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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús nos invita a disfrutar del banquete que nos ofrece en la Eucaristía.
Homilía ao28001a, predicada en 19961013, con 30 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Guiados por la Palabra de Dios, vamos a meditar en un banquete, un banquete al que Dios invita desde tiempos de Isaías, un banquete al que sigue invitando en la persona de Cristo, un banquete que hoy se realiza en la Eucaristía que estamos celebrando. Preparará el Señor de los ejércitos un festín de manjares suculentos, y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos. Aniquilará la muerte para siempre. Banquete. En esta palabra se encuentran tres mensajes. La necesidad de alimentarse, el gusto de comer bien y la alegría de estar con los amigos. Y estas tres ideas reflejan bien lo que significa la plenitud de la salvación que Dios quiere otorgarnos. La necesidad de alimentarse; y Dios que cubre esa necesidad que la satisface a través de su generosidad, de su providencia. Pero, ¿De qué tenemos necesidad? No simplemente del pan material. Desde luego que necesitamos de ese alimento. Pero como bien oraba el cardenal Eduardo Pironio, necesitamos también del pan de la cultura. Así como nuestro cuerpo para estar fuerte y para crecer, necesita pan, también nuestra inteligencia para desarrollarse necesita su propio pan, necesita el pan de la cultura y nosotros mismos necesitamos el pan de la educación. Hay que ser educados. El ser humano necesita educación. Y necesitamos el pan del afecto. Si tomamos la más hermosa de las maticas y la sembramos en un pote de arena amarilla y reseca y no le echamos agua, al cabo de unas horas seguramente ni matica tendremos. Amigos, hay muchas cosas en nuestras vidas que no han podido florecer porque no han recibido agua, porque no han recibido el rocío a tiempo, porque no les ha llegado lo que les tenía que llegar. Hace un rato algunos o muchos de los aquí presentes nos sentíamos conmovidos en nuestro corazón al descubrirnos a nosotros mismos como pobres. Quizá pobres de afecto. Ese rocío seguramente ha faltado en muchas de las vidas aquí presentes. Si tú pasaras por una matica sin saber en dónde está sembrada y la ves achilada, amarillenta, ajada, tú dirás ¡Qué mata tan fea! No es fea. Le ha faltado agua. No es fea. Pero si esa mata se pudiera mirar al espejo. ¿Qué diría? ¡Cómo soy de fea! No es fea. Le ha faltado agua, le ha faltado alimento, le ha faltado su alimento. Ah, pero ha recibido la comida. Y harto que come. Ha recibido el estudio. Pero es que el ser humano necesita no sólo estudio y no solo comida. Necesita ser educado, necesita ser cultivado. La palabra cultura viene precisamente de cultivar. Del latín "Colere" necesita ser cultivado. El vicio, el pecado, nos vuelven ajados y feos. Uno ve a un joven, por ejemplo, víctima del alcohol o de la droga, y lo ve como esa mata ajada. Y uno dice, -Que mata tan triste, qué vida tan triste, qué vida tan ajada, tan repugnante.- No es fea esa vida. Le ha faltado, le ha faltado algo. Las vidas no son feas. No hay vidas feas, mis amigos. No hay vidas feas, ni hay rostros feos, ni hay vidas tristes. Dios, no creo vidas tristes. Dios no creó rostros ajados. Dios no creó existencias arrugadas. Dios crea con belleza y ama todo lo que ha hecho. Cuando te encuentres con una vida ajada, triste, marchita, deprimida, que puede ser de pronto tu propia vida, piensa, esta vida mía, así parezca ajada y fea en este momento no es fea, no es fea. Mi vida es bella, mi vida es hermosa, pero le ha faltado algo, te ha faltado esa agua. Hay vidas en las que parece que nada faltara. Han tenido abundancia de bienes, abundancia de dinero, de estudios, incluso mucho cariño humano. En algunas de esas vidas, sin embargo, hay finales tristes, dramáticos, cuestiona y entristece, por ejemplo, que tantos jóvenes piensen incluso seriamente o intenten el suicidio, hasta llegar a consumarlo algunos. En muchas de esas vidas seguramente faltaban algunas cosas, pero sobre todo faltaba ese sentido último, ese algo que solo puede dar Dios. Dios, detrás, detrás de cada pan, dentro de cada pan que uno se come, en el fondo uno está buscando a Dios. En la última página de todo libro que uno lee, uno está buscando a Dios. En el fondo de la copa que uno bebe, uno está