Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

"Jesús, transfórmanos con el rocío de tu Espíritu".

Homilía ao21002a, predicada en 19960825, con 23 min. y 41 seg.

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Transcripción:

En los Santos Evangelios es muy raro escuchar que Jesús aprueba o elogia a una persona. Sus palabras son, en primer lugar, para declarar el reinado de Dios, y en ese sentido, podríamos decir que Cristo está muy ocupado contando cómo reina Dios, como para ponerse a elogiar los reinos, los poderes de este mundo.

Jesús, según nos aparece en los Evangelios, es austero, sobrio, medido en sus palabras, en todo aquello que tenga que ver con las personas. Y su entusiasmo solo aparece, su alegría solo aparece, cuando el cielo aparece.

Si uno recuerda, Jesús solo aprueba o solo elogia a las personas cuando algo del cielo está sucediendo en ellas: "Mujer grande es tu fe" , le dijo a la cananea según escuchábamos el domingo pasado, y cuando aquel centurión, dijo admirado: "Os digo que en Israel no he encontrado tanta fe" . Volvían los discípulos de misión y entonces dice: "Alegraos, más bien, porque vuestros nombres están escritos en el cielo" . Y en otra oportunidad se estremece de gozo y dice: "Te doy gracias, Señor, porque has revelado estas cosas a los pequeños y sencillos" . Cuando le cuentan que están sus parientes ahí cerca, dice Él: "Mi madre y mis hermanos, son estos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen" .

Podríamos agregar todavía otros ejemplos, basten estos para indicar que toda la alegría de Jesús, que todo su elogio, que toda su aprobación, está solo para ese momento, en que el cielo se abre para una persona o para un grupo, o para el universo entero. Allí donde se revela algo de la majestad, de la sabiduría y del poder de Dios, allí hay alegría para Jesucristo. Mientras no aparece eso, las cosas de esta tierra las mira con una indiferencia pasmosa. No que no las comprenda, sino que las refiere por completo al reinado de Dios.

Cosas grandes y bellas como el templo, lo dejan impasible; de eso no va a quedar piedra sobre piedra. Cosas terribles, como aquellos que murieron en la torre de Siloé; unos dieciocho hombres, una catástrofe, vidas humanas, lo dejan impasible, y más bien parece aprovechar esas tragedias para seguir con su predicación del Reino. No parece admirarse, ni extrañarse ni de la bondad ni de la maldad humana, porque sabe que esa bondad suele ser interesada, y porque sabe que esa maldad, es como la historia que siempre se repite, es como la cadena que solo rompe la irrupción de la gracia.

Esto hace que Cristo sea al mismo tiempo una especie de flemático, indiferente cuando se le cuentan las cosas de esta tierra. . .: -Herodes te busca para matarte-. Y se sabía de la crueldad de Herodes y se sabía del poder de Herodes y se sabía de los espías de Herodes, -Te busca para matarte-, Jesús es indiferente "Id a decirle a ese zorro" tal y cual cosa, ese zorro, así trata al que ejercía despóticamente el poder, no le importa.

-Todo el mundo te busca-, le dice Pedro, allá en los comienzos del Evangelio de Marcos. . ., -Todo el mundo te busca, estás adquiriendo poder de convocatoria, la gente está creyendo, la cosa va bien-, "Vámonos, Hay que predicar en otros sitios" . Las cosas de esta tierra, las alabanzas, las amenazas, el éxito aparente, la persecución; todo eso no parece importarle lo más mínimo, eso a Él no le importa.

Pero si una pagana, si una mujer llega a comprender que el pan de los hijos de Israel también le llegará en forma de migajas a ella, si una mujer llega a entender eso, entonces Jesús dice con la boca llena: "Grande es tu fe que se cumpla lo que has creído" . Parece que le importa más la fe de esta cananea que las amenazas de Herodes o las aclamaciones de la multitud. Esto nos indica, este conjunto de hechos nos indica que el corazón de Cristo está radicalmente puesto en una misión, en una tarea. Vino exclusivamente a lo que vino a anunciar la llegada del Reino de Dios. Vino a anunciar eso, que Dios es así y que Dios ahora reina, anuncia y realiza lo que anuncia, el reinado de Dios.

Y precisamente por eso, en este Evangelio le oímos eso y le oímos aquellas palabras -"Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás"- . Dichoso ¿Por qué? Porque ahí está sucediendo el Evangelio. Cristo es un hombre de una sola alegría y su alegría se llama el Evangelio. -Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás-, porque -Porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo-.

Por esa misma razón Jesús no quiere que los discípulos digan que Él es el Mesías. Les mandó que no dijesen a nadie que Él era el Mesías. ¿Por qué? ¿Por qué no quiere que nadie se entere? Por una razón muy sencilla, si antes ha felicitado o se ha alegrado con Pedro, porque esa profesión de Pedro no viene ni de carne ni de sangre, sino del Padre que está en los cielos. Por esa misma razón, ahora les dice que no cuenten que Él es el Mesías, que Jesús es el Mesías, no es una noticia como las noticias de esta tierra. Jesús no quiere que la noticia de que Él es el Mesías se revuelva con la noticia de que el templo está bonito, o con la noticia de que dieciocho se murieron en un accidente.

