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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La vida cambia cuando descubrimos que Dios no tiene ninguna obligación con nosotros.
Homilía ao20011a, predicada en 20200816, con 31 min. y 17 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, un amigo sacerdote bastante mayor que yo, decía con respecto a este Evangelio que acabamos de escuchar, que es del capítulo 15 de San Mateo. Decía que este es el Evangelio difícil, el pasaje difícil. Y es difícil este pasaje del Evangelio porque vemos a Cristo en una actitud que puede extrañarnos, una actitud de indiferencia que raya en la dureza con respecto a esa necesidad que le plantea esta mujer. Se puede dar una explicación sobre el comportamiento de Cristo. El lugar donde ellos se encuentran es la región de Tiro y Sidón, una región caracterizada por la cultura fenicia. Los fenicios son conocidos por ser grandes navegantes, por ser grandes comerciantes, pero también por otro detalle que no se menciona a menudo en los libros de la historia. Por la brujería, es decir, por todo tipo de culto pagano y especialmente de invocación de espíritus. Esto quiere decir que esta mujer vive en ese ambiente. Hay todo tipo de curanderos y brujos en su entorno. Ella escucha que viene un profeta de Galilea y busca a ese profeta. Jesús no quiere ser visto como un curandero más, Jesús no quiere ser clasificado como otro entre los muchos brujos de Fenicia. Por eso hace claramente la distinción entre el Dios de Israel y los poderes o fuerzas que pueda haber conocido esta mujer. Cuando ella toma una actitud de humildad y de confianza en Cristo, reconociendo que Cristo es profeta de ese Dios de Israel, entonces el milagro sucede. Dicho de una manera más corta, lo que hace Cristo con ella es purificar la fe, llevarla a un nivel de reconocimiento de cuál es el Dios que puede curar, ya que ella había conocido seguramente todo tipo de cultos y todo tipo de prácticas mágicas en su región. Es decir, que sí hay una explicación y una explicación razonable histórica del comportamiento de Cristo. Pero esta vez no queremos quedarnos ahí. Esta vez queremos enfatizar un tema un poquito más profundo y es el tema de los derechos. Yo le pido de corazón al Espíritu Santo de Dios que me ayude en este momento para poder expresarme correctamente, algo que pueda ser útil a ustedes y a todos a los que lleguen estas palabras. La Declaración de Derechos es uno de los puntos culminantes, uno de los puntos sobresalientes, quiero decir dentro de la historia de lo que llamamos la cultura o el mundo occidental. Esto sucedió particularmente en Francia, en Estados Unidos, en la época de la independencia de este último país y de la Revolución Francesa. La Declaración de Derechos en sí misma es una cosa interesante y es una de las herramientas principales hoy en día para evitar abusos de poder y maltrato a seres humanos. El término derechos humanos podemos decir que es una conquista lograda con gran dificultad a partir de ese siglo XVIII, el de la Revolución Francesa, el de la independencia de América, de Norte América, de Estados Unidos, con las consecuencias que trajo para muchos otros países. Pero hagamos esta pregunta incómoda ¿Todo es bueno cuando se habla de derechos? ¿Qué pasa cuando una persona desconoce sus derechos? Pues muy posiblemente esa persona va a ser lastimada, abusada, tratada injustamente. Precisamente es una de las inquietudes que el Papa Francisco repite con mayor frecuencia cuando se trata de la población migrante. Uno de los problemas de las personas que están en situación de desplazamiento. Aquí hablo obviamente de los que llegan a esa situación presionados por el hambre, por la guerra o por otras circunstancias ajenas a su voluntad. Porque todos sabemos también que existen trampas y engaños en muchas otras personas. Pero no entremos en eso. Pensando en los genuinos migrantes, los que son migrantes por necesidad, el Papa nos hace ver que cuando las personas desconocen sus derechos, fácilmente son maltratadas. O sea que si uno desconoce sus derechos, pues corre el riesgo de sufrir injusticia. Pero ahora pasemos al otro caso ¿Qué pasa cuando uno conoce sus derechos? Pues lo que debería pasar es que uno tiene un trato justo, lo exige y lo da. Eso es lo que debería pasar. Pero es aquí donde las cosas empiezan a complicarse. Y yo quiero empezar por un ejemplo de familia, porque a veces las cosas se entienden mejor en ejemplos pequeños. Así como decimos en mi país. Caseros. Pensemos