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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
"Aunque llegue la prueba, la burla, el dolor, yo creo en ti, Señor."
Homilía ao22002a, predicada en 19990829, con 26 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos. Le he preguntado al Señor. ¿Cómo quiere Él que yo predique en este día? Se lo he preguntado varias veces, porque yo sabía desde hacía varios días que tenía una cita con todos ustedes hoy. Sabía que nos íbamos a encontrar aquí y que en esta cita no iba a faltar el invitado principal que es Jesucristo, y que no iban a faltar sus santos y sus ángeles que le adoran en el cielo y que celebran con nosotros en la tierra, especialmente en la Santa Misa. Yo sabía que tenía este compromiso con ustedes, pero primero que con ustedes, con Cristo. Hoy es domingo y yo tengo la hermosa responsabilidad. Yo tengo el deber bello de presidir la Santa Misa y esta Misa, esta de este lugar, es la única misa que yo voy a celebrar en este domingo. Es la única. No he celebrado antes más temprano ni voy a celebrar después. Esta es la única celebración y la tengo con ustedes. Es una hermosa responsabilidad. Es un deber muy bello que tiene el sacerdote. Así como ustedes, mis hermanos. Tienen el deber, así como ustedes tienen el deber, el hermoso deber de participar de este sacrificio de la Eucaristía. Por eso yo le pregunté al Señor ¿Cómo quieres tú que yo predique en esa noche, de ese domingo? Y el Señor como que me respondió allá en el corazón. Y me dijo, -Háblales con mucho amor, háblales con mucha paciencia y háblales con mucha oración. Haz oración con ellos.- El que preside la Iglesia, el que dirige la celebración, no es el sacerdote. El sacerdote tiene que saber que es un instrumento de Jesucristo y es Él. Es Jesucristo el que está frente a todos nosotros. Es Jesucristo, nuestro hermanito mayor, el que siempre preside todas las celebraciones. Uno puede escuchar la voz de Jesucristo, sobre todo en la proclamación del Evangelio y en el momento de la consagración del pan y del vino. La voz de Cristo, el amor de Cristo, la presencia de Cristo, hacen para nosotros el milagro de la Eucaristía. Es él, tomando como instrumento libre a su sacerdote, el que pronuncia las palabras: -Esto es mi cuerpo.- Cuando ustedes y yo comulguemos al final de esta celebración, ustedes no van a comer el cuerpo ni la sangre de Fraynelson, sino el cuerpo y la sangre de Jesús. Eso significa que esto es mi cuerpo, esas palabras, esto es mi cuerpo, son las palabras de Jesús. Es Él el que está presente y es Él el que dirige, el que preside la celebración, es Él el que nos enseña, es Él el que nos alimenta. Por eso sabemos también que Él es el que nos sana, el que nos libera, el que nos transforma. Qué cita más hermosa la que tenemos. Qué oportunidad preciosa la que tenemos. Qué alegría para nosotros que exista esta casa que se llama iglesia, donde podemos venir especialmente el día domingo, que es el día del Señor. Pero de pronto también en otros días, para escuchar a Jesús, para conocer a Jesús, para amar a Jesús. ¡Qué alegría para nosotros es! ¡Qué alegría para nosotros saborear a Jesús! Cuando a uno le dan un postre muy delicioso, cuando a uno le dan una torta muy sabrosa, uno no se la come como si fuera un remedio. Los niños que ya se están aquí sonriendo porque dije torta. Los niños saben cómo se comen las tortas. Hay que ver las caras que hacen los niños mientras se comen la crema del ponqué es la torta deliciosa. Saboreamos la torta deliciosa, el ponqué sabroso. Cristo es nuestra dulzura. Cristo es nuestra alegría. Nosotros no debemos comulgar de carrera, ni debemos pedirle al sacerdote que se apresure como alguna vez lo hice yo, porque hubo un tiempo en el que yo viví muy alejado de Dios. Y en ese tiempo que Dios me perdone, cuando yo asistía a la misa hace muchos años, yo lo único que quería era que el sacerdote acabara rápido, que ese cura no se demore para que se acabe esta misa y devolverme a mi casa, devolverme a mis asuntos, a mi vida. Hoy me arrepiento de haber pensado así. Cuando a uno le dan un postre delicioso, uno saborea ese postre y a veces por comer rápido, la comida nos hace daño. No hay que comer rápido porque el estómago se resiente. No hay que