misa, sentía como si estuviera subiendo al Monte Calvario a ver ahí el corazón abierto de Jesús y a ver el derroche del amor divino y la gente que estaba con él. Los que lo acompañaban veían cómo se transformaba el rostro a este hombre y muy a menudo lloraba de puro gozo de ver el amor de Dios. El fundador de mi comunidad, Santo Domingo de Guzmán, era otro llorón. Ese sí lloraba bastante. Entonces él se ponía, por ejemplo, a hacer las oraciones, las que nosotros hacemos. La liturgia de las horas por la mañana se llama Laudes, por la tarde vísperas y a menudo lloraba. Las palabras que estaban ahí en la Biblia no eran palabras muertas, eran palabras vivas que se le entraban por los ojos, por los oídos, por los poros. Y este hombre vibraba de amor y sentía el amor de Dios y lloraba. Y los frailes, o sea, los otros religiosos, veían al fundador de la comunidad, al prestigioso y muy Santo Domingo de Guzmán, con unos manantiales, esas mejillas encharcadas en llanto de gozo y de amor. ¿Cómo será vivir eso? Repito, yo he tenido poquitos de eso, pero muy poquitos. Y la culpa no es de Dios, la culpa es mía. En la primera lectura de hoy se nos habla de cómo se puede quitar ese velo. Mira lo que dice al final de la primera lectura de hoy, dice, bueno, es casi la mitad de la lectura lo que voy a repetir aquí: "El Señor arrancará sobre esta montaña el velo que cubre a todos los pueblos. . . " ¿Qué le pasa? ¿Qué le pasa a Irlanda que no termina de descubrir que ha sido tan amada? ¿Qué le pasa a España, que ha recibido tantos regalos? Ahora lo único que hacen en España es burlarse de sus santos, de sus propios santos. Dios les ha regalado unos santos gigantescos a los españoles, como esta Teresa de Jesús, que es un manantial de sabiduría esa mujer. Y ahora no hallan cómo insultar a Teresa de Jesús en el cine, en la televisión, a blasfemar a diestra y siniestra. ¿Qué pasa en España? ¿Qué pasa en Colombia? ¿Qué pasa en Argentina? ¿Qué pasa en México? En México se está matando la gente. Es aterrorizante. Otros países que hemos tenido tanta violencia como Colombia miramos con espanto lo que está sucediendo en México. No vamos a decir que nos están siguiendo a nosotros, ni mucho menos. Lo cierto es que la violencia está entrando en las calles de México. Unos asesinatos así, porque sí. Entra una persona a un bar, 11, 15 personas muertas, venganzas entre pandillas ¡Que se esto por Dios! ¿Qué pasa en México? ¿Qué pasa en Estados Unidos? ¿Qué pasa en Rusia? Cuando cayó el comunismo, el Papa Juan Pablo tenía la esperanza de que las naciones de Europa Oriental se iban a volver hacia Dios, pero no es así. En mi reciente viaje estuve predicando en una parroquia en el este de Inglaterra. Tenía de compañero de casa a un señor de Eslovaquia. Él conoció el comunismo y este hombre se le ocurre decir, yo no entro en política, pero sí me interesa la parte religiosa. Y se le ocurre decir: -Bueno, si cayó el comunismo, pero el comunismo tenía más respeto por la igualdad social- bueno, puede tener la razón en eso, pero a él a él no le interesa Dios. Ahora que no hay comunismo en Eslovaquia, a él no le interesa Dios, no le interesa creer en Dios. Entonces, digo yo ¿Qué pasa en Eslovaquia? ¿Qué pasa ahí que no despierta esta nación y se da cuenta que ha sido todo un regalo de Dios? Que se acabe el impedimento que permitía la práctica pública de la fe. Ahí es donde uno dice Isaías tenía razón. Necesitamos que Dios arranque el velo que cubre a todos los pueblos, porque creo que no hay nación donde no se ofenda el nombre de Dios. Y esto no es porque sean solamente naciones, es que también en la Iglesia pasa. ¿Acaso los sacerdotes estamos respondiendo como debemos? Entre todos