Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los grandes pecadores "van delante" de los demás no porque sean pecadores sino porque han acogido de corazón el llamado a la conversión.

Homilía ao26009a, predicada en 20140928, con 4 min. y 37 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

El Evangelio de hoy nos presenta una escena de conversión, pero también una escena de obstinación. Obstinación es la resistencia a un cambio que es necesario. Conversión es la flexibilidad necesaria para acoger y seguir un cambio que es necesario. ¿Y cuál es ese cambio? Ese es el que está en la palabra conversión, es la aceptación del plan de Dios en nuestra vida, es acoger con gratitud, con obediencia, con amor, incluso con alegría, el plan de Dios para nosotros.

Démonos cuenta que ese plan de Dios es exactamente el que rechazamos con el pecado. Pecar no es otra cosa, sino darle la espalda a Dios nos enseña con mucha claridad San Agustín de Hipona. Dice San Agustín, que el pecado es darle la espalda a Dios por volverse a las cosas creadas; no sólo los objetos, sino también las ideas, los sentimientos, los placeres, las sensaciones, los bienes de este mundo. Esa es la esencia del pecado y por consiguiente, la conversión es el abandono de esa rebeldía, es dejar ese puesto, es dejar ese lugar que le hemos puesto a los ídolos y otorgar el trono y dar el primer lugar únicamente a Dios. Eso es exactamente lo que significa la conversión.

Y el Evangelio nos muestra que hay personas que dicen que sí, pero luego sus obras desmienten. Es decir, en el fondo sus corazones son resistentes, en el fondo son obstinados. En cambio, hay otras personas que exteriormente, externamente parecen estar en oposición con Dios, pero luego tienen la capacidad de acoger en su ser, acoger en su corazón el plan de Dios, y esos son los que se convierten.

Hay una cosa que es importante recordar aquí, hay algo que hay que destacar: Jesús no está diciendo que sea bueno pecar, Jesús no está diciendo que tengan privilegios los pecadores en cuanto pecadores, porque a veces se pueden plantear las cosas de esa manera, como diciendo: que los que se divorciaron y se volvieron a casar deben tener el primer puesto en la iglesia o la persona que ha abortado, o el sacerdote que ha abandonado el ministerio y se forma una especie de mundo al revés, donde queremos presentar como héroes y como representantes de la fe a aquellos que han traicionado su fe.

Cristo no está diciendo que sean héroes. Está diciendo que los publicanos y las prostitutas que acogieron el llamado, que se reconocieron como pecadores, que le dieron la espalda a su pecado para recibir el mensaje de la gracia y del amor de Dios. Esos son los que van delante.

Entonces, por una parte, el Evangelio de hoy nos está invitando a dejar nuestra obstinación y por otra parte, nos está indicando cuál es el camino. El camino es reconocer lo que yo he hecho mal y apresurarme para recibir el llamado del amor divino, apresurarme para recibir su misericordia.

En ese sentido, solamente en ese sentido, Cristo está diciendo: -Los publicanos y las prostitutas van delante-, no por la prostitución que practicaron, no por la opresión que practicaron en su manera de cobrar los impuestos, los publicanos, no por el mal que hicieron, sino porque la voz de Dios de tal manera sacudió su conciencia que fueron capaces de decir: -No más al pecado, aquí empieza la obra de Dios en mi vida-.

Y eso es lo que somos llamados también nosotros a hacer: -No más al pecado. Aquí empieza la obra de Dios en mi vida-.

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