pedirle al sacerdote que celebre de carrera y que se apure. No hay que pedirle a Dios que nos atragante con la comunión o con el Evangelio. Más bien, cuando vengamos a la Iglesia, pensemos que estamos llegando a la casa de Dios y que Dios nuestro Señor nos va a alimentar con su propia dulzura. Cuando una señora prepara una magnífica cena o un delicioso almuerzo. La señora quiere que los invitados se coman todo aquí. Es Jesús el que ha preparado esta cena. Pero hay una diferencia. Jesús no preparó unos alimentos. Se volvió Él mismo el alimento, y es Él mismo, alimento vivo, el que llega a nosotros a través de la Palabra y de la Eucaristía para transformarnos. Felices los que vengan a la Santa Misa, sabiendo con quién se van a encontrar. Felices los que lleguen a la Santa Misa, llenos de amor y llenos de hambre, para que puedan decir lo que decíamos hoy en el Salmo: "Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío". Que nosotros podamos llegar a la Iglesia con esa hambre y con esa sed de Dios, para que también se cumpla en nosotros la palabra que decía el salmo de hoy Me saciaré de manjares exquisitos, como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos. Lo que aquí llaman manteca es como esa salsa deliciosa con la que se preparan algunas carnes enjundia y salsa. Una comida deliciosa. Me voy a saciar de una comida deliciosa. Voy a alimentarme de mi Dios, voy a recibir el alimento de Dios. ¿Y qué va a hacer ese alimento de Dios en nuestra vida? Eso se lo explicó Dios a San Agustín, le dijo: -Cuando tú te comes un pedazo de pan, tu organismo, tu cuerpo hace que ese pan se vuelva cuerpo; o si te comes un pedazo de carne, tu organismo hace que esa carne que te comiste se convierta luego en carne tuya. Pero la Eucaristía es al revés, si tú te comes el cuerpo de Cristo, no es que Cristo se va a convertir en ti, sino que tú te vas a convertir en Cristo.- Eres tú quien vas a recibir la vida de nuestro Señor Jesucristo. Esa es la obra grande que nosotros recibimos aquí en la casa de Dios, aquí en la iglesia, cuando Cristo nos haya transformado así. Mira a quién tenemos que escuchar. Al apóstol San Pablo que nos ha dicho en la carta a los Romanos "Os exhorto por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios. Este es vuestro culto razonable". Como tú llegas a la iglesia con hambre de Dios y como Dios te va a alimentar y como tu cuerpo se va a convertir también en cuerpo de Cristo. Porque esa es la obra de la Eucaristía. Si Cristo es una hostia, tú también vas a ser una hostia viva, santa, agradable a Dios. Tu vas a ser como una hostia. ¿Qué significa la palabra hostia? Significa ofrenda, sacrificio, sacrificio que se presenta a Dios como suave aroma. Tú vas a ser hostia. Tu vida se va a transformar escuchando la Palabra. Tú comulgas con la Palabra, recibiendo la Hostia consagrada. Tú comulgas con la Hostia consagrada y Cristo te transforma en Él. Tú no vas a transformar a Cristo en ti, como pasa con los alimentos, la papita, el arrocito y la carne. Tú no vas a transformar a Cristo en ti. Cristo te va a transformar en Él y tú vas a ser una hostia viva, santa y tu vida le va a agradar a Dios. ¿Y qué va a pasar con el resto del mundo? Eso es lo que va a sucederte a ti. Pero el resto del mundo, mucha parte del mundo ni sabe de esto ni quiere saber de esto. Cristo va a vivir en ti, pero Cristo nuestro Señor no tiene el mismo pensamiento de este mundo. Él dijo con el profeta Isaías: -Mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos.- Cristo tiene un pensamiento distinto. Cristo tiene una lógica distinta. Esto se lo voy a demostrar con dos ejemplos muy cortitos y muy bellos. Hemos dicho al comienzo de la celebración que el Padre, nuestro Padre párroco, está confesando. Fíjate ahí, en ese ejemplo, lo distinto que piensa Cristo y lo distinto que piensa el mundo. Si una persona es culpable y se presenta ante el juez y dice, Sí, es cierto, yo soy culpable. ¿Qué le pasa a esa persona? La condenan. Usted reconoció que era culpable de ese delito. Usted tiene que ir a la cárcel y pagar su condena. Pero cuando una persona llega al confesionario. Cuando una persona se postra ante el sacerdote porque ve en él, ministro de Cristo y le dice: -Soy culpable.