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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En cada Eucaristía Dios nos ofrece dos banquetes: el de la Palabra y el de la Comunión.
Homilía ao28002a, predicada en 19991010, con 8 min. y 43 seg. 
Transcripción:
Hermanos, nosotros sabemos que nuestro Señor Jesucristo muchas veces hablaba por medio de comparaciones, por medio de parábolas: Hoy, por ejemplo, nos presenta el Reino de Dios como una especie de banquete. Y verdaderamente es fácil entender esta palabra de Jesucristo hoy que estamos celebrando la Santa Misa. En cada Eucaristía Dios nos ofrece dos banquetes, un banquete es la Palabra, donde tenemos mucho de qué alimentarnos y tenemos mucha vida y mucho deleite para recibir, y otro banquete es la Sagrada Eucaristía, la comunión. Dios nos ofrece esos dos banquetes. ¿Cómo se come uno esos banquetes? ¿Cómo se come uno la Palabra de Dios? Uno se come la Palabra de Dios cuando la escucha con atención y saca una enseñanza para la vida. Si usted, cuando sale de la Iglesia no ha sacado ninguna enseñanza para su vida, quiere decir que fue como si no hubiera venido al banquete de la Palabra; uno tiene que tener siempre ese propósito, cuando uno viene a la Santa Misa, uno tiene que tener siempre ese propósito: -Me voy a llevar aunque sea una sola frase, aunque sea una sola palabrita, me la voy a llevar para mi casa-. Así como cuando una persona asiste a una gran comida, pues se lleva en la barriguita para la casa, se lleva los alimentos, esos manjares suculentos y esos postres deliciosos, se los lleva, se los comió. Así nosotros, cuando nos alimentemos de la Palabra de Dios, tenemos que llevarnos para nuestra casa una enseñanza, una palabra, aunque sea solo una palabra, una enseñanza. Un padre de mi comunidad, es de origen campesino, un padre que es dominico como soy yo por bondad de Dios, él es campesino y él me cuenta que cuando él era un niño así pequeñito, como están estos niños aquí adelante; él iba a Misa con los papás, porque en aquella época los papás llevaban a Misa a los hijos; ahora llegó el tiempo en el que son los hijos los que tienen que invitar a la Misa a los papás. Esa es una tarea que le queda a los niños, hoy hay muchos niños, Bendito sea Dios. -A ustedes les toca la tarea de ir animando, ir atrayendo a los papacitos para que vengan a la Santa Misa-. Pero sigo con mi historia, este padre hoy es un sacerdote, cuando él era niño, allá en el campo, él iba junto con toda la familia a la misa. Tenían que caminar mucho, para llegar al pueblo. Y asistían a la Misa y luego tenían que caminar, desde luego, lo mismo para llegar a la casa. Cuando iban en el camino de vuelta para la casa. . . ¿Sabe lo que hacía el papá de estos niños? Les preguntaba a los niños así, pequeñitos, pequeñitos, les preguntaba: -Bueno, ¿qué fue lo que nos dijeron hoy? porque no vinimos a perder el tiempo-. Y se iban entonces de camino para la casa conversando ¿Sobre qué? Conversando sobre la Palabra de Dios. ¿Qué estaba haciendo ese papá? Estaba enseñando a los niños que tenían que alimentarse con la palabra. Ustedes, niños, nunca se devuelvan a la casa sin tener por lo menos una frasecita, una enseñanza, un pensamiento aquí en la cabeza y un amor así sea tan chiquito como una vela aquí en el corazón. Uno tiene que llevarse una luz en la cabecita y una hoguera y una llama de amor en el corazón. Y así sí se puede ir uno para la casa, porque quiere decir que la palabra sí alimentó. Y también tiene uno que alimentarse de la Eucaristía, que es el otro banquete. Para eso la Iglesia nos prepara, nos dan unas catequesis que se llaman catequesis para la primera comunión. Pero a mí no me gusta decir catequesis de Primera Comunión, porque hay gente que hace la Primera Comunión y ya hasta ahí, y ya se les olvida lo demás. A mí me gusta más decir: -catequesis para empezar a comulgar-. No es catequesis sólo para la primera, sino también para la segunda comunión y la tercera, y para todas las comuniones de la vida. Y que nos enseñan en esas catequesis, que Cristo nuestro Señor está real y verdaderamente presente en la Hostia consagrada. Porque Él dijo: "Esto es mi cuerpo". Y dijo también: "Esta es mi sangre". Nosotros sabemos que Cristo está ahí presente, y por eso, si estamos en gracia de Dios, que es mi deseo para todos ustedes, y si tenemos la edad suficiente, y si ya hicimos esa catequesis preparatoria, nos acercamos y recibimos la Hostia consagrada y ¿recibimos qué? Mire, no hay palabra para describirlo, ningún abrazo es tan estrecho, ningún amor es tan grande como lo que nos da Jesús en la Eucaristía. Y ese amor es el alimento grande para que uno salga de la Iglesia y tenga fuerza. Cuando una persona no come, se vuelve débil, se vuelve enfermiza, se vuelve distraída; cuando un cristiano no come de la Palabra de Dios, o cuando pasan muchos años y nunca puede comulgar, se vuelve débil, se vuelve enfermizo, y entonces cualquier pecado, cualquier vicio, lo coge y le da tres vueltas, porque está débil, está enfermizo. Pero si uno está alimentado de la Palabra de Dios, y si uno ha sentido el amor de Jesucristo en la Eucaristía, cuando llega la tentación, que es como una oleada, uno está firme porque la casa está sobre la roca y uno siente que nadie lo va a mover a uno, porque uno ha sentido el amor de Cristo en la Eucaristía y uno ha visto la enseñanza de Cristo en las explicaciones de la Palabra. Este es el banquete, mejor dicho, estos son los banquetes a los que nos invita Papá Dios. Aunque he dicho que son dos, pero son uno solo, porque Cristo es uno solo y Cristo es la Palabra y Cristo es el pan. ¡Qué maravilla sentir que es Dios mismo el que nos invita! Eso no es la Iglesia, no es por darle gusto a un cura, ni al esposo, ni a la esposa, ni a los papás; uno viene aquí. . . ¿Por qué? Porque lo invitó Dios. Si usted, por ejemplo, me alegra tanto ver a aquellos jóvenes que están allá muy atentos, si usted, por ejemplo, alguno de sus amigos se le va a burlar, me perdona que le diga así, se le va a burlar, -¡Ay, qué risa!- Uno tiene que tener la alegría de decir para sus adentros es que a mí me invitó Dios, es que no es por darle gusto a nadie, no es porque me diga ni mi papá, ni mi mamá, ni el padre, ni el fraile; es porque Dios me invita a alimentarme de su Palabra y alimentarme de su Eucaristía. Mis hermanos, vamos a seguir esta celebración. Ya sabemos que es el encuentro más hermoso que tenemos en la semana y que es la oportunidad de decirle sí, a la invitación que nos hace Papá Dios.

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