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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La magia busca imponer la voluntad humana, mientras la fe reconoce el señorío de Dios con humildad y confianza. Cuando dejamos de querer controlar y confiamos en Dios, abrimos espacio para su obra.
Homilía ao20013a, predicada en 20260816, con 8 min. y 22 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! ¿Cuántas veces hemos hablado de la misericordia sin condiciones que mostró nuestro Señor Jesucristo?. Y hemos hablado así, porque así es Él, hemos hablado así, porque muchos lo hemos experimentado especialmente con la gracia del perdón. Por ejemplo, el perdón en el sacramento de la reconciliación. Pero después de predicar tantas veces sobre la misericordia del Señor, nos encontramos con el evangelio de este domingo. Y creo que, por decir lo menos, tenemos delante un desafío. En efecto, en este evangelio encontramos a Cristo en una actitud distante y podríamos decir, incluso renuente, para realizar un milagro, bueno, propiamente un exorcismo que le están pidiendo. Él se encuentra fuera de las fronteras físicas del pueblo de Israel en una región marcada por el paganismo y por la brujería; la región sirofenicia y una mamá claramente dolida, por no decir desesperada, le suplica ayuda porque la hija de ella está sufriendo mucho y parece que la causa, o eso es lo que interpreta la mamá, es la vejación, el ataque del demonio. Sin embargo, Cristo hace un despliegue de lo que podríamos interpretar como indiferencia, una distancia emocional que parece chocante, sobre todo repito, cuando tantas veces hemos hablado de la misericordia del Señor y de su generosidad. ¿Cómo podemos entender esto? ¿Qué debemos pensar al respecto? Me parece que una clave, no digo que sea la única, pero creo que una clave muy interesante está en la palabra magia; y esta palabra no es arbitraria aquí, porque resulta que es la palabra que marca esa región en donde suceden los acontecimientos que cuenta el Evangelio de hoy. Efectivamente, como dije antes, en esa región de Fenicia, en esa región sirofenicia, pues era muy pero muy abundante la práctica del ocultismo, de la brujería, la idolatría y la magia. Solo por dar un precedente bíblico, recordemos que una de las mujeres más radicalmente opuestas a la alianza con Dios venía de esa región. Esa mujer se llamaba Jezabel y fue la archienemiga del profeta de Dios, que en ese momento era Elías, es decir, que de siglos atrás; esta región de la que estamos hablando se caracterizaba por la presencia potente, profunda de la magia. Ahora bien, ¿qué es lo que promete la magia? Y creo que por aquí empezamos a entender muchas cosas. La magia ofrece procedimientos seguros para lograr objetivos. En sus distintas expresiones, la magia o la brujería lo que quiere es que tú confíes en que si haces tales o cuales cosas vas a lograr tu objetivo. Podríamos decir que el lema de la magia es -hágase mi voluntad-. Mientras que el lema de la fe que nos lo dio Cristo en el Padrenuestro es -Hágase tu voluntad, Padre-. En la magia es hágase mi voluntad, y la magia se supone que establece a través de encantamientos, pociones, ritos, fetiches o lo que sea, ofrece que haya un resultado. El resultado que la persona que acude a la magia logra, se supone que va a lograr; en eso se apoya la magia. Es como poner fuerzas sobrenaturales al servicio de la voluntad humana. Eso es lo que quiere la magia y por eso la magia es dramáticamente opuesta a todo lo que significa la fe. Porque en la magia, como ya he dicho, se trata de la imposición de mi voluntad. Aquí en mi ciudad, en Bogotá, se encuentran numerosos anuncios publicitarios de brujería y de magia y van en la línea de lo que estoy explicando. Es decir, si usted lo que quiere es que regrese la persona amada, yo se lo consigo, si usted lo que quiere es entrar en contacto con un pariente que se le murió, yo se lo puedo hacer a usted; si usted lo que quiere es averiguar quién le está engañando o cuál es su enemigo, yo le ayudo con eso; esa es la promesa propia de la magia, eso es lo que quiere la magia. Y entonces ¿cuál es el problema? Que en un mundo o en un ambiente marcado tan profundamente por la magia, marcado tan profundamente por la brujería, Cristo no quiere que se le trate como otro brujo más, como otro mago más, como otro poderoso más. Y por eso la gran diferencia se da, cuando en esta mujer la que pide el favor, la mamá desesperada; da muestras de dos cosas que son imposibles propiamente en la magia, y esas dos cosas son, por una parte, la humildad, porque la humildad está bien descrita en aquel salmo que dice: -Cómo están los ojos de los esclavos en las manos de sus señores, como están los ojos de la esclava en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, esperando su misericordia-. Es decir, la humildad del hombre es el reconocimiento del señorío de Dios. Y ese, ese ya es un gran comienzo para superar toda mentalidad y práctica mágica. Pero lo segundo es que junto a esta humildad, la perseverancia y la confianza de esta mujer en lo que Cristo puede hacer, expresa algo todavía más profundo, la fe. Porque la fe nos saca del ámbito de nuestro poder individual, de nuestra capacidad individual, y la fe nos remite al único que tiene auténtico poder, y ese que tiene auténtico poder es solamente Dios. Entonces, cuando ya llegan la humildad y la fe, entonces la magia, la brujería se apartan, el milagro sucede, la curación se da, la obra de Cristo se hace perfecta. Esa es, me parece, la enseñanza más profunda de este pasaje; es la enseñanza de cómo, lejos de toda magia y de toda brujería, solamente la humildad y la fe nos abren al querer de Dios y por lo tanto a la experiencia de su amor, que efectivamente límites no tiene, porque su amor es ilimitado, pero ilimitado no significa que se va a dejar confundir o revolver con la mentalidad propia de la brujería o de la magia. Una catequesis profunda es la que trae este evangelio, que si al principio nos choca un poco, pues en realidad nos está dando una luz muy grande sobre qué significa creer en Dios y qué significa seguir el camino del Señor. Que Dios te bendiga.

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