Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Cruz, entre los cristianos, no significa adoración del sufrimiento, sino conciencia realista del arduo camino de liberación de los ídolos que lleva a la victoria plena sobre el demonio, el pecado y la muerte.

Homilía ao22009a, predicada en 20170903, con 16 min. y 47 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos. El Evangelio de hoy nos presenta al apóstol Pedro escandalizado. Cristo les está hablando de los sufrimientos que le esperan de un modo claro, dramático, abierto. Pedro no soporta ese lenguaje y entonces llama aparte a Jesús. Para decirle: "Eso no te puede suceder". Como si dijera, Esto no puede ser el Evangelio. Este no puede ser el sentido de tu tarea y de tu misión. Ya vemos como Cristo regaña a Pedro con palabras muy fuertes. Le dice: "Tú piensas como los hombres y no como Dios". Trata a Pedro como una tentación venida del demonio. Y sigue con su lenguaje de la cruz. Este Evangelio entonces, nos obliga a reconocer la dureza y el escándalo que produce la cruz. En la primera carta a los Corintios, el apóstol San Pablo dice que la cruz es escándalo. Esa palabra significa piedra de tropiezo, es escándalo para los judíos y es una necedad para los no judíos, para los griegos.

El lenguaje de la cruz, el lenguaje del sufrimiento, la donación, la inocencia, el padecer. Es contrario a nuestras apetencias más frecuentes. Nosotros queremos ganar y no perder. Queremos estar bien, no ser maltratados. Queremos tener éxito, no fracaso. Queremos que la gente tenga una buena opinión de nosotros, no que nos desprecien, insulten o humillen. Y parece que el lenguaje de la cruz nos muestra todo eso que nosotros, ni queremos ver, ni queremos vivir. Pero no es solamente que nuestro cuerpo se opone al sufrimiento, también la mente se fractura preguntándose ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene eso? El sufrimiento por el sufrimiento no tiene mucho significado, ni eso es lo que predica Jesucristo. No se trata de adorar el sufrimiento ni de quedarnos en el sufrimiento.

Más bien se trata de reconocer que el sufrimiento es una etapa ineludible. No nos podemos escapar del sufrimiento si queremos llegar a la meta del Evangelio. Así que se trata de una etapa de un tránsito, no de un punto de llegada. No es que el Evangelio se reduzca a sufrir. Es que el Evangelio nos abre los ojos para que sepamos que el sufrimiento estará ahí. Cuando uno entiende que el Evangelio predica sobre el sufrimiento como una etapa, ya la cosa no parece tan absurda, porque en muchas otras áreas de la vida a uno le hablan con ese mismo lenguaje, por propósitos que son menos nobles y más bajos de lo que Cristo propone.

Pensemos cuántos sacrificios hacen las personas para mejorar su apariencia física, lo que tiene que ver con dietas, operaciones, lo que tiene que ver con maquillaje, con vestido. Hacemos grandes esfuerzos. Una persona que se somete, por ejemplo, a una operación para mejorar su figura tiene una convalecencia. Eso no es agradable, pero se sostiene en esperanza, sabiendo que esa convalecencia va a terminar y va a lograr un cuerpo más cercano a lo que quisiera. A propósito, hago esa comparación con algo que casi podría calificarse de vanidad, para que nos demos cuenta que sí estamos dispuestos a sufrir, siempre que tenemos claro por qué sufrimos.

Otros ejemplos, tal vez más nobles, son el de la persona que está trabajando con mucha generosidad, sacrificando horas de su sueño. Quizás trabaja arduamente porque tiene una familia y por la felicidad de esa familia, por la salud y la educación de sus hijos. Es capaz de sufrir muchas cosas. No es que le guste recortar tanto las horas de sueño, no es que le guste tener que esforzarse tanto, pero el esfuerzo adquiere Significado por lo que quiere lograr. Ustedes, por supuesto, podrán encontrar otros ejemplos. Si miran su propia vida, difícilmente habrá entre ustedes alguien que no esté haciendo algún tipo de sacrificio. Por razones, ya dije, estéticas, académicas, de salud, de trabajo, de superación personal. Continuamente estamos saliendo de nuestra zona de confort y continuamente nos estamos sometiendo a esfuerzo porque queremos lograr algo más.

Entonces, no es tan extraño el Evangelio. El Evangelio lo que nos propone es exactamente eso. Lo que nos dice es que hay mucho, mucho por dar. Si nosotros queremos llegar a la meta a la que nos llama Cristo. Lo que sí sucede es que esa meta es menos evidente y, por supuesto, cuanto menos visible es la recompensa o cuanto más lejana es la meta, pues más difícil es para nuestro corazón soportar el sufrimiento. Esto se nota bien con los niños. Comparemos lo que le sucede a un niño que tiene que recibir una inyección, un medicamento y un adulto que tiene que recibir el mismo medicamento. El hecho de que el adulto entiende más claramente que su salud depende de esa inyección le facilita el sufrimiento. En cambio, el niño no entiende. Estamos pensando en un niño muy pequeño. No entiende ¿Por qué lo llevan a ese lugar? Porque aparece un ser amenazante con una cosa punzante que se la va a meter en su piel.

