Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nuestros pecados son los trombos que frenan o entorpecen la circulación de la gracia divina en la comunidad cristiana.

Homilía ao23015a, predicada en 20230910, con 16 min. y 39 seg.

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Transcripción:

Hermanos queridos. En una primera lectura del Evangelio que acabamos de escuchar, tomado del capítulo número 18 de San Mateo, uno puede pensar que el tema fundamental es la corrección fraterna, es decir, ese deber, pero también derecho que tenemos dentro de la comunidad para ayudar a nuestros hermanos, de manera que no se estanquen en su mediocridad, en su incoherencia. Repito, es un deber y es un derecho. En la misma línea va la primera lectura que hemos escuchado del profeta Ezequiel.

Dios le dice a Ezequiel: "Te he puesto como un centinela, tu tienes que velar, tú tienes que cuidar y por eso si el malvado va por mal camino, pues a ti te corresponde hacerle ver que va por mal camino. Si la persona sigue será su responsabilidad, pero si tú te callas. . . -Dice el texto de Ezequiel- . . .si tú te callas, a ti te pediré cuentas de la sangre de él". De manera que tenemos un gravísimo deber de ayudar a nuestros hermanos, no como un acto de arrogancia, porque todos somos pecadores, no como un acto de prepotencia o de dominio, sino como un servicio, un servicio de amor. No quiero que te estanques en la mediocridad. No quiero que te atasques en tu incoherencia. Esta es la clase de sentimientos que hemos de tener en la corrección fraterna.

Esa parte está clara. Pero luego hay una serie de detalles en el Evangelio que se ha proclamado que nos invitan a mirar un poco más profundamente. Quizás este tema tan bello y siempre actual de la corrección fraterna, es apenas la introducción a una realidad todavía más profunda. Y mientras invoco el don del Espíritu Santo, quiero que me acompañen en la búsqueda de eso más profundo. Porque observe, por ejemplo, esto, dice aquí nuestro Señor Jesucristo: "Si te hace caso, ese hermano al que corregimos, has salvado a tu hermano". Dice esta traducción -Salvado a tu hermano.- Bueno, como de costumbre, uno tiene que irse al texto original y en el texto original que tenemos como Iglesia, es decir, en la lengua griega, aparece una expresión que está también en algunas Biblias: "Has ganado a tu hermano".

Ese verbo "Ekerdesas" en griego, ese verbo está indicando una ganancia como el que gana dinero, como el que gana un tesoro, como el que se gana la rifa. Has ganado a tu hermano. Tu hermano es una ganancia es un tesoro. Me parece personalmente que es un poco más rico el sentido que aparece ahí. Tu hermano es un tesoro y a través del ejercicio de la corrección fraterna, ese tesoro vuelve a resplandecer en medio de la comunidad. Porque la palabra comunidad pronto aparece en este pasaje y me parece a mí que es la que tiene el verdadero protagonismo. Dice aquí, si no te hace caso, entonces llama a uno o a otros dos.

Siguiendo la costumbre de la ley de Moisés, que dice que todo tiene que ser zanjado por dos o tres testigos, si no les hace caso, es un procedimiento escalonado, si no les hace caso, díselo a la comunidad. "Ekklesía" es la palabra que aparece ahí. La palabra ekklesía significa los que han sido convocados, los que han sido llamados, los que han escuchado y han obedecido a la Palabra de Dios. Ese es el sentido original de Ekklesía, la comunidad. Díselo a la comunidad. Si no hace caso a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Es decir, que el que persevera en su falta, después de haber sido exhortado, después de haber sido amonestado por la comunidad, se está autoexcluyendo de la comunidad.

Y creo, repito, que esa es la palabra quizás más importante en este Evangelio, la palabra comunidad. Porque en el fondo, si nosotros practicamos la corrección fraterna es porque no queremos que la comunidad se empobrezca. En efecto, el pecado de cada uno de nosotros, no solo el pecado visible, no sólo el pecado de interacción personal, sino el pecado. Cualquier pecado, aún el más oculto de cualquiera de nosotros, empobrece a la comunidad. Esto hace parte de un tema absolutamente hermoso, que es el tema de la comunión de los santos. Nosotros en la comunidad, es decir, en la asamblea que ha sido convocada por la Palabra de Dios y alimentada por el Espíritu de fe, nosotros estamos conectados y esa conexión que es ante todo en la gracia y es una conexión sobrenatural, es lo que decimos cuando afirmamos en el Credo que creemos en la comunión de los santos. Es decir, que hay una comunicación sobrenatural. Usted piense más o menos como en una red de tubos que se conectan unos con otros por donde tiene que circular el amor de Dios en primer lugar, pero también la gracia, la oración, los distintos dones y carismas.

Nosotros todos estamos interconectados y el pecado que uno de nosotros comete, por ejemplo, yo, mi pecado es como un tapón, es como un obstáculo que empobrece a la comunidad, porque ya no circula de la misma manera. Ese amor, esa gracia, esa bendición de la cual nos habla elocuentemente el apóstol San Pablo, por ejemplo, en el capítulo cuarto de la Carta a los Efesios. Esa comunidad, ese cuerpo que nos expresa San Pablo se alimenta a través de las junturas, coyunturas que tiene, de manera que crece hacia la perfección en Cristo.

Usted piense lo que sucede con este concepto médico, que yo creo que muchos lo hemos escuchado, lo que es un trombo. Hemos oído esa palabra. Cierto, un trombo, una trombosis. ¿Qué es un trombo? Es un tapón. Típicamente en las venas. Creo que puede pasar también en las arterias. No soy médico. El trombo bloquea la circulación de la sangre. Puede tener consecuencias absolutamente devastadoras. Particularmente si el órgano que recibe menos sangre es un órgano tan vital como el mismo corazón, como el cerebro, como los pulmones. Entonces un trombo bloquea la llegada de la sangre a una parte del cerebro. La persona tiene un accidente cerebrovascular. Puede quedar con un daño permanente.

