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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor cristiano nos hace responsables unos de otros.
Homilía ao23004a, predicada en 20080907, con 17 min. y 42 seg. 
Transcripción:
Tenemos como sonido de fondo muy usual en esta iglesia, en esta misa, las voces de los niños. Y hay un aspecto muy positivo en esto, hay niños, hay vida. Pero no solamente eso, hay niños significa, hay papás que cuidan, que aman. Y precisamente porque hay un buen número de papás entre ustedes o personas que piensan tener una familia, piensan tener hijos. Yo creo que el mensaje de estas lecturas de hoy no es difícil, porque de lo que se trata es de la relación entre amar y cuidar. No se puede amar y descuidar. Ahí, por ejemplo, vemos a una mamá solícita del bien de su bebita. Seguramente es difícil a veces para una mamá o para un papá cuidar a los niños pequeños. Me decía una amiga mía desde que una mujer queda embarazada ya no vuelve a dormir bien. Primero por las incomodidades del embarazo, luego las preocupaciones del parto, luego la recuperación del parto y luego que no hay refrán más mentiroso que ese que dice dormir como un bebé, porque los bebés no brillan precisamente por la estabilidad de su sueño. Por lo menos no es lo más común. Amar significa cuidar, y cuidar significa, como dicen en España, eso no lo tenemos, esa acepción no la tenemos en otros países. "Meterse con alguien" Cuando en España te dicen oye, te estás metiendo conmigo. Eso tiene una connotación muy fuerte que seguramente la conocemos. Quiere decir -En la esfera de mis gustos, de mis intereses o de mis posesiones. Ahora te estás metiendo tú.- O sea, estás invadiendo mi campo. Amar significa cuidar y cuidar muchas veces implica entrar en la esfera de la otra persona. A veces la gente nos recibe. A veces la gente está esperando una palabra de orientación o de consuelo o de consejo. Pero también pasa con mucha frecuencia que la gente no está recibiendo, no está esperando, no está deseando nada de eso, sino que quieren que los dejen, como se dice, en paz. Es muy fácil recibir esta clase de respuesta: -Mira, conmigo no te metas.- Esa expresión que pone una barrera, esa expresión que levanta una muralla entre la otra persona y yo, esa expresión dice Este es mi espacio, esta es mi privacidad. Pero de alguna manera el amor tiene que ir más allá de eso que consideramos privado. Y esto lo empezamos a comprender, cuanto más grande es el amor, cuanto más estrecha es una relación, más descubrimos que no podemos dejar perder a una persona, así se ponga brava, así se disguste, así nos rechace. Cuando hay verdadero amor, pero verdadero amor, pero profundo amor en una pareja o entre padres e hijos. Cuántas veces sucede que el papá o la mamá le tienen que decir al hijo: -Pues te vas a disgustar conmigo, pero te lo tengo que decir- Porque amar significa cuidar, y cuidar muchas veces significa penetrar esa barrera, la barrera de lo que llamamos nuestra privacidad, la barrera de lo que llamamos nuestra intimidad. Es que este es asunto mío, usted no se entrometa. Esas expresiones ponen una barrera, pero el amor parece que no conoce barreras. No hace mucho, es decir, hace apenas unos pocos meses, el Papa Benedicto hacía una meditación muy hermosa sobre la Pascua. ¡Cristo que resucita! Y decía el Papa: -Resucita Jesucristo y atraviesa barreras.- Por ejemplo, los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos, pero Cristo entra, aunque estaban cerradas las puertas. Es decir, comenta el Papa, parece que la victoria del amor no conoce barreras. Algo así es lo que nos traen las lecturas de hoy. La otra persona me puede levantar una barrera, pero si es suficientemente grande el amor, hasta esas barreras tienen que caer, cuando se trata de buscar el bien de la otra persona; hay gente que nos ha dado un testimonio muy impresionante y creo que muy válido sobre esto. Nosotros sabemos que San Francisco de Asís es uno de los santos más populares en la Iglesia Católica, yo creo que es el más popular, tal vez después de nuestro Señor Jesucristo y la Virgen, no lo sé, no conozco encuestas sobre eso. San Francisco es muy popular y San Francisco es un hombre que no solamente estaba lleno de amor por las ardillas, los árboles, los amaneceres, los pájaros; San Francisco tenía amor por la gente, la gente de carne y hueso, los seres humanos con sus historias, con sus dolores, con sus caprichos, con sus enfermedades. San Francisco de Asís no escribió muchas cosas, pero de lo poco que se conserva de él tenemos unas cuantas cartas a todos los pueblos. ¿Usted qué piensa de eso? Si el Papa escribe una encíclica y dice para todos los pueblos, uno dice: -Bueno, ese es el oficio del Papa.