Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Evangelio de hoy pide coherencia, pero también pide que comprendamos que, si el pasado da las raíces, sólo el futuro da el sentido.

Homilía ao26007a, predicada en 20110925, con 16 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos. Una de las señales de que la palabra que escuchamos en la Eucaristía, palabra tomada de la Biblia, es, como decimos, -Palabra de Dios.- Una de las señales es la extraordinaria fecundidad que tiene, lo cual se muestra en la variedad de interpretaciones de enseñanzas que nos deja. Por ejemplo, el Evangelio de hoy lo podemos leer como la coherencia entre los pensamientos y las palabras, por un lado, los hechos y las obras por otro lado, evidentemente lo que Jesús está criticando en el caso de ese hombre que dijo sí voy, pero al final no fue, lo que Jesús está criticando es la incoherencia.

Y es muy importante esta denuncia, porque suele suceder que la conciencia humana, por dormida que esté, tiene un pequeño despertador en esa palabra. La palabra coherencia. Estoy acordándome en especial de lo que le sucedió a San Agustín, como ustedes seguramente saben. Este era un hombre muy inteligente, de los más poderosos intelectos de aquella época. Además, un hombre con una gran capacidad de palabra. Él era abogado y él era lo que en esa época llamaban rétor, que viene a ser algo así como el equivalente de un líder de la opinión pública. Lo que hoy pretende la publicidad en cuanto al manejo de la opinión pública.

Eso era lo que hacían los oradores los rétores en tiempo de San Agustín. Así que Agustín tenía una poderosa inteligencia y tenía una poderosa palabra. Como abogado era capaz de ganar casos muy difíciles. Además, con mucha sagacidad había construido una imagen, había ido construyendo un nombre. Podemos decir que había ido subiendo en la escala social y en la opinión de la gente. Y sabemos que cuando una persona tiene éxito, cuando tiene buena salud, cuando tiene buen dinero, cuando consigue buenas amistades, incluso cuando puede darse placeres Lícitos o ilícitos. Una persona así fácilmente se endurece en su propio pensamiento y arropado en la soberbia, cree que nada tiene que cambiar.

Pero es tan grande el amor de Dios que incluso en esas historias de arrogancia Dios sabe meter un pequeño despertador. Y ese es el despertador de la coherencia. En el caso de Agustín, él se dio cuenta que su pensamiento volaba, pero su cuerpo se arrastraba. Era un hombre capaz de entender a grandes filósofos y de hacer discursos muy luminosos. Pero su vida no era luminosa. Su vida era sucia, su cuerpo tenía un lenguaje distinto. Y Agustín, precisamente por inteligente, no podía dejar de darse cuenta que era un gran incoherente. Sentía que por dentro se reventaba. Sentía que esa incoherencia le desgarraba profundamente y por eso buscaba también una filosofía, buscaba una explicación.

Creyó encontrarla entre los maniqueos. Esta era una corriente filosófica y religiosa que hablaba del bien y del mal y decía que lo bueno es todo espiritual e intelectual, mientras que lo malo es todo material y corporal. El maniqueísmo habla cómo de dos dioses, de dos orígenes, de dos principios. Y Agustín, por un tiempo, buscó cobijo, buscó ampararse en esa filosofía tratando de dar razón de su propio comportamiento. Pero resulta que como era tan brillante, los mismos maniqueos le fueron ascendiendo dentro de la escala, dentro de los grados o la jerarquía que tenían. Y entonces Agustín se dio cuenta que en esas alturas, que en esa alta jerarquía seguía reinando la envidia, la codicia y la incoherencia. Y entonces lo que le había servido de refugio emocional e intelectual se le cayó.

Y fue así en esa condición, como él tuvo que volver a un libro que había despreciado. Un libro que se llama La Biblia. Porque Agustín, cuando era joven, llegó a tener tanta arrogancia que dijo que Cicerón escribía mejor que la Biblia y que la Biblia estaba mal escrita. Fíjate hasta dónde puede llegar la soberbia de una persona y todos hemos sido soberbios de una u otra forma. Entonces, una lectura del Evangelio de hoy es esa. Qué interesante preguntarnos por nuestra propia coherencia. Qué interesante preguntarnos si eso que amamos, esos principios que defendemos en realidad los vivimos.

Otra manera de leer el Evangelio es en términos de lo que puede suceder en una vida humana, es decir, cómo la historia, la historia que tú estás escribiendo. Porque cada día escribes una página que se llama Un día de tu vida. Cómo la historia, esa historia tuya, depende por completo de las páginas que todavía no se han escrito. Hay un ejemplo que me gusta contar sobre cómo los eventos futuros le cambian completamente el valor a los eventos pasados. Por estos días están debatiendo los científicos que parece que se ha encontrado un experimento en el que unas partículas subatómicas, un tipo especial de neutrino, parece que viaja a mayor velocidad de la luz.

Eso está completamente prohibido por las leyes de la física contemporánea. Las leyes que estableció Albert Einstein desde hace 106 años. Está prohibido, nada puede ir más rápido que la luz. Pero resulta que han hecho un experimento y parece que estos neutrinos viajan más rápido que la luz. Los autores de ese experimento lo han publicado no porque ellos quieran darse gloria, sino lo han publicado con una especie de súplica a los demás científicos del mundo diciendo: -Por favor, dígannos qué estamos haciendo mal,- porque se supone que esto no debe estar sucediendo. Eso sucede con los neutrinos, estos neutrinos velocísimos.

