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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El mandato de amar es deuda que descubrimos con ojos agradecidos cuando vemos cuánto nos ha amado el Señor, y cómo él ha escogido ser servido en la persona del prójimo.
Homilía ao23006a, predicada en 20110904, con 33 min. y 40 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, sabemos bien que nuestras vidas han sido transformadas por un misterio de amor. Es el amor de Cristo, ese amor que lo llevó hasta la cruz y hasta la resurrección. Es el amor de Cristo el que nos reúne en cada Eucaristía y por eso nosotros, cristianos, vivimos de ese amor. Y por eso también es una tarea muy necesaria conocer el amor, porque es una palabra alta y sagrada que muy fácilmente se ensucia, muy fácilmente se profana. Con alguna frecuencia podemos decir que se la corrompe. Por eso nosotros, una y otra vez tenemos que volver a la fuente del amor, que es el Corazón de Cristo, a la fuente del amor, que son las palabras de Cristo, a la fuente del amor que es la Cruz de Cristo. La palabra amor hay que renovarla, hay que lavarla con frecuencia en la sangre de Cristo, para que no pierda su esplendor ni su eficacia. Hoy, por ejemplo, las lecturas nos muestran un aspecto muy particular del amor. Es el amor que se preocupa por el hermano. Es el amor que extiende una mano y que dice una palabra a ese que la necesita. Miremos un poco cómo aparece en las tres lecturas de hoy. Ezequiel, esa fue la primera lectura. Capítulo 33. Dice aquí: -Dios nuestro Padre, al profeta: Te he constituido centinela del pueblo de Israel.- El oficio del centinela es velar mientras todos duermen. Advertir del peligro cuando todavía está lejos. Cuidar los tesoros de la ciudad o de aquella persona que lo ha contratado. Eso hace el vigilante. Eso hace el centinela y cada uno de nosotros es llamado a ser centinela de su hermano, porque hay tesoros en la vida de tu hermano, sobretodo el tesoro del amor de Cristo. Tu hermano, lo mismo que tú, tiene precio de sangre de Cristo. Y ese tesoro no se debe perder. Además, tu hermano tiene talentos que Dios le ha regalado, como lo dice aquella parábola. Y esos talentos no se pueden perder. Además, el Espíritu Santo ha derramado dones sobre tu hermano, y esos dones no se pueden perder, ni se pueden prostituir, ni se pueden romper. Y por eso el rostro que adquiere el amor en la primera lectura de hoy es el de un centinela. Centinela que en primer lugar aprecia y en segundo lugar, cuida los bienes del hermano. Luego vamos a volver sobre este deber del centinela. Por ahora, fíjate que en esa primera lectura está presente el amor. Amor que aprecia y amor que cuida. Y por eso, amor que advierte. Tres verbos que tenemos que tener presentes en el amor al prójimo. Amar al prójimo es algo muy concreto en las lecturas de hoy. Amor que aprecia los bienes que tiene el hermano, lo que ha recibido de Dios. Amor que cuida esos bienes y no desea que se pierdan. Amor también que advierte, que levanta su voz, que da la alarma cuando hay peligro para esos tesoros que le costaron sangre a Jesucristo. Ese es el amor, como aparece en la primera lectura de hoy. Vamos a la segunda lectura: Nos dice esta vez el apóstol San Pablo: "A nadie le queden debiendo nada fuera del amor que nos debemos unos a otros". Amigos, en la Sagrada Escritura no sobran palabras. Esta es una traducción preciosa que tiene el leccionario colombiano. -A nadie le queden debiendo nada fuera del amor que nos debemos unos a otros.- ¿Habías pensado en eso? Tienes una deuda de amor. El amor es una deuda. Solemos pensar cuando hacemos alguna cosa buena que somos muy generosos. La persona que da una limosna a veces se siente muy buena. Y el que apoya o da ánimo, consuelo o consejo a otro, con frecuencia piensa: -Qué obra tan buena.