- ¿Qué es lo que le dice Cristo a través del sacerdote? Le dice: "Yo te absuelvo de tus pecados". La lógica del mundo es si te reconoces culpable, te condenan. La lógica de Cristo es: Si te reconoces culpable, te salvas. ¿Te das cuenta cómo es distinta la lógica del mundo y la lógica de Dios? ¿Qué nos dice el mundo con respecto a nuestros enemigos? Nos dice, si usted tiene un enemigo, no se deje sálgale adelante, ataque usted primero. El que pega primero pega dos veces. No sea bobo. Aproveche cualquier error del otro. Eso es lo que nos dice el mundo. ¿Y qué nos dice Jesucristo? Nos dice: -Si te golpean en una mejilla, pon la otra. Si tienes un enemigo, ora por él. Si alguien te persigue, ámalo.- ¡Uy! Es muy distinta la lógica de Cristo y la lógica del mundo, son muy diferentes. Sigamos con nuestra historia. Tú viniste a la iglesia porque tenías hambre, porque tenías sed. Tú quieres saciar tu sed en la Fuente viva que es Jesucristo. Y tú quieres alimentarte de la Palabra de Cristo, del amor de Cristo y del Cuerpo de Cristo. Cristo también quiere darte a ti. No es solo que tú quieres encontrarte con Él. Él quiere encontrarse contigo. Él nos dice, "Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante". Él también quiere encontrarse contigo. Venimos todos nosotros hambrientos y sedientos, y viene Cristo a calmar nuestra hambre y a saciar nuestra sed. Entonces comulgamos con la Palabra, comulgamos con el sacramento y tenemos la vida de Cristo dentro de nosotros. Y entonces Cristo vivo reina en nosotros y nos convertimos en hostias vivas, santas, agradables a Dios. Pero esto no le va a gustar al mundo. Al mundo esto no le va a gustar, porque si Cristo reina en nosotros, nosotros vamos a tener el pensamiento de Cristo. Y como el mundo piensa distinto de Cristo, muchas veces el mundo nos va a atacar nuevamente. Ahí nos va a pasar lo mismo que le sucedió al profeta Jeremías. Yo era el hazme reír todo el día. Todo el mundo se burlaba del pobre Jeremías. ¿Cuántos de ustedes; yo conozco a algunos de ustedes y los amo, en Jesucristo. Cuántos de ustedes han tenido que soportar eso? ¿Cuántas veces se han reído de nosotros porque expresamos un poquito de amor a Dios? ¿Cuántos muchachos son maltratados por sus amigos? ¿Ya va otra vez para la iglesia? Deje de lamberle a esos curas. ¿Cuántas veces han maltratado los esposos incrédulos a sus esposas: Mija Usted. ¿Qué es lo que hace allá metida todo el tiempo? Quédese aquí, en su casa. Aquí es donde usted tiene que estar. ¿Cuántas veces Maltratos y burlas para los hombres, las mujeres, los niños, las niñas, los jóvenes? ¿Cuántas veces los ataques y cuántas veces sentimos lo que le pasó al profeta Jeremías porque queremos ser hostias vivas, santas, agradables a Dios? ¿Qué nos pasa? Que nos convertimos en el hazmerreír todo el día. Muchas veces los amigos antiguos se convierten en enemigos nuevos y nos atacan con sus burlas. Ahora, ¿Qué le pasó a usted? Desde que se metió con esa parroquia. Desde que se metió con ese padre. Desde que entró a ese grupo, usted se empendejó ya ni toma, ni juega, ni sale con mujeres. Usted se embobó. ¿Qué le pasó, hermano? Todos se burlaban de mí. Y tal vez nos va a pasar lo mismo que le pasó a Jeremías. La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Y tal vez nosotros hemos pensado lo mismo que pensó Jeremías. -Me dije No me acordaré de Él, no me acordaré de Él.- Hay veces que uno intenta cómo echar pie atrás. No, no, yo mejor dejo verdad. Verdad. Verdad. Tal vez estoy exagerando. Demasiada religión, demasiada parroquia, demasiados grupos. Estoy exagerando. Si uno trata de echar pie atrás, no me acordaré de él. No hablaré más en su nombre. Pero seguramente a nosotros nos ha pasado lo mismo que le pasó a Jeremías. La palabra era en mis entrañas fuego ardiente encerrado en los huesos. Intentaba contenerla, pero no podía. Y entonces terminaremos diciendo lo mismo que dijo Jeremías: -Señor. Mejor dicho, mejor dicho Señor, Tú me sedujiste, me sedujiste, me enamoraste y yo me dejé seducir. Señor, tú me forzaste y tú me pudiste.