Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

tres pasos hacia el perdón: (1) Eliminar la soberbia con la conciencia del propio pecado; (2) Asumir el punto presente como nuevo punto de partida; (3) Tomar decisiones que hagan posible un futuro.

Homilía ao24007a, predicada en 20110911, con 30 min. y 39 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Perdonar de corazón. El Evangelio de hoy termina con esa recomendación, ese mandato de Jesús. Y yo pregunto si sabemos y si podemos perdonar de corazón. Téngase en cuenta, queridos hermanos, que sin el perdón no se puede sobrevivir. Una pareja no puede sobrevivir si no se perdona. Una familia no puede sobrevivir si no se perdona. El perdón es parte de la respiración de la vida. Pero, ¿Sabemos perdonar? ¿Hay una ciencia del perdón? ¿Qué es eso de perdonar de corazón? Con la ayuda del Señor y tomando algunos elementos de la Palabra de Dios. Deseo compartirles algunos puntos que pueden servir en esta ciencia del perdón.

Una ciencia o un arte que reconstruye el tejido humano. Si yo preguntara a esta asamblea ¿Hay entre ustedes alguien que nunca en la vida se haya cortado con nada; nunca se haya raspado con nada; nunca se haya roto las narices o tenido una hemorragia nasal? Nunca se haya quebrado un diente. Yo pienso que sería absolutamente extraordinario que alguien dijera. . . Yo nunca, nunca me he raspado; nunca me he cortado. Nunca me. . . Nunca. ¿Por qué sobrevivimos? Porque nuestro cuerpo tiene la capacidad de reconstruirse. No hace mucho, yo me corté este dedo de una manera tonta. Obviamente, unas gotas de sangre. Nada grave. Pero si yo miro mi dedo, está casi perfecto. Le falta algo mínimo. Es una maravilla. Mi dedo se ha reconstruido.

Nuestro cuerpo tiene esa capacidad de reconstruirse en muchas cosas, incluso algunas fracturas. Nuestro cuerpo se renueva sin cesar, aunque hay límites, por eso también envejecemos. ¿Qué tal que nosotros aprendiéramos la ciencia y el arte de reconstruir el tejido social? Hay algunos que se especializan en predicar el odio, odio de clase. El marxismo, por ejemplo, requiere la predicación del odio, la confrontación, la división. Mi país, Colombia, ha sufrido de unas rupturas y unas heridas gravísimas. Nosotros colombianos, hemos aprendido a golpes con terribles dolores, que el desquite solo lleva a más violencia, que lleva a otra venganza, que lleva a otro desquite.

Si hay algo que necesita mi país, entre muchas cosas, es aprender la reconstrucción del tejido, porque hay partes y hay personas que están en gangrena. Hay que reconstruir tejido social. En la familia pasa lo mismo. En la pareja pasa lo mismo. Es muy doloroso ver que en la intimidad, en la cercanía y la confianza que da la pareja, se entra a veces un lenguaje de humillación, un lenguaje de odio. A veces duelen más y son peores las heridas que causan las palabras que las que podrían causar los mismos golpes. Y tal vez algunos de ustedes, mientras yo voy diciendo esto, se están acordando de palabras que les dijeron los papás o que les dijo la esposa, o que les dijo el esposo. ¿Cómo podemos reconstruirnos? ¿Cómo podemos reconstruir tejido familiar? Vamos a dar algunas pistas.

La más sobresaliente en el Evangelio de hoy y en la primera lectura tomada del libro Eclesiástico. Es tomar conciencia de todo el amor, la misericordia, la compasión, la paciencia que Dios ha tenido con nosotros. Este es el primero y más importante de los consejos de hoy. Algunas personas están confesándose. Cuando una persona reconoce sus faltas, se arrodilla, pide perdón. Tiene una oportunidad preciosa para aprender la ciencia del perdón. Cuanto más tiene uno conciencia de la paciencia que Dios le ha tenido a uno, más aprende a mirar con serenidad, sino incluso con indulgencia, con misericordia, a los demás. Así que el primer paso en la ciencia del perdón indudablemente es aprender a examinarse uno y aprender a pedir perdón uno.

