Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

(1) Amar y corregir no se oponen en la Biblia; al contrario: el que ama, corrige. (2) En la Iglesia TODOS necesitamos alguna vez una corrección. (3) La fuerza de la comunidad creyente no se puede reemplazar por nada: es vida y presencia del Señor.

Homilía ao23011a, predicada en 20170910, con 15 min. y 46 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, en la segunda lectura, el apóstol San Pablo nos dice: No tengan más deuda que amarse unos a otros. En el Evangelio, Jesús nos dice que debemos aprender a corregirnos unos a otros. O sea que hay dos verbos importantes en las lecturas de hoy: amar y corregir. Amar y corregir. Y estos dos verbos son muy bellos, porque amar es como sostener y dar vida. Corregir es como enderezar y ayudar a que la persona llegue a su meta a lo mejor de sí misma. Son dos verbos que no debemos oponer. A veces uno cree que corregir, es cómo lo contrario de amar, porque en nuestra época se ha metido la idea de que si tú me amas me tienes que aceptar como yo soy.

De manera que si a mí me gusta la marihuana y tú me amas, tienes que amarme marihuanero. Y si a mí me gusta ser borracho y tú me amas, entonces tienes que dejarme en mi borrachera. Esa es la idea de amor que muchas personas tienen hoy que amar es lo contrario de corregir. Porque si tú me quieres corregir, ya no me estás aceptando. Y si tú no me estás aceptando, entonces ya no me amas. Esa es la idea que tienen algunas personas y por eso también tienen la idea de que cuando uno corrige, entonces es que no está amando. Para esas personas hay una oposición entre amar y corregir. Si me amas, no me corrijas nada. Y si me corriges es que no me amas.

Por eso algunas personas también quisieran que la Iglesia no les corrigiera nada. Nada. ¿No dicen que predican el amor? Entonces no me corrijan nada. Pero la Biblia nos muestra que no hay contradicción entre amar y corregir. Y todo buen papá y toda buena mamá saben que no hay contradicción, precisamente porque la mamá ama al hijo, lo corrige. Porque dejar al hijo en el error o en el mal comportamiento, eso no es amarlo. Entonces, la primera enseñanza de este domingo es: -No opongamos a amar y corregir.- No opongamos, amar y corregir. El mundo hoy si los opone, el mundo hoy si dice: -Si me amas, no me cambies.- Pero ese amor es un amor falso. Ese es un amor de complicidad y el amor de complicidad no es verdadero amor, porque el amor de complicidad es como ver a una persona que se está ahogando y decir tan bonito como echa burbujas. Eso no es amor.

Amar es corregir, no solo corregir, pero amar también incluye corregir. Para amar hay que animar, para amar hay que celebrar, para amar hay que elogiar, pero para amar también hay que corregir. Entonces, primera idea de este domingo: -No opongamos amar y corregir. Las dos cosas son necesarias. Amar y corregir no se oponen.- Segunda idea, son diecisiete ideas. Está bien, lo voy a hacer más corto. Segunda idea: Sí amar y corregir son dos verbos que van juntos. Quiere decir que en la Iglesia todos tenemos que estar dispuestos a que nos corrijan porque todos queremos que nos amen. Yo todavía no conozco una persona que diga yo no quiero que nadie me ame, nadie dice eso. En la Iglesia todos queremos que nos amen; todos. Y como amar incluye corregir. En la Iglesia todos tenemos que estar dispuestos a ser corregidos.

Eso quiere decir que también a veces los papás tienen que aprender de los hijos y no solo los hijos de los papás, porque a veces son los hijos los que aciertan. Yo tengo una historia muy bonita de un grupo de oración en mi país. Imagínate que Bogotá es una ciudad muy grande, Bogotá es demasiado grande para mi gusto. Por lo menos tiene ocho millones de personas. Demasiada gente, demasiada congestión, demasiado tráfico. Por supuesto, Bogotá es una ciudad muy grande y a veces para moverse dentro de Bogotá hay que recorrer grandes distancias y eso toma mucho tiempo. En el convento donde yo vivo en Bogotá, tenemos un grupo de oración los viernes por la noche, cuando yo puedo estar, con mucho gusto voy a ese grupo, pero si me invitan a Davenport, entonces no puedo estar en Bogotá.