Jesús quiere que su noticia sea dicha solamente por el Padre Celestial, y por eso aquí, aquí les prohíbe que lo digan, porque no quiere que el Evangelio se convierta en una noticia que circula como las demás noticias. El Evangelio es la gran noticia, pero se necesita que esa, que esa noticia la dé, el Padre Celestial. Y por eso se necesita que estos discípulos no la cuenten como un chisme, sino la cuenten como lo que es, Evangelio de Salvación.

Esto solo podrá suceder cuando llegue la fuerza del Espíritu a ellos, cuando ya no sean simplemente discípulos, sino que sean apóstoles, cuando ellos sean apóstoles, sus corazones y sus palabras van a ser de tal modo transformados, que cuando ellos hablen, comunicarán la gracia del Espíritu, que es Espíritu que proviene del Padre. Y cuando ese Espíritu se comunique por la Palabra de los Apóstoles, el Evangelio no va a ser una noticia en nuestros oídos solamente, sino sobre todo una noticia en el corazón.

Y entonces los apóstoles, estos mismos discípulos que hoy por boca de Pedro, han confesado quién es Cristo, estos mismos apóstoles por la obra del Espíritu, irán realizando la obra de la revelación de la Salvación en Jesucristo. Entonces un apóstol no es un chismoso, el oficio del apóstol no es repetir una noticia: -Dizque dijeron que dizque, dizque Jesús es el Mesías-, el apóstol no repite, no repite; la noticia es siempre nueva en su corazón cada vez que la dice y es siempre nueva en el corazón de quien la escucha.

Será la obra del Espíritu que procede del Padre, la que haga que esa palabra del apóstol se convierta en una revelación en el corazón de los oyentes. De modo que quienes escuchan al apóstol cuando está ungido por el mismo Espíritu, puedan decir como Pedro: -Ese es el Cristo, ese es el Ungido-.

Podríamos resumir entonces la enseñanza de este evangelio diciendo, que nadie reconoce al ungido, sino el que tiene unción. Solo la unción por la que Cristo es Cristo, es decir, ungido. Solo la unción por la que Jesús es el Cristo hace que reconozcamos a Jesús como el Cristo. Solo la unción que ungió a Jesús hace que nosotros veamos en Él al Ungido.

Es la misma enseñanza que nos dirá Pablo en otro lugar. -Hablamos términos espirituales para personas espirituales-. Hubiera podido decir, aquellos que han recibido la unción saben que Jesús es el Ungido. Nadie sabe de Jesús, nadie reconoce a Jesucristo, sino aquel que recibe la misma unción del Cristo. Y esa unción es la que comunica el Espíritu Santo por el ministerio de los apóstoles, desde el seno de Dios Padre.

De aquí se deduce entonces que uno puede pasarse la vida al pie de Jesús sin reconocerlo, al pie de Jesús. Porque en las noticias de esta tierra, cuanto más cerca está uno, más se entera. Por ejemplo, se cayó una torre y se murieron dieciocho personas. ¿Quién puede contar más detalles? Pues los que estaban ahí cerquita, los que vivían al pie. Uno se imagina las declaraciones por el periódico o por la televisión, -Sí, yo estaba ahí en el momento en el que se cayó la torre. Yo vi el reguero de sangre, fue algo muy terrible; unos gritaban, otros lloraban, hubo heridos-. Así pasa con las noticias de esta tierra. Porque las noticias de esta tierra dependen de la cercanía en el tiempo y en el espacio, pero la cercanía con Cristo solo la da el Espíritu.

Uno puede estar, una religiosa puede estar en su monasterio a miles de kilómetros de la tierra donde pasaron estas cosas y a miles de años de la época en que sucedieron; y esa religiosa puede estar infinitamente cerca de Cristo, y puede sentir que le palpita adentro el propio corazón del Señor. Y otra persona pudo estar al pie de Jesús al lado de Jesús y ver los milagros de Jesús y no darse cuenta de quién es Jesús. -Porque si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de Gloria-, dice Pablo. Lo cual también quiere decir que si a esos personajes, si a esas personas les sucedió eso, también nos puede pasar a nosotros.

Uno puede estar al lado de Jesús y puede recibir todos los días en las manos un libro que habla sobre Jesús y puede mirar el altar y ver el sacerdote y ver la hostia y comulgar. Muchas cosas pueden pasar. Uno puede pasar la vida al pie del Señor sin saber quién es ese Señor, porque solo el Padre del cielo, Revela a Cristo porque sólo el don del Espíritu, cuando nos hace ungidos, cuando nos hace cristos, nos permite reconocer al Ungido, reconocer a Cristo.

Yo creo que especialmente nosotros, especialmente nosotros que por vocación, por llamado al ministerio sacerdotal, por llamado a la consagración religiosa, estamos en cierto modo más cerca, en cierto modo más cerca; tenemos como la amable obligación de rogar a Dios que nuestra cercanía no solo sea física. Que se saca con estar cerca de una capilla que se saca con vivir, casi vivir dentro de un templo como se vive en un monasterio. ¿Qué se saca con eso? Qué se saca con vivir en el monasterio, si no se vive en el corazón de Dios.