- Pero deberíamos pensar de otra manera. Si le prestáramos verdadera atención a la Biblia. San Pablo nos dice: -No es una generosidad tuya, es una deuda y una deuda que por lo visto San Pablo considera impagable. Tengo una deuda de amor. Tú no tienes que agradecerme porque yo te quiera en el nombre de Cristo, porque es deber mío amarte. ¿Qué cosa tan rara, no? ¡Qué lenguaje tan extraño! ¿Cómo se puede hablar de una deuda de amor? Se puede hablar así si uno conoce lo que Dios ha hecho con uno. La mejor manera de relatarlo la encuentro en los escritos de una gran Doctora de la Iglesia Santa Catalina de Siena. Esta dominica del siglo XIV escribió de manera elocuente y profunda sobre el amor, y ella explica el texto que hoy nos da San Pablo de la siguiente forma: Cuando uno descubre cómo lo ha amado Dios, uno siente espontáneamente un deseo irreprimible de gratitud hacia Dios. Esto es algo natural. Esto es algo que incluso las mismas fieras de la selva sienten. Anda en Internet un video muy hermoso de un león que vive agradecido con una cierta persona porque lo sacó de una trampa donde se estaba muriendo el león. Y desde que ese león fue rescatado con inmensa gratitud y muestras de cariño, cuida a esa persona y le expresa a su manera cuánto le debe. Lo mismo le sucede a uno cuando el Espíritu Santo le abre los ojos y uno empieza a ver todo lo que Dios ha hecho por uno, sobre todo en el orden de la redención, lo que significa que Dios me ha perdonado, lo que significa que me ha reconstruido, lo que significa que me ha devuelto mi dignidad para que yo me pueda poner en pie en la asamblea y levantar las manos y glorificarle. ¿Cuánto ha hecho Dios por mí? La persona que tiene esa clase de conciencia, porque ha tenido esa clase de experiencia de amor y el Espíritu Santo le ha abierto los ojos, esa persona nos dice Santa Catalina de Siena, esa persona se siente desbordar de gratitud. Como ese león en el video que ustedes encuentran en YouTube, ustedes pueden encontrar ahí la gratitud de un animal. Pero hay seres humanos que parece que fueran peores que animales porque no toman conciencia o no tomamos conciencia de lo que Cristo ha hecho por nosotros, ciegos y sordos al amor de Dios. Parece que todo el mundo tuviera deudas con nosotros y nosotros no tuviéramos deuda con nadie. Qué distinta es la historia cuando el Espíritu Santo nos abre un poco los ojos y empezamos a ver lo que Jesús hizo por nosotros y empezamos a ver cuál era el precio de cada gota de su sangre, cuál era el precio de esas llagas benditas, cuál era el precio de esas espinas, de esos clavos, de esos azotes? Cuando entendemos aunque sea solo un poquito del amor de Cristo, entonces el corazón se desborda en gratitud. Y entonces uno va donde Dios y uno le dice a Dios Aquí está mi vida, aquí estoy yo, Señor, aquí está todo lo que tengo, Aquí está todo lo que soy. Dime. Dime. Dios eterno. Dime. ¿Qué puedo hacer por ti? Y entonces sigue explicándonos la Santa Doctora de Siena. El mismo Espíritu Santo que te abrió los ojos para que tuvieras la deuda que tienes con Papá Dios, ese mismo Espíritu Santo ahora te abre otro poquito la mirada para que comprendas otra verdad que no es menos importante. Dios lo tiene todo. Dios lo sabe todo. Dios es eterna y perfectamente feliz. Yo no puedo agregarle nada a Dios porque Dios es infinitamente feliz y perfecto y bueno, es santo y poderoso. Y entonces viene la tercera obra del Espíritu. Primero, el Espíritu te abrió los ojos para que vieras cuánto te ha amado Cristo. Segundo, el Espíritu te abre los ojos para que entiendas que Dios ya lo tiene todo y que no le puedes agregar nada a Dios. Ahora, por tercera vez, abre tus ojos el Espíritu, y entonces te muestra con una claridad