Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

A través de la humillación de Cristo llegamos a la humildad nuestra.

Homilía ao26003a, predicada en 20020929, con 21 min. y 19 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos San Pablo, en la lectura que hemos escuchado de la carta a los Filipenses, le habla a una comunidad que él tenía muy cerca de su corazón. Pablo quería a todas las comunidades que había tenido la oportunidad de fundar, pero indudablemente tuvo un vínculo entrañable, una relación de cariño y de especial cercanía con los filipenses. Y si alguien quiere conocer el corazón, amigo de San Pablo, indudablemente tiene que ir a esta carta. Porque con los Filipenses Pablo fue especialmente expresivo.

Podemos decir que los consejos más entrañables, los más delicados, los reservó para esa comunidad. Y por eso nosotros que nos sentimos tan amados de Dios, especialmente hoy llegando a esta fecha y a este lugar, tomamos, nos apropiamos esas palabras de San Pablo, porque también nosotros nos sentimos tratados con cariño por la Iglesia, especialmente en este día. Fíjate con qué palabras tan suaves, tan amorosas les invita: "Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor. . . " ¡Qué lenguaje tan suave! Y Pablo habla de la necesidad o de la puerta abierta al consuelo porque su alma está desconsolada. Pablo estaba encarcelado en ese momento.

La carta a los Filipenses Fue redactada, fue dictada y escrita desde la cárcel, y el prisionero por Cristo, como él se llamaba, le escribe a su comunidad amiga y les pide un consuelo, no el consuelo de que luchen por la libertad de él. Ya Pablo vivía casi despreocupado de lo que a él le sucediera, lo que a él le consuela, lo que él busca no es ni su salud, ni su libertad, ni su felicidad, ni su bienestar. Todo eso, de alguna manera lo tenía ya encomendado en las manos de Cristo. "Si queréis darme el consuelo de Cristo, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas . . . " Cuando uno sabe que Pablo estaba encarcelado, se imagina que lo que va a decir es sáquenme de aquí. Pero él no dice eso, "Si tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría, manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir".

El consuelo que Él pide, la alegría que Él pide, no es ni su bienestar, ni su salud, ni su libertad. Cosas tan preciadas y tan preciosas. Lo que él pide es, sean concordes, sean unánimes. Y es un mensaje que Dios hoy nos envía. Envía a esta parroquia de La Laguna y envía especialmente a la Asociación Católica Caidú. La gran alegría, la gran manifestación de la gloria de Dios está en esto: Manteneos unánimes y concordes. ¿Por qué será tan valiosa esa petición? ¿Por qué Pablo le da tantísima importancia? La razón es muy sencilla porque la verdadera unanimidad, porque la concordia es una obra que solo Dios puede hacer, unir distintas voluntades en un solo corazón, hacer caminar en un mismo ritmo a distintas personas, llevar por una misma senda, por un mismo trabajo y hacia un mismo fruto a diferentes hombres y mujeres.

Esa es una obra que solo Dios puede hacer y la quiere hacer ciertamente, lo demás se puede tener. Me perdonan que hable así, con Dios o sin Dios. Hay mucha gente que no está en la cárcel. Muchísima. La gran mayoría de los seres humanos y fuera de la cárcel viven, sin embargo, encarcelados del pecado. Hay mucha gente que tiene salud. La mayor parte, sin duda, de los seres humanos, tienen salud, pero padecen la enfermedad del pecado, del vicio, de la rebeldía. Hay mucha gente que tiene bienestar y que pueden organizar sus gastos, sus paseos, sus distracciones, su entretención y sin embargo, aunque tengan ese bienestar según este mundo, tienen el malestar de estar lejos de Dios.