Pero la historia va a esto, a que ese grupo se reúne los viernes por la noche. Y sucedió que una pareja tenía dos hijos o tienen dos hijos, una muchacha y un muchacho. Bueno, la muchacha debe tener como 20 años, un poquito más, un poquito menos. Y el niño es mucho más pequeño. Tiene cómo 12 o 13 años. Esta pareja, papá y mamá fueron al grupo de oración. Ellos estaban viviendo juntos, pero no estaban casados. Fueron con el hijo. Ya les dije que Bogotá es una ciudad muy grande. Quiere decir que llegar desde donde ellos viven hasta el convento, donde es el grupo, es un viaje larguísimo y sobre todo aburridísimo por el tráfico.

Entonces ellos fueron al grupo de oración. Les gustó el grupo de oración a todos. Volvieron a su casa, pero volvieron extenuados del viaje. ¿Qué dijo el Papa? -Dijo ese grupo de oración, esa comunidad está muy bonita, pero está muy lejos. Allá no volvemos. ¿Qué dijo la mamá? La mamá dijo: -Ese grupo de oración está muy bonito. Esa comunidad está muy bella, pero está muy lejos. Allá no volvemos. ¿Qué dijo el hijo de 13 años? ¿Qué dijo? Ese grupo de oración está muy bueno. Esa comunidad está muy buena. Y allá tenemos que volver.

Los papás se quedaron asombrados porque fue el hijo de trece años el que les dijo que quería volver. No contento con eso, la semana siguiente, el niño de trece años, cuando ya vio que era la hora de salir para el grupo, les dijo Papá, mamá, vamos. El papá estaba cansadísimo ese día. Hijo, ¿En serio quieres que vayamos? Sí, papá. Vamos, mamá. Vamos, vamos. Yo quiero que vayamos. Vamos. Así como cuando los niños se ponen caprichosos. Pero este era un niño caprichoso porque quería ir a la oración. Y se miran el papá y la mamá y se dieron cuenta que los perezosos eran ellos. ¿Qué estaba haciendo el hijo? Los estaba corrigiendo.

Ellos sintieron que era la voz de Dios a través de ese niño, como pasó con el profeta Daniel, que siendo muy joven corrigió a gente mayor y dijeron pues vamos para allá. Pero, ¿Quién los convenció? El hijo. En ese momento ellos estaban conviviendo sin casarse. Siguieron yendo al grupo y Dios empezó a tocar los corazones de ellos. Y un día llegaron a una conclusión. Y ¿Qué nos impide casarnos a nosotros? Y ¿Saben qué hicieron? Se casaron. O sea que el hijo ayudó al matrimonio de los papás. Y la hija estaba viviendo mal a ejemplo de los papás. Porque eso pasa cuando los papás viven mal. Los hijos y las hijas aprenden a vivir mal. La hija estaba viviendo mal, o sea, la hija estaba conviviendo con un novio que además era un hombre sumamente agresivo, posesivo, violento, amenazante.

Pero cuando la hija vio que los papás perseveraban en el grupo de oración y que los papás se casaron. Y como la hija asistió al matrimonio de los papás, la hija dijo: ¿Yo qué estoy haciendo con mi vida? Y entonces la hija dejó esa pésima relación que tenía y quien empezó toda esa maravilla en ese hogar. El niño de 13 años. O sea que Dios puede utilizar a esta niña y a esta chica, o a este señor, o a este amigo, o a esta señora, a todos. Porque todos podemos ser instrumentos de Dios y todos necesitamos corrección. ¿Y el sacerdote? También. Al sacerdote hay que hablarle con respeto, con caridad, con prudencia, con mucho discernimiento. Pero a veces los sacerdotes hacemos cosas que no están bien y es bueno que la comunidad cristiana sepa que después de pensar, orar, discernir, a veces hay que hablar con el sacerdote y decirle: Padre, esto nos preocupa. . .

