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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Modos y razones por los cuales a veces los buenos se vuelven malos; y caminos por los que los malos llegan a volverse buenos.
Homilía ao26008a, predicada en 20110925, con 17 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Una manera sencilla de resumir el Evangelio de hoy es esta: -Lo que importa no es tanto en dónde se encuentra uno, sino para dónde va-. Los matemáticos podrían decir que en una curva de la posición contra el tiempo, no interesa tanto la posición, sino la primera derivada; pero volvamos al lenguaje del Evangelio. Lo que interesa no es tanto en dónde está uno, porque hay gente buena, pero esa gente buena se puede volver mala, y lo grave es eso, que aunque son buenos, están en tendencia y peligro de volverse malos; en cambio, hay otros que son malos y están en tendencia y esperanza de volverse buenos. En el Evangelio de hoy es muy claro como el primero, pues dijo que no quería ir a colaborar en la viña del papá; su postura era mala, desobediente, pero con el tiempo tomó una decisión distinta. En cambio, el otro empezó bien y acabó mal. O sea que lo que interesa no es tanto dónde se encuentre uno, sino hacia dónde se está dirigiendo; ¿por qué sucede que la gente buena se vuelva mala? Pues hay tres razones que están sugeridas en el mismo evangelio de hoy: Fijémonos a quién o a quiénes habla Jesucristo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Los sumos sacerdotes y los ancianos se supone que tenían un lugar preferencial, estaban en muy buena posición, había muy buena opinión de ellos, o eso creían por lo menos. ¿Pero cuál es el problema? Que estos ancianos y estos que eran autoridad se creían mejores que el resto del mundo, es decir, aquí viene el primer problema. El que está bien, se vuelve duro, se vuelve orgulloso, juzga a los demás, se cree mejor que todos; y entonces, aunque estaba bien, su soberbia lo echa a perder. El ejemplo más dramático de esta caída es el demonio mismo creado por Dios como un ángel bueno, su nombre significa: -el que porta la luz-, eso es lo que quiere decir Lucifer. Y sin embargo, la soberbia le lleva a la peor condición. O sea que el bueno puede volverse malo por la soberbia; es un peligro que a todos nos acecha. Me dicen que hay un refrán en Gran Bretaña que traducido dice: -La soberbia de una persona muere tres horas después que ella-. Todos estamos tentados de soberbia y la soberbia hace que el bueno se vuelva malo. La segunda razón por la que el bueno se puede volver malo es por la pereza, por la desidia. El bueno se vuelve malo porque le parece que ya ha hecho mucho, entonces deja de entrenar, eso sucede cada rato en el deporte. Los colombianos creo que somos expertos en eso: ¿Cuántas veces en un campeonato el equipo colombiano empieza con máximo, con su máximo y todo el mundo lo aclama, -¡Qué buen equipo, magnífico, extraordinario!-, pero después ya no se mantiene ese ritmo. Es lo que el refrán llama dormirse en los laureles. El bueno se vuelve malo porque se duerme en los laureles, porque deja de entrenar. Eso pasa en el atletismo, eso pasa también en la evangelización. La Iglesia Católica ha pecado muchísimo, de desinterés, de desidia. El sacerdote que ve que se le llena su parroquia dice: -Uy, cómo lo estoy haciendo de bien-. Y no se da cuenta que si suma la gente que va a misa en su parroquia es apenas el tres o el cuatro por ciento de toda la gente que geográficamente le pertenece. Entonces el padrecito, porque ve la Iglesia llena, ya se queda tranquilo. Los dominicos ven que están entrando muchas vocaciones y dicen: -¡Uy! Cómo lo estamos haciendo de bien- En el santuario de la Virgen de Chiquinquirá no cabe la gente y decimos que grandes evangelizadores somos. Pero deberíamos preocuparnos, no de lo que ya estamos haciendo bien, sino de qué es lo que estamos dejando de hacer. A los papás les puede pasar esto, los papás ven que los hijos hablan tres idiomas, manejan cuatro computadores al tiempo y dos Blackberries y entonces sienten