en un hijo o en una hija. Un hijo tiene, podríamos decir, por ley natural. Tiene una serie de derechos en su hogar, en su familia, por el solo hecho de ser hijo. Tiene unos derechos y lo cierto es que el Estado busca hacer respetar esos derechos frente a las posibles negligencias o incluso abusos que puedan realizar los papás. Pero sigo por esta línea. ¿Qué pasa si la persona se siente muy posicionada de sus derechos? Por ejemplo, un derecho que tiene un hijo es elemental, es el derecho a ser alimentado, a recibir alimentación, por supuesto. Pero ¿Qué pasa si ese derecho a ser alimentado se convierte en una exigencia que el hijo hace y en una actitud grosera, arrogante y desagradecida? ¿Qué pasa ahí? Podríamos decir que este es el abuso de los derechos, el abuso de los derechos, los derechos, el reconocimiento de los genuinos derechos que son los que provienen de la ley natural. Ese reconocimiento es importantísimo para el bien y progreso de la humanidad. Pero existe también, y esto es lo que yo quiero destacar el abuso de los derechos y el ejemplo más simple del abuso de los derechos es lo que acabo de mencionar. Un hijo que como sabe que tiene el derecho a ser alimentado, entonces exige la alimentación y además, como es su derecho, no siente que tenga que agradecer nada. Usted se da cuenta que ese no es un caso hipotético ni imaginario, es una realidad. Como sacerdote que tiene contacto con muchas familias, yo lo veo continuamente. Así como hay sufrimientos que tienen los hijos por situaciones de los papás, por acciones o por omisiones de los papás, así también hay sufrimientos de los papás por las actitudes groseras, por las actitudes ingratas de los hijos. Es decir, se portan como si todo se lo merecieran y por consiguiente, no sienten ni que tienen que pedir un favor, ni que tienen que dar las gracias. Ellos no tienen que excusarse de nada porque todo el mundo tiene obligación con ellos. Esto es lo que podemos llamar el abuso de los derechos y el peligro de los abusos de derechos es bastante patente en muchos campos y de muy diversas maneras. El ejemplo más sencillo es el que he dicho, el del hijo desagradecido que cree que todo se lo merece. Pero hay otros casos. En algunas ocasiones, el abuso de los derechos sucede mezclado con mentira. Por ejemplo, hay personas que saben que un determinado subsidio o ayuda está destinado a gente que tiene una necesidad. Y buscan la trampa legal para recibir un subsidio que no merecerían. Es decir, se colocan como si fueran necesitados para recibir un dinero que seguramente incluso le están quitando a otras personas. Es decir, hay un derecho de la persona discapacitada, de la persona que tiene limitaciones en su movilidad. Persona que tiene ciertas circunstancias difíciles, hay un derecho de esa persona de ser atendido, de recibir, llamémoslo así, un trato especial. Pero se puede abusar de ese derecho si la persona, por ejemplo, miente para recibir ese subsidio. Ese también es un caso de un abuso de derechos. Hay un tercer caso de abuso de derechos que debo mencionar. Es el que tiene que ver con la palabra discriminación. Muchas personas utilizan la palabra discriminación para diversos ataques en contra de la Iglesia. Pero resulta que la discriminación es una necesidad en la sociedad. Espero que no te desconectes con la frase que acabo de decir. La repito, pero por favor, no te desconectes. Escúchame. La discriminación es una necesidad en la sociedad. ¿Por qué lo digo? El ejemplo que siempre doy. Si yo voy, por ejemplo, aquí en Bogotá, voy al Club del Comercio y digo: Voy a entrar. Sí, señor. ¿Cuál es, dónde está su credencial o lo que acredita que usted es miembro de este club? No, no, yo quiero entrar o me va a discriminar. La respuesta es que los encargados de seguridad o de entrada del lugar sí discriminan. Claro que discriminan. Y por qué tienen que discriminar? Porque entran los que son miembros y no entran los que no son miembros. Eso se llama discriminación. Lo que pasa es que han demonizado tanto, han satanizado tanto la palabra discriminación que parece que la palabra discriminación fuera siempre un pecado, fuera siempre algo horroroso. Pero claro que hay que discriminar. Por supuesto que hay que discriminar. Yo no tengo entrada a todas partes, así de sencillo. Y eso no significa que se esté cometiendo una injusticia conmigo. O sea que discriminar no siempre significa cometer una injusticia. Repito, si yo voy allá, pues entonces me dicen No, señor, aquí no entra usted, porque usted no es miembro de esto. Si yo llego donde un almacén que cierra a las ocho de la noche y yo llego a las ocho y diez minutos y digo déjeme entrar y me dicen -No señor, aquí solo se deja entrar a las personas que entraron, que ingresaron, que llegaron a la puerta antes de las ocho.