Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La batalla que libramos interiormente es real; y si en esa lucha Cristo derrota al pecado, a lo material y a los ídolos salimos ganando; es un proceso doloroso pero sanador.

Homilía ao22010a, predicada en 20200830, con 5 min. y 8 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

Les cuento que a veces resulta muy, pero muy interesante, ofrecer clases en una facultad de Teología y de Filosofía, porque muchos de estos estudiantes son personas despiertas, inquietas intelectualmente, que te van a plantear preguntas inesperadas, de esas que son incómodas y a la vez como muy sencillas.

Hace un tiempo un estudiante de filosofía me hacía una pregunta que tiene que ver con el Evangelio de hoy, que ha sido tomado de San Mateo. Sabemos que Cristo en el Evangelio de hoy nos dice: "El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga". Bueno, ya el tema de la cruz no es tan fácil, pero a lo que quiero referirme, es a la pregunta que hace este muchacho dice: -A ver si yo me voy a negar a mí mismo, eso es como yo negándome yo solo, como cancelándome-.

Fíjate que es una inquietud interesante, pues propia de un buen estudiante de filosofía, ¿no? Estoy como cancelándome, ¿Qué sentido tiene eso? Parece que la única manera de entender la frase de Cristo es a partir de una verificación dolorosa, pero ya verás que, muy sanadora. Y es que, efectivamente, el pecado, la obra del pecado, es la división, así como el pecado divide las familias, así como el pecado destruye a las parejas, así como el pecado desgarra a las naciones; así también el pecado nos divide interiormente.

Entonces, en el caso mío es algo así como Nelson contra Nelson. Y por eso hay que preguntarse ¿cuál de los dos Nelson va a ganar? Porque hay una división y esa división causada por el pecado es la que también nos hace sufrir, de esa división, de hecho, nos habla la Biblia. Por ejemplo, en el capítulo séptimo de la Carta a los Romanos dice San Pablo que: -hago lo que no quiero-, como si fueran dos personas. Uno es el que quiere y quiere hacer el bien y quiere hacer lo bueno, y otro es el que no hace, el que se rebela, el que se opone. Entonces, si estamos divididos.

Y cuando Cristo dice que nos neguemos a nosotros mismos, en el fondo está hablando de esa batalla profunda que muchos de nosotros experimentamos. Si la describe San Pablo, ¿qué de raro tiene que nosotros lo vivamos? Y sí que lo vivimos y sí que nos cuesta.

Por eso este pasaje en realidad nos está abriendo una perspectiva que, repito, es dolorosa, pero después resulta sanadora, porque no pueden ganar los dos Nelson, así como tampoco pueden ganar los dos Pablos de la carta a los Romanos. Parece que hubiera un Pablo que se quiere dejar llevar por el mundo, por la sensualidad, por el orgullo, qué sé yo, cuáles serían las tentaciones de él. Y hay otro Pablo y batallan en su interior, otro Pablo que quisiera la fidelidad a Dios, que quisiera una vida recta, una vida pura, generosa.

Entonces, en realidad Cristo lo que nos está contando es que esa batalla es real y que de alguna manera, tiene que haber un perdedor en esa batalla. Pero si lo que pierde en ti, cuando se da la batalla es lo más bello que tienes, es lo más limpio que tienes, es lo más luminoso que tienes. Ahí sí que perdiste todo tú. En cambio, si en esa batalla lo que resulta derrotado es lo que es puramente materialista, puramente idolátrico dentro de ti, aunque perdió esa parte de ti, tú resultaste ganando.

¡Bendito sea Dios! Y las buenas preguntas que hacen los buenos filósofos.

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