Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo enseña la diferencia entre aquel que ha recibido una bondad imposible de medir, y el que todavía no la conoce.

Homilía ao24008a, predicada en 20140914, con 4 min. y 53 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

El capítulo 18 de San Mateo aparece para el Evangelio de hoy. Los números llaman la atención. Pedro le pregunta a Jesús si tiene que perdonar hasta siete veces, y Cristo le dice setenta veces siete. Otros aseguran que se puede traducir como setenta y siete veces. Es evidente que el número como tal no es lo más importante, pero si hay algo que tiene que ver con los números y es que cuando el amor es pequeño, lleva cuentas. Cuando el amor es grande, ya no necesita contar. Cuando Cristo dice ese número grande setenta veces siete, que sería cuatrocientos noventa veces o cuando dices setenta y siete veces lo que está diciendo es mucho más allá de tus cuentas.

O sea que la conversión a la que nos invita el Evangelio de hoy no es simplemente pasar de un número a otro, sino pasar de llevar cuentas a no llevar cuentas. Esa es la verdadera conversión. Cuando se trata del asunto del perdón y es una conversión más profunda de lo que creemos, tan profunda que cuando el apóstol San Pablo va a describir cuáles son las características del amor cristiano, una de las anotaciones que hace es, el amor no lleva cuentas, el amor cristiano no lleva cuentas. Y si no lleva cuentas es porque se da cuenta de que ha recibido algo incontable, algo inconmensurable, algo inmenso. Y eso inmenso que nosotros hemos recibido es la misericordia, es el perdón, es la bondad de Dios.

La parábola de Jesucristo va en esa dirección cuando Cristo muestra la deuda que le perdonaron a aquel hombre que después no quiso perdonar a su prójimo. Era una deuda absolutamente colosal en moneda de hoy, una deuda de cientos o de miles de millones de dólares, una deuda absolutamente imposible de pagar. Y cuando caemos en cuenta de que a nosotros se nos ha perdonado lo que era imposible, se ha condonado la deuda, que era absolutamente impagable. Ahí dejamos de llevar cuentas. Cuando descubrimos que lo que Dios ha hecho por nosotros está más allá de toda medida, entonces el contador de los perdones se revienta, estalla en mil pedazos, y cuando dejamos de utilizar ese contador, entonces nos convertimos también nosotros para nuestros hermanos en instrumentos de ese mismo perdón de Dios.

Hay que destacar, sin embargo, que en la Sagrada Escritura el perdón nunca es complicidad, y es importante ver que este hombre al que le perdonaron esa deuda tan grande, estaba arrepentido. Y porque él decía "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo". No lo iba a poder pagar, pero decía eso. ¿Por qué destaco este punto? Porque en nuestra época hay la idea de que perdonar es hacer de cuenta que no ha sucedido nada o que incluso perdonar es hacer la vista gorda frente a aquel que está ofendiendo la ley de Dios.

El perdón cristiano nunca es complicidad. El perdón cristiano nunca es llamar bueno a lo que es malo. Por eso está en ambos casos en la parábola de Cristo, el deseo de cambio, la actitud humilde y la promesa de pagar allí donde haya esa actitud, allí donde haya actitud de conversión. Ahí el perdón de Dios tiene siempre lugar, tiene siempre tarea y su tarea no es otra sino renovarnos desde lo más profundo de nuestro ser. Aceptemos ese perdón del Señor y convirtámonos en instrumentos suyos de esa misericordia, esperanza única para el mundo.

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