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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Meditación sobre la amplia presencia de la planta de la vid, en la Biblia, y las varias enseñanzas que nos deja.
Homilía ao27009a, predicada en 20141005, con 32 min. y 7 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Hay varios lugares en la Biblia donde se habla de viñas. Creo que hoy es un buen día para recordar algunos de los principales pasajes, porque esta planta particular tiene un lugar realmente único en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y tiene también un lugar en la vida de la Iglesia. El fruto de la viña es el que utilizamos en el altar. Es el que se consagra como sangre de Cristo. La viña aparece en el relato de Noé. Terminado el diluvio, Noé planta una viña y el fruto de la viña le resulta delicioso. Aquellas uvas fermentadas. Le traen como una alegría. Y esa alegría se convierte en ebriedad en medio de su borrachera. Noé incluso se pone en vergüenza frente a sus hijos. Se despoja de sus ropas. Es sabido que la persona que está ebria comete errores, a veces muy graves, por ridículo, por asco, por violencia, por muchas razones. Entonces esa primera entrada de la viña es al mismo tiempo alegría y exceso, alegría y vergüenza. Eso en el libro del Génesis. Pasemos unas páginas y llegamos a otro libro de la Biblia, El libro de Los Jueces. Y encontramos en el libro de los jueces que hay un hombre elegido por Dios que se llama Sansón. Y Sansón tiene un encargo, defender al pueblo de Dios. Pero hay un código de conducta: No debe cortarse el cabello. Esa es la parte que es más recordada, que no debe cortarse el cabello y que no debe beber vino. No debe beber el fruto de la vid. Avancemos otras páginas y nos encontramos con que necesitaban un rey para Judá y no encontraban un rey. Y al fin pusieron a cualquier inepto, a cualquier mediocre de rey. Y un profeta se burla del asunto utilizando la imagen de la viña. Y les echa una historia larga que los árboles del bosque necesitaban rey. Y entonces eligieron al roble. Pero el roble dijo No, yo qué voy a dejar mi fortaleza para ir allá de rey. Yo no quiero ser rey. Entonces buscaron otra madera también muy útil, y ese tampoco quiso. Finalmente dijeron Pues no habiendo más, la viña. Y eligieron a la viña para que quedara de rey. Y la viña dijo Bueno, entonces yo sí sirvo de rey. Por supuesto que es una ironía. Los árboles buenos no sirven, no quieren ser reyes y la viña, en cambio, sí ha querido. Verdad que esta planta aparece muchas veces. Luego tenemos este pasaje que se recordó en la primera lectura de hoy, en el capítulo quinto de Isaías, en el que se compara al pueblo de Dios con una viña que ha recibido tantos cuidados pero que al fin no da su fruto. Y luego nos encontramos en el Evangelio, como hemos escuchado, capítulo 21 de San Mateo, nos encontramos que Jesús también habla de una viña, habla de la viña de Dios y de cómo Dios ha cuidado esa viña. Pero atención que en los evangelios hay otra entrada de la viña también. Capítulo 15 de San Juan: "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador". Ahí también vuelve a aparecer la viña. Y vuelve a aparecer otra vez en los escritos de San Pablo, cuando dice Pablo: "Emborráchense pero no de vino. Llénense del gozo del Espíritu Santo. Conozcan la ebriedad del Espíritu". Pasaje que podemos conectar con otro que no he mencionado. Capítulo segundo de Hechos de los Apóstoles. ¿Qué pasó en Pentecostés? Llegó el Espíritu Santo. Los apóstoles estaban profetizando ¿Y qué decía la gente? -Estos están borrachos.- Y si estaban borrachos, pero no de vino. Entonces se ve que esta planta aparece muchas veces en la Biblia y seguro que me estoy dejando varios otros pasajes, pero no quiero abusar del tiempo de ustedes, porque hay padres que se prolongan en esas conferencias y luego no se puede cumplir todo el programa. ¿Cómo podemos meditar en esto de la viña? Yo me atrevo a decir que hay varias, autopistas, hay varios caminos en esto de la viña, varios caminos. Por ejemplo, el tema de la madera. Otro ejemplo, el tema de los cuidados y otro ejemplo. El fruto, es decir, la vid, es decir, quiero decir, el vino. La madera, los cuidados y el fruto. Son las tres autopistas, la madera, los cuidados y el fruto. Bueno, ¿Qué aprendemos de lo de la madera? Aprendemos que la madera de la viña, por lo menos según aparece en la Biblia. No