buscando a Dios. Y los que se acarician, los que se tocan incluso lícitamente y amorosamente dentro del matrimonio, los que se aman dentro del matrimonio hasta sentir el éxtasis de sus cuerpos fundidos. Esos, en ese placer que beben, como el que se bebe una copa, o que comen como el que come un pan. En ese placer están buscando a Dios, están buscando ese gozo que no acabe. Porque todos los placeres, porque todos los gustos solo son saciados por un momento. De manera que nosotros necesitamos de Dios. Y el banquete final, el banquete de los últimos tiempos, como dice Isaías, ese banquete último es el banquete en el que ya no habrá ni pan, ni hamburguesa, ni mazorca, que son tan buenas las mazorcas, ni pollito, ni pescado, ni arrocito, ni. . . En el que Dios será nuestro alimento, ya no tendremos que buscar, dentro de las páginas de un libro, una explicación. Ya no tendremos que buscar en el contenido de una copa, un poco de placer. Ya no tendremos que extender nuestra mano y acariciar a nadie para sentir calor, para sentir amor. En ese banquete final, Él será nuestro alimento y así será, así sucederá en el cielo. Dios nuestro Señor nos va a alimentar y será el alimento de nuestros cuerpos. Nos vamos a comer a Dios y será el alimento de nuestras inteligencias y la saciedad de nuestros afectos y la alegría de todo nuestro ser. Por eso he dicho que el banquete no solo supone que nosotros tenemos que alimentarnos, sino el placer de alimentarse. Nosotros no llamamos banquete, sino una comida que es especial, una comida que es, como dice el texto del profeta, que es suculenta, que es deliciosa, una comida que se puede disfrutar, que es sabrosa y viene aquí a mi memoria, la figura bendita de Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo. Monseñor Uribe, especialmente predicando a los sacerdotes, pero casi en todo su mensaje quería inculcar en las personas una oración que yo también quiero transmitir hoy. Pídale a Dios; mire esta oración tan bella, mire esta intención tan hermosa. "Pídale a Dios que a usted le gusten las cosas de Dios, que usted disfrute el bien, que usted sea alegre, obrando rectamente, que usted tenga dicha en ser santo. Pídale a Dios que a usted le guste el bien. Pídale la gracia de la oración". Porque uno dice bueno, necesito orar, está bien, está bien, está bien. Ya me convencieron, necesito orar ya, ya entendí. Pero luego va a entrar uno en esa vida de oración y va uno a tratar de orar y cuantas veces nos encontramos como a palo seco. Ya sabemos que ese es el pan que hay que comer y sabemos que hay que leer la Biblia y que hay que rezar el Rosario y que hay que confesarse. Eso ya lo sabemos. Pero uno se va a confesar, "¡wakate!" y uno va a asistir a la misa todos los días y durante tres días. Increíble la misa, buena la misa. Sí, estuve en misa. Que pereza ir a misa. En cuatro días se nos acaban nuestros buenos propósitos. Hay que pedirle a Dios la gracia de disfrutar el bien, de sacarle gusto al bien. Si Dios le concede la gracia de la oración, usted no tendrá que estar como en pugna con usted mismo, como en guerra con usted mismo. Bueno, ahora ¿Qué hago en este momento? ¿Qué voy a hacer? ¿Me voy con mis amigos que me invitan a echar un chico, que es grande de billar? O, ¿O me dedico a qué? Hay que pedirle a Dios que nosotros podamos disfrutar el bien. Precisamente uno de los síntomas de enfermedad es que las cosas buenas no le saben bien a uno. Cuando uno está muy enfermo, por ejemplo, con una de aquellas gripas le pasan a uno los platos que a uno normalmente le gustan y no le saben a nada. Uno se siente como comiendo icopor con sal. Una cosa, una cosa así parecida. Eso no sabe a nada. Entonces yo pregunto: ¿Puede un cristiano perseverar en sus buenos propósitos? Basta con decirle a una persona, confiésese. Confiese. Confiésese. Eso parece como aquellas torturas donde le meten a una persona la cabeza entre el agua y luego lo sacan. Confiese. ¿No? Así, así hay muchos cristianos que se sienten tratados así. Confiésese; y vuelven y lo sacan. Confiésese. Así es muy difícil. Así es muy difícil. Ore. ¿Qué oro? Ore. Hay que pedirle a Dios que nos dé el gusto por el bien. Que nosotros podamos hacer lo que hacemos con las cosas que nos gustan y que nos sirven, que nos gustan y que nos sirven. Cuando a uno le pasan y está bueno el paladar, cuando a uno le pasan ese plato