Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La justicia humana llega hasta la simple transacción: sólo recibo lo que soy capaz de dar; la bondad de Dios va más allá porque al final resulta que con la sola justicia uno jamás podría recibir el don que es la presencia de Dios mismo.

Homilía ao25010a, predicada en 20170924, con 22 min. y 54 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. Cristo, como gran predicador y verdadero maestro, utilizaba distintos recursos que hacían que su Palabra quedara bien grabada, bien recordada por la gente. Uno de esos recursos aparece en la parábola de hoy: La sorpresa, la perplejidad. El relato es muy sencillo. Un propietario que contrata obreros para su viña. Es una escena cotidiana que parece que no tiene mayor trascendencia. Pero de repente. nos sentimos perplejos al ver aquello de que se le pague por igual a todo el mundo, sabiendo como sabemos que no todos trabajaron lo mismo.

Este hecho extraño produce en nosotros perplejidad. Y debemos suponer razonablemente que esa perplejidad la quería Cristo. La quería cuando predicó por primera vez esta parábola. Y esa misma perplejidad la sigue queriendo Cristo cada vez que volvemos a oírla. Nos sentimos extrañados o perplejos. Y esto tiene un efecto pedagógico, porque, como he dicho, ayuda a que el relato quede grabado en nosotros. Pero además de nuestra memoria, otra potencia del alma entra en funcionamiento. La inteligencia se hace preguntas. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Por qué obra este propietario de la manera que cuenta el Evangelio?

Evidentemente, este trabajo no es un trabajo más. Y esta paga no es como otra paga cualquiera. Podemos decir que con esta parábola Cristo está rompiendo con una manera de pensar y está abriendo nuestra mente a otra manera de pensar. La primera manera de pensar es la que llamamos lógica de la transacción. Una transacción es un intercambio, como por ejemplo una compra o venta. Yo pago lo que es justo y me dan lo que yo pagué. Esa es una transacción. Si voy a comprar semilla o voy a comprar ganado, lo que yo pago es lo que yo espero. Esa es una transacción en el mundo del comercio. La transacción es una ley y todos la respetamos.

El problema está en que también aplicamos la lógica de la transacción a muchas otras cosas de nuestra vida. Por ejemplo, cuando uno dice esta frase el que me la hace, me la paga. Esa también es una transacción. ¿Qué significa? Me trataron mal. Yo trato mal. O las personas que dicen Yo por las buenas soy bueno. Pero por las malas ya se verán conmigo. Esa persona está pensando según la lógica de la transacción, es decir, que empezamos a tratarnos los seres humanos como si todo el tiempo estuviéramos haciendo un comercio. Jesús parece que no está de acuerdo con ese modo de pensar. Por ejemplo, en otro lugar del Evangelio encontramos esta expresión de Cristo: -Si ustedes aman solamente a los que los aman, ¿Qué mérito tienen?-

Y fíjate que cuando uno ama solamente a los que lo aman, uno está haciendo una transacción. Jesús nos dice que eso es insuficiente. Si tú invitas a tu casa a una persona sabiendo que ese está en la capacidad y el gusto de invitarte después a ti, esa es una transacción. Pero a Jesús no le gusta esa lógica de transacción, porque esa lógica de transacción tiene dos problemas muy graves. El primer problema es que hay circunstancias en la vida en que una persona puede tener mucha necesidad, necesita recibir mucho y tiene muy poco para dar. De modo que esa persona no puede completar la transacción. Piensa, por ejemplo, en una persona discapacitada.

La persona discapacitada necesita atención, tiempo, cariño. Implica gastos, implica dinero. Pero esa persona no puede dar en retorno ese dinero, esa atención y en algunos casos, ni siquiera ese cariño. De modo que si la sociedad se vuelve completamente a la lógica de la transacción, ¿Qué va a pasar con los discapacitados? Va a pasar lo que está sucediendo en un lugar del mundo que se llama Islandia; capital Reikiavik, en el norte del Atlántico, tierra de vikingos. Islandia es un país donde no hay niños con síndrome de Down, no los hay. Cuando le hacen una prueba de embarazo a una mujer y se sabe que el niño tiene síndrome de Down, lo que vulgarmente la gente dice niños mongólicos. ¡Ah! Se sabe que viene mongólico ¡A matarlo, a abortar! ¿Por qué? Porque es un discapacitado.

Y como en Islandia no quieren gastar tiempo, ni dinero, ni atención en los discapacitados, ¿Qué hay que hacer con el niño discapacitado? Matarlo antes de que produzca gastos. La lógica de la transacción termina eliminando gente bajo el criterio de que no pueden darnos lo que nosotros les damos. En el otro extremo de la vida sucede lo mismo con la eutanasia. Efectivamente, cuando un anciano o cuando una persona que está muy enferma ya no puede producir mucho dinero. Cuando ya ocasiona más gastos de dinero, de atención o de tiempo. ¿Qué hay que hacer con él? Desconectarlo y que se muera. Eso se llama eutanasia. Podríamos mantenerlo con vida. Podríamos darle un final distinto a esa vida. Pero como esa persona no puede completar la transacción, la eliminamos.

