Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios está en medio de nosotros; para experimentar su bendición hay algunas exhortaciones oportunas.

Homilía ao23009a, predicada en 20140907, con 26 min. y 10 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, creo que todos somos conscientes de las dificultades, batallas, tentaciones que podemos encontrar en nuestro mundo contemporáneo. Podemos decir que es muy fácil equivocarse. Es muy fácil tomar el camino torcido. Las lecturas de hoy nos traen una buena noticia: Dios está en medio de su pueblo. No solamente es verdad, que cada creyente puede decir, Dios habita en mí. Dios ha querido llegar a mi vida. Sino que también hay que utilizar otra preposición. Dios no solo está en mí. Dios está "Entre" nosotros. Dios está en medio de su pueblo. Y las distintas expresiones que encontramos en las lecturas de hoy nos ayudan a ver los hermosos frutos de esa presencia de Dios en medio de su pueblo.

Como Dios está en medio de su pueblo, un hermano mío en la fe puede ver un peligro que viene hacia mí, un peligro que yo no he visto. Fíjate cómo nos complementamos unos con otros. El peligro que yo no veo. Tal vez lo ve otra persona. Si somos hermanos, si compartimos una misma fe, si tenemos un mismo Dios, si nos une un mismo amor. Entonces los ojos de mi hermano son también ojos míos. Esto es lo que le dice Dios al profeta Ezequiel: "A ti te he puesto para que seas los ojos del pueblo". Ezequiel tiene una labor de centinela. Él tiene que ver lo que otros todavía no ven. Lo propio del centinela es estar en un lugar alto para ver primero, para ver a tiempo el peligro que todavía no ha llegado, el peligro que todavía se puede evitar.

Esto, que era un oficio propio de una persona, de un profeta. Ahora es oficio de todos nosotros. Según el Evangelio. Somos centinelas unos de otros, no para estarnos simplemente vigilando, condenando, fastidiando, sino que los ojos de tu hermano ven el peligro que tú no ves y te pueden poner a salvo a tiempo. La comunidad cristiana, como parece que la imagina Jesucristo en el pasaje que hemos oído, es una comunidad que está bien armada, bien provista para defenderse. Ninguno de nosotros puede ver todos los peligros. Pero si tú me ayudas a ver lo que yo no veo. Si yo te ayudo a ver lo que tú no ves, estamos protegidos. Esa es la comunidad.

Pero esto tiene unas condiciones. Se necesita, en primer lugar, que mis ojos estén limpios. Y esto es lo que la Iglesia nos enseña con una expresión muy bonita: Estar, permanecer en amistad con Dios, en estado de gracia. Si tus ojos están empañados, ni yo voy a ver el peligro que me viene, ni tú tampoco, porque tus ojos están oscurecidos. O sea que para que Dios haga su obra en medio de su pueblo, cada uno debe procurar tener esos ojos limpios para ver qué es lo que está sucediendo. En segundo lugar, tenemos que deponer, tenemos que desprendernos de la soberbia, que es la que dificulta principalmente la corrección fraterna.

Cada uno tiene que preguntarse hoy ¿Soy una persona a la que se le puede hablar? ¿Sí o no? Porque acuérdate que la soberbia tiene distintos vestidos y distintos rostros de acuerdo con las edades. Hay la soberbia del muchacho, la soberbia del joven que erige una barrera altísima en la cual hay un título que dice: -Es mi vida.- Querido joven, si tú levantas esa barrera donde dice es mi vida, le estás diciendo a nadie, no se meta conmigo. Le estás diciendo a todos, no se metan conmigo. Pero ¿Sabes lo que eso significa? Que el que vea un peligro no te lo va a poder advertir. Es lo mismo que una persona que está en un lugar de guerra. Y entonces hay sirenas que advierten de los bombardeos. Como pasaba en la Segunda Guerra Mundial.

