Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La conversión es parte esencial del Evangelio; comprende cinco pasos: (1) Reconocer el pecado; (2) Conocer que hay un Dios poderoso y compasivo; (3) Recapacitar; (4) Unirse al Cuerpo de Cristo por los sacramentos; (5) Crecer en identificarnos con el Señor.

Homilía ao26012a, predicada en 20171001, con 30 min. y 48 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, hay una palabra que abre la predicación del Evangelio, una palabra que está desde el principio en la voz de nuestro Señor Jesucristo; una palabra que hace posible que los regalos de gracia y de amor que Él trae lleguen hasta nosotros. Esa es la palabra "Conversión". Vemos en el Evangelio, por ejemplo, en San Marcos, que lo primero que dice Nuestro Señor Jesucristo es conviértanse y crean la Buena Nueva. El Reino de Dios está cerca. Ese es el triple mensaje de Cristo. Repito: Conviértanse y crean en la Buena Nueva, El Reino de Dios está cerca. Pero no es un conjunto de tres mensajes. En cierto sentido, es un mismo mensaje dicho de tres maneras.

Porque la cercanía del Reino de Dios nos mueve a conversión y porque la conversión solo es posible acogiendo en la fe esa invitación que Dios nos hace. Así que es inseparable. Este trío es inseparable, conversión, fe, reino de Dios. No podemos separar esas tres realidades. Están en el corazón de Cristo, están en su predicación. Deben estar también en nuestra vida. El que esté predicando diga que predica el Evangelio, pero no esté llamando a conversión. Ese no es el Evangelio. Si dice que está predicando el Evangelio, pero no anuncia y apresura el reino de Dios, ese no es el Evangelio. Si dice que está predicando y no llama a la fe, entendida sobre todo como una absoluta confianza en Dios que se nos manifiesta en Cristo, eso no es predicación. Eso no es evangelización.

Ahí tenemos entonces un recurso muy sencillo para saber cuál predicación nos puede hacer bien y cuál nos puede descarriar, porque hoy hay muchas voces. Repito, lo que yo debo buscar, las voces que me pueden hacer mayor bien son las de aquellos que me llaman a cambiar de vida, a creer y confiar en Dios y a caminar junto con mis hermanos en esa realidad hermosa, siempre en proceso de construcción. Esa realidad que se llama el Reino de Dios. Esas tres dimensiones son inseparables. Es la primera idea que quería compartir con ustedes. Segundo punto. ¿Y esa conversión qué requiere? Esa conversión, requiere que, en primer lugar, nosotros nos reconozcamos necesitados. Es la idea que aparece en el Evangelio de hoy. Las personas que primero se reconocieron necesitadas, fueron las personas que primero entraron en ese proceso maravilloso que es como la encarnación del plan de Dios en la historia y que se llama el Reino de Dios.

Las personas que entraron de primeras ahí, ¿Quienes fueron? las personas que primero reconocieron su necesidad, quizás porque era más visible externamente su pecado, quizás porque eran personas más continuamente señaladas. Esos grupos que menciona Cristo, los que cobraban impuestos para el Imperio Romano, es decir, los publicanos, y luego aquellas mujeres que estaban en condición de prostitución fueron los primeros en reconocer su necesidad. Por eso, para que la conversión llegue a mi vida, lo primero que se necesita es reconocer mi necesidad de conversión. Por eso, una dimensión de la predicación en la Iglesia ha de ser la denuncia. La denuncia es la manera de hacer conciencia de la enfermedad, de la necesidad. Nadie va al médico salvo para algún control. Pero el propósito de los controles es precisamente ver si algo está mal.

Nadie va al médico sino ante la posibilidad o ante la realidad de un mal. Porque admitimos la posibilidad de que algo esté mal en nosotros. Vamos a hacernos controles a donde los médicos, donde los doctores. O porque reconocemos que hay cosas que están mal en nuestra salud. Vamos donde los doctores. Si nosotros fuéramos hombres o mujeres de acero que no les entra ningún tipo de enfermedad, virus, bacteria. Si nada pudiera hacernos daño, pues nosotros despediríamos de nuestra sociedad a los doctores como gente que no tiene nada que ofrecernos. Es necesario el reconocimiento de la enfermedad y por eso una parte de la predicación de la Iglesia ha de ser llevar a la claridad sobre la gravedad del pecado, el daño del pecado y la sutileza del pecado.

