Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Ante la Cruz y ante la Sangre de Cristo todos nos descubrimos deudores y necesitados de perdón.

Homilía ao24004a, predicada en 20110911, con 26 min. y 1 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos. Para nosotros resulta muy fácil, ver lo absurdo del comportamiento de este hombre del Evangelio. A él le perdonan una tremenda deuda, que hoy equivaldría a decenas de miles de millones de pesos, como si uno debiera treinta mil, cincuenta mil o cien mil millones de pesos; una deuda astronómica imposible, para cualquier particular. Y él no es capaz de perdonar una deuda que era considerable, pero que era mucho menor.

Una vez me explicaron que cien denarios podía corresponder más o menos en plata colombiana de hoy a algo más de un millón de pesos. Pero lo que a él le perdonaron fue veinte mil o treinta mil o no sé cuántos miles de millones de pesos, y él no pudo perdonar una deuda de alrededor de un millón o millón y medio. Para nosotros es muy fácil ver lo absurdo de ese comportamiento, así como lo vieron los compañeros, porque dice aquí: -sus compañeros al ver lo ocurrido, quedaron consternados-.

Y uno se pone a pensar: ¿por qué pasa esto? ¿Por qué sucede eso? Y entre muchas explicaciones, yo quiero compartirles una que me parece que nos puede iluminar, porque si nosotros nos quedamos mirando a ese señor y juzgándolo, no vamos a aprovechar mucho, para nuestra vida. Tenemos que ver la manera de aprovechar para nuestra vida la Palabra de Cristo.

Tratemos de entrar al corazón de este señor, tratemos de entrar, tratemos de meternos en el corazón de ese hombre, el de las deudas. Para él era más terrible que le debieran un millón de pesos; eso pesaba más en su corazón, que él mismo deber, veinte o treinta mil millones de millones de pesos. Es un problema de balanza: Para él pesaba más el millón que le debían que los diez mil o veinte mil millones que él debía. Es decir, él utilizaba una balanza, para lo que él debía y utilizaba otra balanza para lo que a él le debían.

El mensaje profundo entonces de este pasaje del Evangelio como que va por ahí. Lo que quiere decirnos el Señor es: ¿estás utilizando una balanza o dos balanzas? Y es interesante porque los compañeros de ese hombre, simplemente comparan las cifras. Es decir, los compañeros utilizan una misma balanza. Un momento: -A ti te deben un millón, tú debías veinte mil millones- un momento, no es justo.

¿Por qué dicen? No es justo, porque están pesando en la misma balanza. Y un millón pesa muchísimo menos que veinte mil millones. Entonces Jesús está denunciando una enfermedad, una terrible enfermedad del alma que se llama: La enfermedad de las dos balanzas. ¿Estás enfermo tú de esa enfermedad?

La enfermedad de las dos balanzas, es una enfermedad terrible, sumamente contagiosa, tiene muchas expresiones, algunas de ellas chistosas. La enfermedad de las dos balanzas es que, cuando se trata de mis intereses, todo es grande, grave, complicado, tremendamente importante, no ve que se trata de mí. Es una magnificación de lo que toque mis intereses. Si se trata de los intereses de los demás, entonces saco la balanza de juguete. No importa, es otra persona.

La enfermedad de las dos balanzas es una enfermedad terrible, es una enfermedad demoníaca y es una enfermedad de la que hay que curarse, porque el que está enfermo con la enfermedad de las dos balanzas, nunca puede perdonar, nunca, nunca. -¿Por qué llevas esa amargura en el corazón? Porque hoy, de nuevo, hoy, una vez más, me han mirado golpeado, me miraron golpeado, y eso no me lo voy a aguantar-. Una persona con la enfermedad de las dos balanzas es una persona que no puede perdonar, no puede, no puede, no puede. Hay que curarse de esa enfermedad para poder perdonar.

Y toda la enfermedad, consiste en que lo que tenga que ver conmigo, -Por favor, es que, es que no es cualquiera, es que soy yo, soy yo, por favor; fuera cualquiera, pero soy yo, se trata de mi problema, ¡yo!-. Y claro, quien lo ve a uno por fuera dice: ¿Cada cuánto le darán esos ataques al padre? -¡Por qué soy yo, yo, Yo, se da cuenta, soy yo!- y le abro mi cadera, . . . ¿A ustedes no les ha dado brincadera cuando dicen yo?. Esa es la enfermedad de las dos balanzas. -Fuera otro por allá, cualquiera pero soy yo, yo, yo-.