- Y entonces yo digo, ¿Entonces nos va a discriminar a todos los que no llegamos a las ocho? O sea, usted nos prohíbe entrar a nosotros. ¿Por qué me discrimina? Solo porque llegué diez minutos, ¿Usted no me deja? Sé que son ejemplos ridículos los que estoy dando. Podría dar más. La persona que quiere, por ejemplo, ingresar al estadio para ver un partido y no paga la boleta. Y es que me va a discriminar. Entonces quiere decir que pagar la boleta para el estadio, llegar a tiempo al almacén, ser miembro del club, son razones para que sí puedas ingresar. Y si tú no eres miembro del club, si tú no pagas la boleta, si tú no llegaste a tiempo, no te dejan entrar y no hay discriminación. Es decir, no se está cometiendo una injusticia por el hecho de que no te dejen entrar. ¿Por qué cuento todo esto de la discriminación? Porque hay personas que con la mentalidad de los derechos volvemos al tema de los derechos, porque hay personas que creen que con el tema de los derechos pueden abrirse y deben abrírseles todas las puertas, porque si no se está discriminando. Entonces, por ejemplo, llegan tres hombres a una parroquia y dicen, nos queremos casar. Bueno, y ¿Dónde están sus parejas? No, no, los tres. Los tres nos vamos a casar. Los tres, tres hombres. Nos vamos a casar. ¿O es que usted discrimina? ¡Tenemos derechos! ¿Te das cuenta cómo se une el tema de la discriminación con el tema de los derechos? Lo mismo ha pasado con el sacramento de la Eucaristía. ¿Por qué? ¿Por qué se va a impedir que comulgue tal persona? Claro, el verbo impedir, el sustantivo discriminación son palabras que tienen una carga emocional muy fuerte y que logran que muchas personas tambaleen. Y muchas personas son también muchos sacerdotes tambaleen en su decisión. Mire este caso por ejemplo. Uno de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos es el señor Joe Biden. Joe Biden en todas partes se presenta como católico, pero todo el mundo sabe de las posiciones abortistas que él tiene. No quiere decir que el otro candidato, Donald Trump, sea mejor o peor. Eso tendrá que discernirlo cada uno. No me corresponde decirlo a mí, pero lo que estoy diciendo es completamente fidedigno. Joe Biden, por una parte se presenta como católico y por otra parte, presenta sus posturas abortistas. Porque, por supuesto, él no puede desairar a su público demócrata. Eso lo entendemos. Entonces, él llega a la Iglesia, a la Iglesia Católica y él pretende comulgar porque él tiene derecho a comulgar. ¿Te das cuenta? Nos hemos llenado de derechos, pero hay un abuso de los derechos, como si todo derecho fuera un derecho absoluto. Esa es la aclaración importante que hay que hacer aquí. Es como el niño malcriado en la casa, que nunca pide permiso, que nunca pide el favor, que nunca da gracias de nada. Y sin embargo, cree que tienen que atenderlo. Él está considerando su derecho a ser alimentado como un derecho absoluto. Entonces, la absolutización de los derechos produce abusos. Y eso sucede con la Eucaristía. Es que yo quiero comulgar. ¿Por qué me va a impedir comulgar? ¿Quién es usted para negarme comulgar? Es decir, como si dar la Eucaristía fuera un deber. Porque recibir la Eucaristía es un derecho y un derecho absoluto. Entonces, fíjate que la mentalidad de los derechos, en esa manera de pensar absoluta, causa un daño terrible. Y el que no me crea, el que no me crea, yo solo espero que no tenga la situación que he visto en tantos hogares de los niños desagradecidos. Porque en el momento en el que tu hijo o tu hija empieza a tratarte así, entonces tú dices; entonces no tengo un hijo, entonces tengo un patrón y este patrón; me da órdenes a mí, y yo soy su siervo y eso no se siente rico, eso no se siente suave. Entonces, hay un abuso de los derechos. Y el problema está en que esa mentalidad de los derechos absolutos, que es la misma mentalidad del abuso de los derechos, esa mentalidad se va metiendo, en todas partes. Entonces, por ejemplo, con respecto a la Iglesia, ¿Por qué la Iglesia prohíbe a la mujer, discrimina a la mujer que sea sacerdotisa? ¿Por qué? Y la cosa es tan fuerte que ya hay muchos obispos, un número considerable de obispos, por ejemplo en Alemania, que están realmente ya sometidos, o sea, ya los doblegaron, ya están subyugados a la mentalidad y ya ellos creen que ese es un derecho. Pero es que con la palabra derecho se quiere hacer magia. Entonces está el derecho de la mujer a abortar, está el derecho de ser ordenada sacerdotisa. Está el derecho de que yo comulgue. -Si yo me presento, si yo hago la fila en la comunión, tienen que darme la comunión y me la tienen que dar.