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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Seguir a Cristo no siempre significa una vida tranquila; implica afrontar dificultades y cargar la cruz. La fidelidad al Evangelio exige valentía para no ceder ante la corrupción ni el miedo.
Homilía ao22013a, predicada en 20260830, con 5 min. y 54 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! Les quiero contar que en este domingo hay una relación inesperada, profunda y bella entre la primera lectura que es tomada de Jeremías y el Evangelio que es tomado de Mateo. La primera lectura nos presenta a Jeremías en lo que podemos llamar su drama interior, lo que él vive, porque él era un profeta, eso lo sabemos bien. Vivió alrededor del siglo VI a. C. y le tocó una época muy difícil porque fue la época en que se consumó el destierro de los judíos a Babilonia. Y podemos decir que Jeremías tuvo que vivir como en cámara lenta, cada una de las etapas que condujeron finalmente al destierro. Jeremías vio ya desde su juventud, vio la corrupción en que vivía el pueblo. Jeremías se dio cuenta que las personas tenían una falsa seguridad. Ellos creían que porque tenían el templo de Dios, pues Dios nunca iba a permitir que sucediera nada en Jerusalén, o sea habían convertido al templo prácticamente como en un amuleto. Y si tenemos aquí el amuleto y tenemos aquí el templo, aquí no va a pasar nada, Aquí no va a pasar nada, porque se supone que este es el templo de Dios. Como quien dice, Dios protege su casa y Dios no va a permitir que vaya a suceder nada en Jerusalén. Pero mientras tenían esa certeza, esa falsa certeza, porque era como una especie de amuleto, pues seguían los pecados. Pecados de toda clase, pecados en la familia, pecados sexuales, pecados de injusticia. Y Jeremías ve ese proceso y empieza a llamar a la conversión, y resulta que su llamado cae en el vacío. Y después él les advierte de lo que va a venir. Les advierte que viene una invasión, que Jerusalén va a ser arrasada, que la situación es grave y no le hacen caso. Y entonces cuando él dice que ya llegó el tiempo realmente del castigo y que esto es muy grave y que lo que viene es muy terrible, entonces lo tratan como si fuera un enemigo del pueblo que está desanimando a la gente. Y luego cuando sucede el destierro, pues ahí también está Jeremías viviendo toda esa situación. Y luego tiene que ver la partida, tiene que ver la salida al destierro de muchos de sus compatriotas. Él mismo era demasiado pobre, demasiado poca cosa ante los ojos de los caldeos. De manera que a él mismo no lo desterraron, lo dejaron ahí prácticamente como los caldeos también dejaron a lo que consideraban que era gente inútil. Lo dejaron ahí en esa tierra, una tierra desolada, una tierra empobrecida, una tierra requemada por la violencia del ataque. Todo eso es él. Esa es la película de Jeremías. Eso es lo que él vive. Y él se da cuenta que lo que más le trae problemas en la vida, que lo que más le complica la vida es que es que él tiene que hablar de parte de Dios y el hecho de que él tenga que hablar de parte de Dios se le vuelve el drama terrible, porque si él no hablara lo que tiene que hablar, pues llevaría una vida tranquila. Pero como tiene que manifestar el querer de Dios, como tiene que hablar de parte de Dios, eso es lo que le complica la existencia. Entonces él dice pues yo no quisiera hablar de parte de Dios, yo quisiera una vida más tranquila y aquí es donde viene lo interesante, porque probablemente esos somos también nosotros, también nosotros a veces queremos una vida tranquila, que no tengamos que pelear con nadie, que no tengamos que entrar en disputas con nadie, que no tengamos que contradecir a nadie. Y por eso tenemos papás que nunca corrigen a los hijos y por eso tenemos amigos y tenemos amigas que nunca corrigen ni dicen nada a sus amigas porque supuestamente ese buscar una corrección o ese tratar de que la otra persona mejore, tal vez la va a distanciar de mí. Tal vez me voy a meter en problemas y por eso tenemos personas que pasivamente entran a formar parte de los aparatos de corrupción en el Estado. Y también pasa algunas veces en la Iglesia y siempre es yo no me meto en problemas. Pues Jeremías es el que sí se metió en problemas. Y aquí es donde viene la conexión con el Evangelio. Resulta que en el Evangelio, precisamente lo que dice Jesús es necesito que se metan en problemas, necesito que estén dispuestos a afrontar las dificultades, necesito que no se detengan, necesito que estén firmes por el Evangelio, que estén firmes por mí, por Jesucristo. Necesito que estén firmes. Necesito que no se quiebren. Necesito que permanezcan. Pero eso; eso va a traer dificultades. Eso va a traer dificultades. Eso va a traer persecución y todas esas dificultades y todas esas soledades y todos esos descontentos y toda esa persecución. Pues eso es lo que Cristo llama cruz. Entonces va a haber cruz y hay que estar dispuestos a recibir esa cruz y no solo recibirla, sino llevarla como un signo de auténtico amor por Aquel que tanto nos ha amado. La gran pregunta es ¿Estamos dispuestos? Jeremías estuvo dispuesto, pero tú y yo ¿Estamos dispuestos? ¿Estamos dispuestos a poner la cara por Dios? ¿Estamos dispuestos a ser fieles al Señor; incluso si eso significa que nos van a descartar, que nos van a maltratar? ¿Estamos dispuestos? Gran pregunta que cada uno tiene que responder. Que Dios te bendiga y que tu respuesta sea la mejor y la mía también.

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