Porque, como lo dice la Palabra de Dios desde sus primeras páginas; el pecado es astuto, el pecado es sutil, sabe esconderse. Por eso los hebreos comparaban la acción de la tentación y del pecado con el modo silencioso, artero, astuto de la serpiente. Entonces, la predicación de la Iglesia, continuación de la predicación de Cristo, debe denunciar el pecado, mostrar la gravedad del pecado, sacar a luz la astucia del pecado para lograr ¿Qué? Para lograr en nosotros la repulsa, el repudio del pecado y el dolor de haber pecado. Sin esa condición no va a haber conversión, no va a haber conversión. Necesitamos que aparezca la realidad del pecado. A veces este mensaje resulta difícil de recibir. A veces nosotros no queremos que se hable del pecado, pero si se omite la predicación sobre el pecado, cae en el vacío la predicación del amor de Dios. O si no se trivializa, se banaliza.

Sin la conciencia de la gravedad del pecado, el amor de Dios queda convertido simplemente en un código social de seamos buenas personas, tratémonos bien y poco más que eso. En cambio, cuando aparece la realidad del pecado, entonces tiene una conciencia de que realmente tiene necesidad de salvador y necesidad de salvación. Eso fue lo que sucedió a las meretrices o prostitutas que se mencionan en el Evangelio y a los publicanos. ¿Y quién fue el que hizo ese oficio duro, fastidioso, rechazado, de denunciar el pecado? Fue sobre todo Juan el Bautista. Por eso dice Jesús vino a ustedes Juan, que predicó el camino de la justicia, y no le creyeron, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron. O sea que, Juan el Bautista le tocó ese trabajo duro, ese trabajo fastidioso, antipático.

Pero ese trabajo hay que hacerlo porque una vez que la persona encuentra su pecado, encuentra su necesidad. Ahí empieza el acto de la voluntad que rechaza, que repudia. Es decir, lo que hay que lograr es que la persona llegue a decir yo ya no quiero seguir siendo así, yo no quiero que mi vida siga de esta manera, como voy, no voy bien, yo no quiero que mi vida siga de esta forma, ése no quiero ser yo. Cuando ya hay esa luz y hay ese acto de la voluntad, ya empezamos bien, por ahí empieza la conversión. Pero hay que tener cuidado porque la denuncia del pecado, si no se hace de la manera apropiada, es decir, en el camino que nos muestra la Palabra de Dios y sobre todo con la unción del Espíritu. Si no se hace bien, esa denuncia del pecado puede traer resultados que no son los que Dios quiere.

Me explico: Una persona puede quedar paralizada por el miedo. Una persona puede quedar congelada en la impotencia, la decepción, la tristeza, la depresión. La denuncia del pecado es necesaria, pero tiene que ir unida continuamente al anuncio. La denuncia va unida al anuncio. Anuncio de ¿Qué? Anuncio de que hay esperanza y hay esperanza porque hay un Dios que es más grande que nuestros pecados. Hay un Dios que es capaz de perdonar el pecado. Hay un Dios que puede tomar la historia de mi vida, una historia que tal vez esta vuelta pedazos, vuelta, fragmentos, vuelta trizas. Dios puede tomar esa historia de mi vida y puede hacer de ella una historia nueva. Entonces, la predicación de la Iglesia, la predicación de los misioneros, de los catequistas, de los diáconos, de los sacerdotes, de los obispos, del Papa, siempre tiene que unir las dos cosas: La denuncia, y el anuncio.

Denuncia para tener claridad sobre el pecado y llegar a repudiarlo de corazón. Anuncio para no caer en desesperación, para no caer en desconsuelo, para no caer en pesimismo. Esto vale para la realidad personal, esto vale también para la realidad comunitaria. Es necesario que nosotros, católicos, seamos en la sociedad de hoy, señales vivas de esperanza. A nosotros como pueblo de Dios, nos corresponden las dos cosas. Tenemos que ser claros en la denuncia de los comportamientos que destruyen. Pero, tenemos que ser igualmente claros o, si se quiere, más claros todavía en el anuncio de la esperanza de salvación. Entonces, ¿Qué se necesita para que haya conversión? Claridad sobre el pecado y anuncio de misericordia.

