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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
(1) No todos los temas pueden ser discutidos en todos los ambientes; vivimos en una época que pide prudencia y amor al bien común de la Iglesia; (2) Hay diferencia entre ciencia y sabiduría; las preguntas propias de la sabiduría crecen con quien las pronuncia. (3) Saber quién es Cristo es un do que viene del Padre y no se consigue sino que se aleja si uno pretende apoyarse sólo en los propios talentos.
Homilía ao21011a, predicada en 20170827, con 13 min. y 59 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, tomemos las palabras del Evangelio de hoy y con el auxilio del Espíritu Santo, busquemos enseñanza para nosotros. En esta ocasión quiero compartirles unos tres puntos de reflexión basándonos en este Evangelio que fue tomado de San Mateo en el capítulo 16. El texto empieza contándonos que Jesús está con sus discípulos. Podemos decir que está a solas con ellos. Es una de esas ocasiones en que los evangelios nos hablan de esa especie de cercanía particular, esa intimidad que Cristo tiene con el grupo de sus apóstoles. Esos tiempos donde había una instrucción particular para los apóstoles eran muy importantes, muy valiosos para Cristo. Lo sabemos porque en otro pasaje se dice que Cristo iba enseñando a los discípulos y dice, -Y no quería que nadie se enterase- No por restringir esa doctrina al resto de la gente, sino porque hay etapas en la formación, como le dijo el Señor a Santa Catalina de Siena: -El corazón, el alma humana primero es imperfecta y luego perfecta.- Por eso hay etapas y por eso Cristo quiere tener espacios particulares de formación con sus apóstoles. Esto nos ayuda a entender la densidad de la pregunta que les hace: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?" Y después, ". . . ¿Quién dicen ustedes?" En términos de teología, esas preguntas apuntan a un tratado central muy profundo, muy denso, que se llama la "Cristología". ¿Quién es Jesucristo? ¿Quién es Él? Esa es la pregunta a la que intenta responder la cristología. Así que Cristo les está haciendo un pequeño seminario de cristología, y Él mismo es el Cristo de Dios. La enseñanza que podemos tomar de aquí es que hay temas que hay que tratar con cierta cercanía, con cierta delicadeza y en ciertos espacios. No todos los temas se pueden ventilar en todas partes. Del mismo modo. Santo Tomás de Aquino, refiriéndose al estudio de la teología, dice una cosa parecida. Dice, por ejemplo, que -Hay temas, particularmente los que son más discutidos, los que son más polémicos, que han de tratarse entre aquellos que ya tengan una cierta instrucción.- No tiene sentido llevar las cuestiones más sutiles y más difíciles de la teología y someterlas a una discusión en la que lo único que podría triunfar es el desorden o si acaso, la opinión numérica de una mayoría. Este parecer de Tomás de Aquino es importante porque dice el mismo santo que cuando un sacerdote, por ejemplo, está predicando y esta es una casa de formación de dominicos donde yo me encuentro, cuando un sacerdote está predicando, no debe procurar lucirse con cuestiones difíciles, agudas, controversiales, super avanzadas o súper atrasadas. La predicación en la Iglesia, y particularmente la homilía, no es para dilucidar esa clase de cuestiones en las cuales probablemente el sacerdote sea de los pocos que tiene algo de instrucción para entrar a discutir. Así que es necesario que nosotros, y aquí me refiero en particular a mis hermanos que están en camino de formación hacia el sacerdocio. Tengamos siempre ese criterio que nos da Santo Tomás. Hay cuestiones que pueden ser discutidas en ciertos espacios, pero uno debe pensar siempre como predicador cuál es el bien que yo puedo hacer a esta Asamblea. Cómo puedo ¡Consolidar la fe de estas personas! A veces los sacerdotes cometemos errores en el sentido de tomar como materia para la predicación el último libro que uno estaba leyendo. Y si en el último libro por allá salió un autor diciendo: -Bueno, yo tengo la hipótesis de que la Eucaristía se podría entender de esta otra manera, la resurrección de este otro modo. . . - Y luego el sacerdote, fascinado por esa novedad, suelta sin digestión toda esa información, probablemente no está ayudando a consolidar la fe. No está prestando un verdadero servicio. Esto nos enseña Santo Tomás de Aquino. Y es importante en la Iglesia en el tiempo en el que estamos, porque hay cuestiones polémicas por todas partes y el lugar para predicarlas y el lugar para discutirlas no son los medios de comunicación, que incluso tienen más alcance que una homilía. Tampoco es el templo en la predicación del domingo. Es una especie de falta de pudor, una especie de falta de dominio de sí mismo, pretender ventilar en los medios de comunicación las cuestiones más controversiales, que si el Papa es Papa, que si la Iglesia sigue siendo Iglesia. Hermanos míos, hay elementos particulares de la enseñanza del Papa que posiblemente se pueden discutir en cierto ambiente y con cierta preparación. Pero de resto, esa especie de demagogia, sobre todo cuando se trata de atacar al Papa. Evitemosla todos, evitemos esa falta de restricción y esa falta de prudencia, porque Cristo mismo nos muestra en el Evangelio de hoy y nos lo enseñan santos tan grandes como Tomás de Aquino. Cada cosa tiene su espacio para ser discutida, lo cual no debe extrañar a nadie. Es lo mismo que sucede con una familia. Usted no espera que si yo estoy de visita en su familia, entonces empecemos a ventilar las discusiones, la intimidad, la vida privada de ustedes. Posiblemente hay un espacio diferente. La pareja tiene problemas, hay discusiones. Puede suceder en muchos hogares. Esas cosas se conversan en una consejería matrimonial. Esas cosas se