La enfermedad de las dos balanzas no deja perdonar, porque todo lo que me hacen duele y duele tanto, y duele tanto, tanto, tanto; mira, -Si hubieran quitado la luna, no me importara, pero es que me hirieron, me hirieron; hubieran secado el océano, no hay problema, eso se llena otra vez, pero fue que me hirieron, ¿ves? me hirieron, me hirieron, estoy herido, estoy herido; y no es cualquiera, soy yo el que está herido, yo-

Claro, una persona así jamás, puede perdonar, jamás puede perdonar. El grado del problema, y esta parte, si no es chistosa, es que Dios utiliza una sola, una sola balanza, Dios utiliza una sola. Entonces cuando llega uno a donde Dios y dice con sus brinquitos -soy yo-, Dios le dice: -pues sí, usted ¿y?-. -Ah no, pues es decir, yo decía que, pues que era yo, no, yo- ¿y?, -Ah no, pues no, nada, realmente no es importante, o sea, no, no es que fuera muy importante-.

La sanación empieza, y parece cosa de niños, la sanación empieza cuando uno entra en la fila, cuando uno descubre que uno, es decir tú y tú y yo, desde luego, estamos en la misma fila, porque la enfermedad del yo con brinquitos es la enfermedad de: mi caso es único, mi historia es única, nadie sufre lo que yo sufro, a nadie le pasa lo que a mí me pasa, nadie. . . y esa excesiva singularidad es como si uno quisiera tener unos mandamientos especiales para uno y una liturgia especial para uno y un termómetro especial para uno.

Y resulta que, por decirlo en el lenguaje terrible de los predicadores del siglo diecisiete, los mismos gusanos que se van a comer a un criminal te van a comer a ti, los mismos. -Pero soy yo-, el gusano que llega a comerse su cadáver, no pregunta si eso era de marrano o era de usted. De manera que, déjese de historias, déjese de historias, vuelva a la fila.

Cuando uno vuelve a la fila, descubre que puede empezar a perdonar. Así de sencillo. Dos ejemplos rápidos. Cuando un hombre empieza a entender lo que le decía su papá, ya tiene un hijo que lo contradice. Es decir, el tiempo pasa y toda esa dureza que tenía uno con el papá. . . Había un hombre joven, un hombre joven que rezaba en la iglesia y le decía a Dios ¿Por qué mi papá no hizo más por mí? Iba entrando como en una angustia, en una cosa, casi una histeria. ¿Por qué mi papá no hizo más por mí? ¿Por qué mi papá no hizo más por mí? Y Dios le habló y le dijo: -por qué estaba herniado, mijo, su papá no hizo más porque tampoco tenía más. Tan sencillo como eso: Es que no tenía más hombre, no tenía más, su papá no tenía más que darle, su papá traía su propia historia-.

Yo me pongo a mirar, por ejemplo, mi familia: Resulta que mi abuelito, mi abuelito, fue un desplazado de la violencia política, mi abuelito paterno, sacado en condiciones que hoy, hoy me puedo imaginar salvajes, inhumanas, sacado de su terruño a las patadas a recorrer mundo y tal vez dando tumbos, fue a dar hasta el norte de Colombia. Entendamos eso, fue un hombre que hizo muchas cosas bien y que hizo muchísimas o muchas mal, ¿Pero qué tenía él? Por favor, ¿Qué tenía él? Yo miro la obra de mis papás, a los que venero, desde luego, y amo intensamente y veo que también han tenido fallas.

Pero yo digo ¿cuánto recibieron y cuánto le están dando al mundo hoy? Yo no tendría un juicio duro ni para mis papás ni para mis abuelos, porque ya la vida ha transcurrido y la vida me ha mostrado mis propios errores y los errores del otro y del otro. Y cuando uno empieza a ver los errores del uno y del otro, y del otro y del otro, entonces uno empieza a decir, mire, mejor dicho, quedémonos todos en la fila y pidámosle todos perdón a Dios. Estamos hechos del mismo barro y uno entra en la fila, cuando uno entra en la fila, uno deja de manejar dos balanzas, así de sencillo. Cuando uno descubre lo que decía San Felipe Neri: -Si tú no me sostienes, Señor, te traiciono peor que Judas-.

Cuando uno descubre que uno, y después de todas las cosas que le han sucedido y de todas las experiencias que han pasado. . . Yo me acuerdo, el testimonio de un muchacho que tuvo unas apariciones de la Virgen y después de eso, mirando una imagen de la Virgen, parece que era una imagen como milagrosa, y lloraba. Y el muchacho se acerca en un acto de devoción infinito, toca la imagen y una lágrima de la Virgen le recorre la mano, una lágrima de esa imagen, dejemos la cosa ahí, sin discutirla, una lágrima de la imagen milagrosa le recorre la mano y él sintió que realmente era una lágrima de María y miraba su mano y sintió que su mano había quedado bendecida. Esa noche tuvo una discusión con un amigo y con la mano bendecida le acomodó un puñetazo al otro, que por lo menos fue un golpe de gracia. Así somos, somos capaces de golpear con la mano bendecida o ¿no? Yo por lo menos reconozco que así le pasa a uno. Vuelvo a preguntar ¿somos o no somos capaces de golpear con la mano bendecida, sí o no?