sé qué digan los agrónomos y los ingenieros de hoy en día, pero parece que la madera de la viña no sirve para nada. Es demasiado frágil, demasiado nudosa, no tiene fortaleza. Usted no se va a sentar en una silla hecha de madera de la viña. La madera es inútil, la madera de la viña es inútil. Eso es lo que aparece en aquella historieta del rey, cuando estaban buscando rey. La madera de la viña es inútil. Eso ¿Qué quiere decir? Eso quiere decir que la viña, como cultivo o la vid como planta, solo justifica su existencia por el fruto. Lo único que se puede aprovechar de la vid, lo único que se aprovecha de una viña es el fruto. No hay otra cosa que sirva. Ni las hojas, ni las flores, ni la madera, ni las raíces. Nada. Solo el fruto. Y esto es interesante porque entonces, si el fruto es bueno, ahí entramos en el tema del fruto. Se justificaron todos los cuidados y los esfuerzos. Si el fruto es malo, se perdió todo el cuidado y se perdió todo el esfuerzo. La viña solo existe, solo tiene sentido por el fruto. Esto me hace acordar uno de los sermones de un santo sacerdote. El santo cura de Ars, cuyo nombre era Juan María Vianney. En una de sus hermosas predicaciones dice el cura de Ars, que todo lo que Dios creó responde a su voluntad. Algo así como, esto dice este hermoso corazón sacerdotal cuando predica, el del cura de Ars: -Dios creó a los pájaros para volar y vuelan. Creó a los peces para nadar y nadan. Creó al hombre para que lo conociera y lo amara, y no lo conoce y no ama a Dios.- Entonces aquí empezamos a conectar el tema de la viña y el tema de la vid con el tema de la vida humana. En la vida humana se pueden hacer muchas cosas, pero hay un fruto, uno, uno, que es el fruto decisivo. La vida humana tiene un propósito y en las palabras del cura de Ars, ese propósito es conocer, amar, servir y hacer, conocer y hacer, amar y hacer servir a Dios. Ese es el propósito de la vida. Y si en la vida llegamos a conocer y a amar y a servir a Dios, y buscamos que otros lo conozcan y lo aman, lo amen y lo sirvan, entonces la vida tuvo sentido y si no todo lo demás se perdió. Ese es el sentido. Ese es el sentido. Entonces nosotros somos como esa viña y uno puede ver una viña que tiene muchísimas hojas y tiene cantidad de ramas nudosas, ramas y más ramas, tronquitos, troncotes, tronquillos, troncos, ramas, ramitas, ramilletes, ramificaciones. Pero si no tiene, si no tiene el fruto, de nada sirve lo demás. Entonces aquí viene la primera aplicación a nuestra vida, que es la aplicación más directa de la primera lectura y del Evangelio de hoy. Tu vida tiene sentido si llegas a conocer y amar y servir a Dios y buscar que otros lo conozcan, lo amen y lo sirvan. Y si no tienes eso, tu vida está llena simplemente de madera inútil y de hojas que se pudren y de ramas que se acaban y que solo sirven para el fuego, según el capítulo 15 de San Juan. Entonces uno puede tener muchas cosas. Hay lugares en el mundo que son famosos por sus viñedos. Chile tiene unos viñedos gigantescos, aquí en Colombia, en el Valle del Cauca, unos viñedos enormes. En Estados Unidos, especialmente en la zona de California, hay unos viñedos inmensos. Francia e Italia son famosos por sus viñedos. Pensemos en el caso de Francia, porque Francia es demasiado conocida por sus vinos. Supongamos que me llevan a mí a uno de esos cultivos y yo veo que hasta donde alcanzan mis ojos hay troncos, ramas, ramitas, ramiticas, hojas, hojitas, brotes. Pero resulta que eso no da sino lo que aquí llaman agrazones, agraces, uvas amargas que no sirven para nada, que no se dejan comer, una cosa ácida, inservible. Todo ese espectáculo maravilloso porque la viña es bien bonita. Todo ese espectáculo de ramas y madera y hojas no es nada, no sirve para nada. Hay vidas que son así. Entonces tenemos que preguntarnos si en nuestra vida nosotros somos algo más que nudos, madera inservible y hojas que se pudren. Porque esa madera de la viña es una madera supremamente nudosa y hay vidas que son así. Nudos. Hojas que se pudren. Pura fachada, pura apariencia. Pero en el fondo no hay nada, en el fondo no hay fruto. Esa es la aplicación primera y quizás principal que esto tiene. Si estás perdiendo el fruto, si estás perdiendo el sentido, si estás perdiendo el para qué de tu vida, entonces estás perdiéndolo todo. Dos frases del Evangelio de Jesús vienen a la memoria. Capítulo 17 de San Juan. Jesús en oración le dice al Padre: "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, Padre celestial, y a tu enviado Jesucristo". Hay una ecuación muy sencilla en el Evangelio: -El que muere sin vida eterna, muere para la eternidad.