perfecta que no puedes hacer nada por Dios, pero que Dios toma como hecho a Él lo que tú le hagas al prójimo. Y estas palabras tenía de dónde sacarlas. Santa Catalina. Porque tú recuerdas lo que leemos en el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo. Ahí no es una doctora de la Iglesia, sino Cristo, el Maestro de las naciones, quién está hablando. Y fíjate lo que dice Cristo, "Lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis." Son tres toques de luz del Espíritu. Primero, descubrir el tamaño del amor que Dios me tiene. Sentir que me derrito de alegría. Si usted no ha sentido que se derrite de alegría, no me va a entender nada de lo que yo diga. Nada. Si usted no ha sentido llanto de gozo y de gratitud, usted no entiende nada de esta homilía. Si usted no ha sentido que el corazón se le acelera de gozo, porque Cristo lo ha amado sobre toda medida. Si usted no siente eso. Usted no entiende nada del mensaje de este domingo. Pero es posible que usted sí haya tenido esa experiencia. Es posible que el Espíritu Santo ya le haya regalado el primer toque, El primer toque. Es ver cómo me ha amado el Señor, hasta qué extremo ha llegado mi Jesús y sentir que el corazón se me quebranta, se me quebranta deliciosamente y se derrite deliciosamente y se funde en una sola oración y en un solo llanto y en un solo canto. ¿Sí, habrá en esta iglesia quien ha sentido eso? Creo que nadie. A ver, levante la mano el que haya sentido. Estremecimiento de amor, contrición del corazón, llanto de alegría porque se ha sentido amado sobre todo, sobre todo pensamiento, más allá de lo que imaginaba. Levante bien esa mano. Algunos lo han sentido, otros yo creo que desean sentirlo. Luego viene el segundo toque del espíritu. El segundo toque del Espíritu es comprender que Dios no necesita nada. Yo me siento agradecido hacia Dios. Pero Dios no necesita nada. Entonces viene el tercer toque que se da como instantáneamente en rápida sucesión. Entonces veo que ese Dios que no necesita nada, voltea sus ojos compasivos y me dice lo que quieras hacer por mí, hazlo por éste que yo te entrego y ese que Dios me entrega es mi prójimo. Entonces, hermanos, el amor al prójimo no es asunto de simpatía. No es porque me cae bien. Yo amo a mi prójimo, no porque es simpático o inteligente. No, porque ella es muy bonita o muy agradable. No, porque es agradecida o porque es agradecido. Yo amo al prójimo por una sola razón porque el diluvio de amor que Cristo trajo a mi vida tiene que derramarse en alguien, y Dios me ha mandado que sea en mi prójimo. Por eso el que no tenga ese diluvio, el que no tenga esa fuente, no entiende nada y por eso vive pensando que todo el mundo está en deuda con él. Por eso nos volvemos egoístas, narcisistas, hedonistas. Vivimos buscando y pensando en quién nos ama, cómo nos aman. ¿Qué van a hacer por nosotros? ¿Cómo nos van a mostrar su cariño? Vivimos metidos en un centro absoluto, en un yo insaciable que solamente quisiera que todo el mundo me ponga cuidado, todo el mundo me cuide, todo el mundo me sirva, todo el mundo me aplauda, todo el mundo me quiera. Yo centro del universo. Y por supuesto, eso no funciona, porque resulta que ese otro prójimo también se cree el centro del universo. Y donde más se ve esta tragedia es en la pareja. Y por eso, según estadísticas de este año. Tres de cada cuatro matrimonios se están separando. Es una tragedia. ¿Y sabe por qué sucede? Porque ese hombre llega al noviazgo. Ese hombre llega al matrimonio encumbrado en su yo. Esperando tener a su lado una especie de vasalla, de esclava, de juguete. Y no se da cuenta que esa está encumbrada en su propio yo. Y ella se considera la reina. Y ella está esperando que él sea su vasallo, su juguete, su lacayo. Y así no funciona, porque cada uno está esperando que el otro viva en función de él. Es muy difícil la vida así. Yo quiero ser el centro y tú tienes que ser mi satélite. Y ella dice No, señor, yo soy la que está en el centro y tú eres mi satélite. Y después de que se marean de dar vueltas el uno con el otro. Dicen: -Esto no va para ninguna parte.