- La comunión no es un derecho, no es un derecho absoluto. ¿Puede decirse que la comunión es un derecho? Sí se puede decir. Efectivamente, si eres un fiel católico, una de las características de tu pertenencia a la Iglesia es el derecho a comulgar. Claro que sí. Pues dentro de las circunstancias que se pueden. Está el derecho a comulgar perfectamente. Lo entendemos. Pero no es un derecho absoluto. Se presentó el señor Joe Biden a una Iglesia católica. Eso fue noticia hace unos meses y el sacerdote le negó. ¡Bien por ese sacerdote! Le negó ¡No! la Eucaristía, no es un derecho absoluto. Recibir la Eucaristía, no es simplemente que usted se pare al frente mío. Yo tengo que darle la comunión. No, señor. No significa que cualquier sacerdote, por cualquier capricho, pueda negarlo. Pero es que Joe Biden es una figura absolutamente pública, y es una persona que tiene planes específicos de aumentar la penetración y subsidios para el aborto en Estados Unidos. Y más allá de las fronteras de Estados Unidos. Eso está clarísimo. Entonces, Pues hay que proceder. ¿Es el aborto el único crimen por el cual debe excluirse a una persona de recibir la comunión? No es el único, no es el único. Hay muchos otros. Por ejemplo, una persona que ha apostatado de la fe, ha apostatado públicamente de la fe. Y esa persona, después de hacer todo escándalo por haber renunciado a su fe, se presenta al otro día en una iglesia católica y yo vengo aquí a comulgar. Tiene todo el derecho del mundo. El sacerdote, ante el hecho público, tiene todo el derecho del mundo de decirle, un momento señor, vamos a ver cómo es esto de su comunión. Entonces, ¿Qué es lo que hemos hecho hasta ahora en esta reflexión? Primero, dimos una explicación del comportamiento de Cristo según las circunstancias de la época. Cristo no quiere ser tratado como un curandero. Quiere elevar y purificar la fe de esa mujer. El milagro gracias a Dios que fue en realidad un exorcismo. Eso se cumplió. Gracias a Dios. Muy bien. Esa fue la primera parte. Segunda parte. Hemos hecho toda una catequesis sobre el peligro del abuso de los derechos y hemos explicado que el abuso de los derechos se presenta en muchos campos en la Iglesia, en la sociedad, en la familia y el abuso de los derechos sucede porque los derechos se consideran absolutos. Ahora solo nos falta una pequeña tercera parte en esta homilía, que es relacionar la primera parte y la segunda parte. Pero yo creo que ya sabes para dónde vamos. Si nos preguntamos qué es lo que nos produce extrañeza en el comportamiento de Cristo, seguramente vamos a llegar a una conclusión. Lo que nos produce extrañeza en su comportamiento es que, de algún modo, inconscientemente, nosotros tenemos ya la idea de que es un derecho de la mujer ser curada y por consiguiente era un deber de Cristo curarla. Pero resulta que tanto la primera lectura de hoy del profeta Isaías, como sobre todo el texto mismo del Evangelio, nos muestran, que ser curado no es ningún derecho. Ser curado por Cristo no es ningún derecho, es un regalo. Porque lo más grave desde el punto de vista humano, puramente humano, lo más grave del abuso de derechos, es que implanta de una manera nueva la injusticia, como el famoso caso del niño que nunca pide favores y nunca da gracias de nada. Eso implanta una injusticia porque pone al papá a que sea una especie de semi esclavo de él. Bueno, esa es una parte. Pero, desde el punto de vista de nuestra fe, el abuso de derechos produce un daño que no es menor. Y ese daño es la insensibilidad frente al regalo. Efectivamente, si Cristo está obligado, obligado a curarme, entonces no es un regalo de su amor la curación. Precisamente lo más bello, lo grandioso de las palabras de esta mujer sirofenicia cuando le habla a Cristo, es que ella toma conciencia en ese momento de que es un regalo, como las migajas que caen de la mesa de los amos. El perrito no tiene la certeza de que va a llegar o no va a llegar esa migaja. Pero si caen esas migajas de la mesa de los amos, cada migaja es un regalo. Entonces no convirtamos nuestros pecados, nuestras enfermedades, nuestros errores, nuestras necesidades, no las convirtamos