- El que muere sin vida eterna, muere para la eternidad, muere para experimentar la muerte eterna, "La muerte que no acaba, el lago de fuego y azufre. . . " del que habla el libro del Apocalipsis. Esta es la vida eterna. Dice Jesús que te conozcan a ti, Papá Dios, y que te conozcan a tu enviado Jesucristo. Si no has llegado, hermano a conocer a Jesús, si no has llegado a amarlo, querer amarlo, querer, querer, amarlo, si no has llegado a eso, entonces tu vida son solo nudos y hojas, y esa madera no sirve sino para quemarla. Y esas hojas no sirven sino para pudrirse. Esta es una enseñanza que sacamos, una enseñanza fundamental. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Me estoy acercando a ese conocer, amar y servir a Dios. Me estoy acercando a ese desear, anhelar trabajar para que otros lo conozcan, lo amen y lo sirvan. ¿Estoy en eso, sí o no? Si no estoy en eso, así tenga un espectáculo de hojas con un verde precioso. Es mentira. Es fachada, es engaño todo eso. Pero en el tema del fruto está el tema de la embriaguez. La embriaguez aparece varias veces, no siempre en tono negativo. En el libro del Génesis, la embriaguez de Noé por supuesto que está en tono negativo. Es algo que se critica. La embriaguez por supuesto que se critica en el libro de Daniel cuando aquel rey manda a traer los vasos sagrados del templo para que le sirvan su vino, quiere beber en los vasos del templo de Jerusalén, y en medio de su borrachera aparece una mano que pinta unas letras en la pared. Este tipo está en medio de su borrachera y entonces él ve lo mismo que los demás, que aparece una mano que está escribiendo en la pared y la mano dice: "Mene, tekel, upharsin". Y el hombre no sabe qué es eso. Pero se le pasó la borrachera. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que dice ahí? Y todos los compañeros de Tomata y de borrachera no sabían qué era lo que decía. Y tuvieron que traer a los sabios de Israel y entre ellos al profeta Daniel. Si no me falla la memoria. Y el profeta se queda mirando esa frase que está escrita: -Mene, tekel, upharsin,- que significa medido, pesado, juzgado. Y eso significa: Dios ha medido tu vida, Dios ha pesado tu vida y Dios ha juzgado tu vida. Dios ha pesado tu vida y ha encontrado que te falta peso. Ciertamente no le faltaba peso corporal al rey ese, un rey mofletudo No era peso corporal lo que le faltaba. Pero a tu vida le falta peso. Tu vida no tiene sustancia, tu vida no tiene sentido. Mene, tekel Upharsin. Y entonces le dijo, Dios ha puesto, ha señalado un día para terminar tu reino. Y en esa misma noche, y en medio de esa misma borrachera, prácticamente llegaron los ejércitos enemigos y acabaron con esa orgía y con esa borrachera de este que quiso profanar el templo de Israel. Esas son las historias de la Biblia. A mí me parecen tan bellas las historias de la Biblia que yo no sé qué hace la gente viendo novelas. Me parece tan tonto ponerse uno a ver novelas teniendo Biblia en la casa. Lean las historias preciosas de la Sagrada Escritura que dejan enseñanza, que dejan luz. Entonces la borrachera aparece mal ahí, por supuesto. En el capítulo tercero de la Carta a los Romanos, San Pablo también dice: "Dejen esas borracheras en las que ustedes están metidos". Pero en otros textos el vino aparece como algo positivo. Por ejemplo, hay un salmo que dice: "Él saca el hombre, el ser humano, saca pan de los campos y vino que le alegra el corazón". Ahí no se critica el uso del vino. Y en Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, se ve que hay una ebriedad buena, que es la ebriedad del espíritu. Y en ese otro texto de San Pablo, cuya cita exacta no recuerdo, dice él, -Embriáguense pero no de vino, sino de espíritu.