- Se les ha olvidado que solo puede haber un centro en la vida. Ese centro se llama Jesucristo. Y solamente cuando Cristo reina en la relación de pareja y en la relación de familia, entonces la pareja encuentra la hermosa armonía que tienen los planetas alrededor del Sol. Si está el Sol de Cristo, las cosas funcionan. Si no, son dos satélites que se creen planetas y eso no funciona. Así que mira qué enseñanza tan importante nos está dando el apóstol San Pablo. Nos está enseñando nada más ni nada menos que la esencia, el corazón, la columna vertebral del amor al prójimo. Para amar al prójimo solo hay un atajo y es primero, sentirse amado por Dios. No existe otro camino. Si tú empiezas a ver ¿Cómo hago yo para acercarme a esa persona? ¿Cómo hago para que ella se acerque a mí? Eso no funciona. Cada corazón humano es insaciable. Solo Dios puede colmar el corazón humano. Por eso el atajo para llegar al corazón del otro es pasar primero por Dios. Y por eso se necesitan los tres toques del Espíritu. Nunca se te olviden. Primer toque. Sentirse uno rebosante de amor. Solo el que se siente rebosado de amor entiende este mensaje. Los demás siguen presos del yo, el yo que me quieran, que me quieran mucho, que me hagan caso, que se cumplan todos mis caprichos, que todos mis placeres lleguen a su máxima expresión. Yo, yo, Yo. Eso jamás funcionará. Es una trampa del pecado. El amor entonces ¿Qué es el amor en este escrito de San Pablo? El amor es el fruto de saberse amado, saberse amado ¿Por quien? Saberse amado por Cristo Jesús. El que el Padre envió. Ese es el amor al prójimo. Y por eso, cuando amamos al prójimo desde esa fuente interior, amamos con libertad. Y el que ama con libertad tiene la boca libre para corregir cuando tiene que corregir. Y de eso es de lo que nos habla el Evangelio de hoy. Así nos dice Jesús que tenemos un deber de corregir al otro con caridad, con respeto, con buenos términos. Pero hay que corregir a todos. Al sacerdote hay que corregirlo, no con insultos, no con espíritu de sacrilegio, sino con espíritu de santidad. Pero al sacerdote hay que corregirlo, porque nosotros, lo mismo que ustedes, estamos en camino de seguimiento de Cristo. Y es muy fácil para el sacerdote ser infiel a su vocación. Por eso. Desde la amistad. La pureza de conciencia. Una vida de oración y un gran respeto. También hay que llamar al sacerdote, a veces a corregirlo. Pero todos estamos en ese deber. Hay que corregir los padres a los hijos especialmente y alguna vez los hijos a los padres, con respeto, con amor, desde el amor de Cristo. Pero hay que corregirlo. La historia más triste, la profanación más terrible de la palabra amigo, es lo que me he encontrado en algunas historias. Historias de jóvenes mujeres que han abortado. Y cuando uno les pregunta cómo llegaron a esa espantosa decisión que les dejará una cicatriz imborrable en el alma para el resto de sus vidas. Cuando se les pregunta cómo llegaron a eso, la respuesta que dan es, -Una amiga me aconsejó así- ¿Cómo vas a llamar amiga a ese pedazo repugnante de ser humano que te convirtió en asesina para el resto de tus días? Esa no es una amiga. Y eso es lo que Cristo quiere que corrijamos en el Evangelio de hoy. Ser amigo no es amarrar al otro al pecado. Ser amigo no es conducir al otro al abismo. Ser amigo, ser amiga no es llevar a la otra a que sea una traumatizada el resto de su vida porque hizo de su vientre un cementerio. Eso no es ser amigo. Cristo quiere que nosotros