Si un buen predicador ha logrado presentar, o si la Iglesia que es testigo del Evangelio ante las naciones, luz de las gentes, la llama el Concilio Vaticano II. Si la Iglesia logra esas dos cosas, es decir, presentar la denuncia del pecado y presentar el anuncio de la gracia y la misericordia, viene el tercer paso en la conversión. Ese tercer paso en la conversión es el que aparece en la primera lectura de hoy. Queridos hermanos, he aquí lo que dice esa primera lectura del profeta Ezequiel: "Cuando el pecador se arrepiente y practica la rectitud y la justicia, salva su vida. Si recapacita, -si recapacita- y se aparta de los delitos, vivirá y no morirá". Entonces, externamente la Iglesia, movida por el Espíritu, ha de hacer la denuncia del pecado y el anuncio de la gracia.

Pero luego, dentro de ti tiene que suceder un proceso maravilloso, ese proceso maravilloso sin el cual todo lo demás se pierde. Ese proceso maravilloso está resumido en el verbo "Recapacitar". ¿Recuerdas la parábola del hijo pródigo? En esa parábola se utiliza el mismo verbo. Cuando este hombre pudo ver la situación en la que estaba, cuando ya se dio cuenta que tenía hambre de la comida de los marranos, cuando ya sintió hambre y quería saciarse de lo que comen los cerdos. Cómo que alcanzó a pensar, ¡¡¡¿Hasta dónde voy a llegar? ¿Ya, qué más me tiene que pasar?!!! ¿Qué otro fondo estoy esperando? Y sintió repulsión de su condición. Y en ese momento nos dice la escritura, "Recapacitó", recapacitó. ¿Qué es recapacitar? Es hacer una sabia escogencia entre esas dos realidades.

Tengo una realidad que es la vida de pecado que he llevado. Tengo otra realidad que es el camino de la gracia y la conversión que Dios me propone. ¿Qué tiene a su favor la vida de pecado? Que pecar trae ventajas. El dinero, aunque fuera mal ganado, de los publicanos, era dinero. Les permitía una vida desahogada, lujosa, con lo que fueran lujos en aquella época. Dinero es dinero. Entonces el pecado tiene su peso. La persona que está metida en un vicio en ese vicio, encuentra satisfacción; en la bebida, en la pornografía, en la droga, en el robo. La persona encuentra algunos deleites ahí y algunas ventajas. Por otro lado, está el anuncio de la gracia, Dios me muestra su rostro compasivo y me llama para que yo tenga otra vida, para que yo recupere paz en mi conciencia y coherencia en mi vida.

Entonces, recapacitar ¿Qué es? Es ponderar esas realidades, ponderarlas con la mente y con el corazón, y darse cuenta que lo que parece un buen negocio a corto plazo, es decir, el pecado, es un pésimo negocio a largo plazo. El guerrillero narcotraficante colombiano, conocido como el Mono Jojoy, que fue jefe militar de las Farc allá en mi país, tenía conciencia del camino que estaba tomando. Todavía siendo un hombre joven, dijo. . . -Yo creo que yo no llego a los cuarenta años, yo creo que antes de los cuarenta ya me matan.- Efectivamente, llegó a los cuarenta, pasó un poquito más. Y en un ataque del ejército murió. Murió aplastado en un refugio donde estaba, por las bombas del ejército colombiano. Le cae eso encima, Le estallan esas bombas y queda destrozado su cuerpo.

Es decir, él sabía hacia dónde iba. Él sabía lo que le podía pasar. Y yo estoy seguro que muchos de los que entran en caminos ilícitos, en caminos de dinero fácil, en caminos de ganancias sucias, saben lo que les puede pasar. Saben que su destino seguramente estará en una muerte temprana y cruel. Saben que su destino estará en una cárcel o en extradición. Lo saben, pero no han recapacitado. No se han dado cuenta de que es un pésimo negocio perder la vida. Cuando uno cree que está ganando el mundo entero. Recuerdas la frase de Cristo ¿No? "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?" Recapacitar es como tomar esa frase en serio. ¿De qué me vale ganar el mundo entero? ¿De qué sirven los ochenta, los cien, los tres mil millones de dólares que yo pueda reunir con un negocio puerco? Si ni siquiera voy a poder disfrutar ese dinero.

¿De qué me sirve? Recapacitar es darse cuenta uno del pésimo negocio que es el pecado, y darse uno cuenta del tamaño de regalo que Dios nos da en la persona de su Hijo Jesucristo. Eso es recapacitar. Entonces, fíjate los pasos de la conversión cómo van: Primero, la denuncia. Alguien tiene que hablarme de lo mal que estoy haciendo. Alguien tiene que hablarme. Puede ser una lectura, incluso, puede ser la lectura de la Biblia, seguramente puede ser una predicación en mi templo parroquial, puede ser un retiro espiritual, puede ser un programa bueno que vi por Internet, puede ser un programa que encontré en una emisora católica o en una televisión, en una cadena de televisión. Alguien tiene que denunciarme mi pecado. Alguien tiene que abrirme los ojos.