Nunca sean groseros con los sacerdotes, nunca. Mucho menos con los obispos, muchísimo menos con el Papa. Pero en la Iglesia todos necesitamos corrección. La Biblia nos cuenta en la carta a los Gálatas que el primer Papa, o sea San Pedro, fue corregido por un apóstol llamado Pablo. Pablo corrigió al primer Papa, o sea, El Papa. A veces toca corregirlo con respeto, con amor, con oración, pero a veces toca. Entonces, esa es la segunda enseñanza en la Santa Iglesia. Todos debemos estar dispuestos a que nos corrijan. ¿Por qué a veces nos volvemos intocables? Hay adolescentes que se vuelven intocables. El papá le va a decir, hija, mira. . . ¡Ay papá! ¡¡¡Otra vez tu, papá!!! Entran en convulsión, porque el papá no les puede hablar. Déjate corregir.

De hecho, el orden natural es que los mayores corrijan a los menores, aunque ya vimos que también hay excepciones. Entonces hay que dejarse corregir, porque en la Iglesia todos necesitamos corrección. Y el último punto porque ustedes me hicieron mala cara cuando les dije que eran diecisiete puntos. Entonces van a ser solo tres. El primer punto, ¿Cuál fue? El primer punto fue: No podemos separar, amar y corregir. El segundo punto, ¿Cuál fue? Todos necesitamos corrección. Doña Perfecta no existe sobre esta tierra. Hay una mujer extraordinaria por su humildad y su fe que se llama María Santísima. Que esa está asunta a los cielos en cuerpo y alma.

Pero sobre esta tierra, ya sea de Guatemala, de Honduras, de Colombia, de Ecuador, de Bolivia, de México. Lindo y querido. Doña Perfecta no existe. Todas necesitan corrección y todos. Necesitan corrección. Todos. Esa fue la segunda enseñanza. Tercera y última enseñanza, hermanos. Fíjate lo que nos dice el Evangelio, dice Jesús: "Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo". ¿Qué quiere decir? Es el mismo mensaje que nos da la carta a los Hebreos varias veces, sobre todo hacia el final, en el capítulo 13. No abandonen sus grupos. Ay, pero es que el grupo está muy aburrido. Es que el grupo queda muy lejos. Es que ya estoy muy cansado. Es que ya sé lo que van a decir. Es que esas guitarras están desafinadas. No abandonen sus grupos.

En la comunidad está la fuerza de la presencia del Señor. No abandonen sus grupos. Si hay algo que tiene que mejorar en el grupo, vuélvete parte de la solución. No salgas corriendo, vuélvete parte de la solución. Qué tal que alguien dijera, no, ese papá mío y esa mamá están muy aburridos. Me voy a buscar otro papá y otra mamá. ¡No! Sé parte de la solución. Si hay cosas que mejorar en el grupo, hay que mejorar la formación, hay que mejorar la música, hay que mejorar la predicación, hay que mejorar las misiones. No huyas. No seas cómodo, no seas cobarde. ¡Ayuda! Todos necesitamos ayuda. Ya lo dijimos. ¡Ayuda!

Y ¿Qué es ayudar? Ser parte de la solución. Entonces esas son las tres enseñanzas para este domingo: Nunca separaremos. Amar y corregir. Número dos: Todos en la Iglesia necesitamos a veces ser corregidos. Todos. Todos. Desde el Papa hasta el último feligrés. Y tres: No seamos ni cómodos ni cobardes. Si hay problemas en nuestros grupos, no los vamos a abandonar. Vamos a ser parte de la solución. ¿Amén?

Amén.

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