Pero si una persona blinda completamente las ventanas y las puertas para que no entre ningún sonido, nadie le va a poder advertir. Date cuenta, querido joven, que cuando tú pones esa barrera y dices: Es mi vida. . . En ese momento te estás perdiendo, de que te fastidien, pero te estás perdiendo también de que te ayuden. Así que hay que tener cuidado con la soberbia juvenil que típicamente se expresa de esa manera, es mi vida. Pero ya dijimos que la soberbia va creciendo y va mutando, se va disfrazando de otras cosas a lo largo de la historia de cada uno.

Quizás cuando llegamos a adultos decimos yo me las sé todas, ¿Qué me va a poder enseñar un muchachito de estos, un niño de estos? ¿Qué me va a enseñar? Existe la soberbia del adulto, existe la soberbia del anciano que cree que se las sabe todas y esa soberbia del que cree que ya lo sabe todo es otra barrera que impide que lo fastidien, pero que también impide que lo ayuden. Fíjate ese mensaje tan importante, el que se aísla para que no lo molesten, quedó aislado para que no lo ayuden. Hay que tener cuidado con eso. Cuando nos sentimos muy cómodos porque nadie nos molesta, estamos también muy vulnerables porque no hay quien nos ayude.

Llevamos dos condiciones para que las bendiciones de Dios puedan habitar en medio de nosotros. La primera condición es, tenemos que buscar los ojos limpios. Por ejemplo, en una familia es muy importante que en la familia todos, todos, procuren estar en gracia de Dios. El papá debe confesarse para que sus ojos estén limpios. Un Papa si hace bien su tarea, es un magnífico centinela. Pero si el Papa está metido solo en sus negocios, si mira su vida únicamente como proveer de dinero y de cosas en la casa, sus ojos se vuelven inútiles para advertir cosas que debería decir al resto de la familia. El Papa tiene que estar en gracia de Dios, la mamá, los hijos. Esa es la primera característica, ojos limpios.

La segunda característica es quitar la soberbia. Y en este caso hay una pregunta muy sencilla que ya enuncié y que debo repetir. Cada uno tiene que preguntarse ¿Soy una persona a la que se le puede hablar? La soberbia no va unida únicamente a la edad. A veces nosotros, los hombres con machismo típico, despreciamos las opiniones de las mujeres. -Esas viejas histéricas problemáticas no saben sino llorar, gritar, quejarse. No saben nada.- Esa soberbia masculina es muy peligrosa. Muchas, pero muchas veces las mujeres son más perceptivas que nosotros. Si estás casado, es verdad que tú puedes elevar una muralla y decir ahora no me fastidia la cantaleta, la histeria de mi mujer.

Quedaste a salvo de que te fastidiara, pero quedaste también aislado de que te ayudará. Y resulta que los ojos de tu esposa ven muchas cosas que tú no ves. A veces los hombres casados creen que las mujeres, sus esposas, únicamente están pendientes de si aparecen otras mujeres rondando como satélites sospechosos. La verdad es que esa es una preocupación normal de una mujer casada. Pero la mujer casada también ve otras cosas. Las amistades que tienes, los negocios en que te metes, los socios a los que les vas a confiar grandes cosas de tu vida. Si tú te pones con esa soberbia masculina de que toda mujer es emocional, no saben sino llorar, gritar, quejarse, todas son unas histéricas. En cambio, nosotros, los hombres, si sabemos pensar. Estás hablando como un insensato.

Tu mujer ve cosas que tú no ves y puedes salvarte de peligros que tú ni siquiera sospechas. Por supuesto, la mujer también necesita aprender a reconocer sus propios errores. Uno de los problemas que suele suceder en la consejería matrimonial. Es que las mujeres, precisamente por ese interés continuo que tienen de mantener una imagen físicamente hablando, emocionalmente hablando, una cierta autoridad moral. Las mujeres suelen tener una dificultad extraordinaria para perdonar y una dificultad extraordinaria para disculparse. Es una pena. Es una lástima que esto suceda porque la psicología de la mujer es muy rica. Es muy densa. Es muy perceptiva, pero la mujer se desautoriza cuando se ve, cuando es evidente que se ha equivocado y ,le cuesta trabajo decir delante del esposo, delante de los hijos, reconocer, pues esta vez me equivoqué. Eso le cuesta muchísimo trabajo a muchas mujeres. Y esa también es una soberbia.