Esa es la lógica de la eutanasia. Nuestro Señor Jesucristo tiene toda la razón en oponerse a la lógica de la transacción. El Papa Francisco, nuestro Papa, ha hablado en contra de la lógica de la transacción. Dice el Papa Francisco que la sociedad no puede caer en la trampa de descartar a unos seres humanos. Dice el Papa Francisco: "Vivimos en la sociedad del descarte". Utilizamos platos desechables, teléfonos celulares desechables, cámaras desechables. Y llega el momento en el que nos acostumbramos a que todo es desechable. También el niño con síndrome de Down es desechable. También el anciano. O sea, usted de aquí a unos años es desechable. Usted también puede ser desechado.

El Papa Francisco ¡Se opone, en nombre de Cristo se opone! a esa manera de pensar. No podemos obrar de esa manera. Ese es el primer problema de la lógica de la transacción. Cuando aplicamos la lógica del comercio a las relaciones interpersonales, terminamos destruyendo seres humanos. Pero hay otro problema que a los ojos de Cristo es todavía más grave es que resulta que el gran propósito de la vida humana está inscrito en una frase que leemos en el libro del Génesis. El libro del Génesis nos dice que "El ser humano fue hecho a imagen y semejanza de Dios", es decir, que Dios es el camino, la meta, la perfección del ser humano. Y eso quiere decir que según el Génesis y según toda la Escritura, llegamos a ser plenamente humanos. Cuanto más nos asemejamos a la manera de ser de Dios, si nos apartamos de Dios, nos deshumanizamos.

Si nos acercamos a Dios por la fuerza de su Palabra y por la gracia de su Espíritu, llegamos a ser exquisita, hermosa y plenamente humanos. ¿Y qué pasa? Pensemos esto. ¿Dios nos trata con la lógica de la transacción? Por supuesto que no. Hay un salmo que lo dice hermosamente. Un salmo que estas queridas religiosas rezan todos los días cuando oran por los difuntos. Ese es el Salmo 130. Has de guardar en tu memoria ese número para que luego lo leas y lo reces con frecuencia. En el Salmo ciento treinta de la numeración de la Biblia encontramos estas palabras: -Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿Quién podrá resistir?- Pero de ti sigue diciendo el Salmo. . . Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra.-

Nosotros podemos esperar en el Señor. Podemos confiar en Él por una razón, porque Él no nos trata como merecen nuestros delitos. Esta misma idea aparece también en otros salmos y en muchos textos de la Escritura. Pero quién la ha dicho de una manera más perfecta, es el mismo nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo, dice en el Sermón de la Montaña, es decir, el texto del Evangelio de Mateo, capítulo 5, 6 y 7, dice Nuestro Señor Jesucristo: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto." O sea que la imagen de Dios en el ser humano tiene que ser perfeccionada hasta buscar eso que solamente tiene Dios y es Dios. Y nos dice Cristo en el mismo sermón de la montaña que Dios hace, "Salir el sol para malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos".

Efectivamente, ¿Qué tal que Dios obrara de otra manera? Qué tal que Dios dijera. . . -Fulano de tal está en pecado mortal. Mañana no le amanecerá, no habrá sol para él en todo el día. Todo estará oscuro para él.- Me imagino que eso sería como una especie de ceguera. Dios no obra así. Dios, a pesar de saber y conocer mejor que nadie nuestras ingratitudes, mediocridades, fragilidades, pecados, incoherencias. Dios sigue siendo bueno con nosotros. Entonces Dios no obra según la lógica de la transacción. La manera como Dios nos trata es muy distinta. El lenguaje que Dios utiliza con nosotros es diferente. Entonces nos damos cuenta que la perplejidad que nos causa la parábola del Evangelio de hoy no es simplemente un recurso pedagógico para que a uno se le quede grabada la parábola.

Es también un motor para nuestra inteligencia que nos hace descubrir que yo tengo que salir de una manera de pensar la de la transacción y tengo que abrirme a otra manera de pensar esa otra manera de pensar, la podemos llamar la lógica de la misericordia o la lógica de la gracia o la lógica de la gratuidad. Porque el hecho de que Dios nos tenga tanta, pero tanta, pero tanta paciencia es un regalo de su amor, es puro regalo, de su amor. Es pura gracia. Por eso los santos, particularmente quienes han llegado a una gran amistad con Dios, son los que mejor han descubierto lo que significa esta lógica de la gratuidad. Leemos, por ejemplo, en aquella obra de San Agustín en Las Confesiones, leemos esta frase que es la exclamación agradecida de un corazón que se sabe amado desde mucho tiempo atrás. Las palabras de San Agustín son estas: -Tarde te amé.- Así le dice Agustín a Dios: "Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé".