respetemos el sentido de las palabras. Ser amigo, ser amiga es buscar el bien verdadero para aquella persona que queremos. Si tú quieres ser verdadero amigo, busca el bien de tu amigo. ¿Cómo es que dice la gente? No, un amigo de tragos. ¿Qué amigo de tragos? Cómo revuelves en la misma frase Amistad con la corrupción que implica volverte un alcohólico, desperdiciar el dinero de tu familia, más todos los males que sabemos que siguen del alcoholismo. Cristo nos manda en el Evangelio de hoy que recuperemos la palabra amor y que recuperemos la palabra amigo y que recuperemos la palabra hermano. Solo merezco llamarme hermano si le ayudo a mi hermano a que descubra al Padre Celestial. Solo merezco llamarme amigo si le ayudo a que conozca al amigo que nunca falla, que se llama Jesucristo. Solo merezco decir la palabra amor si con ella estoy iluminando desde la gracia y la bendición de Cristo otra historia humana. Resumen: Las lecturas de hoy nos hablan del amor al prójimo de una manera seria, no amargada, pero sí seria. La seriedad que tiene el verdadero amor. Ezequiel nos enseña y aquí vuelvo a lo que decía antes del centinela, que lo primero es apreciar los dones de la otra persona. Cuando uno ha descubierto quién es Jesús, qué ha hecho Jesús, entonces uno se siente agradecido por lo que uno ha recibido. Pero por ventura ¿Soy yo el único que ha recibido eso? ¡No! ¡Bendita sea la gloria de Cristo! Hay muchos que han recibido esa bendición. Entonces yo tengo que apreciar eso que Cristo ha hecho por ellos. Apreciarlo. Querer a tus hijos no es simplemente decir tan tiernos que son, tan bonitos, que son tan inteligentes que me salieron tan fuertes que salieron tan bellas que son mis hijas. Querer a tus hijos. Apreciar a tus hijos es sobre todo decir Bendito Jesús, que amó a mi niño y lo destinó a la vida eterna. Eso es amar a tu hijo. Amar a tu novio. Amar a tu novia. ¿Qué es amar a tu novia? Agarrarla y organizarle ese cuerpo y masajearla y no, no amar a tu novia. Es empezar por apreciar lo que hay en ella. Y tú, mujer, tienes que descubrir esa obra de Cristo para que entiendas que tu cuerpo no es un juguete de nadie. Tú no estás en realización. En Ganga. En rebajas. Mujer, tú no estás en rebajas. Porque tú vales demasiado. Apreciar lo que vale cada ser humano. Apreciarlo, apreciarlo, cuidarlo. Y por eso lanzar también la advertencia, la corrección. Eso es amar. Y el motor para llevar adelante esa tarea. ¿De dónde sale? De saberme amado yo primero. Por eso lo que necesitamos es una experiencia muy fuerte de amor. El que ame, mejor el que se sienta amado. Me va a entender todo lo que he dicho y lo va a decir mejor que yo. El que no se sienta amado siempre estará pensando que la vida cristiana es muy complicada, que esos mandamientos de Dios son muy difíciles, que la Iglesia es retrógrada, que cuándo se va a actualizar la Iglesia. Pero el que conozca el amor de Cristo desde una sonrisa que le sale del corazón, va a decir Ahora entiendo lo que es amor. Y entonces ama con libertad. Y ese es el amor que necesitamos que los papás vuelvan a amar con libertad, sin sentirse extorsionados por el cariño esquivo de los hijos, que las parejas amen con libertad y eso significa sin el terror de que me va a cambiar por otra. Va a ser infiel con otra. Se va a ir con otro. Amar con libertad es tener la certeza de estar tan sostenido por el poder y el amor de Cristo que yo no soy esclavo de nadie. Y por eso mi boca es libre y mi palabra es libre. Y por eso te puedo decir lo que es mejor para ti. Pidamos al Señor entonces que derrame una experiencia profunda, imborrable de su amor, para que hagamos verdad estas palabras en nuestra vida y nuestra sociedad se renueve en el nombre de Cristo. Amén.

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