Pues bien, en la vida humana se supone que uno no puede devolverse al pasado. Y sin embargo, si esos neutrinos logran viajar más rápido que la luz, se supone que en teoría se podría ir al pasado. Pero no entremos en ese tema, sino solo digamos, cómo los eventos futuros, aunque no son un viaje al pasado, sí le cambian el aspecto al pasado. Mire, por ejemplo, esto. Suponga usted que un joven es especialmente cortés, afectuoso, detallista, cercano, con una amiga que tiene y durante semanas la trata como si fuera la mejor persona, la mejor mujer, la mejor amiga. Cualquier problema que ella tiene, él trata de estar cerca. Parece muy respetuoso. Parece muy colaborador.

Guiada por esa confianza, esta muchacha acompaña a ese joven a una fiesta. Pero en esa fiesta hay mucho desorden, hay mucho licor, hay algo de droga y en un momento dado ella se da cuenta que este hombre la ha llevado a ese lugar porque quiere emborracharla, porque quiere drogarla y porque quiere abusar de ella. ¿Qué ha sucedido ahí? En el momento en el que esta joven se da cuenta que ese muchacho se estaba ganando la confianza de ella para para un propósito, y ese propósito era repugnante y ruin en ese momento. Ese evento, aunque posterior a todas las cortesías anteriores, ese evento cambia el valor de todo lo que se hizo antes. Lo mismo pasa en la vida humana. La vida humana no hay que mirarla tan sencilla, tan simplísticamente como una acumulación de logros o una acumulación de fracasos.

Porque resulta que la vida humana siempre depende de lo que no ha sucedido y por eso los antiguos católicos eran tan fervorosos en pedir a Dios una santa muerte. Y eso tenemos que seguir pidiendo nosotros. Hay que pedirle a Dios una santa muerte, porque lo que vale no es lo que uno ha escrito. Si hubiéramos cortado la película de ese muchacho y esa muchacha, si hubiéramos cortado la película mientras él le hacía mil cortesías y tenía mil detalles con ella, todos hubiéramos dicho, qué hombre tan maravilloso. Pero en los últimos tres minutos de la película todo cambia. Y por eso las lecturas de hoy también nos invitan a descubrir el futuro como fuente de sentido.

Es verdad que el pasado es la raíz, pero el futuro es el sentido, es el significado. Es en el futuro donde nosotros encontramos el verdadero peso de lo que nos ha sucedido. Porque Dios es tan poderoso que puede tomar incluso las miserias y los pecados de una persona y puede convertirlos en Evangelio. Fíjate el caso de la samaritana; esta mujer que había tenido cinco maridos y aquel con el que estaba tampoco era su marido. Esta mujer tenía un pasado vergonzoso, oscuro, pero ella se encuentra con Cristo y ella empieza a proclamar la grandeza de Cristo. La santidad de Cristo. Y el recurso que utiliza la samaritana es decirle a la gente: "Este hombre me ha dicho todo lo que yo he hecho". ¿No será el Mesías?

Hablando de ese modo, ella como persona quedaba muy por el suelo. Pero hablando de ese modo, utilizaba su pasado para una causa noble porque utilizaba su pasado para proclamar que hay uno que es grande, que es ungido, que es santo y perdonador, uno que se llama Jesús. Es decir, que ese pasado de ella, aunque fuera tan lamentable, se convierte en Evangelio. Y este es un mensaje muy poderoso para que nosotros, no importa cuál haya sido nuestro pasado, apliquemos las palabras que aparecen en la primera lectura de hoy tomada de Ezequiel: -Si el malo se convierte y deja su maldad. Si dejas tu incredulidad, si dejas tu pereza, si dejas tu egoísmo y yo el mío, si dejas tu arrogancia, yo la mía, porque esto se aplica a todos. Si el malo se convierte y deja su maldad, salvará su vida.- El pasado es la raíz, pero el futuro es el sentido. Y nosotros, como creyentes, nos lanzamos hacia el futuro. Porque sabemos que del futuro viene la palabra que transforma toda nuestra vida.

Esto también significa que tenemos que tratar con especial caridad a nuestros hermanos. A veces uno es duro y juzga a la gente. Y a veces uno cree que puede juzgarla simplemente por su pasado, pero uno no sabe lo que Dios va a hacer en el futuro de esa persona. Quién hubiera visto a María Magdalena antes del encuentro con Jesús, indudablemente hubiera tenido una pésima opinión de ella. Y el que hubiera visto a la samaritana, y el que hubiera visto a Pablo antes de su conversión, blasfemando, iracundo, buscando recursos para asesinar a los cristianos. Pero la mirada de Dios supera. Dios tiene todavía muchas sorpresas por dar, y nosotros tenemos que ser mucho más humildes en nuestra manera de opinar de los demás, porque ni es seguro que nosotros sigamos en la fe que tenemos.

Dios nos ayude y se compadezca. Ni tampoco tenemos que condenar anticipadamente a nadie. El mismo Jesús lo advirtió en otro lugar donde dijo: "Hay muchos primeros que van a ser últimos" y muchos que parecían retrasados en la fe, incrédulos, perezosos en el camino del Señor, quizás en un golpe de su gracia terminan dándonos testimonio a todos. Alabemos al Señor, que en su providencia inescrutable va llevando los destinos del mundo y con humildad trabajemos en nuestra propia conversión, para que en nosotros brille esa gloria del Señor. Como lo dijo la oración introductoria de la Misa de hoy. Dios muestra que es todopoderoso porque es todo misericordioso.

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