- Pero ahora imagínate tú que Juan Perico de los Palotes dice: -Bueno, ahora yo voy a escribirle una carta a la humanidad.- Eso parece extraño, exagerado, loco. Pues lo que sucede es que había tanto amor de Dios en Francisco que el amor de él no conocía barreras y él quería realmente tocar todos los corazones. Quiero llegar a todos. Y escribió carta a todos los hombres, carta a todos los pueblos, porque quería llegar a todos. El amor no conoce barreras. Entonces le pusieron barreras. En esa época, la ciudad de Jerusalén estaba bajo dominio de los musulmanes, y los musulmanes de ese siglo XIII no eran demasiado amigables en Jerusalén. Era una situación de vida o muerte. Realmente hay muchos cristianos. Precisamente por todo este problema de las Cruzadas, donde hubo tantos muertos del lado de los musulmanes y tantos muertos del lado de los cristianos. Cristianos, católicos y cristianos de rito ortodoxo. Con tantos muertos te imaginarás todos los prejuicios y toda la violencia contenida entre unos y otros. Y llega Francisco de Asís con su hábito, que parecía más bien harapos. Parecía un mendigo y llega a pedir audiencia con el sultán porque quiere visitar los lugares de Jesús, porque quiere llegar a la tumba de Jesús. Quiere llegar a ese sepulcro vacío que es la señal de la resurrección. Y con eso estaba arriesgando su vida. Porque claro, Francisco se presenta como cristiano para hacer una obra de devoción cristiana en una tierra que en ese momento estaba en manos de musulmanes y musulmanes que sabían muy bien cómo usar la espada. Pero el sultán no le hizo nada a Francisco. Se puso a oírlo porque Francisco parecía como un loco. Parecía como un loco. En todo caso, loco o no loco, parecía ciertamente alguien que no hace daño. Y el sultán se puso a oírlo. El sultán, que yo sepa, no se convirtió al cristianismo. Pero esa barrera. La barrera racial, cultural y religiosa entre un sultán lleno de poder, con un ejército violento a su lado, y este Francisco con algunos otros frailes más pobres o más locos que él. Ese encuentro acabó bien. Porque el amor. El amor, vence todas esas barreras. El amor, Finalmente quiere llegar hasta el último extremo y por eso el amor no se detiene ante la palabra privacidad ni se detiene ante esto es mi mundo y por eso el esposo le tiene algunas veces que decir cosas a la esposa y la esposa al esposo. Mira -Precisamente porque te quiero mucho, te tengo que decir esto. . . porque te amo, te cuido; porque te cuido, te hablo. . . porque te hablo; soy capaz de soportar tu disgusto. Soy capaz de soportar tu mala cara. Soy capaz de soportar hasta tu rechazo. Porque te amo. . . Claro, esto es más fácil decirlo que luego hacerlo, porque el rechazo de la gente puede ser bastante amargo. Cuando vamos con el mensaje del Evangelio, cuando llevamos el mensaje que nos propone la Iglesia, recibimos muchas malas caras. La gente arruga la frente y le dice: -Señor, sacerdote o cura o lo que usted se quiera considerar. No se meta con mi sexualidad, no se meta con mi intimidad. Eso es asunto mío. ¡Lárguese a su sacristía! Su mundo es el mundo de las veladoras, las beatas, los santos de yeso. ¡Lárguese de mi vida! No me interesa. Naciones enteras expulsan de su seno la práctica cristiana. Aquí nos interesa implantar el aborto. Aquí nos interesa matar gente. A la edad que se quiera. Si no han nacido ustedes, señores obispos, lárguense con sus procesiones. Váyanse con sus novenas. Quédense con sus rezos. Enciérrense en sus templos. Déjennos a nosotros matar los bebés que veamos que es necesario matar. No es fácil. Pero si la Iglesia dejara de decir los mensajes antipáticos que a veces tiene que decir, no todo es antipático. Pero si hoy la Iglesia dejara de decir sus temas antipáticos, habría renunciado a la vocación del amor. La Iglesia no puede