¿Qué es exactamente lo que no sucede cuando peleamos en familia, sobre todo cuando pelea la pareja? Nos acusamos. Es que tú. . . Es que tú. . . Ya alguien decía cuando el índice que es un solo dedo, está apuntando hacia allá, hay tres dedos que están apuntando hacia acá. Uno debería caer en cuenta de eso. Tengo una responsabilidad. ¿Cuál es mi parte en esto? ¿Cuál es mi parte en las heridas de mi país? ¿Cuál es mi parte en la destrucción del medio ambiente? ¿Cuál es mi parte en la soledad; en el desconsuelo que a veces viven los jóvenes? ¿Cuál es mi parte en el hambre del mundo? A veces es difícil sentirse uno responsable.

Hay una tendencia muy humana que se manifiesta especialmente en los niños la tendencia a declarar culpables a los demás. Eso se ve desde el libro del Génesis. Dios encara a Abraham. Dios encara a Adán y Adán lo primero que hace es encontrar una culpable. Ella fue. Una actitud infantil. Nos cuesta trabajo asumir nuestra responsabilidad. Nos fascina declararnos inocentes. Seguramente porque se nos olvida demasiado que al principio de la misa hay una oración en donde decimos que confesamos nuestros pecados. ¡Pecados de pensamiento, palabra, obra y. . . Y Qué? omisión! Somos responsables de todo el bien que no hacemos, pudiéndolo hacer y debiéndolo hacer.

A veces uno cree que uno es inocente y dice, -Pero si yo no mato a nadie, yo no robo, soy una persona normal; en cambio, hay unos desgraciados que son los que atacan, que son los que hacen, allá los otros. Yo soy inocente- Y no nos damos cuenta de dos cosas. Primera, que Dios no nos puso sobre esta tierra para que no fuéramos malos. Dios nos puso sobre esta tierra para que fuéramos buenos, faros de bondad, manantiales de bondad. Si yo mido tu vida, ¿Yo qué? ¡Dios! Si Dios mide tu vida, porque Él es el que importa, si Él mide tu vida desde ese ángulo. Si Dios te hace esta pregunta, ¿Eres malo? La respuesta es fácil No, no, yo qué malo voy a hacer?

Pero qué tal que Dios nos preguntara ¿Eres todo lo bueno que yo quería que fueras? ¿Eres un faro de bondad? ¿Eres una fuente de bondad; eres un manantial de luz para otros? Mira que te di tanta inteligencia. Mira que te di tanta salud. Mira que te di tantos amigos. Mira que te di tantos bienes materiales. No eran solo para ti. La Iglesia lleva más de cien años repitiéndonos. Cerca de 120 años. De hecho, se cumplen en este. Desde la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII, lleva 120 años diciéndonos que los bienes que hemos recibido no es para que nos apropiemos de ellos, sino para que los pongamos al servicio de tu cabecita. No es solo para hacer dinero y dinero y amontonarlo para ti, porque si tú amontonas solo para ti.

Estás poco a poco favoreciendo resentimientos, envidias y un día esa envidia, ese resentimiento, ese cansancio de ser excluidos, hará que muchos se levanten en contra tuya. Y cuando se levantan esas masas desposeídas decimos no son unos malditos, ¿Por qué me atacan? Pero se nos ha olvidado que solo con una generosidad constante, coherente, no sólo de bienes, sino de ideas, de talentos, es posible mantener sano el tejido social. Entonces uno tiene que descubrir sus pecados de omisión, tiene que empezar por ahí. ¿Cuál es el bien que yo he dejado de hacer? Aplícale eso a todo, a la vida económica de tu país, tanto como a la vida afectiva y emocional de tu familia.

Tú tienes una boca, una boca que sabe hablar y hay un instrumento precioso que se llama lenguaje. ¿Lo utilizas para construir el máximo bien posible en tu esposa, en tus hijos? Hay una ciencia muy bonita que es la ciencia del elogio, el destacar el bien de la otra persona, el animarla, el estimular el bien en el otro, el agradecerle. ¿Somos agradecidos, cariñosos, alegres, cercanos con la gente que tenemos ahí? Entonces, lo primero en la ciencia del perdón está en que uno mismo se descubra corto y deficiente porque la persona que cree que todo lo ha hecho bien es la persona que cree que se lo merece todo y es la persona que cuando se siente ofendida dice: ¡¡Jamás tendrá perdón!!

