Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía ao26002a, predicada en 19990926, con 15 min. y 5 seg.

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Transcripción:

Mis queridos hermanos. Las lecturas que hemos escuchado en este domingo. Nos muestran el poder de la libertad humana y la responsabilidad de ser libre. Nosotros vivimos en un tiempo en el que reclamamos libertad. Muchas veces estos reclamos tienen una base justa. Se habla, por ejemplo, de la liberación femenina. A pesar de que se han dado excesos en la liberación femenina, no cabe duda de que algunos o muchos de esos reproches de la mujer a una sociedad machista tienen razón de ser. Los jóvenes reclaman libertad, los pueblos piden libertad.

Los economistas nos hablan del libre comercio. Ahora, por ejemplo, es una noticia financiera y económica que esa restricción en el precio del dólar, llamada la banda cambiaria, ha tenido que desaparecer. Se pide libertad. Deberíamos recordar siempre que toda exigencia de libertad va acompañada de un compromiso de responsabilidad. La libertad y la responsabilidad en el plan de Dios son hermanas. Y eso nos lo muestran no de una manera teórica, sino en vidas concretas. Las lecturas de hoy, tenemos la libertad de decir o de negar. Tenemos la libertad de actuar o de no actuar, pero nuestros actos tienen consecuencias. Es importante que sepamos que esa libertad existe para que descubramos que no somos títeres de las circunstancias.

Hace unos años, una señora llamada Inés Montaña o de Montaña tenía una columna en un periódico de circulación nacional, una columna de consejería. Las personas escribían sus problemas y la señora Inés respondía algunos consejos, usualmente consejos cariñosos y sensatos. Yo era niño en aquella época y recuerdo haberme aficionado durante un tiempo a leer esa columna que se convirtió como en una ventana a través de la cual yo veía los problemas del mundo. Con alguna frecuencia había cartas de este tenor. Señora Inés, soy una mujer muy humilde, de una familia muy sana. Resulta que yo me ennovié perdidamente. Me enamoré profundamente de un hombre y yo no sabía que ese hombre era casado. Y después sucedió lo que tenía que suceder. Y ahora, señora Inés, yo me encuentro con dos meses y medio de embarazo y necesito que usted me haga el favor de responderme antes de seis meses y medio, a ver qué hago. Esa era la carta.

La señora Inés, pues, respondía lo que ella veía que podía responderse. Me llamó siempre la atención esa frase.: "Sucedió lo que tenía que suceder". Falso. Falso. -No tenía que suceder.- ¡No tenía. No tenía! que suceder eso, no tenía que pasar. Precisamente nuestra fe que hunde sus raíces en el pueblo hebreo y que tiene su plenitud en nuestro Señor Jesucristo, muestra que hay alguien que es Señor de la historia. Nosotros no dependemos de un destino ciego, anónimo. Nosotros no dependemos de un futuro que esté escrito en ninguna parte. Nosotros sabemos que nuestra vida puede ser escrita de otro modo, y eso es lo que nos dice la primera lectura. Cuando el malvado se convierte de la maldad, salva su vida. Es posible convertirse de la maldad. Es una enseñanza que tenemos que sacar de esa lectura.

A veces encontramos personas que nos desaniman, que nos exasperan y decimos: -Mire, ese ya es un caso perdido. Usted ni se meta con esa persona. Ese es un caso perdido.- Pues yo lo que veo en el Evangelio es que Cristo tiene una predilección, tiene un amor especial por los casos perdidos. Esa mujer, María de Magdala, séptuplemente endemoniada, Siete demonios. Era un caso perdido. Esa samaritana. Cinco matrimonios y camino del sexto. Era un caso perdido. Ese Mateo sentado ahí en el mostrador de los impuestos, dispuesto a extorsionar, a seguir oprimiendo a la gente y a ganar plata con eso. Era un caso perdido ¡¡Y esos fueron casos ganados por Jesucristo. Porque Jesucristo puede transformar las vidas!! La vida suya, mi querido amigo. La vida suya no está escrita en ninguna parte.

Eso piensan los musulmanes. Eso piensan los hindúes. Eso piensan los paganos. Eso no lo pensamos los cristianos. Nosotros creemos que nuestra vida está regida, en primer lugar por la misericordia, por la gracia providente y sabia de Dios. Y en segundo lugar, por la respuesta humana que es libre y que por eso mismo es responsable. Cuando hay una asamblea tan grande como esta, cuando se reúnen miles de personas como en este lugar y en esta noche, hay una reflexión que yo me hago con frecuencia. Algunos rostros yo los conozco o por lo menos los identifico. Gracias a Dios. A través del ministerio de la predicación nos encontramos muchas veces nos encontramos y muchos de los rostros y las sonrisas de ustedes resultan familiares para mí. Siempre es agradable eso, ¿Saben? Eso es reconfortante para el corazón.