Por eso pienso que en la medida en que estamos más cerca físicamente y en que haya más cosas que externamente aluden a Dios, imágenes religiosas, lecturas, actividades, trabajos, oraciones. En la medida en que hay más cosas que nos hablan de Dios, hay que pedirle a Dios más oídos para escucharle. No es la multiplicación de cosas religiosas la que hace que uno sea religioso.

Mire usted que en los orígenes la vida religiosa, no se llenó de cosas religiosas. Y yo a veces como que echo de menos un poco esa sobriedad de los orígenes de la vida religiosa. Mira, a uno pueden llenarle el camino desde la pieza de uno hasta la capilla, lo pueden llenar de cuadros maravillosos con escenas, con carteleras, con frases. Se puede poner a lo largo y ancho del monasterio pebeteros que continuamente ofrezcan incienso a Dios. Uno puede salir de la pieza y encontrarse con un cuadro, luego una escultura, luego una frase, luego no sé qué más cosas. No es la multiplicación de cosas religiosas la que nos hace religiosos, no es eso.

Tampoco hay que despreciar, desde luego, los símbolos sagrados; pero no es eso lo que nos hace religiosos, es la cercanía que solo da el Espíritu Santo. No se trata de entrar en conflicto con la decoración, ni idea tengo yo de decoración, yo no sé de esas cosas. No se trata de entrar en discusión sobre los decorados, con muchas o con pocas imágenes, igual se va para el cielo o para el infierno. Ese no es el problema, el problema es si este Padre del cielo encuentra nuestro oído atento para contarnos quién es Jesús. Si este Espíritu de Dios habita y reina en nosotros y realiza su obra en nosotros.

Pero claro, es mucho más triste llevar una vida mediocre con un hábito de santa. Eso es mucho más triste, porque significa estar disfrazado. Me decía una señora que a ella le daba pesar, de cómo en algunos grupos de oración, algún muchacho o alguna niña, se supone que tiene alguna locución interior o algún carisma del espíritu. Y me decía ella: -nomás les pasa eso, los disfrazan de videntes, entonces le cuelgan tres rosarios en el cuello-. Nosotros no podemos estar disfrazados de santos, no podemos estar disfrazados de santos, pero tampoco hemos de obrar simplemente por respeto a los símbolos externos, no se trata de un problema de respetos, se trata de una conciencia profunda de la obra del Espíritu.

No hay que rechazar, no hay que destruir los símbolos. No vamos a ser más religiosos, entonces, sin utilizar el hábito, o no vamos a ser más religiosos evitando las imágenes, ese no es el problema, pero precisamente porque ese no es el problema, nuestro corazón ha de centrarse en ese único, en esa única imagen, en ese único Jesucristo. No en las imágenes de Cristo, sino en Cristo como imagen del Padre.

Nuestro corazón ha de centrarse en Él y pedir la gracia del Espíritu que nos revele la noticia del evangelio, que nos dé la unción para aceptar, para comprender, para amar, para servir al Ungido. Que Dios en su misericordia lo conceda especialmente a nosotros, especialmente a nosotros. Porque cuanto más separados estamos de esa revelación del Espíritu, más servimos para escándalo, más servimos para separar a las personas de Dios, y las personas no están solo de la reja para afuera, más servimos para separar a los otros de Dios.

Clamemos esa gracia del Espíritu que nos revele el misterio de Jesús, que nuestro corazón, busque su rostro, que nuestro corazón busque su corazón y nuestro espíritu Su espíritu, que vivamos de esa revelación que no esperemos de la carne y de la sangre, la revelación del misterio de quién es Jesús, que aspiremos, como dice San Pablo, a los dones de allá arriba, donde está Cristo.

Es tan triste, es tan mediocre, es tan pobre, la conversación de los religiosos es tan pobre, tan pobre, tan triste, habla tan poco de la gloria de Dios; nos falta tanto en eso, tanta ansia, tanto fuego. Necesitamos, necesitamos, sobre todo nosotros, necesitamos clamar ese don del Espíritu, porque muchos corazones, como hastiados, hastiados del barroquismo y de imágenes, entonces lo que hacen es llenar sus palabras de mundo. Y es tan triste vivir uno rodeado de imágenes de santos para tener en el corazón, en los ojos y en la conversación solo los intereses por las cosas de esta tierra.

Hay personas, personas consagradas y religiosas que parecen estar fatigados de religión y por eso parecen decir con sus ojos, con sus preguntas y con su conversación: -que hay por el mundo, dame otras noticias, la de Cristo ya me la sé, dime noticias, cuéntame cosas del mundo.

Jesús quémanos con la gracia de tu Espíritu, transfórmanos con el rocío de tu Espíritu, amasanos con la gracia de tu Espíritu, levántanos con la gracia de tu Espíritu. Muéstranos en la unción que nos concedas quién eres Tú Santísimo Ungido del Padre, para salvación del mundo.

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