Por eso Pablo no pide para sí mismo ni para esta comunidad. No pide ni la salud, ni la libertad, ni el bienestar. Lo que él quiere ver, lo que los ojos de este anciano apóstol quieren contemplar, lo que puede ser verdadera alegría para uno que ame a Cristo no es ver salud, a pesar de que Dios hace milagros y cura enfermos. No es ver salud, porque con salud se puede pecar. No es ver libertad, porque con libertad se puede pecar. No es ver bienestar, porque hay gente que tiene un gran bienestar material y solo le sirve para ofender a Dios y no creer en Él. Lo único que consuela los ojos de Pablo metido en un calabozo es, la unidad. Esa no la crea nadie, solo Dios.

Alguien podría decir bueno, pero, ¿Cuándo los malvados se unen para delinquir, ahí no se da una forma de unidad? Santo Tomás de Aquino responde a esa objeción y dice: "Esa no es unidad. Y la prueba de que no es unidad está en que si cada uno de los que pertenece a una banda de malhechores pudiera lograr el resultado sin los demás; los eliminarían". Y a veces los eliminan. Prueba de que no se siente unido a los demás los utiliza. El pecado no crea unidad. El pecado lo que crea es conveniencia, un modo de conveniencia mutua en donde cada uno utiliza al otro. Es la diferencia, por ejemplo, entre un matrimonio y una pareja de amantes.

El matrimonio es en la salud y en la enfermedad, en la riqueza, en la pobreza, en el bienestar, en el malestar. El matrimonio es un sí que va más allá de las circunstancias. Es un amor que quiere parecerse al amor incondicional de Dios. Ese es el matrimonio. En cambio, los amantes, ¿Seguirán siendo amantes si a ella le sale un cáncer; si pierde un seno, si pierde su belleza, si está a punto de morir, seguirá visitándola él? En ese momento ya no me atraes, ya no me sirves adios. ¿Qué demuestra eso? Los amantes se utilizan, en el matrimonio se aman, se aman. Y por eso la Iglesia ha defendido y defenderá la verdad del matrimonio católico. Así haya tantos dolores y tantos fracasos. Muchas veces por falta de preparación y de madurez.

Pero hay que defender la estatura de ese amor porque no podemos dejar sucumbir a la especie humana diciéndole a cada hombre y a cada mujer consíguete un amante y cuando esa te falle, consíguete otra. Y luego llama a tus amantes, esposas o a tus amantes llamalos esposos. La unidad. La concordia solo la puede crear Dios. Solo Dios es capaz de crear unidad. Solo en Dios podemos encontrarnos y sentir que siendo distintos, no estamos distantes. Solo Dios puede hacer esa maravilla. Y ese es el gran mensaje que Dios quiere que nosotros recibamos hoy. Y hay una cosa muy bonita. San Pablo, yo me lo imagino, ya tenía sus años cuando escribió esta carta. San Pablo oraba y lloraba.

Recordaba a sus filipenses, los conocía muy bien, sabía de los dones que habían recibido de Dios, pero también sabía de los peligros y tentaciones que podían acecharles. Y San Pablo En la penumbra, tal vez en la oscuridad de ese calabozo. Ora y llora por su amada comunidad de Filipos. Y de esa oración y de ese amor, nació esta carta. Y mire lo que dice para que aprendamos cómo se logra la unanimidad: -No obréis por rivalidad ni por ostentación.- La ostentación divide. Si yo quiero figurar, quiero que nadie más aparezca. Todo el que aparezca me estorba. Necesito estar solo. -No os dejéis llevar por la ostentación- Y la ostentación nos tienta a todos. A un predicador le tienta la ostentación. Al hombre le tienta la vanidad. A la mujer le tienta la superficialidad. A todos nos tienta esto aparecer, afirmarnos, nosotros, desapareciendo, quitando a los demás.