que buenos muchachos son mis hijos, pero no se preocupan, no se hacen la pregunta: ¿y qué estamos dejando de hacer? ¿Por donde se puede estar entrando el agua al barco? Ese es el segundo peligro por el cual el bueno se puede volver malo. Y una variación de esta segunda razón o peligro es la tercera que quiero compartirles; es algo tan serio, esta tercera razón que ha sido condenada oficialmente por la Iglesia, se trata de la persona que ya no considera que necesite conversión. Eso ha sido condenado por la Iglesia, -es una herejía- que una persona diga: -yo ya no necesito conversión-, significa una negación directa de la virtud teologal de la esperanza que no tiene un fin menor ni más bajo que el cielo mismo. Y esa herejía la cometen montañas de católicos que nunca encuentran de qué confesarse, ¿yo de qué me voy a confesar? yo soy bueno, yo no le hago mal a nadie. La semana pasada, por ejemplo, no maté a nadie. Nos creemos buenos porque no somos malos, es una pésima lógica, y arruina la vida cristiana. Porque Dios no nos llamó para que no fuéramos malos, sino para que fuéramos buenos. Y el tamaño de la bondad que Dios quiere crear en nosotros es el tamaño de la bondad que Él mismo tiene, y por eso Jesús dice: "Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto". Todo católico que dice, yo no necesito arrepentirme, yo no necesito confesarme, yo no le hago mal a nadie, yo cumplo con todo. Ese está pecando con una herejía que ha sido condenada formalmente por la Iglesia Católica y sobre todo, se está desconectando de la fuente viva, de la gracia viva del Espíritu; entonces ahí se ve cómo los buenos, con su cara de buenos, con su aspecto de buenos, con sus familias honorables, con sus casas elegantes, pueden caer en un desastre. Y eso es lo que Jesús les está diciendo a los ancianos del pueblo y a los sumos sacerdotes que eran tenidos por la ropita limpia del pueblo en aquella época. Cuando Herodes iba a invitar a un cumpleaños suyo invitaba a la gente distinguida; y los distinguidos son estos a los que les habla Cristo el día de hoy y les dice: -Ustedes puede que estén en una buena posición, pero lo que importa no es dónde estés, sino hacia donde vas-. Así que hay, esas tres razones por las que el bueno se vuelve malo: por la soberbia, por la desidia y por olvidarse de la conversión constante, que en el fondo es un pecado contra la esperanza. Felizmente, Jesús también nos habla, de la otra situación, el malo puede volverse bueno. ¿Cómo sucede que el malo se vuelva bueno? ¿Quiénes eran los malos de la película en el tiempo de Cristo? Los que aquí llama pecadores públicos, muchos recordamos la traducción, -Publicanos-. Esos eran los cobradores de impuestos; como ellos trabajaban para el imperio opresor, el imperio de los romanos, eran la imagen misma de lo que significa ser una porquería: -Usted es un traidor, usted es una sanguijuela, usted se alimenta de los bienes del pueblo pobre para enriquecer a un imperio opresor e injusto, usted no merece sino desprecio-. Es decir, los publicanos, si vamos a mirarlos dentro del conjunto de la sociedad judía de aquel tiempo, los publicanos eran lo peor de lo más puerco. Los publicanos eran todos hombres. Pero resulta que Jesús también tiene un ejemplo tomado de las mujeres: Se supone que la mujer mala por excelencia es la quitamaridos, es la prostituta, es la sucia, es la zorra, es la que con su comportamiento representa lo más asqueroso del comportamiento humano. Y a esos son los que Jesús toma como ejemplo para decir que los malos pueden volverse buenos. Pero hay que tener mucho cuidado con esa frase de Jesús. Jesús no está diciendo vuélvanse malos para que les vaya bien o para que entren pronto en el reino de Dios. Hay una razón, una razón muy específica por la que Jesús dice que los publicanos y las prostitutas van delante al Reino de Dios. ¡Cuidado! No dice que ya llegaron, porque lo que importa no es dónde estás, sino hacia dónde vas. No dice que ya llegaron, dice que van mejor. ¿Y por qué van mejor? ¿Será por las negociaciones turbias que tienen con el Imperio