en una especie de derechos nuestros. Para después, entonces, pensar que es obligación de Cristo solucionar nuestros problemas. Un poco repitiendo en el plano de la fe. Lo de los niños malcriados, no, es regalo. Cada curación es un regalo. Este es uno de los pensamientos que más cautivaba la mente de aquel católico tan brillante. Este genio de muchas cosas. Genio también de las matemáticas. Blas Pascal. El lema de Blas Pascal en su vida es Dios no me debe nada. Y eso puede sonar raro. Que Dios no te deba nada puede sonar a que entonces Dios se va a desentender de ti, que Dios se va a desentender de ti. No, lo grandioso es que Dios no te debe nada y todo te lo regala. Ahora, no seas tú el niño malcriado que exige y que cree que tienen que darle la comunión y que cree que tienen que causarlo y que cree que si yo quiero decir misa, pues la digo porque nadie me puede impedir decir mi misa. No, señor, es un regalo. Yo cargo siempre conmigo también en estos tiempos de pandemia, como por no perder la costumbre, yo cargo un documento. Vamos a ver si lo puedo sacar aquí fácilmente. Yo cargo un documento. Aquí lo tengo. Este documento es lo que se llama la licencia. Aquí dice Arquidiócesis de Bogotá, Facultades Ministeriales. Mira cómo dice: -El Arzobispo de Bogotá hace constar que el presbítero puede celebrar lícitamente la Eucaristía. Le concede facultad para predicar y para oír confesiones.- Esto es lo que se llama la licencia, la licencia que tenemos nosotros los sacerdotes. ¿Qué está indicando esta licencia? Tú sabes lo que significa licencia. Licencia es el permiso. Entonces yo como sacerdote, no tengo un derecho absoluto. Derecho absoluto de predicar y de confesar. Y yo veré que hago con mi sacerdocio. Como si el sacerdocio fuera una cosa que yo utilizo. Por eso me duele tanto la noticia que tuvimos en Colombia no hace mucho de un sacerdote católico que dice -Dejo la iglesia de Roma por unos problemas y unas decepciones que tuvo, según él, con unos obispos y sacerdotes. Dejo la Iglesia de Roma, pero sigo celebrando misa, claro, y sigo recogiendo dinero. Y sigo predicando y sigo haciendo lo mío- Cómo quién dice ¿Qué idea de sacerdocio tiene esa persona? Es decir, el sacerdocio para él es una cosa, una cosa que es de él, mío, mío, mío, sacerdocio mío. Yo veré qué hago con mi sacerdocio. ¡No! El lenguaje de la Iglesia es el lenguaje de la sirofenicia, es el lenguaje de la humildad. Es la iglesia la que me da permiso. Eso es lo que significa licencia. Eso es lo que significa. Te doy facultad. El obispo de Bogotá le da facultad a los presbíteros que servimos en este lugar, incluyéndome. Te doy permiso. Yo obro por permiso. No, yo no soy dueño. No soy dueño del sacerdocio. Yo obro con permiso. Entonces nuestra mentalidad imbuida de los abusos de derechos y de los derechos absolutos, que es un lenguaje que ha utilizado especialmente la izquierda política para sus propios intereses. Nuestro mundo influido con todos esos, con toda esa mentalidad de los derechos absolutos. Pues ahora resulta que mira a Cristo, y Cristo tiene obligación y la Iglesia tiene obligación y el Papa tiene obligación y el otro, y todos tienen obligación y todos que me sirvan a mí. Esa no es la Iglesia, esa no es la vida humana. Todo derecho tiene unas condiciones, tiene unos límites, tiene unas contraprestaciones y eso no se predica mucho. Y la falta de predicación y la falta de educación en los deberes y en las contraprestaciones de los derechos, La falta de predicación sobre eso nos está haciendo mucho daño. Y ahí termino. ¿No será eso precisamente lo que hace que nosotros nos extrañemos de que Cristo, entre comillas, no cumpla su deber; no cumple su deber de curarlo? A ver, usted es el que cura, cúrela. Usted es el que cura. Hágale. No, ese no es Cristo. Todo lo que Él nos da, todo lo que nosotros recibimos, incluyendo en mi caso, el don del sacerdocio, son migajas de amor que caen de la mesa del Reino. Son regalos. No perdamos jamás la dimensión de regalo. Si tienes alguien que te ama y que se ocupa de ti, es un regalo. No lo maltrates. Y sobre todo, no trates a Cristo como si Él tuviera obligaciones, Él lo que tiene no son obligaciones contigo. Dios no te debe nada. Lo que tiene es amor, y si tú lo tratas a él como si fuera una obligación, te vuelves ciego a su amor. Señor, abre nuestro corazón. Señor, abre nuestra mente para que seamos sensibles a los regalos de tu amor y a los regalos que tantas personas nos dan. Amén.

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