Hay muchos que estamos en la fila, los que dijeron que sí estamos en la fila; los otros están con el problema de las dos balanzas. Pues claro que somos capaces. Y cuando uno le va pasando la vida y cuando uno cae en cuenta de sus propios errores, cuando uno aprende a mirarse desde fuera. Que eso fue lo que le faltó al Señor del Evangelio de hoy. Cuando uno se mira desde afuera y uno comprende que uno está en la misma fila de todos los pecadores, que en el mundo han sido, entonces uno empieza a tener una actitud muy distinta, muy distinta. Se le acaba la enfermedad de las dos balanzas.

El Papa Juan Pablo II beatificó a dos de los pastorcitos de Fátima. Ejercicio práctico : nombre de los pastorcitos. El niño se llamaba Francisco, la niña se llamaba Jacinta. . . , muy bien, oiga, dense un aplauso, esta gente, muy bien, correcto, muy bien, -Jacinta y Francisco- Los dos niños beatificados. Resulta que saben cómo condujo la Virgen María, porque fue realmente Ella la que condujo hacia la santidad a estos chiquitines. ¿Saben cómo hizo? Fue una cosa maravillosa, maravillosa.

Lo que hizo María fue: en los momentos de esas apariciones, pues ¿qué sucedía en esas apariciones? Ellos lo cuentan, en una de esas apariciones que fue definitiva para la conversión y la santidad de Jacinta y de Francisco. En una de esas apariciones dicen los niños, que sintieron como un abismo adentro de ellos, como un abismo en el corazón y que se pudieron mirar, así lo cuentan, que se pudieron mirar como ellos eran, se pudieron mirar.

Y esa visión, ese vernos un poquito, como Dios nos mira, ese vernos desde afuera, ese descubrirnos ridículos, incoherentes, sucios, que somos capaces de dar puños con la mano bendecida, descubrir que esa es nuestra verdad y nuestra realidad; eso es lo que nos quita la enfermedad en las dos balanzas. Cuando me doy cuenta de que todo lo bueno que tengo ha venido de Dios, todo ha sido bendición, o como dice San Pablo -¿Qué tienes que no hayas recibido?-

-Yo toda la vida he tenido un gran sentido moral-. Bendito sea Dios, Bendito sea Dios. -Cuéntame una cosa, tú naciste en el prostíbulo ese que queda allá en la calle, de los prostíbulos, ese que queda allá como por esa zona. ¿Te acuerdas? En el centro, ¿Tú naciste allá y fuiste criado entre licor y malos ejemplos? -No,no no Padre, no, no, de ninguna manera. No, no, no. ¿Por qué me dice eso, Padre? ¿Qué le pasa? ¡No, no, no, no! -Mi papá fue un hombre muy correcto y mi mamá una mujer piadosa. Nosotros hemos sido gente de grandes principios morales. Y por eso yo no entiendo cómo esos canallas secuestran y roban y hacen y deshacen-. Y, señor, ¿Usted cree que todos esos que usted llama canallas tuvieron el papá que usted tuvo y la mamá que usted tuvo, y el colegio que usted tuvo y las predicaciones que usted ha tenido?. ¿Usted no cree que es un regalo haber tenido el papá que tuvo y la mamá que tuvo y la educación que ha tenido? ¿Usted no cree que eso es regalo?. Eso es regalo, hermano. ¿Qué tienes que no hayas recibido? Tu inteligencia, tus principios morales, la familia con los buenos ejemplos, el colegio con las buenas cosas Todo es regalo, todo lo bueno que tenemos es regalo. Lo malo viene por la insidia del enemigo, por la tentación del mundo, por la seducción de la carne y porque somos unos soberanos tontos que nos dejamos envolver en el pecado. Lo malo viene de parte nuestra cuando cedemos al pecado.

Cuando uno entiende esto, mis hermanos, uno entiende de una manera radicalmente distinta el problema del mal en el mundo. Ese señor, el que secuestra, el que roba, el que mata, ese señor ha recibido lo que tú has recibido. Cuando uno va entrando en la fila, uno va perdiendo la enfermedad de las dos balanzas.