¿Por qué dice él que amó tarde a Dios? Porque Dios llevaba amándolo mucho tiempo y no recibía de Agustín sino dureza, indiferencia, pecado y más pecado. Eso es lo único que encontraba Dios en el corazón de Agustín. Pero Dios seguía amando a Agustín, y tanto lo amó que un día lo volvió San Agustín. Cristo quiere que nuestros corazones no estén gobernados simplemente por la lógica de la transacción. Y por eso en el Evangelio de hoy aparecen esas dos maneras de pensar. Observemos lo que dice alguno de los que estuvo trabajando mucho tiempo en la viña, le dice: "Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros. . . " Esa persona lo que está pensando es mayor trabajo, mayor paga. Tiene cierta lógica, pero ¿Cuál lógica? La lógica de la transacción.

Por eso digo, si se tratara estrictamente de pagar un trabajo. Tendría razón esa persona. Pero esta parábola no es un modelo para el código laboral. Por favor, no utilicen esta parábola para pedir una reforma constitucional que diga que hay que reformar el código laboral. Esta parábola no es un modelo del Código laboral, ni es tampoco un modelo de cómo hay que hacer el comercio. El comercio tendrá que estar marcado por la lógica de la transacción. Pero esta parábola es imagen de algo distinto. Esta parábola es imagen de cómo Dios, a lo largo de la historia y de la vida, va llamando personas, familias, clanes, tribus, culturas, pueblos, naciones enteras. Y cómo al final Él quiere que todos participemos de la misma alegría y del mismo regalo, del mismo don. Eso quiere enseñarnos la parábola.

Pero es tan extraordinario Cristo como maestro. Observemos que al darle el mismo denario a los de la mañana y a los de la tarde, en realidad lo que está haciendo aquel propietario es obrar con el que solo quiere justicia. Pues ahí tienes tu justicia. Pero con el que solo tiene su necesidad, ahí tienes tu misericordia. Oiga, esa expresión, se la repito: -Si tú vas a medir a Dios solo por la justicia, entonces tienes que tomar esta frase: -Amigo, no te hago ninguna injusticia. Toma lo tuyo y vete.- Si lo que tú quieres es simplemente justicia, toma lo tuyo y vete. Pero si lo que tú tienes es la necesidad del que no ha encontrado cómo ubicarse en la vida, del que no ha encontrado un sentido y propósito, del que no tiene sino su propia indigencia. Y así ha confiado en el propietario. Si eso es todo lo que tú tienes, tu confianza para el que tiene solo su confianza, no solamente tiene el denario, es decir, la recompensa, sino que también tiene la presencia.

¿Te has dado cuenta de esa diferencia? El que solo quiere justicia, si recibirá justicia, encontrará un Dios justo. O digo mejor, encontrará la justicia de Dios, pero se perderá de Dios. El que solo quiere justicia, encontrará la justicia de Dios, pero se perderá de Dios. Eso es lo que dice la parábola. Entonces, los que viven obsesionados con la justicia y solo la justicia encontrarán la justicia de Dios, pero se perderán de Dios, que solo puede ser Don. Dios no puede ser comprado, nadie lo merece. Él, que solo quiere justicia, tendrá justicia, pero se perderá de Dios. En cambio, el que solo tiene su necesidad y su confianza, recibirá la recompensa y recibirá a Dios.

Y ahora hay que terminar esta reflexión preguntándose ¿Yo qué quiero? ¿Quiero solamente justicia? Pues si yo quiero solamente justicia, tendré justicia, pero me perderé de Dios, porque a Dios nadie lo merece. En el orden de la justicia; en cambio, si yo me acerco a Dios desde mi necesidad y desde mi confianza, entonces voy a encontrar la recompensa y me voy a quedar con Dios. Me voy a quedar con Dios. Los que recibieron ese pago se quedaron con el propietario, se quedaron con el Señor. No fueron despedidos. Los que buscaban solo justicia, fueron despedidos, los que entraron por la puerta de la confianza y por el conocimiento de su necesidad. Esos, pudieron quedarse. Hermanos, la aplicación más directa de esta parábola la tenemos en este mismo espacio, bendito de la Santa Misa.

Efectivamente, quién de nosotros, mirando el altar, mirando a Cristo en la Eucaristía, ¿Quién puede decir yo merezco comulgar? Sería una locura, sería un acto máximo de soberbia. ¡Nadie merece comulgar, Nadie! Dicen los santos, ni siquiera los ángeles más puros merecen en justicia comulgar. Los santos ángeles comulgan como nosotros porque se alimentan del mismo Cristo que nosotros, aunque no a través de las especies sacramentales. Ni los ángeles más puros merecen comulgar con el mérito que Santo Tomás llama mérito de Condigno, es decir, paga justa, es decir, transacción. Miremos el altar, miremos la Eucaristía y recordemos que nadie, nadie merece comulgar, absolutamente nadie.

Eso quiere decir que todos los que por misericordia podemos acercarnos al sacramento, tenemos que llegar con una reverencia infinita, con una gratitud infinita, con un conocimiento tan profundo como sea posible de nuestra propia necesidad y con una infinita confianza en que solo Él, Él y solo Él es el que puede sostenernos y el que puede alimentarnos.

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