Porque la persona que se considera buena, la persona que se considera óptima y perfecta, esa persona no cree que le deba nada a nadie, sino cree que todo el mundo le debe a él o a ella. Por eso, la única posibilidad de entrar de lleno en la ciencia del perdón es entrar de lleno en la óptica de Dios y caer en cuenta que nos falta a todos, nos falta demasiado. Solo Dios sabe cuánto bien hemos dejado de hacer y cuántas consecuencias trae eso. Porque resulta que el pequeño egoísmo tuyo, unido al pequeño egoísmo mío, unido al pequeño egoísmo del otro vecino, unido a los cientos de miles de pequeños egoísmos hace que finalmente haya mucha gente que no tiene ni lo más necesario, que no tiene ni cómo educarse, que no tiene un futuro, que no tiene una esperanza. Y ninguno de esos cientos de miles de pequeños egoístas se siente responsable. Cada uno de ellos dice: -Yo no le hago mal a nadie.- Pero si uno solo de ellos y ojalá miles de ellos caen en cuenta que todos somos responsables de todos, entonces caemos en cuenta que podemos crear una avalancha de bondad. No es un problema de dólares solamente, aunque se necesitan, no es un problema de dólares. Es un problema de cercanía. Es un problema de percibir que la humanidad es una sola, que somos una sola familia, que el hecho de que yo haya nacido en una familia donde yo puedo estudiar y puedo saber dos o tres idiomas, especializarme en el exterior, tener todos los recursos. Última tecnología. De por Dios. Eso significa que tienes una enorme responsabilidad.

Porque hubo otro que nació en otro hogar y ese no pidió nacer en ese otro hogar y en ese otro hogar no pudo aprender sino a duras penas un idioma o medio. Tú tienes algo que puedes hacer por ellos. Tú tienes algo que puedes hacer por tus amigos. Oye, ¿Tú eres todo lo buen amigo que pudiera ser? Ser amigo, según Santo Tomás de Aquino, es saber buscar el bien para el otro. El punto más importante en la ciencia del perdón es descubrir que estamos cortos, que nos quedamos cortos, porque ese descubrimiento nos hace sensatos, nos hace comprensivos con los demás y sobre todo, derrumba el ídolo de la soberbia. Porque esa maldita soberbia es la que hace que uno diga: -No perdono, no perdono y no perdono, porque yo he sido demasiado bueno para que me hagan esto.-

Únicamente a través del camino de la humildad, del conocimiento de sí mismo y de la conciencia de la responsabilidad extensa que tenemos con el mundo, podemos llegar a una actitud diferente. Segundo consejo: ¿De qué se trata en esto del perdón? Se trata de recibir la verdad, una verdad que es amarga, una verdad que nos duele, pero es una verdad. Sentirnos ofendidos es sentirnos ante todo decepcionados. Saber que la otra persona que el amigo en el que yo confiaba no era tan amigo. Hombre. Saber que ese esposo, que para mí era un ídolo, pues no, era un ídolo de pies de barro. Mis hijos, mis hijos, si mis hijos y son míos, pero mira con lo que me han salido.

Es decir, que para avanzar en el perdón hay que pasar por un cáliz muy amargo que es el cáliz de la decepción. Y es aquí donde todo está en juego. La decepción es, ante todo, el descubrimiento de una verdad que nos fastidia, que nos hiere, que nos desilusiona. Hay personas que toman y es comprensible, toman una actitud de negación. Esto no debería haber sucedido. Pero sucedió. Pero es que no debería haber sucedido. Sí, sí, no debería pero ha pasado. Por eso. Pero no debería haber sucedido. Eso frena el perdón. Y este es el segundo punto en el que yo quisiera, con la ayuda del Espíritu Santo, que nos entendiéramos muy bien. El perdón está unido al misterio de la verdad.