que le agrada, uno normalmente se relame y lo saborea, le saca gusto y le saca provecho y no quisiera que se acabara. Hay que pedirle a Dios que nos dé ese gusto por las cosas de Él, porque sin ese gusto no caminamos firmes en el bien. Y alguno preguntará Bueno, pero ese gusto sí será lícito pedirlo, Claro, porque en el fondo el que pide ese gusto lo que está pidiendo es sanación para su paladar. Así como aquel que estaba pero enfermo, mejor dicho, era una gripa con pijama. Era bueno. Pero el tipo era así, era un solo catarro él. ¿No? no todo él era todo. Él era un solo catarro, ¿No? mejor dicho, un saco de virus. Bueno, estaba realmente, estaba enfermo. Puede decirse que estaba enfermo. Ya no se enfermaba más porque los otros virus que trataban de llegar eran muertos por los anteriores virus. Entonces el hombre estaba realmente enfermo. Realmente enfermo, Realmente enfermo. Ya no sabía propiamente en dónde terminaban los ojos hinchados y en dónde empezaba la nariz tapada. Y ¿Sí? O sea, la persona realmente estaba enferma. Se trataba de un enfermo, con todo lo que significa estar enfermo. Bueno, creo que la idea nos quede claro. Este señor le traen su plato predilecto y como ya he dicho, le sabe a icopor con sal. ¿No? Entonces él empieza ahí, a hacer que pasa ese asunto. Desde luego todo le duele y dice, Si pudiera abrir los ojos hinchados, podría ver que es lo que estoy comiendo. Porque está muy enfermo. Realmente está muy enfermo. Empezando porque no sabe en qué momento le llevan la comida. Porque tiene los oídos tapados y, el fulano que ya era solamente una gripa con pijama. Ese señor cuando le pide a Dios Señor, que esto me sepa, bueno, en realidad lo que le está pidiendo es sáname, Señor, sáname. Que me sepan bien tus cosas, que me sepan bien tus cosas. ¿Por qué hay veces que a uno Dios le regala una palabra que es una palabra de alimento y se siente cansancio y se siente fastidio y se siente tedio? Es por eso, porque no está bueno el paladar, no está bueno, no está bueno el paladar. Entonces, el segundo aspecto del banquete es, que las cosas buenas me sepan bien. El primero es, en todo Señor, en todo lo que busco te estoy buscando a ti. Lo segundo es que el bien me sepa bueno, mire, es una oración tan sencilla, pero tan sincera, tan profunda. Señor, que el bien me sepa bueno, que me sepa bueno. Por ejemplo: Mire, yo le voy a contar este detalle. Un teólogo de este siglo, el padre Carlos o Karl Rahner, jesuita, fue por allá a un colegio de niñas en Alemania, a dar alguna charla, alguna conferencia. Después de su conferencia se daban preguntas abiertas al foro de niñas y algunas de ellas entonces le preguntaban en torno al asunto del celibato, que para muchas personas se convierte como en un gran interrogante. La respuesta de Rahner, -A mí me gusta mucho,- decía Rahner, -Mire, en parte es asunto de elección. La persona, decía él, la persona que permanece virgen, se pierde de casarse. Eso es evidente. Se perdió de casarse. Se quedó, se quedó sin marido, se quedó sin esposa, y decía él, pero la persona que escoge casarse se pierde de permanecer virgen para Cristo. Y agregaba, ¿O es que vamos a creer que todos los bienes están en casarse y todos los males en permanecer virgen para Cristo? Algo parecido sucede aquí. Mientras usted no le vea el lado bueno a la castidad por insistir en esa línea, mientras usted no le vea el aspecto positivo a la castidad, podemos traerle aquí a San Luis Bertrán, San Pablo, San Pedro, San Benito Y desde luego no puede faltar San Francisco de Asís. Entonces empieza San Benito y le hace a usted una predicación y usted llega a una conclusión. -Soy una porquería.- Luego. Luego habla San Pablo y hace toda su predicación. Usted llega a otra conclusión: -Sí, sí, soy la misma porquería.