¿Qué pista nos da San Pablo desde su calabozo, desde su oración, desde sus lágrimas? ¿Qué pista nos da San Pablo? La pista que nos da es esta: "Dejaos guiar por la humildad". La ostentación divide, la soberbia divide, la humildad une. ¿Y en dónde recibimos la humildad; en dónde encontramos la humildad; en dónde podemos beber la humildad? De inmediato San Pablo dirige nuestros ojos al misterio de la humillación. -Encontraremos el camino de la humildad, no mirando a los otros y comparándonos con nosotros. A ver, empiece usted por la humildad y sigo yo. Vaya adelante y yo sigo. Pongámonos de acuerdo y seamos humildes todos ya, desde mañana temprano, todos humildes.- Eso no funciona. La humildad no nace así.

San Pablo, que conoce también el misterio de Cristo y que conoce también el alma humana, nos dice lo siguiente: -El camino de la humildad se encuentra en la calle de la humillación.- Pero a ninguno de nosotros nos gusta que nos humillen. San Pablo no habla de la humillación de nosotros, la humildad de nosotros. Y este es el misterio más grande, tal vez del día de hoy. La humildad de nosotros se encuentra en la humillación de Jesús. ¡¡¡Es la humillación de Jesús la que nos lleva a ser humildes nosotros!!! Cuando uno mira a Jesús como está en estas estaciones del viacrucis, por ejemplo, como está en los misterios del Rosario, como está en el pesebre de Belén, como está en la humildad y en la humillación de la Hostia y del Sagrario, como está en el abajamiento de Cristo, regalando perdones por manos de un sacerdote. Cuando uno mira a Jesucristo en ese tamaño de humildad, uno se siente un payaso ridículo por todas las cosas con las que uno ha pretendido ser orgulloso, vanidoso y aplastar a otros, toda ostentación se vuelve ridícula mis hermanos, díganme si no.

Toda ostentación se vuelve ridícula cuando uno mira el amor grande de Jesús, la sencillez y pureza, la belleza y mansedumbre de su alma en el momento de la pasión. Por eso San Pablo dice, "Tened entre vosotros los sentimientos de Cristo". y entonces transcribe un himno que, según los entendidos, tal vez ya existía por aquella época. A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y muerte de cruz. Todas las ostentaciones nuestras. Por Dios, cuántas discusiones nuestras no resultan simplemente absurdas, ridículas, infantiles, tontas. Cuando uno piensa en estas cosas.

Esa es una manera de curarse del mal genio le cuento. Desde hace unos años, cuando una persona se confiesa, sobre todo si se confiesa reiteradamente de que tiene mal genio. He propuesto, y parece que algunas personas les ha servido este remedio. Cuando se le haya pasado la rabia, mírese así, como con una filmadora, mírese. Mire por qué se disgustó, mire la cara que hizo, mire por qué estaba peleando. mire si eso valía la pena, mire cuántos centímetros cúbicos de hígado perdió en esa discusión. Y ahora pregúntese ¿Eso vale la pena? Después de unos cuantos días de ese tratamiento, normalmente la persona mejora y la úlcera empieza a sanarse. Porque cuando uno reflexiona en el tamaño de las peleas de uno, la mayor parte de nuestras peleas y hablo de todos.

Es la pelea en un convento o es la pelea en una parroquia? O es la pelea en una casa, o es la pelea en una asociación católica. La mayor parte de nuestras peleas son bobadas, son tonterías, son orgullos, son afán de aparecer. Esas son la mayor parte de nuestras peleas. Pero la única manera de sanarnos de eso es que todos vayamos mirando en la calle de la humillación, el misterio de la humildad. Y cuando vamos entrando en el misterio de Cristo y descubrimos el tamaño de nuestros intereses, nos pasan muchas cosas. Algunas personas les da, les da oso, les da oso, les da vergüenza, se ponen colorados y dicen pero ¿Qué hago yo discutiendo por esas cosas? Otras personas les da tristeza. ¿Quién soy yo? ¿Por qué no prospero? ¿Por qué no avanzo en mi vida espiritual?