La falta de comprensión hace que la salud deseada se sienta lejana o ni siquiera esté en el horizonte de pensamiento del niño. Por eso los papás tienen que hacer un esfuerzo adicional, hablar con palabras muy dulces al hijo, tratando de infundirle esa esperanza de lo que va a suceder después. Con mucho cariño hablan los papás, hablan las mamás. No te preocupes, hijito, esto pasa pronto, te vas a poner bien, esto te sirve. Y a través de esas palabras cariñosas se convierten como en una pequeña anestesia para que el niño soporte algo más. Esas palabras cariñosas que son como anticipo de la salud recuperada, eso también nos da Dios a nosotros. El apóstol San Pablo llama a esas caricias divinas, las llama los anticipos, las arras del Espíritu Santo. A la victoria que Cristo nos está llamando. No es fácil llegar, porque es la victoria sobre el demonio, que es muy astuto. Es la victoria sobre el mundo que quiere persuadirnos por todas partes. Es la victoria sobre las malas inclinaciones que a veces tiene nuestra carne y que quiere interiormente como empujarnos al pecado a través de la concupiscencia.

La victoria a la que Cristo nos llama es realmente esplendorosa. Es la victoria que vemos en los santos. Victoria sobre el demonio, sobre la muerte, sobre el pecado. Pero todo eso es difícil de ver. Entonces la mayor parte de nosotros somos como esos niños pequeños, como Pedro en el Evangelio de hoy. Y no queremos. No queremos soportar el sufrimiento. ¿Qué hace Dios con esa resistencia nuestra? Por una parte, nos exhorta con fuerza, como hizo Cristo con Pedro. Pero, por otra parte, también nos da anticipaciones. Esas anticipaciones, esas arras del espíritu, son como caricias de Dios con las cuales nos va consolando. Ese es uno de los nombres que tiene el Espíritu Santo, Espíritu de consuelo. Entonces, pensemos en una persona que haya recorrido un larguísimo camino de sufrimiento. Yo pienso, por ejemplo, en una santa cuya fecha estuvo reciente.

Santa Mónica, la mamá de San Agustín, Mónica, cristiana, convencida, fervorosa mujer piadosa, ve con dolor los malos caminos que está siguiendo su hijo y ve cómo da tumbos entre las distintas escuelas de filosofía y lo ve encadenado a los placeres de la carne. No lo ve libre, lo ve adicto, lo ve encadenado y sufre. Entonces, Mónica, de todas las maneras posibles, trata de persuadir a su hijo, pero sobre todo, ora hace mucha oración. Fueron muchos años. Agustín recibió el bautismo por propia voluntad, cerca de los treinta años de edad. El mismo Agustín escribe recomendando que los cristianos sean bautizados de niños. Él no fue bautizado de niño porque el papá de él se opuso. Agustín se da cuenta de que, privado de la gracia bautismal, su corazón se torció mucho más rápido y mucho peor de lo que hubiera sido en otras circunstancias.

Pero lo importante aquí es que fueron treinta años de oración de la mamá. Durante esos treinta años, incontables lágrimas brotaron de esos ojos de mujer, pero con absoluta seguridad ella, durante ese larguísimo desierto de treinta años, más de una vez sintió la dulce esperanza con la que el Señor le decía: -No te canses, vas a lograr lo que estás pidiendo, no te canses.- Y ese auxilio del Espíritu es también la fortaleza que han tenido los mártires, algunos de los cuales han pasado por cosas difíciles de describir. Mujeres que fueron encarceladas, violadas, mutiladas, niños que fueron aterrorizados o lanzados a las fieras. Papás que vieron cómo sus hijos eran masacrados. ¿Cómo puede el ser humano resistir tanta cruz?

Respuesta: Porque en esa batalla no están solos. Mucho más después de la muerte de Cristo, viendo la Pascua gloriosa del Señor, tenemos un motivo muy fuerte de esperanza. Pero es que además, el Espíritu Santo viene a nosotros y nos da fortaleza y nos da consuelo y nos da alegría. Esto se nota, por ejemplo, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 16, En alguna ocasión el apóstol Pablo estaba con un compañero suyo de misión llamado Silas. Y qué maltrato el que tuvieron que sufrir en la ciudad de Filipos. Los acusaron falsamente, los calumniaron y casi sin fórmula de juicio, los tundieron a palos los metieron a un calabozo. Imagínate qué situación tan injusta, tan humillante, tan desgraciada. Pero es tan poderoso el Espíritu Santo, que aún en ese calabozo inmundo, Pablo y Silas, su compañero, abrían su boca y cantaban alabanzas al Señor, porque estaban siendo sostenidos y consolados por el Espíritu Santo. El Espíritu no los dejaba.

Resumen de la enseñanza de hoy: Todo aquello que vale la pena requiere de un esfuerzo y de alguna forma de renuncia y dolor. Segundo: La meta a la que nos conduce Cristo es una victoria tan bella y tan alta. Es victoria sobre el demonio, sobre la muerte, sobre el mundo, sobre nuestra propia carne. Y porque es una victoria tan alta, no es de extrañarse que la renuncia y el nivel de entrega sea también enorme. Tercero: En esa lucha, en ese combate, no estamos solos. Va delante de nosotros el rey de los mártires, Jesucristo. Y en ese camino nos consuela y nos fortalece el Espíritu Santo hasta hacer posible que incluso en el desierto elevemos un canto y en medio de la noche iluminemos la oscuridad con nuestra sonrisa de gozo, porque nos sabemos amados por Dios.

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