Romano, será por el dinero de prostitución que ganan? No, no, van mejor porque sean pecadores, van mejor porque se arrepienten. Es el arrepentimiento, eso es lo que puede hacer que el malo se vuelva bueno. Y ese arrepentimiento tiene un origen muy concreto en el Evangelio de hoy; ese arrepentimiento nace de la predicación de un santo muy grande llamado Juan el Bautista. Juan el Bautista denunció los pecados al pueblo. Entonces el orden es denuncia, escucha, recapacitar, convertirse. La denuncia la hizo Juan, el escuchar, el recapacitar y el convertirse lo hicieron algunos dentro del pueblo. No todos en el pueblo. Juan denunció los pecados, como decimos en Colombia, de Raimundo y de todo el mundo. Allá le llegaban fariseos, sumos sacerdotes, militares, comerciantes y Juan el Bautista, tenía para darle sopa y seco a todo el mundo: -Ustedes dejen de hacer esto, ustedes no hagan esto, ustedes hagan lo de más allá-. Juan el Bautista tenía una tremenda autoridad moral porque era un hombre santo realmente, y nadie nunca le pudo reprochar nada; él vivía en oración, vivía en penitencia, vivía unido a Dios. La voz de Juan era como oír a Dios. Juan le habló a todo el pueblo. Pero no todo el pueblo tuvo oídos para Juan. Sucede que hubo unos, los que estaban en condición peor, esos fueron los que sí le prestaron oídos a Juan. Y después de la denuncia vino la escucha y después de escuchar, recapacitar y después de recapacitar, convertirse. Entonces Jesús detecta que estos, los que ante los ojos del mundo valen menos, son los que están en ese proceso. Son los que van bien. Están mal, pero van bien, su dirección es la correcta y eso es lo que Jesús pondera en este caso: Van bien. Entonces, pues eso, ya nos deja una enseñanza a nosotros. Porque resulta que cuando uno se acerca al Evangelio, el mejor negocio que puede hacer es declararse entre los pecadores y entre los enfermos. Porque Jesús ha dicho: "Yo vine a salvar a los pecadores", o sea que si uno reconoce sus pecados, ya puede decir, -Jesús vino por mí-. Jesús dijo: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos". O sea que si uno se declara enfermo y se reconoce en sus enfermedades morales, espirituales y físicas, ya puede decir: -Jesús vino por mí-. En cambio, el que dice: -No, yo estoy bien de todo y no necesito cambiar nada- Ese ha perdido el derecho de decir Jesús vino por mí. Eso es lo único que podría decir es, Jesús vino por otros, no por mí. Jesús nos enseña entonces a nosotros los pecadores, a nosotros, los que necesitamos mejorar la vida, nos enseña cuál es el camino. El camino es abrir el oído y después abrir la mente y después cambiar la vida. Ese es el camino. Y por ese camino, lo que parecía que estaba perdido toma un nuevo rumbo. Como lo cuenta también el profeta Ezequiel en la lectura de hoy. Demos gracias a Jesús por esta enseñanza, recapacitemos, de eso es de lo que se trata. Yo siempre digo si en nuestra sociedad la gente recapacitara un poco más. A ustedes no les duele lo mismo que me duele a mí, que se descubren los delitos de la gente y siguen diciendo: -soy inocente, soy inocente-, como ese muñequito de Quino en la tira cómica de Mafalda haciendo la V de victoria, y lo van arrastrando, pero todavía no soy inocente, soy inocente, no tengo nada de qué arrepentirme, volvería a hacer lo mismo. Para no citar ejemplos demasiado cercanos aquí en Bogotá, citemos un ejemplo de otro país este señor de quien Dios tenga piedad, llamado José Luis Rodríguez Zapatero, después de echarse a las espaldas no sé cuántos miles de abortos y divorcios, después de despedazar la sociedad española, hasta el punto que tres cuartas partes de los matrimonios se están separando en ese país, después de llevar la economía al fracaso, lo entrevistan y dice: -No tengo nada de qué arrepentirme-. El Evangelio nos muestra otro lenguaje. El Evangelio muestra la grandeza del que recapacita, del que admite, porque en el fondo todos tenemos que cambiar. Bendito aquel que es capaz de reconocer lo suyo y ponerse en camino.

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