Dios nos libre porque hubo un trombo. El pecado es el trombo, el pecado, así se vea o no se vea, eso no es lo más importante, porque lo más importante es que sucedió y sucedió ante Dios. El trombo, que es el pecado, es el que bloquea. Entonces hay gente, gente llena de sabiduría en esta tierra, médicos muy especializados que sí logran obrar a tiempo, pueden disolver esos trombos. En algunas oportunidades se hace un procedimiento que se llama un cateterismo. Se introduce un catéter, por ejemplo, por el muslo y va allá como una especie de cable que va recorriendo el sistema circulatorio y hace maravillas. Hay que asombrarse de lo que puede la ciencia; pues podemos decir que la corrección fraterna es el cateterismo.

El cateterismo que quita ese trombo para que pueda circular por toda la comunidad, pueda circular la gracia, pueda circular el amor. Esto tiene dos consecuencias muy importantes. Primera, que para nosotros, amigos queridos, nosotros creyentes en Cristo, nosotros, Iglesia de Dios, para nosotros, la distinción entre lo privado y lo público no es la más importante. No es la más importante. ¿Por qué? Porque lo más importante del trombo no es si se ve o si no se ve. Hasta donde yo entiendo, pues esos trombos cuando hacen su daño, ni siquiera se ven. La persona puede detectar, por ejemplo, una inflamación, una hinchazón, un dolor en las piernas. Resulta que está padeciendo un problema de trombos en sus venas. De la zona inferior del cuerpo, el trombo no se vio, pero sí hizo su daño.

Ahí está el peligro, ahí está el daño. Entonces, para nosotros lo fundamental no es si las cosas son privadas o son públicas ante los ojos de los hombres o ante la opinión, que por eso se llama opinión pública. Uno puede esconder muchas cosas, uno puede esconder su incredulidad, sus mentiras, sus impurezas, sus envidias. Pero si el trombo está ahí, está haciendo daño, está bloqueando. Está interrumpiendo. Y qué es lo que está interrumpiendo? Muy difícil saberlo. Porque nosotros no tenemos el mapa circulatorio de la Iglesia de todos los tiempos. Pero desde tiempos antiquísimos, la Iglesia tiene conciencia de esto que llamamos la Comunión de los Santos.

Es la razón por la que, por ejemplo, existe la vida contemplativa. Hoy tenemos la alegría de la visita del padre Luis Fernando, que decíamos al principio es un monje, un monje benedictino. Él está hoy prestando este servicio de predicación aquí en Bogotá, pero su lugar permanente es un monasterio allá en Guatapé, en Antioquia. Y alguien puede preguntarse ¿Qué hacen esos monjes por allá metidos? Que ¿Qué hacen? Están inyectando oxígeno vital en la circulación de toda la Iglesia. Las monjas de clausura. Tantas oraciones silenciosas.

Entonces, así como el bien silencioso no dejará de hacerle bien a otras personas, quizás llamándolas a la conversión y empujándolas a la fidelidad, incrementando en ellas el celo misionero, así también los trombos de mis pecados. Sabrá Dios las gracias que le han hecho perder a otras personas los bienes que otros no han recibido. Porque yo he sido un perezoso en la oración. Porque yo he sido un egoísta. Porque yo he sido un envidioso. Yo he bloqueado esa circulación. Entonces, entre nosotros no existe lo de lo privado y lo público. Y esto es muy importante comprenderlo, porque a veces la gente dice pero ¿Por qué la Iglesia se tiene que meter en todo?

Hermanos míos, si somos de Cristo, y si hemos entendido un poquito del Evangelio esa objeción, sobra completamente. La Iglesia, porque el Evangelio mismo primero tiene que meterse en todo, porque la distinción entre privado y público es una distinción incluso reciente en la historia de la humanidad. De manera que a la Iglesia le interesa todo, le interesa el malestar social, la inestabilidad política, el problema económico, la catástrofe laboral que pueden vivir muchas personas. Estos son temas muy públicos, pero a la Iglesia le tiene que interesar también cuando la oración decae, a la Iglesia le tiene que interesar también la impureza sexual.

Así la cometa una persona donde nadie lo ve, o en un lugar con su pareja, donde nadie los ve, todo importa, porque en la comunidad que está interconectada por esos lazos de caridad y de fe, todo importa y por consiguiente, nosotros no le damos tanta relevancia a esa diferencia entre lo privado y lo público. En otro sentido, y para concluir, nos damos cuenta que esta comunión profunda que llamamos precisamente la comunión de los santos, es la fuerza misma de nuestra oración. Hoy este Evangelio nos está invitando a ser comunidad orante, comunidad que se pone de acuerdo, comunidad que de una manera consciente y no sólo implícita, renueva su oración por las intenciones que a todos nos atañen.

Entonces por eso nosotros, por ejemplo, en la liturgia que los orientales llaman la Divina Liturgia. Hacemos siempre peticiones como las vamos a hacer ahorita en unos contados minutos. Nosotros hacemos intenciones, hacemos peticiones. ¿Por qué? Porque estamos convencidos de que esa unión entre nosotros, más allá de lo simplemente comportamental o moral, es una unión que es unión con Cristo mismo, con el sumo y eterno Sacerdote, con el gran Intercesor, con Aquel que ha hecho nuevas todas las cosas a través de su eficaz sacrificio en la cruz. Seguimos entonces esta celebración con una profunda conciencia de que somos comunidad y de que ayudar a nuestros hermanos es hacer el más importante cateterismo para que circule la gracia del Señor en todas partes.

Amén.

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