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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El ser y e misterio de Cristo no lo saben ni pueden contar los solos intereses y afectos de este mundo.
Homilía ao21008a, predicada en 20140824, con 5 min. y 21 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! /p> El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo 16 de San Mateo. Todo empieza con una pregunta que hace nuestro Señor Jesucristo: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Y es Pedro el que da la respuesta, aquella que acierta, "Tú eres el Hijo del Dios vivo". Jesús le dice, "Yo te digo, tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". Con toda razón los cristianos, ya desde tempranas horas en la Iglesia, han reconocido un don único en el apóstol Pedro. Él es el único que ha escuchado esta palabra de Cristo. Así como también en otro pasaje, Él es el único que recibe el encargo de confirmar en la fe a sus propios hermanos, pero en el día de hoy yo no quisiera quedarme en ese aspecto que es tan importante que es fundante dentro de nuestra fe cristiana. /p> Quisiera que diéramos un paso antes y nos detuviéramos un momento más en el comienzo de lo que Jesús le dice a Pedro: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo". Observemos esa primera frase, esa exclamación que brota del corazón de nuestro Señor; "Bienaventurado" lo llama feliz. Y creo que esa bienaventuranza no queda solo para Pedro. El ministerio de las llaves y el confirmar en la fe a los hermanos es algo propio de Pedro y sus sucesores. Pero descubrir que Jesús es el Hijo de Dios, descubrir en Él al Ungido del Padre para salvación del mundo. Eso no es solo de Pedro. Eso es para todos nosotros. Y por eso, esa primera bienaventuranza que Jesús le da a Pedro le dice a Pedro no es solo para Pedro, es también para nosotros, para que nosotros descubramos en Jesús la fuente de la verdadera felicidad. /p> Dicho de otra manera, cada hombre y cada mujer que descubre en Jesús al Hijo de Dios encuentra felicidad. Ahí está nuestra verdadera felicidad. Él es el tesoro escondido. Él es la perla preciosa. Él es la alegría de nuestros corazones. Bienaventurado eres tú, eso te lo tiene que decir Cristo a ti querido hermano, querida hermana, abre tu corazón, disponlo para recibir esa palabra bienaventurado, feliz. Jesús te llama feliz. Hay una razón para esa felicidad. -Eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.- ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué quiere decir que no lo puede revelar la carne ni la sangre? La expresión la carne y la sangre indica aquello que pertenece a los afectos, a los intereses, a los poderes y dinastías de este mundo. /p> Y por eso, llegar a reconocer en Cristo a nuestro Salvador y Mesías no es algo que nos lo vaya a enseñar el mundo. No es el mundo el que nos va a enseñar, que Cristo es Rey. El mundo quiere que miremos a otros reyes. No es el mundo el que nos va a enseñar que en Cristo Está la salvación y está la alegría, ¡No! El mundo va a querer presentarnos otros caminos, otras alegrías. Por eso es un verdadero milagro cada acto de fe, porque llegar a creer en Jesús es puro regalo del cielo. Y ya sabemos bien que los regalos no se compran, no se venden, no se obligan. /p> Lo que sí podemos hacer es como hacen los niños con el Papa cuando el niño quiere ese carrito o esa bicicleta que está en la vitrina del almacén, no le dice al papá espérame, que voy a comprarme esa bicicleta. Tampoco le dice al papá cómprame esa bicicleta o yo no respondo. El niño pide. Es un regalo, pero lo puede pedir. Y tú y yo también podemos pedir el regalo de una fe plena. El regalo de una fe grande y sólida. El regalo de esa fe que reconoce a Jesús y que en Él encuentra la alegría.

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