esos estados también hay que decir ¿Qué pasa en el Vaticano? También en el Vaticano necesitamos que se renueve el amor de Dios. ¿Acaso no hay una cantidad de intrigas y de egoísmos? Hay muchas cosas buenas en el Vaticano. Muchísimas. Hay mucha gente muy buena y muy sabia, pero también hay una cantidad de manejos que no son, que no son testimonios del Evangelio. ¿Qué pasa en nosotros los sacerdotes que a veces no terminamos de quitarnos el velo para ver esa maravilla del amor de Dios? Por eso Isaías dice que es Dios mismo el que tiene que quitar ese velo. Dios tiene que arrancar ese velo y tiene que destruir la muerte para siempre, para que podamos decir, aquí está nuestro Dios de quien esperábamos la salvación. Y yo creo que ahí entra esa parte tan hermosa de buena noticia que tienen las lecturas de hoy. A medida que Dios nos va quitando este velo, nos va quitando esta ceguera. Nos damos cuenta que vale la pena esperar en Dios. Vale la pena creer en Él. A veces yo estoy seguro, mis hermanos, que a veces ustedes sienten lo mismo que yo siento; que uno cuando cree en Dios en un ambiente tan secularizado como estos, uno es el patito feo, uno es el raro del paseo, uno es el extraño porque cree en Dios, porque va a la misa y a veces uno siente que esperar en Dios es tonto. Hoy me decía una señora en el sacramento de la Confesión. Me decía: -Llevo por dentro Padre el dolor de que mis hijos dicen da lo mismo ir a misa que leer un buen libro de poesía. Tú alimentas tu alma con esas hostias. Nosotros alimentamos nuestra alma oyendo música o leyendo poesía. Y a veces uno siente que lo confrontan de esa manera, ¿Realmente vale la pena creer? ¿Realmente vale la pena asistir a la misa? ¿Realmente vale la pena orar? Pero aquellos que perseveran en la fe, aquellos que perseveran orando y pidiéndole a Dios que quite el velo, esos van a ser los primeros en regocijarse cuando se revele. Y sí que se revela esa claridad. Claro, el velo sólo se quitará completamente al final de los tiempos. Es lo que llamamos el Juicio Final. Pero aún antes de eso, hay momentos en que Dios como que deja entrever un poco de su maravilla, de su grandeza, y nosotros del Papa en adelante, todos los sacerdotes necesitamos que Dios nos muestre eso. Que nos sintamos felices, gozosos. Las religiosas necesitan sentirse felices de haber sido llamadas a entregar su vida a Jesús. Y luego todas las naciones, todos los pueblos, tienen que sentirse felices de haber sido amados. El Señor quitará el velo. Vamos a pedirle entonces hoy, en esta Eucaristía, que nos revele un poco de su grandeza. Si has venido triste o decaído a esta celebración, que yo me imagino que sí pasa, porque al principio de la misa casi ni me saludaban. No es sensibilidad humana, sino que yo detecto que venimos cansados de la semana, venimos fatigados, desanimados. Que Dios nos quite ese velo. Que veamos la maravilla de su amor. Que nos sintamos amados por Él. En ese momento decimos sí, que valía la pena esperar. En Dios. Sí que valía la pena orar, aunque a veces no sabía cuál era el valor de la oración. Perseveremos, mis hermanos, en este camino, en esta búsqueda, y pidámosle al Señor que nos revele a nosotros ese amor. Los que son papás de caridad, pídanle a Dios que Dios revele su amor. El amor de Él a los niños de ustedes. Que los hijos de ustedes tengan esa experiencia del amor de Dios. Que se sepan amados por Dios. Porque si no tienen esa experiencia, la religión les va a aparecer solamente una cantidad de preceptos, leyes, normas y obligaciones, y muy pronto van a dejar esa religión. Pero si se saben amados por Dios, se sentirán felices de practicar su fé.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|