La soberbia del sacerdote. El sacerdote es tentado de soberbia. Yo soy el que conoce, yo soy el que ha estudiado, yo soy el pastor, yo soy el que guía. ¿Qué me van a enseñar los demás? No, el sacerdote tiene que dar la oportunidad con su actitud. En primer lugar, con su manera de ser. Tiene que dar oportunidad para que en algún momento, en algún momento, si es necesario corregirle se le corrija en cuanto sacerdote tiene autoridad, pero en cuanto ser humano y en cuanto bautizado y miembro del pueblo de Dios, necesita corrección como todos los demás. Así que nosotros, los sacerdotes, tenemos que vigilarnos en ese sentido. El sacerdote tiene que preguntarse ¿Soy una persona a la que se le puede hablar; se le puede corregir? ¿Sí o no? Y lo mismo se aplica para los demás estados de vida.

Yo estoy seguro que ustedes y yo quisiéramos tener gobernantes a los que se les pudiera hablar sin que estuvieran todo el tiempo a la defensiva de su plan de gobierno o sin que estuvieran buscando chivos expiatorios en los mandos medios. Pero ese es otro tema. Así que ahí llevamos dos características. Cuida tus ojos y vuélvete una persona a la que se le puede hablar sin importar si eres hombre, mujer, niño, niña, anciano, sacerdote, laico, religiosa. Que seas una persona a la que se le puede hablar. Luego viene una tercera característica que está puesta en el Evangelio de hoy. Observemos estas palabras que dice Cristo: "Si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo. . . " Es muy interesante esto, porque la manera como Cristo se expresa muestra que el acuerdo en la intención precede a la oración misma.

El acuerdo en la intención. Si dos o tres de ustedes se ponen de acuerdo para poner para pedir algo. Y esta es la tercera característica en la teología de nuestra Iglesia Católica, esto se llama: "El bien común." Es una enseñanza de la Iglesia que va en contravía del individualismo que nos acecha por todas partes en nuestro mundo. Hay que pedir, realmente hay que pedir a Dios la gracia de pensar en el bien común. La mayor parte. Pero créanme, la inmensa mayoría de los divorcios se podrían evitar si se pensara en el bien de la pareja y no solamente el bien del hombre o el bien de la mujer.

La mayor parte, por no decir todas, las guerras civiles, se podrían evitar. ¿De dónde vienen las guerras? Viene de la obstinación en mantener un punto de vista y un interés particular. O sea que para que Dios habite plenamente en medio de su pueblo, necesitamos aprender a mirar juntos al bien común. Y así como la soberbia nos persigue a todos y hay soberbia juvenil, soberbia senil, soberbia del enfermo, soberbia del médico, soberbia del cura, soberbia de todo el mundo, así también hay individualismo que nos tienta a todos. Y ese egoísmo, ese individualismo, destruye el bien común, destruye la capacidad de mirar juntos en una dirección.

La manera como se expresa Jesús es muy clara: -Hay que aprender a mirar juntos, en una dirección- Juntos, y ahí se hace la oración y ahí viene la respuesta. Ese es el orden. O sea que esto requiere diálogo, esto requiere percepción del punto de vista de la otra persona. Muy importante, porque a menudo, cuando pensamos en corregir a otras personas lo único que nos interesa es salvaguardar lo nuestro. Ejemplo típico el papá que está fastidiado con el volumen de música del hijo de la hija y va y lo corrige con un par de gritos. Tal vez logra que ese volumen baje, pero ha perdido quizás una oportunidad muy grande de saber qué está sucediendo en ese corazón o en esa historia. Resulta que esa hija estaba oyendo a un grupo de rock satánico. El papá no se enteró.

Al papá solo le preocupaba que el volumen estaba muy alto y se perdió de conocer el problema que estaba viviendo la hija. La hija estaba empezando a simpatizar con un grupo de rock satánico. está empezando a comunicarse a través de Facebook y del teléfono inteligente. Está comunicándose con otros muchachos y muchachas que practican ritos satánicos. El papá no sabe nada de eso porque al papá solo le interesaba que el volumen de la música bajara. Queridos papás, mamás, profesores, educadores, líderes, tengan en cuenta que la propuesta de Jesús es que vayamos más allá de la propia comodidad.