- Y luego llega el otro. Bueno, y cada uno le va predicando. Y usted llega finalmente a una conclusión. Y la conclusión es, como voy, voy mal. Por ahí, no es. Voy mal. Bueno, ahora acabó la predicación. Usted sale. Supongamos que la predicación fue en una iglesia. Usted sale de la iglesia y en ese momento. Cuidado, no fue usted el que no voltee. No. Mire, hombre. ¿Ve? Y usted ya está convencido en su corazón. Usted ya sabe, en su corazón. Hombre, que eso no es así. Que esa es una cuestión como animal. Es el modo de comportarse. Usted es repugnante, por decir lo menos. Eso. Eso es humillante. Eso no es por ahí. Bueno, usted sale convencido. No es por ahí. No bastan los convencimientos. Hay gente que medita cómo dejar el cigarrillo fumando. A ver. De manera que eso, la razón humana no tiene fuerza para esas cosas, no tiene fuerza para esas cosas. En cambio, cuando Dios concede, porque Dios también es hombre, cuando Dios concede, por ejemplo, que uno perciba la belleza del bien, la belleza de la virtud, la belleza, estamos dando el ejemplo de la castidad, la belleza, la paz, la armonía interior, la alegría, el brillo que trae una vida casta. Entonces ya la persona puede comparar entre dos bienes, porque es que el que ha llevado una vida desordenada lo que siente es que le dicen, ¿Se acuerda de todo lo que usted le gustaba tanto? Pues hermanito, se acabó, ¿Se acuerda, se acuerda cómo gozaba y disfrutaba? Pues hermanito, vea, se acabó. Y entonces la persona dice no, pero cómo así. Eso es. Pero tampoco, tampoco. Vamos pues a exagerar ya, porque fue al Retiro y ya porque Fray Nelson dijo entonces ahora nada, pues ¡Ay tampoco! Tampoco vamos a exagerar. Mientras la persona sienta que los bienes y las dichas y los placeres están de un solo lado de la balanza, eso no lo equilibra nadie. Hasta el día en que la persona descubre que el bien, que, la castidad como amor ordenado tiene su propia belleza y en ese momento la persona empieza a cultivar un bien. Es que uno no puede crecer en algo si no siente que ese algo es un bien. Y por eso hay que pedirle a Dios que realmente Él sea nuestro banquete y que disfrutemos de ese bien, que disfrutemos de ese bien. He dado el ejemplo de la castidad, pero lo mismo hay que decir de las demás cosas. Un ejemplo muy importante, creo yo, es el de la humildad. Miren lo que pasa con la humildad, es una perla preciosa. Entonces uno dice bueno, está claro que yo soy un saco de soberbia, esa parte está clara, yo moriré y por allá a los quince minutos morirá mi soberbia. Yo soy un saco de soberbia. Esa parte está clara y está claro también que el que se mete conmigo hasta ahora, el que se ha metido conmigo, la paga, la paga. No se puede entrevistar a esas personas porque están bajo tierra. Pero el que se mete conmigo la paga. Soy un saco de soberbia. Conclusión. Debo empezar a buscar la humildad. Bueno, conclusión del retiro espiritual que hemos concluido en el convento de Santo Domingo, donde el Señor se ha manifestado. Necesitamos. Necesito buscar la humildad. De ahora en adelante buscaré la humildad delante de toda esa gente, de todos esos bellacos que no me entienden. Voy a ser humilde. Toda esa gente torpe tendrá que conocer que yo soy humilde. Todos esos que no saben ni dónde están parados, que nunca han comprendido todas mis cualidades. Voy a ser humilde, voy a ser humilde delante de ellos de manera que ellos sepan, a pesar de que no se lo merecen. Sepan que yo soy humilde. Entonces entra uno en el experimento de la humildad. Bueno, ahora sí, ahora sí voy a ser humilde. Entonces empieza uno a ser humilde. Vamos a ver, esta mañana, vamos a probar mañana. Mañana empieza la humildad, a ver cómo nos va con la humildad. Y entonces empieza la persona, la humildad. A la hora y diez minutos de empezar la humildad, resulta que el hermano que vive en la misma casa, que no asiste al retiro, que se burla de todo, que no cree ni en el rejo de las campanas. El hermano ¿No? Que es como es, llega y me dice, Eh, tú, pedazo de humilde, ¿Me lavas, por favor, mi loza del desayuno? Entonces este señor siente tucu tucu tucu. ¿Cierto? Siente que se va poniendo morado, pero más o menos cuando llega arribita las cejas se acuerdan? O fraynelson dijo que yo necesitaba humildad. Ella necesitaba humildad. Entonces empieza a bajar, a bajar despacito. Voy a contar hasta cien por lo menos. Voy a contar hasta cien. Va llegando a noventa y ocho. A lo mejor cuento hasta mil como. El fulano, El fulano dice bueno, voy a contar, voy a contar. Ahora sí, ya, ya me está llegando, ya me está llegando más o menos la humildad. Y entonces vuelve el hermano con esa sonrisa dice ¡No! Alguien dice no, no, no, no sirvió la primera, pero ¡Te pusiste como un pimentón! ¿No? Y entonces llega el momento en el que uno empieza a sentir, bueno, ¿Cuál será propiamente la diferencia entre humildad y pendejerismo? Yo creo. Yo no veo clara la diferencia entre una cosa y otra. A eso de las once de