hacer esa renuncia. Y lo que digo de la sexualidad lo digo también de la justicia. Cuando George Bush dice, hace unos cuantos años, Saddam Hussein tiene armas de destrucción masiva, hay que entrar, hay que invadir, hay que atacar. No muchos líderes, no muchos, sí los hubo, no muchos le dijeron así no es. Uno de los que se plantó frente a él y le dijo Señor Presidente de los Estados Unidos de América, está equivocado. Fue el Papa Juan Pablo II. Así no es. Usted puede ser el presidente de la nación más poderosa del mundo. Está equivocado. Así no es. El amor nos da fuerza. El amor nos da valor. Y la invitación de hoy no es una invitación a ser agresivos ni es una invitación a destruir. Es una invitación a construir, a construir en el nombre del amor, sabiendo que ese construir significa muchas veces que no les va a gustar nuestro mensaje a la gente, no les va a gustar, porque el corazón humano, el corazón humano, cuando está fascinado con las cosas de esta tierra, no quiere saber sino de poder y más poder y más poder, más dinero, más placer, más prestigio. Son los ídolos de nuestro tiempo. Y en un corazón así, en el corazón repleto del egoísmo. Este mensaje no va a caber, no va a caber nunca. Pero lo mismo que un papá, lo mismo que una mamá le tiene que decir al hijo: -Así te duela, así no te guste, te lo tengo que decir. Así también nosotros como Iglesia tenemos que mantener aquello que sabemos que es lo mejor para la humanidad. ¿Es mejor una humanidad que abandona en su soledad al enfermo terminal y apresura el suicidio? Y le pone un nombre elegante: Muerte digna. ¿Es mejor una humanidad que dice esterilicemos en masa; esterilicemos para controlar la población, para garantizar la dominación política? ¿Es mejor una humanidad así? ¿Es mejor una humanidad que aprueba el crimen simplemente con el pretexto de que si no cometemos ese, cometemos otro peor? Es decir, si no aprobamos el aborto estamos condenando a la mujer al aborto ilegal. Nosotros, hermanos, tenemos una responsabilidad por los demás. En una época en Colombia había una compañía aseguradora que tenía un lema muy hermoso, quizás demasiado hermoso, y por eso lo quitaron: -Todos somos responsables de todos.- En el fondo, el cristianismo predica eso, pero de un modo terriblemente práctico. La humanidad no es algo abstracto. La humanidad es, que muchas veces tengo que meterme en la vida de la otra persona, así me rechace un poco, así al principio, no le guste, pero eso es parte de amar. Y si no logramos crear ese tejido, la otra posibilidad es dejar que la gente vaya hundiéndose uno a uno, vayan cayendo, vayan ahogándose y entonces decir ¡Ah! Ese es el único destino, Esa es la única posibilidad para ellos. Pidamos a Dios que nos regale esta conciencia primero de dejarnos cuidar, primero de aceptar la Palabra, porque uno la rechaza también. Cuando a uno le dicen, como decía el Papa Juan Pablo, tu dinero puede ser tuyo, pero tiene una dimensión social. O sea, no es completamente tuyo. Ah, pero es que yo me gané mis últimos quinientos millones de dólares. Me lo gané honestamente. Sí, pero pueden ser tuyos en los papeles. Pero si tú no tienes una dimensión de compartir, si tú no tienes solidaridad en el corazón, no llames tuyos a esos quinientos millones. No los llames tuyos solamente. Esto es duro. Uno tiene que aplicar lo que dice el Salmo. Ojalá escuchen la voz del Señor. Uno tiene que disponer el oído. Y la primera pregunta que tenemos que hacernos no es si alguien estará dispuesto a oírnos a nosotros, sino si nosotros estamos dispuestos a oír la voz del Señor también cuando es una voz incómoda, también cuando no nos gusta esa pregunta, tenemos que hacérnosla. ¿Quiero yo oír la voz de Dios, oír su palabra de un Dios de amor, incluso cuando esa palabra es dura, es difícil para mí? Y después de aceptar esa palabra, que nosotros tengamos el valor de amor para compartirla con otros, incluso si algunas veces nos miran mal o dicen como las niñas chiquitas en el jardín infantil: -No te hablo.- Es posible que eso nos digan, es posible que nos quedemos con uno que otro amigo menos, pero estoy seguro que en el largo plazo Dios multiplica esos actos de amor y nos hace miembros vivos de su familia.

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