- Entonces por aquí viene otra línea de reflexión que no la podemos dejar perder. La importancia de emborracharse. Es muy importante emborracharse, pero saber de qué se emborracha uno. El ser humano necesita emborracharse, necesita ebriedad, pero no la ebriedad que conduce al pecado, la vergüenza, la agresividad y por supuesto que el desagradar a Dios, no esa ebriedad. Pero el ser humano sí necesita ebriedad. ¿Qué es la ebriedad? La ebriedad es un estado alterado de la conciencia que supera los cálculos racionales, que supera la cadena de causa y efecto y que quiere levantarse a los últimos frutos y a las primeras causas. Es un intento de degustar una felicidad que no tenga restricciones ni límites en el tiempo, en el costo, en el espacio o en la compañía. Eso es ebriedad. El ser humano necesita ebriedad hermanos, esto es agua por cierto ¿No? Porque uno, hablando de ebriedad y tomando aquí un líquido, la gente dirá ese padrecito. ¡Razón! El ser humano necesita ebriedad, porque el ser humano está hecho para el infinito y los cálculos racionales, la búsqueda de rendimientos, la preocupación por cuánto invierto y cuánto obtengo; ese tipo de cálculos nos vuelven limitados. Nos vuelven chiquitos, nos vuelven prisioneros, nos vuelven finitos. El ser humano necesita degustaciones del infinito. Y esas degustaciones del infinito están en algunas alegrías naturales y están sobre todo en el encuentro con Dios. La pareja que se abraza, que se besa, que se ama, tiene una cierta sensación de éxtasis, una cierta sensación de infinito. Porque yo siento que me amas más allá de toda palabra, más allá de todo límite. Éso es una degustación de infinito. Esa es una sensación de ebriedad. Pero ¿Qué pasa? Que esa sensación de ebriedad tiene que ser protegida, porque esa sensación de ebriedad supone un darse todo lo propio del placer sexual. Es eso, es el quitar toda restricción. Por eso lo propio del placer sexual es el lenguaje de la entrega. Soy tuyo, soy tuya. Ese es el lenguaje del sexo. Ese es el lenguaje de la intimidad. Pero qué pasa si una mujer dice bueno soy tuya hasta el mes entrante en que ¡Empezaré a ser de Juancho! Entonces ¿Cuál mía? ¿Cuál mía? No me ofenda. Lárguese de mi vida. Lo mismo vale para el hombre. El hombre, cuando tiene intimidad con la mujer, lo que le está diciendo es ¡Soy tuyo, soy tuyo! Mientras no aparezca Rosita. Eso no puede ser. Soy tuyo. Soy tuyo. Me entrego a ti. Sin restricciones, sin límites. Por eso la Iglesia dice que la sexualidad tiene su lugar propio en el sacramento del matrimonio. ¿Por qué? Porque el sacramento del matrimonio, en su preparación y en su celebración, tiene las características de un amor que permanece, de un amor que lucha, de un amor que se protege y se defiende. Pero esa es ebriedad, evidentemente, la pareja que se ama, evidentemente la pareja que sabe cuando cada uno sabe que puede contar completamente y sin restricciones con el otro y disfruta al otro y se entrega al otro y se goza en la presencia del otro, es esa ebriedad y eso no es pecado, eso no es pecado. Es más, como acto propio del sacramento del matrimonio, es meritorio. Ahí me van a decir algunos. Haberlo dicho antes, padre. ¡Es meritorio! Claro que es meritorio. Meritorio si se vive desde la fidelidad, si se vive con la bendición de Dios, si se vive así, es meritorio. Eso es ebriedad. Hay otras ebriedades parecidas. Fíjate lo que dice el Salmo: "El vino que alegra el corazón del hombre. . . " ¿Qué está indicando eso? Está indicando que también en los bienes de la naturaleza hay una cierta ebriedad con el peligro de que esa ebriedad se exceda. Pero eso pasa con todos los placeres de esta tierra. Lo mismo pasa con el sexo. El que se obsesiona con el sexo ya vuelve al sexo un ídolo. Entonces ya se pierde el sentido. Entonces lo mismo pasa con la comida y pasa con la bebida y pasa con el descanso. Y pasa con muchas otras cosas. Pero aún en los bienes de la naturaleza podemos encontrar ciertos rastros de ebriedad, incluso en la contemplación estética de tantas cosas. Hay ciertos lugares que nos dejan sin respiración, que nos producen un gozo, una sensación de amplitud, de libertad. Eso lo necesita uno. Esas son degustaciones de infinito. Son poquitos de infinito y eso hace falta. Así que sí, es necesaria la ebriedad. Pero una ebriedad sin pecado. Y ¿En qué momento la ebriedad se vuelve pecado? En el momento en el que se me convierte en un ídolo, incluso dentro del sacramento del matrimonio, que es el único lugar propiamente válido para la intimidad sexual. Incluso en el sacramento del matrimonio, la sexualidad puede volverse un ídolo. Y hay que tener cuidado con eso. Que tenga su lugar, que tenga su sitio, que es bello. Pero no es todo. Entonces el vino también nos habla de esa ebriedad. Fíjate que llevamos dos ideas. La primera idea es que se puede comparar la vida humana con la viña, porque la viña solo sirve por el fruto y la vida humana