Segundo, es necesario que me abran todavía más los ojos del alma para poder ver que aún en mi condición de pecador hay una esperanza. Ese es el anuncio de gracia. Tercero, es necesario el acto interior de recapacitar hasta darme cuenta. Yo no quiero seguir así, pero es que no quiero seguir así porque no es buen negocio lo que estoy haciendo. Lo que estoy preparando es mi propia fosa. Hoy yo digo si una voz suficientemente potente le hubiera llegado a ese hombre al que llamaban el Mono Jojoy. Ese era su apodo, por supuesto. Si una voz suficientemente potente le hubiera llegado a él para recapacitar y le hubiera dicho, -Tú no tienes que morir como una rata aplastada por las bombas, tú no tienes que vivir corriendo y escondiéndote. Tú puedes llevar una vida digna de hijo de Dios.-

Si una voz suficientemente potente le hubiera llegado, y si este hombre hubiera recapacitado, recapacitar. Claro que sobre el destino eterno de él, solo Dios sabe. Eso no me toca decirlo a mí. Solo Dios es Señor. Solo Dios sabrá qué pasó con él. Pero digamos, lo que uno ve es lo que yo les he contado aquí. ¿Y qué sigue? Después de recapacitar, al recapacitar, me doy cuenta de que pecar es el peor de los negocios, es la mayor de las ingratitudes. Me doy cuenta de que el primero que está perdiendo soy yo mismo. me doy cuenta de que lo que me han vendido, es decir lo que el demonio me ha vendido, es mentira. Mentira sobre mentira. Es dulce, pero es un dulce envenenado.

Entonces llego a una resolución y junto con esa resolución que es fruto de recapacitar, viene el cuarto paso. Ese cuarto paso es el acto de confianza en Dios. Acto de confianza absoluta. Yo por mí mismo, no puedo salir de esto, pero yo quiero depositar mi confianza en ti, Señor, Yo me pongo ante ti, Yo pongo mi confianza en ti. Y ese acto de confianza debe estar sellado. Por supuesto que sí. Debe estar sellado por el camino que Cristo nos mostró. ¿Y cuál fue ese camino? El camino de unirse como miembro vivo a la comunidad creyente. Por eso quiso Jesús decir estas palabras que están en el capítulo número 20 de San Juan. Dice nuestro Señor Jesucristo a sus apóstoles: -A quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados. A quienes ustedes se los retengan, les quedan retenidos- Dándoles semejante potestad a los apóstoles.

Estaba mostrando a todos nosotros los faros de salvación que tenemos. Entonces ese acto, esa resolución que proviene de recapacitar, debe llevarnos a un acto verdadero, a un acto genuino de unirnos a la comunidad creyente. Recordemos, hermanos, lo que sucedió el día de Pentecostés, ahí están todos los momentos que les he dicho. Pedro aprovechando que una gran multitud se había reunido extrañada por el ruido de aquel viento impetuoso y el temblor que había sacudido el cenáculo. Pedro dirige la palabra a la multitud y les dice: "Este no es un tema de ebriedad. Esto no es que estén ebrios, lo que sucede es que el Señor está cumpliendo lo que dijo por boca del profeta Joel y les habla de la abundancia del Espíritu. . .

Pero acto seguido, el mismo Pedro les muestra por qué el Espíritu Santo se da en ese momento y les dice que se debe al sacrificio de Cristo, que ruega para nosotros, que merece para nosotros ese don del Espíritu. Y entonces les dice. . . "Ese es el Cristo al que ustedes crucificaron cuando Pilato ya estaba dispuesto a soltarlo". ¿Qué está haciendo Pedro ahí? Denuncia. Y esa denuncia tiene impacto en ellos. Y ellos entran en contrición y le dicen a Pedro -¿Y qué tenemos que hacer?- Y Pedro les dice: "Crean en el nombre de Jesús y que cada uno se bautice". Y les da este signo de esperanza, porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos y para todos los que el Señor llame.