Te hago esta comparación: Suponte que tú eres un médico. Estás trabajando en la sección de urgencias, la sala de urgencias del hospital donde llega la gente en las peores circunstancias y siempre, como su nombre lo indica, de urgencia. Eres médico estás en la sala de urgencias. Oyes el sonido característico de la ambulancia que se acerca a máxima velocidad. Traen una persona gravísimamente herida. La historia es muy triste. Se trata de un ciclista que se ha estrellado contra un vehículo. Parece que tiene fractura del cráneo. Se teme lo peor. Traen a ese accidentado. Tú lo ves. Los signos vitales son pobres. Es decir, todo el cuadro habla de algo gravísimo. Probablemente de muerte.

Tú ves a esa persona y tú dices: -Esto no debería suceder. No debería suceder. Debería haber señales mejor puestas en las carreteras. Deberían diseñar otro tipo de cascos. Los ciclistas deberían ser. . . Doctor, pero atiéndalo. Sí, pero es que si hicieran los cascos de otra manera. Si la gente manejara con más cuidado. Si realmente los policías. . . Doctor, que se nos muere. Correcto. Pero es que estoy pensando que. Mire, si realmente ese hombre no hubiera salido a esa hora si hubiera tomado por el otro camino, hubiera seguido por dónde tiene que ir el ciclista. Doctor, se murió. Por eso es que no ha debido salir. Así somos nosotros. Hay gente que no asume. Por supuesto que no debería suceder. Por supuesto, pero te digo una cosa. Por supuesto que ninguno de nosotros debería pecar. Por supuesto. Y aquí hay uno que otro pecador.

No digo que levantemos la mano porque me toca a mí empezar por levantar las dos. Y eso no debería suceder. Entonces, el segundo punto en la ciencia del perdón es mirar cómo el médico en la sala de urgencias, mirar la llaga y saber mirar la herida y saber. Esto no debería haber sucedido, pero sucedió. Y ahora esta es la frase central de este segundo punto. Y ahora que ya sucedió, este es un nuevo punto de partida. ¿Por casualidad hay enfermeras, enfermeros o médicos en esta asamblea? Tengan la bondad de levantar la mano. Sí, hay médicos, enfermeras, enfermeros, hay unos cuantos. Gracias. Yo le tengo un gran cariño al personal médico porque me parece que la labor del médico se parece mucho a la labor del sacerdote. Algunos incluso nos llaman Médicos de almas.

¿Qué es lo que hace el médico? El médico a veces lo tiene que regañar a uno. Eso es verdad. El médico lo regaña a uno, pero el médico no se pasa el tiempo diciendo, usted no ha debido hacer eso. Usted nunca debió hacer eso, señor. Es que eso no debió pasar. Doctor. ¿Y ahora qué hago? No, no, espere, que yo lo tengo que regañar a saciedad. Además del regaño, hay un momento en el que el médico o la enfermera o el enfermero tiene que decir. . . pues sí, muy mal lo que sucedió. Pero ese es nuestro nuevo punto de partida. Eso es lo que sana una relación. Cuando ha habido un dolor, cuando ha habido una herida, lo que sana la relación, es el momento en el que uno después de decir quinientas cuarenta y ocho veces. No debió pasar. No debió pasar. Pero qué bruta fui, Qué bruta, torpe. Todo el mundo me lo decía, pero yo torpe.

Después de que te has regañado, después de que has renegado, después de que has llorado. Después de que has recriminado, después de que ya llevas cuatrocientas quince veces. Te faltan más. Cuatrocientas ochenta y dos veces te faltan más. Ya cuando llegues a quinientos cuarenta y ocho veces ya. Ah, ya. En ese momento lo que hay que decir es, este, tipo con la cabeza medio abierta, muriéndose. Este es mi punto de partida. Cuando ya uno dice: -Este es mi punto de partida- Ya uno puede perdonarse y puede perdonar al otro. O sea que el perdón está unido al misterio de la verdad humana. Ahí, ahí sucede el perdón en la verdad humana, en la verdad de lo que somos. Y ese punto es muy importante.