solo sirve si yo he llegado a conocer, amar y servir a Dios. Ese es el primer punto. El segundo punto es la vida humana necesita de santa ebriedad. ¿Y cuál es esa ebriedad que está abierta a todos? Es lo que muchos hemos conocido. No es el único camino, pero es lo que muchos hemos conocido a través de la invocación del Espíritu Santo y el don de la alabanza y la adoración. Por ejemplo, en ese rato de oración que yo no quería que terminara y ustedes tampoco, pero hubo que terminar. Fíjate que nos habló Eduardo y tuvo que decir Oiga, reaccionen, levántense. La gente no quería porque estábamos felices, porque estábamos gozosos, bendiciendo, alabando a Dios. Glorificándole No queríamos que acabara ese momento. Eso es ebriedad. Esa es ebriedad santa. Eso es una hermosura. Eso es una belleza. Entonces la segunda idea es. El ser humano necesita trascender la simple racionalidad y tener degustaciones de infinito. Y esas degustaciones son particularmente santas en el regalo del Espíritu, en el don del Espíritu Santo. Ahí participamos particularmente hoy participamos especialísimamente de esa ebriedad santa del Espíritu y por eso yo le tengo un recuerdo tan agradecido a la Renovación Carismática, porque fue ahí donde yo aprendí eso, fue ahí donde yo aprendí, cómo en esa adoración y en esa alabanza uno se suelta y uno siente ese gozo del Señor y uno no quiere que ese tiempo termine. Éso es muy importante y si les puedo recomendar algo es no se pierdan esas experiencias. Último punto: los cuidados. O sea, que Dios, juntemos las dos ideas que hemos dicho. Por una parte, la vida humana tiene sentido solo cuando llego a conocer, amar y servir a Dios. Pero por otra parte, Dios también quiere darme a mí algo. Dios quiere darme santa ebriedad. Dios quiere que yo tenga experiencias y degustaciones de infinito. Juntemos esas dos ideas, ¿Y a qué conclusión llegamos? La conclusión a la que llegamos es que a través de todos sus cuidados y a través de todas sus providencias, Dios nos va guiando para que nuestra vida tenga fruto y para que nuestra vida tenga alegría. Es decir, el fruto de amor y de servicio tiene que ir unido al fruto del saberse uno amado y saberse gozoso y todo lo que Dios ha hecho en tu vida. Todo es para que tú puedas juntar esas dos cosas. Todo lo que ha hecho Dios en tu vida es para que tú puedas al mismo tiempo ser generoso labrador, no egoísta y miserable, como los que aparecen en la parábola de hoy, para que tú puedas ser generoso, labrador pero generoso, no por una paga, sino por el gozo inmenso de un amor que te supera y que te trasciende. Esa es la vida cristiana. La vida cristiana es el reconocimiento de ese paso de Dios que lo ha hecho todo por mí, que se ha dado sin reservas. Esa es la vida cristiana y desde ahí sentirme ebrio de gozo. Y entonces, como dice la muy amada Catalina de Siena, el ser humano, el alma viéndose tan amada no puede defenderse, no puede excusarse de amar. Esa es la vida cristiana. Y entonces amamos y entonces servimos y entonces trabajamos. Por eso la vida cristiana es como esta viña, y por eso nosotros, esa expresión que utiliza también Catalina. Por eso nosotros, a imagen de Cristo, tenemos que obrar con esa santa embriaguez. Catalina a veces era poco respetuosa con Cristo. Decía que Cristo a la cruz iba como un borracho, como un loco. No me parece muy respetuoso ese lenguaje, pero se refiere a eso, como un loco, en el sentido de que más allá de toda racionalidad, Él está dispuesto a morir por nosotros. Y como un ebrio, porque estaba perfectamente gozoso y estaba perfectamente triste en la cruz, triste por el dolor de nuestros pecados, gozoso porque esa cadena del pecado se iba a romper precisamente por el sufrimiento que Él padecería en la cruz. Hermanos, sigamos esta Eucaristía. Viña el fruto de la viña. Por ahí, en esas que se llaman vinajeras, está el fruto de la viña aguardándonos. Esa, ese vino fruto de la viña, se convierte en el vino fruto de Cristo. Podemos decir que el vino es la sangre de la viña, o podemos decir que la sangre es el vino de Cristo ¡Qué imagen tan perfecta! Qué símbolo tan precioso el que nos dio el Señor, queriendo que la Eucaristía se celebrara con el pan y el vino. Ese vino que se transforma en su sangre nos está recordando todo el camino que Él recorrió, todo el amor que nos ha dado y todo el fruto que espera de nosotros.

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