- Y entonces viene una segunda victoria de Cristo. La primera victoria es cuando le sentimos reinar. Pero todavía no nos ha atacado la gente. Después de que nos ataca la gente, intentamos echar pie atrás. Pero entonces la palabra se convierte en fuego ardiente dentro de nosotros. Y entonces nos rendimos por segunda vez y le decimos a Cristo. . . -Está bien, está bien, está bien. Tú ganaste. Me sedujiste, Señor. Está bien. Es que me tienes enamorado Jesús; Es que ¿A dónde voy a ir? Es que tu palabra es maravillosa. Es que tu amor es encantador Jesucristo. Es que realmente tu fuerza es mayor que la mía. Y por eso aquí estoy, para rendirme ante ti y para reconocerte como mi Señor y como mi Salvador. Hubo un hombre, el apóstol San Pedro, que en cierto momento trató de echar pie atrás, y no sólo echó pie atrás, sino que quería que Cristo echara también pie atrás. Y le dijo a Cristo que estaba hablando del misterio de la cruz. Le dijo: No, no, no, no, no, eso no lo permita Dios, eso no puede pasarte. Y Cristo qué le dice a Pedro. . . "¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, No como Dios". Y por eso hoy nos dice Jesucristo a los que estamos llegando o hemos llegado, o acabamos de pasar por esa segunda victoria de Cristo, que es cuando uno se rinde y le dice: -Está bien, está bien, usted ganó. . . - Para quienes hayan llegado a esa segunda victoria, mira lo que dice Cristo: "El que quiera seguir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga". Esa es la palabra de Cristo. Hemos descubierto el poder del amor de Dios. Hemos descubierto que le amamos. Hemos descubierto que eso hace que la gente se burle de nosotros y nos ataque. Pero hemos descubierto que aunque todo el mundo se burlara, es más grande el amor que tenemos por Cristo, porque es muchísisisisisimo más grande el amor que Cristo tiene por nosotros. Y por eso estamos como Jeremías, seducidos, enamorados, tragados de Jesucristo. Y le decimos es que tú me has forzado y me has podido. Y entonces Cristo nos dice hoy, -Si tú quieres ser verdaderamente discípulo mío, entonces a coger tu cruz y a venir conmigo.- Así, si vas a ser discípulo mío. Y esa fue la maravilla que hizo Cristo y que hace Cristo en sus discípulos, entre todos los cuales hay una discípula que es aquí mi vecina. Hay una discípula hermosa que esta lección también la tuvo que aprender. No por ser la mamá, ya estaba hecha, ella tuvo que crecer como discípula, ella tuvo que caminar como discípula y me provoca así como irme así con la mano, irme así de la mano con ella. Así. Así. Es más fácil así. Vámonos. Así. Ella. Ella sí conoce esta escuela del amor de Jesucristo. Y por eso la Iglesia saluda a la Santísima Virgen de muchas maneras. Y una de las maneras muy hermosa es Nuestra Señora de los Dolores, que es como decir Nuestra Señora de la Cruz, Nuestra Señora del Amor, Ella, Ella que se llama Nuestra Señora de los Dolores, Ella se llama Nuestra Señora de la Cruz, Nuestra Señora Verdadera Discípula de Jesucristo. Cuando nosotros decimos que Ella es Señora nuestra de los Dolores, lo que estamos diciendo es que ese Evangelio, Este Evangelio, el que acabamos de escuchar hoy, ese Evangelio. Ella lo puso en práctica. Ella, verdadera discípula del Señor. Ella es Madre de Cristo, pero sobre todo es la grande, la maravillosa, la hermosa, la perfecta discípula de Jesucristo. Mis hermanos, nosotros vamos a seguir nuestro camino de la manito de Ella, de la manito de Ella, vamos a aprender de Ella. Nuestra Señora de la Cruz, Nuestra Señora de los Dolores. Vamos a aprender que después de la primera victoria, que es cuando uno siente que Cristo es maravilloso, hay que llegar a la segunda victoria, que es después de que se burlen de mí, después de que me ataquen, yo seguiré creyendo. Yo seguiré diciéndole a Jesús Tú me has enamorado, tú me has podido y yo te sigo amando. Jesucristo. Vamos a decirle a Jesucristo: -Aunque llegue la prueba, aunque llegue la soledad, aunque llegue la burla, vamos a decirle Yo te creo. Yo creo en ti, yo te acepto, Señor Jesucristo, yo quiero que tú seas mi Señor a todas horas y en todas las horas. Y quiero aceptar y quiero acoger mi propia Cruz, porque desde tu cruz he descubierto lo que significa amor y lo que significa salvación. Y en esa tarea no vamos a estar solos, vamos a tener el ejemplo y la mano amiga de María, Nuestra Señora, nuestra hermosísima Señora de la Cruz, Nuestra Señora de los Amores, Nuestra Señora de los Dolores.- Amén.

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