Es algo que normalmente viene con los años, ¿no? Jesús hizo un seminario, si saben eso, ¿no? Jesús hizo un seminario extra rápido de sanación de la enfermedad de las dos balanzas. Está en la Biblia. Si no lo saben, es que no han leído bien la Biblia. Seminario extra rápido de sanación de la enfermedad de las dos Balanzas. ¿En dónde se encuentra eso? ¿Dónde será? ¿Dónde será? ¿Dónde será? ¿Dónde será? Juan, capítulo 8 La mujer adúltera; ese es un seminario extraordinario eficacísimo, dictado por el doctor entre los doctores y Santo entre los Santos. Rey de Reyes, Jesucristo.

Jesucristo aplicó ese seminario en ese momento cuando traen a la mujer adúltera. Todo el mundo: -¡Sí, sí. Que muera!, ¡Que muera!, ¡Que muera!- Y dice Jesús: Apliquemos el seminario interactivo maravilloso multimedia, de sanación de la enfermedad de las dos balanzas. En este caso, el seminario maravilloso multimedia interactivo dictado por el rey de reyes, consistió en una sola frase: "El que esté libre de pecado, tire la primera piedra". Ese fue todo el seminario. Y dice la Biblia que empezando por los mayores, dijeron: -Ah, no, no, no, no, no, ya con esa frase ya no, no; ya nos dañó la? hoy tocaba pedrada y nos dañó la lapidación, este hombre-, bueno. Y se fueron retirando uno a uno, empezando por los mayores, porque es más fácil cuando han pasado más años, es más fácil decir uno; -oiga, yo como que estoy en esa misma fila, está bien, está bien, ya entendí, perfecto, perfecto, ya no voy a tirar esa piedra-. Fue un seminario multimedia maravilloso, interactivo que dictó el doctor de los doctores, el Señor de los Señores, el Rey de Reyes, Jesucristo. Y con una frase sanó la enfermedad de las dos balanzas.

Terminemos, hermanos. Cristo quiere que seamos sanados de la enfermedad de las dos balanzas. Que dejemos de juzgar de una manera tan dura, tan hipócrita, tan cruel y con tanto dolor y con tanta saña a los demás; mientras que todo lo que nosotros hacemos o hacen las personas que nosotros amamos, eso sí, nos parece extraordinario, eso sí nos parece extraordinario y nos parece grandioso.

Hay una historia tan simpática de una señora que tenía dos hijos, o mejor dicho, un hijo y una hija, y una amiga de esta señora la fue a visitar y le dijo: -Tanto tiempo sin vernos supe que se casaron tus hijos, te felicito; qué alegría, qué cosa tan linda y cómo les ha ido-. Y empieza a hablar la mamá y dice: -bueno, a mi hijita le ha ido muy bien, pero a mi hijito sí le ha ido mal, para serte franca- Ay, ¿cómo va a ser? A ver, explícame cómo es eso. Y dice la señora: -Mira, a mijita, mira, ese hombre la tiene como una princesita, como una princesita; cómo será que todos los días le lleva el desayuno a la cama, más querido, que ternura de hombre; no, mi hijita, si se casó muy bien, ella si se casó muy bien. Ay, no me digas, y al hijo tuyo ¿Qué le pasó? -No, es que la desgraciada esa quiere que mi hijo la trate como una princesa y que le lleve el desayuno todos los días a la cama-. . . Esas son las dos balanzas.

Cuando es lo que me conviene, cuando es lo que yo quiero, cuando es lo que a mí me gusta. Entonces una balanza, cuando es lo otro, la otra balanza. Jesús nos sana de eso. ¿Cómo? Muy sencillo, metiéndonos a todos en una misma fila. Como el seminario multimedia interactivo, maravilloso eficacísimo de Cristo, no lo entendió una parte de la humanidad, entonces nos dejó un seminario perpetuo: -Ponte ante la cruz, mírate ante la cruz de Cristo, mírate ante la sangre de Cristo, la sangre abundante en el altar, muerete ante la cruz de Cristo-. ¿Y sabes qué pasa frente a la cruz de Cristo? que frente a la cruz de Cristo todos tenemos que hacer fila y todos tenemos que decir, como dicen allá en tierra de mi abuelo: -es que somos de los mesmos, somos de los mesmos-. Frente a la cruz de Cristo, todos, todos, todos. . ., a nosotros, los sacerdotes que nos toca hacer; de primeros, somos de los mismos, -Cristo perdónanos- Nos toca a los sacerdotes y a las religiosas y a los niños, a las niñas, a los ancianos, a todos.

La cruz de Cristo es el lugar donde Cristo le puso orden al desorden de nuestras dos balanzas. Ante la cruz de Cristo se acaba la enfermedad de las dos balanzas. En la cruz de Cristo aprendemos que sólo Él es santo, como decimos en la oración de la Misa: -Porque sólo tú eres santo, sólo Tú, Señor, sólo Tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre-. Amén.

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