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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella.
Homilía ao21013a, predicada en 20200823, con 8 min. y 42 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, este pasaje del Evangelio, como tantos otros, puede ser leído y aprovechado de muy diversas maneras. En esta ocasión les invito a que tomemos la palabra Iglesia como referencia, como eje de nuestra reflexión. Efectivamente, en todo el Nuevo Testamento el pasaje de hoy contiene la primera vez en que aparece la palabra iglesia. Esa palabra en griego ekklesía indica la asamblea que ha sido convocada. ¿Y por qué, creo que es importante hablar de la Iglesia? Porque hoy se habla poco o se habla mucho pero mal, sobre la Iglesia. Incluso hay personas que utilizan expresiones como ésta: -Creo en Cristo, no creo en la Iglesia o Cristo sí Iglesia no- Por una parte es comprensible ese lenguaje, porque los defectos, los pecados de los que somos cristianos y pertenecemos a la Iglesia, y especialmente defectos y pecados de nosotros, sacerdotes, ministros ordenados, muchas veces son un obstáculo para la fe y para la vida cristiana de otros. Pero por otro lado, no se pueden reconocer, no se pueden dejar de reconocer tantas cosas buenas que hace la Iglesia, incluso desde el punto de vista humanitario. Así que ese es un motivo para hablar de la Iglesia. Pero el motivo principal es que podemos decir con verdad que la Iglesia es el gran amor de Jesús Y ¿cómo va a decir uno que quiere a Cristo si se separa o detesta el amor, el gran amor de Cristo?. Así, por ejemplo, leemos en los escritos de San Pablo: -Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella-. Es decir, que ese amor del Señor expresa toda su misión. En el pasaje que se proclamó hoy, Cristo habla de su Iglesia. Lo podemos buscar incluso en el texto original, de nuevo en lengua griega: "Edificaré mi iglesia". Podemos decir que ese es el proyecto, que a eso vino Cristo. Y por solo citar un pasaje más; en el libro del Apocalipsis se presenta la gran victoria de Dios y la plenitud de la obra de Cristo a través de la hermosísima imagen de una boda. -El novio más radiante que nunca, el más hermoso de los hombres, en cuyos labios se derrama la gracia- es, por supuesto, Cristo -y la Novia radiante, porque recibe la luz de Él-, es la Iglesia. Entonces, no tiene sentido separar a Cristo de su Iglesia. Sí, ya refiriéndose al matrimonio entre hombre y mujer, dijo el Señor: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". Lo mismo y mucho más debemos decir de la unión entre Cristo y la Iglesia. Pero el misterio de Cristo, como también lo revela el pasaje de hoy, escapa a una mirada puramente humana. Dentro de una mirada puramente humana, la Iglesia es una institución más, y según sean las corrientes culturales de cada época, se la mirará como una ayuda para ciertos servicios poco deseables o se la mirará como un estorbo, en las pretensiones de poder de otros grupos dentro de la sociedad. Ejemplo de lo primero tenemos cuando triunfa la revolución de Fidel Castro en Cuba, todos los misioneros extranjeros tienen que salir, las comunidades religiosas deben irse de la isla. Pero Fidel Castro dejó por lo menos a una comunidad. Esa comunidad muy querida para nosotros los dominicos de Colombia fueron las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Fidel Castro, manifiesto ateo; veía, sin embargo, un papel social lo que nadie quiere hacer y de lo que nadie se quiere encargar, -dejémoslo a esas monjitas-. Más o menos esa es la lógica. Entonces, la Iglesia, a ojos puramente humanos, es más o menos la que recoge la basura de la sociedad y se encarga de problemas que nadie más quiere abordar o es un estorbo para las pretensiones del poder, como ha sucedido en tantas otras instancias de la historia. El pasaje de hoy nos enseña que se necesita la gracia, el auxilio de Dios, para reconocer el misterio de Cristo. Sin ese auxilio interior, Cristo se convierte en un líder social más, sin que sea negativo, será un líder social. Pero Cristo es mucho más que eso. Sin el auxilio de la gracia, Cristo es un pensador más o menos interesante que se puede poner en una misma fila junto a otros muchos sin el auxilio de la gracia, Cristo es un revolucionario más o menos frustrado que acabó en fracaso. Pero las cosas cambian con esa luz que Dios nos puede dar, con esa luz recibida en nuestro corazón, vemos que las llagas del Señor no son simples heridas, sino fuentes de amor, de redención, comienzo del universo nuevo. ¿Cómo puede uno ver llagas terribles, llagas abiertas y verlas como puertas de amor y de renovación del universo? Para eso necesitamos la Luz del Espíritu. Y con esa misma luz, nosotros luego contemplamos a la Iglesia, que también tiene sus llagas, pero también descubrimos incluso en las arrugas y en las manchas y en las llagas de la Iglesia, terminamos descubriendo el poder de Cristo que sigue manifestando el misterio de su cruz a lo largo de los siglos. Y de esa manera aprendemos a amar a esa Iglesia y a servirla y a no avergonzarnos de ella. Por algo vamos a decir en unos minutos: -Creo en la Iglesia que es una santa, católica, apostólica-. Creemos en la Iglesia, nos explica Santo Tomás de Aquino. -No creemos en la Iglesia como simple asamblea de personas humanas, sino creemos que Cristo está en la Iglesia con todo su poder, con toda su sabiduría y con toda su misericordia-. Roguemos al Señor, que esta luz del Espíritu llegue a nosotros para reconocer a Cristo allí donde Él está presente, y muy singularmente en el misterio precioso de la Iglesia. Así sea.

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