conversan en una buena dirección espiritual. Esas cosas no se están ventilando por todo el barrio. Entonces hay que tener caridad con la Iglesia, hay que tener prudencia y nosotros los sacerdotes, ser humildes y entender que estamos al servicio de ustedes, al servicio de la fe de ustedes, no simplemente haciendo partido a favor o en contra de lo que a mí como persona me pueda parecer. El segundo punto que conviene reflexionar el día de hoy es la pregunta misma que hace Cristo "¿Quién dice la gente que soy yo?" Esta pregunta nos invita a reflexionar en la diferencia que hay entre ciencia y sabiduría, y esto sí que es útil en la época en la que estamos, porque creo que casi existe una idolatría del conocimiento científico, la idolatría de la ciencia o la pretensión de que la ciencia es la única que puede acceder a la verdad se conoce como "Cientificismo". Una de las diferencias más marcadas entre ciencia y sabiduría es que las preguntas de la ciencia tienen una respuesta que en sí misma queda completa. Si alguien nos pregunta cuál es la ecuación que describe la gravitación universal, ya se trate de según Newton o según la relatividad general, hay fórmulas específicas para ello. Si se trata de averiguar cuál es el período de reproducción de una determinada especie, hay cifras específicas para eso. La ciencia tiene respuestas, y esas respuestas de la ciencia pueden crecer en precisión, pero ya la respuesta está dada. En cambio, el tipo de búsqueda que es propia de la sabiduría es muy diferente, porque las preguntas propias de la sabiduría, y en esto nos referimos particularmente a la filosofía y la teología. Las preguntas de la sabiduría son preguntas que crecen con el que las hace. Por ejemplo, hagámonos esta pregunta: ¿Cuál es el sentido de la vida? Esa pregunta no tiene una respuesta científica, como decir el agua hierve a 100°C o como decir la tensión que soporta un cable es de tanto. No, esa pregunta no tiene esa clase de respuesta. Posiblemente un adolescente se puede hacer esa pregunta ¿Qué sentido tiene mi vida? Y llegará a algún tipo de respuesta. Pero diez años después, esa misma persona puede volver a hacerse la misma pregunta y va a encontrar todavía más. Y esa misma persona, a sus cuarenta o cincuenta años de edad, puede hacerse exactamente la misma pregunta y todavía encuentra más. O sea que lo propio de las preguntas de la ciencia es llegar a respuestas definidas. Mientras que lo propio de las preguntas de la sabiduría es crecer con quien las hace. Y ese es el tipo de pregunta que Cristo hace aquí cuando Cristo nos pregunta: -¿Quién soy yo para ti? No nos está haciendo una pregunta de tipo científico como para que digamos tú tienes la cédula número tal y tal de Belén. No, no se trata de eso. La pregunta que hace Cristo es una pregunta que debe crecer con nosotros. De manera que a medida que vamos caminando como seres humanos y sobre todo a medida que vamos caminando en la fe, la pregunta de Cristo va creciendo con nosotros. Por cierto, si la pregunta no crece contigo es porque posiblemente tú no estás creciendo, por lo menos en la fe. Así que estas preguntas tienen que ir creciendo dentro de nosotros y el día. Dios nos permita lucidez para esas horas, el día en que nos estemos muriendo. ¡Esta pregunta de hoy va a seguir siendo relevante! ¿Quién es Jesús para mí? En el momento en el que estoy a las puertas de la muerte y la eternidad. Esta pregunta va a ser más importante que nunca. Así que esto es clave. El Evangelio de hoy es clave para salir de las cadenas del cientificismo y para entrar por esas otras búsquedas que son las propias de la buena filosofía, de la teología, de la espiritualidad. El último punto de reflexión, amados hermanos, es aquello que Cristo le dice a Pedro, "Esto no te lo ha revelado. . . -Dice esta traducción- . . .La naturaleza humana." Es una manera de intentar traducir el semitismo, la carne y la sangre, es decir, llegar a descubrir quién es de veras Cristo. No es simplemente un esfuerzo de nuestra inteligencia o una especie de pacto de empatía con un grupo humano. Llegar a descubrir quién es Cristo. Es rigurosamente un don. Por eso les dice Cristo a Pedro, que es dichoso, "Dichoso tú, eso no te lo reveló la naturaleza humana, sino mi Padre que está en el cielo." Lo cual quiere decir que para entender el misterio de Cristo, o mejor, para entender a Cristo y sus misterios, no basta simplemente con que uno se concentre en su inteligencia o lea muchos libros. Es necesario suplicar al único que puede contarnos quién es su hijo, y ese único es el Padre Celestial. Como decía, entre otros, San Buenaventura. A esta clase de conocimiento, dice Buenaventura refiriéndose a Cristo, -A esta clase de conocimiento se llega mucho más por la oración y la devoción que por otro camino.- Ese es el verdadero, el verdadero acceso a Cristo. Especialmente en el siglo IXX, hubo la pretensión de una cantidad de intelectuales muy brillantes que creyeron que a base de saber lenguas clásicas y leer muchos libros ya podían enmarcar a Cristo. Por eso en el siglo IXX aparecen tantas obras que se llaman -vida de Jesús- como una de un famoso Renán, Las vidas de Jesús. Y el ateo Feuerbach escribe otra obra de título no menos arrogante la esencia del cristianismo, como quien dice, Ahí- les tengo explicado su tal religión.- Esa arrogancia, esa vanidad, esa soberbia, no lleva a otra cosa que a la oscuridad y el bloqueo de la propia inteligencia para acercarse a Cristo y a sus misterios, incluyendo particularmente el misterio de la Eucaristía. Requerimos de la humildad de corazón y requerimos de esa súplica humilde, porque solo el Señor puede contarnos quien es su Hijo, y solo el Espíritu puede revelarnos lo que ese Hijo tiene preparado para nosotros.

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