Para mí es muy cómodo que la casa esté tranquila, pero la casa puede estar tranquila mientras esa hija se pone unos audífonos y oye a cien decibeles despedazando sus tímpanos también. Oye los mensajes que despedazan su inocencia. La gracia de Dios en su vida. Pero como la casa está tranquila. El papá está tranquilo y no sabe lo que le están haciendo al corazón de la hija. Eso es lo que quiere evitar Jesucristo. Tenemos que aprender a conocernos, a saber dónde está la felicidad del otro, dónde está el miedo del otro, dónde está el anhelo del otro. A mí me sorprende que hay esposas que no saben que los esposos están practicando espiritismo o lo contrario, hay esposos que no saben que hace mucho tiempo la esposa está yendo donde una bruja y no lo saben, porque mientras la esposa no ponga ningún problema, mientras no canse demasiado, mientras no pida demasiado dinero, el esposo está tranquilo.

Hay esposas que no se preocupan porque dicen: -Está claro que él es fiel. Él no tiene otra.- Y es verdad, no tiene otra. Pero ya cambió de religión y no te diste cuenta. Tu única preocupación era tu orgullo de mujer. No quedar humillada siendo la que comparte el esposo. Esa era tu única preocupación. Pero resulta que ese hombre le está vendiendo su corazón a una secta Rosacrucista. Ese hombre le está vendiendo su corazón a una secta masónica. Ese hombre le ha vendido su corazón a una secta extraña esotérica, está practicando el ocultismo. La esposa no se entera porque lo único que le interesa a la esposa, es que no me la juegue con otra mujer.

Esto demuestra lo poco que muchos esposos conocen a sus esposas y a sus hijos. Cristo nos pone en la ruta del bien común y no es posible llegar a la ruta del bien común sin conocer en dónde está el corazón de tu esposo, en dónde está el corazón de tu esposa, en dónde está el corazón de tu amigo. Yo todos los ejemplos que he dado en esta predicación son ejemplos tomados del ámbito familiar. Pero si tú tienes un amigo, un amigo que ha empezado a derivar y a naufragar en su fe, ¿Cómo puedes seguir llamándote amigo de él si no le estás ayudando? Tenemos que aprender a cuidar la obra de Dios en nuestros amigos, en nuestros parientes.

Por supuesto, esto tiene que volvernos hombres y mujeres de oración. Yo tengo parientes que han abandonado la fe, que se declaran ateos, que se declaran evangélicos. Tengo por ahí un primo que hasta hace poco no sé si sigue en eso. Estaba haciendo curso o ejerciendo como pastor protestante. A mí eso tiene que dolerme. Yo un día tengo que presentarme ante Cristo y Cristo me va a preguntar ¿Qué hice con mis amigos, qué hice con mis parientes, qué hice con la gente que él me puso cerca? De eso se trata esta lectura. Se trata de que aprendamos a interesarnos y a cuidarnos los unos a los otros, con amor, con humildad, con verdadera ternura y con espíritu de oración.

Hemos terminado. ¿Cuáles son las sugerencias? El punto de partida fue Dios tiene abundantes bendiciones y Dios obra en medio de su pueblo. Ese es el punto de partida. Y ahora, ¿Cuáles son las condiciones? Que cada uno cultive la amistad con Dios y estar en gracia. Segundo, que cada uno sea accesible, que cada uno baje esa muralla de soberbia, que cada uno se pregunte. ¿Yo soy un papá al que se le puede hablar? ¿Yo soy una hija a la que se le puede hablar? ¿Yo soy un sacerdote al que se le puede hablar? Eso es lo segundo. Tercero, aprender a conocernos y aprender a buscar el bien común. Jesús dice que si nosotros cumplimos con esos pasos, si nosotros vivimos de esa manera, el Señor hace fuerte su reinado en medio de nosotros y las bendiciones florecen en nuestra vida.

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