Y con esas palabras de esperanza, estas personas que ya reciben un anuncio de gracia, se dan cuenta, Recapacitan ¿Y qué hacen? Se bautizan, se unen a la comunidad. Llevamos cuatro pasos. Los cuatro pasos son la denuncia, el anuncio, recapacitar, como fruto de ese recapacitar; por supuesto, dar el paso de confianza que nos lleva al cuarto, unirse a la comunidad creyente. Uno se une a la comunidad creyente a través del bautismo para los que ya hemos sido bautizados. Esto supone normalmente de modo ordinario, el sacramento de la confesión. Cuarto paso: Me integro de una manera viva en la comunidad y viene por último el quinto paso. El quinto paso es la perseverancia en ese nuevo camino, es decir, el llevar una vida según el modelo de Cristo.

Esto es lo que nos recomienda la segunda lectura de hoy de la Carta de San Pablo a los Filipenses: "Nada hagan por rivalidad ni por presunción. Cada uno considere a los demás como superiores. No busquen su propio interés. Busquen el bien de su prójimo. Tengan los mismos sentimientos de Cristo". En resumen, necesito, reconocer mi pecado y aborrecerlo. Necesito, conocer y agradecer la misericordia de Dios que se me manifiesta. Necesito recapacitar y adherirme de corazón a esa propuesta del amor de Dios. Necesito unirme nuevamente a la comunidad cristiana como miembro vivo y no muerto, y necesito formarme en esa comunidad para adquirir los mismos sentimientos de Cristo, según lo que me dice Pablo.

Hermanos amados, éste es el itinerario de la vida cristiana. Empieza con la denuncia del pecado y se concreta y se realiza maravillosamente cuando nosotros, hombres y mujeres, vamos adquiriendo la forma de Cristo en nuestro corazón, en nuestro pensamiento, en nuestra vida. Ese es el hermoso camino de la comunidad cristiana. Y que bello hermanos, quisiera terminar haciendo alusión a lo que ven mis ojos, este momento particular, este momento histórico que está viviendo esta comunidad de María Auxiliadora a los cincuenta años de su fundación. Esta comunidad está en un proceso de renovación externa. Nos damos cuenta las paredes que se van levantando, los planes, los diseños, la casa. Pero esa casa externa ha de corresponder al crecimiento y consolidación de la comunidad que somos todos.

Así como nosotros vemos que se van levantando estos muros y que un día Dios mediante, podremos admirar toda esa belleza, toda esa hermosura que tiene el diseño de esta casa de Dios. Así también cada uno de nosotros ha de ser parte del templo del Espíritu. Así como se construye la casa afuera, que se construya la casa adentro, así como se levanta el templo, que se constituya y se consolide la comunidad cristiana viva en esta parroquia de nuestro querido Chihuahua. Ése es el propósito. Y que hermoso saber cual es la manera que Dios utiliza hasta encontrar el sitio exacto. Desde la mañana estoy admirando la belleza de ese muro antiguo de adobes que con gran sabiduría ha quedado a la vista. El lugar exacto de cada adobe. Cada uno de esos adobes puede representar tu vida o mi vida. El lugar exacto, el oficio que debe tener.

Ese, lo conoce Dios, que es el arquitecto. Y en la medida en que hacemos este proceso de conversión, es decir, permitimos que nos denuncien nuestros pecados, que nos anuncien la gracia, recapacitamos, nos reinsertamos en la comunidad y vamos adquiriendo la forma de Cristo. Cada uno de nosotros va encontrando su lugar en la casa de Dios. Hermano mío, así como para esos adobes hay un lugar para ti. Te invito a que pienses cómo eran esos adobes antes de ser puestos en la pared. Imagínate aquí, tal vez una pila, una montaña, un montón de adobes, una cosa desordenada que no sirve para albergar a nadie. Pero a medida que los constructores, guiados por un arquitecto, van poniendo en su lugar lo que antes era desorden, se convierte en orden y lo que era incapaz de recibir se convierte en una casa que nos recibe a todos.

Así también es la construcción de la comunidad cristiana. Cuando es bajo el nivel de evangelización que tenemos somos como una montaña, como una pila de adobes. Pero a medida que la predicación de nuestro párroco y a medida que cada uno de los grupos y ministerios va tomando su papel, entonces se van formando los arcos y las ventanas, y los cimientos y los techos, y Dios mismo se alegra de ver que se levanta su casa. Ese es, hermanos, el camino de la comunidad cristiana. Y si Dios me permite volver en un tiempo a esta querida tierra, será muy hermoso volver a este sitio, ver cómo habrá avanzado en ese momento la construcción. Quizás ya esté terminada, pero ver sobre todo una comunidad en la que cada uno ha encontrado su lugar, su lugar de servicio, su lugar de crecimiento, su lugar de santidad. Así lo conceda el Señor por su misericordia. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.

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