Otros les da rabia, pero los que a mí más me gustan son los que les da risa. Lo mejor que puede hacer uno después de que uno se da cuenta de las peleas tan tontas en las que vive metido y las discusiones tan infantiles en las que anda metido, lo mejor que uno puede hacer es soltar la risa y decir yo si soy mucho payaso. El nombre que yo tengo es payaso y esto se llama ser un payaso, andar discutiendo por esas cosas y andar buscando sus puestos. Y la Iglesia Católica, la Iglesia Católica, mis hermanos, es un circo, decía un provincial de nuestra comunidad. Yo no tengo que ir a circo. A mí me basta vivir en convento, ahí están leones, tigres, magos, payasos. Hay de todo en un convento, decía él. No tengo que ir al circo. Y yo creo que muchos podríamos decir lo mismo, tal vez de nuestra familia, o tal vez de nuestra comunidad o de nuestra parroquia.

No hay que ir al circo. Somos unos payasos. Muchos de nosotros somos unos grandes payasos. Lo más interesante es cuando uno se da cuenta de qué es lo que sí vale la pena, y eso es madurar humanamente. Y eso es crecer cristianamente, porque las dos cosas tienen que ir unidas la madurez humana y al mismo tiempo el crecimiento espiritual, el crecimiento en Cristo, el crecimiento cristiano. Las dos cosas tienen que ir juntas y las dos cosas crecen cuando uno se da cuenta qué es lo que vale la pena discutir y qué es lo que no vale la pena discutir. A través de la humildad llegamos a la unidad y a través de la humillación de Cristo llegamos a la humildad nuestra.

Entonces, ahora pongamos en orden toda nuestra predicación. El misterio de la cruz de Jesús es el misterio de la humillación de Jesús. El misterio de la humillación de Cristo contemplado se vuelve misterio de humildad que derriba todos mis ídolos y me muestra la verdad de mi alma ¡¡Me permite por fin reírme de mí y ganar un poquito de humildad!! Y cuando ganamos humildad, empezamos a descubrir una cosa que es bellísima. Supongamos. Supongamos, cuando somos soberbios, que de pronto todos hemos tenido algunos grados o muchos grados de soberbia. Siempre miramos a los otros a la distancia y siempre serán una amenaza para nosotros. Pero supongamos que el Espíritu Santo llega, el Espíritu Santo llega y nos empieza a colmar del recuerdo de la memoria y del perfume de Jesús, y empezamos a sentir lo que es ese amor que tuvo Cristo y la grandeza que tuvo cuando más abajo lo tenían.

¡¡¡Y empezamos a sentir que somos todos unos grandes payasos y unos grandes ridículos, y empezamos todos a reírnos de lo ridículos que hemos sido!!! ¿Saben lo que sucede? De pronto descubrimos que estamos todos abrazados y descubrimos que formamos un gran club, el club de los payasos. Y ese día, cuando uno se da cuenta de que uno ha hecho el mismo recorrido ridículo que el otro y que el otro, y que el otro y que la otra. Cuando nos damos cuenta que todos caemos en las mismas faltas, que todos tenemos pecados, que todos necesitamos del mismo Jesús y que Jesús nos ama a todos, entonces nos abrazamos, nos unimos y entonces somos unánimes y concordes, como pedía San Pablo.

Otro camino no hay, otro camino, no existe. Es el camino de la cruz, de la humillación de Jesús que me permite la humildad de mi corazón y de ahí a poder derribar mis ídolos para poder abrazar a mis hermanos, para poder encontrarme con ellos y amarlos. Y eso, esa experiencia de unidad, es una experiencia maravillosa. En ese momento sentimos que le entendemos todo al hermano. Entendemos que si alguien de pronto va a los ojos y llora, decimos a mí también me ha tocado llorar mucho, mucho, mucho, mucho, mucho. Y si alguien dice, hoy me siento muy mal, por favor, oren por mí. Por dentro pensamos: Yo conozco eso, yo sé lo que es eso. Vamos a orar por él, porque a mí también me ha pasado. Y desde esa humildad alcanzamos una unidad maravillosa. Estos son los deseos para la Asociación Católica Caidú en este día.

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