Muchos de ustedes incluso tienen gestos de cariño y de amor para conmigo, para con mis hermanos sacerdotes para con los predicadores. Ustedes me reconocen y yo reconozco a muchos de ustedes, y eso es agradable para el corazón. ¿A quién no le gusta recibir un saludo, una sonrisa? A veces uno no logra precisar exactamente la persona, pero uno recibe ese amor de ustedes sin quitar la importancia de ese amor de las personas que ya uno conoce. Sin quitar nada de la importancia de ese amor, yo he llegado a una convicción las personas más importantes de este Congreso, los invitados de honor de este Congreso, son aquellas personas que nunca habíamos visto por aquí. Esa es la gente más importante. La gente más importante de esta reunión es la que no había venido nunca, la que no había estado nunca, la que tal vez nunca me había escuchado, ni yo nunca había visto. Y no digo de mí, ni digo por mí.

Digo porque estoy seguro de que el Señor Jesucristo reserva su saludo más cariñoso, su abrazo más estrecho para el que estaba más alejado, y es precisamente para esa persona para la que Cristo tiene su mejor sonrisa. Mira tú que vienes por primera vez a un Congreso de la Misericordia, un congreso de predicación y de conversión. Tú, que llegas aquí por primera vez, tú eres el invitado de honor del Señor Jesucristo. Casi siempre en estos congresos, que son eventos de amor y de gracia, casi siempre. Somos alegres, entusiastas y no es difícil regalarle un aplauso, desde luego, a Dios, a Cristo, a la Virgen María, al predicador, a la predicadora, al ministerio de música. Todo el mundo lleva aplausos. Hasta ahora no he oído que se dé un aplauso para esos que son los preferidos y consentidos de Cristo, los que vienen por primera vez.

A nombre de todas esas personas, a nombre de todas esas personas, yo quiero dar las gracias por el aplauso que ustedes acaban de dar, pero yo quisiera saber cuáles son esas personas. La Palabra de Dios nos dice que todos y cada uno de los que escuchamos su llamado. Podemos decir que si usted en este momento, usted le puede decir que sí a Jesucristo y por eso la oración de todos nosotros, por ti, hermano, por ti, hermana, la oración de todos nosotros va a ser para que todos, haciendo verdadero uso y recto uso de nuestra libertad, le podamos decir un sí resuelto a nuestro Señor Jesucristo. ¿De acuerdo? De acuerdo. A la gloria de Dios. Sí, Señor. Pero fíjate que el Evangelio nos advierte, el Evangelio nos advierte y nos dice que hay personas que han dicho que sí, como nosotros hemos dicho que sí.

Pero dice el Evangelio que un hombre tenía dos hijos, el uno dijo Sí, sí, yo voy, y no fue. Y el otro dijo no voy, pero luego se recapacitó. Luego pensó Y si fue. No basta con que nosotros le digamos que sí al Señor. Sobre todo que en estos momentos, al calor de los aplausos, al ritmo de la batería y después de un día de recibir amor, pues yo creo que todos vamos a decir que sí. Pero Jesús quiere que el sí que decimos se convierta en el sí que hacemos. Él dijo al final del Sermón de la Montaña, al final del capítulo séptimo del Evangelio de Mateo, dijo: "No basta con decir Señor, Señor, hay que hacer la voluntad del Padre que está en los cielos". Y por eso nosotros hoy salimos con un compromiso inmenso. ¿Queremos libertad? Claro que sí. Todo el mundo la quiere. Pues queremos, junto con esa libertad, la responsabilidad. La palabra responsabilidad viene del latín. Viene de "Respondere" un verbo en latín.

La responsabilidad es la capacidad de responder. Nosotros recibimos la libertad del espíritu y por eso recibimos también la responsabilidad, la capacidad de responder con el espíritu y desde el Espíritu. La responsabilidad cristiana está en que el mismo Espíritu que obra en mí hace que cuando Dios mira mi vida la pueda reconocer como suya. Acuérdate lo que sucedió con nuestros primeros padres Adán y Eva, Después del pecado, ¿Qué hizo Dios? Les hizo preguntas. ¿Dónde estás? Le pregunta a Adán, y Adán no supo qué responder. Es que fue que, que. Que mi mujer, que no supo responder a Adán y le pregunta a Eva ¿Qué has hecho? Y dice Eva: -Es que. . . O sea, mira cómo te explicará, es que la serpiente yo la, yo. . . - No supo responder, no pudo responder.

El Espíritu Santo viene a nosotros para que nuestra vida sea libre, pero también para que sea responsable, es decir, una vida que responda a lo que el amor de Dios quiere de nosotros. Porque por amor fuimos creados, por amor fuimos redimidos y por amor Dios Padre nos llevará a la gloria de su cielo. Libertad, sí, con responsabilidad, libertad en el Espíritu y una respuesta en el Espíritu para la gloria de Dios Padre.

Amén.

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