la mañana, toda la humildad y uno está en las narices rotas del otro. Ya descubrí qué es la humildad. La humildad es soportar hasta las once de la mañana antes de un mangazo. Entonces, antes de darle un ¡Mangazo que se lo tenía ganado desde las siete! Esa es, ésa es la humildad. ¿Qué ha pasado en ese caso? Que la persona ha sentido que en realidad el soberbio, el displicente, el cínico, el cruel, el prepotente, todos esos siempre se salen con la suya, mientras que el humilde lo único que se gana es que una enjalma, una silla, un bozal, una baticola. Entonces la persona ya se cansa y dice no, no, no, no, yo ya no le voy a apostar más este asunto. ¿Por qué? Una vez más, porque siente que en la balanza todos los bienes están de un solo lado. Por eso necesitamos que Dios nos regale conocer cuáles son los bienes de ser humilde. Acuérdate, el cristiano tiene mentalidad de ganador. Eso de que el cristiano es un perdedor que aprovéchese, aprovéchese, aprovéchese, que yo soy noble, aprovéchese que yo soy humilde, que no me puedo desquitar de usted. El cristiano como ese que si pudiera se desquitara; ese fue el cristiano del que se burló demoníacamente Friedrich Nietzsche. Ese es el cristiano del que se burló Nietzsche, el que es humilde pero con la llamada humildad de garabato. Es decir, yo si quisiera desquitarme de ti, pero esta bendita humildad no me deja. Ese es el cristiano del que se burló Nietzsche, el cristiano que en el fondo de su corazón quisiera ser lo mismo que hace todo el mundo. Y así como él me pega, yo pegarle. Y así como él me grita yo gritarle. Ese es el falso cristiano. Nosotros, los cristianos, amigos míos, nosotros los cristianos no somos perdedores. El cristiano tiene una mentalidad de ganador. Eso es muy importante. El cristiano tiene mente y mentalidad de ganador, pero sabe que los verdaderos triunfos no se logran como los logra el mundo. Y sabe, por consiguiente, porque Dios le ha ido revelando en dónde están las verdaderas victorias, en dónde están los verdaderos triunfos. Y por eso sabe, porque ha cantado muchas veces con la Santísima Virgen. Proclama mi alma la grandeza del Señor que derriba del trono a los poderosos, que enaltece a los humildes, que a los hambrientos los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos. Y eso lo ha cantado y lo ha orado y lo ha meditado y lo ha vivido y lo ha visto, porque sabe todas esas cosas, sabe que cuando escoge la humildad, escoge la mejor parte. Bueno, esto era lo que quería compartirles con respecto al segundo punto, es decir, degustar el bien, hay que paladear el bien, Señor, que el bien me sepa bueno, porque qué pereza ser uno honrado por miedo y ser uno casto por miedo y ser uno sincero por miedo y ser uno humilde por miedo, por miedo a veces a uno mismo, por miedo al grupo, por miedo a la comunidad, por miedo al Padre no sé qué. No sea cristiano por miedo, sea cristiano por amor y siéntase ganador. Siéntase vencedor. Usted, con el báculo de la cruz de Cristo, atraviesa la tempestad de este mundo, el río desordenado de esta tierra, y llega a la tierra prometida. Pero nos falta el último aspecto. El banquete es calmar el hambre, es dar gusto al paladar. Pero el banquete también es compartir con los amigos. Salvo casos enfermizos, las personas. Para realmente disfrutar una comida necesitamos que esté la presencia de las personas que amamos. Salvo casos de extraño egoísmo o patologías o circunstancias ajenas a la voluntad, nadie busca un manjar suculento para decir este me lo como yo y yo conmigo y aquí yo lo paladeo. Eso no se llama banquete, eso no se llama banquete. Eso se llama dos de la mañana, asalto a la nevera, que es una cosa muy curiosa. Es una cosa muy distinta, Muy, muy distinta. El banquete supone que están allí presentes los amigos. Pues bien, a ese banquete nos invita Dios. Los banquetes que nosotros hacemos tienen que excluir a muchas personas. Vamos a hacer un banquete, entonces la gente dice, bueno, ya que ahora se gradúa nuestro hijo, vamos a hacer una fiestecita y en esa fiestecita vamos a hacer una comidita ¿Y a esa comidita a quién invitamos? Bueno, siéntese, vamos a hacer la lista, a ver a quién invitamos. A mí me da risa esa expresión. La lista de a quién invitamos no es la lista de quién invitamos, es la lista de los que no invitamos.

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