Tercera recomendación y última. El perdón tiene que ser contagioso. Hay una cosa que me llama la atención. Y es que Jesús, en varias ocasiones al resucitar muertos. Pone a la gente a que funcione. Por ejemplo, la suegra de Pedro estaba gravísima. La sanó y ella empieza a servirles. La niña, la hija de Jairo que había muerto, una niña cómo de unos diez años. Jesús la resucita y lo primero es "Aliméntenla". Con Lázaro lo primero es "Desátenlo". Es decir, ese nuevo comienzo tiene que ser una nueva oportunidad, tiene que marcar un cambio. Hay una frase que se utiliza en Alcohólicos Anónimos. Que creo que es muy aplicable aquí. La frase que ellos dicen es "Si nada cambia, entonces nada cambia". ¿Qué tal esa frase? Otro modo de decirlo es: -Las mismas cosas traen las mismas consecuencias.- Dicho de otro modo, una vez que llega el perdón, tienes que cambiar tus rutinas.

Por ejemplo, si lo que fue causa de infidelidad en tu matrimonio fue el mal uso de la tecnología, cosa que está sucediendo y mucho, la gente se mete y empieza con amistades virtuales y de lo virtual se va pasando al coqueteo y del coqueteo se puede pasar a la infidelidad. Y sucede. Si tú ves que eso ha sido el comienzo, tienes que cambiar tus rutinas. Perdonar nunca es volver simplemente al pasado. El perdón en la Biblia siempre es un salto hacia adelante, un salto hacia el futuro. Cuando perdonas y cuando eres perdonado. Cuando la pareja se reconcilia, tiene que cambiar sus rutinas. Tiene que introducir cambios eficaces que eviten que se recaiga en lo que ya se hizo y que en cambio abran caminos nuevos a la vida nueva que Dios regala. De hecho, ese es el verdadero objetivo de la penitencia que se impone en el sacramento de la Confesión.

Me parece que a veces los sacerdotes no caemos en cuenta de la fuerza transformante que tiene la penitencia, esa penitencia que le dicen por penitencia haga tal cosa o rece tal cosa. Yo creo que como sacerdotes tenemos que reconsiderar mucho el sacramento de la Confesión, porque la Iglesia es muy sabia y el verdadero papel de penitencia no es simplemente decir unas cuantas oraciones. El verdadero papel es cuáles son las rutinas, cuáles son los hábitos que van a cambiar en tu vida para que tú des un paso y para que esta vida nueva que Dios te da no se pierda. Entonces el perdón tiene que significar un cambio, un cambio en tus rutinas. Sé del caso de una persona que cometió grave infidelidad precisamente por el jueguito ese del chat y el messenger y no sé qué.

Esta persona fue perdonada por su pareja, pero una de las decisiones que tomó es, yo no puedo, puesto que tengo tanta debilidad con eso. Yo no puedo volver al cuento del chat, yo no puedo volver a eso. Entonces tuvo que redistribuir sus horarios porque era una persona que se acostumbraba todos los días a una cierta hora a meterse a internet y a estar jugando con el chat. Tuvo que cambiar su horario y la pareja readaptó su horario. Felizmente, la relación de ellos ha mejorado ciento por ciento. Entonces son tres recomendaciones sobre el perdón. Primera, que todos descubramos que estamos en déficit, porque mientras no seamos santos, santos como Dios nos creó para ser santos, estamos en déficit.

Segundo, que el perdón necesita el reconocimiento de la verdad y que no vale de nada decir esto. No debió pasar, esto no debió pasar. Pero por qué pasó esto? Te autorizo hoy a que lo digas. Quinientas cuarenta y ocho veces. No más. Hasta ahí. Y tercero, el perdón requiere siempre un propósito de enmienda. Un propósito que haga fluir la vida. Un propósito que defienda el tesoro recibido. Un cambio de rutina. Y eso tiene que sentirlo tu pareja. Si tú eres hijo y has ofendido a tus papás y has sido grosero y has sido rebelde, no basta con decir papá, discúlpeme, sino que tienes que buscar cómo ajustas tu comportamiento, tus actitudes, para que todos en casa sientan que realmente se ha abierto un capítulo nuevo. Que Dios nos ayude, mis hermanos, a perdonar de corazón, a ser familias reconciliadas, a ser naciones reconciliadas y bendecidas por el amor del Señor.

Amén.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM