Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo es mucho más que un hacedor de milagros. El instante del milagro dará o no fruto dependiendo de dos cosas: en qué Dios crees antes y a qué Dios quieres servir después.

Homilía ao20005a, predicada en 20110814, con 17 min. y 16 seg.

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Transcripción:

Este evangelio mis queridos hermanos, es muy importante para que aprendamos que Jesús no es un curandero. ¡Jesús no es un curandero! Jesús cura, pero no es un curandero. Jesús define su propia misión en este momento de su vida pública de la siguiente manera: "He sido enviado a las ovejas de Israel". ¿Qué quiere decir eso? Que Jesús es la culminación de un proceso. Es la culminación de un camino. Jesús no es simplemente un hacedor de milagros. Jesús no es simplemente un curandero. Es la culminación de un camino. Los milagros de Jesús tienen sentido como parte de una misión más amplia. No son un fin, son un medio. Son el medio de mostrar al Dios fiel que cumple las promesas a su pueblo.

Los milagros son muy importantes y los que han conocido la experiencia de los Domingos de Milagros seguramente van a decir Claro que son importantes, Padre. Los milagros son importantes, las maravillas son importantes, las curaciones son importantes, pero no son importantes como un fin, sino como un medio. Y qué es, ¿Cuál es la diferencia entre un fin y un medio? Que un fin, es donde tú ya llegaste. En cambio, el medio es apenas parte del camino. Hay personas que miran los milagros y los miran como un fin. Yo quiero curarme, quiero curarme, quiero curarme. Me curé ¡Ya! Solucionado mi problema. Para Jesús, en cambio, es importante la curación, pero es importante lo que está antes de la curación y lo que viene después de la curación.

Lo que debe estar antes de la curación es que tú descubras cuál es el Dios en el que crees. Y lo que está después de la curación es que tú descubras cuál es el Dios al que vas a servir. Si una persona asiste a un Domingo de Milagros y se cura. Tenía un problema de artritis, un dolor continuo en la mano, ya se le curó la mano, ya no le duele nada y la persona dice. . . -Bueno, ahora ya con este puño, con este puño, ya sé lo que voy a hacer.- Por algo se dice puñetazo. Dios te cura, Dios sana. Pero la sanación y la curación son parte de un camino, de un proceso. Y ese proceso, ese proceso, tiene un antes y un después. Y a Jesús le interesa todo.

¿Cuál es el Dios en el que tú crees? Porque hay gente a la que no le interesa eso. La gente que va donde los brujos no le interesa quien lo cure y no se da cuenta que quizás está logrando algo para su cuerpo a precio de perder su alma. Y ¿De qué le vale a uno ganar el mundo entero, si pierde su alma? Entonces a Jesús le interesa lo que está antes de la curación. ¿En cual Dios crees tú? Tú, que estás buscando el milagro, tú que necesitas esa curación ¿En cuál Dios crees tú? Eso le interesa mucho a Cristo. Y segundo, ¿Qué vas a hacer después de que te cures? Eso es lo segundo que le interesa a Cristo. ¿Quieres que Dios te cure tu mano para poder dar puñetazos? ¿Quieres que Dios te cure los ojos para andar mirando lo que no conviene? ¿Quieres que Dios te cure los oídos para no perderte los chismes del barrio? ¿Quieres que Dios te cure la lengua para poder gritarle insultos más fuerte a tu marido o a tu esposa? ¿Para qué quieres curarte? ¿A cuál Dios vas a servir? Esa es la pregunta.

Por eso la curación es un punto muy bello. Pero es un punto. Hay una línea que lleva a ese punto y hay una línea que sale de ese punto. La línea que lleva a ese punto es, ¿Cuál es el Dios en el que tú crees? Y la línea que sale de ese punto es, ¿Cuál es el Dios al que vas a servir? Así entendemos por qué Jesús parece tan resistente a hacer este milagro. Jesús se encontraba de viaje, estaba en el exterior. Estaba en el exterior porque la tierra de Jesús llegaba hasta Galilea. Al sur queda Samaría y más al sur queda Judea. La tierra de Jesús es Galilea, pero al norte de Jesús, al norte de la tierra de Jesús, ¿Qué quedaba? Quedaba la tierra de los fenicios y de los sirios, descendientes de los antiguos asirios, cuya capital era Nínive.

Nínive prácticamente desapareció, pero en cambio, en tierra de los fenicios había dos ciudades que eran muy activas en tiempo de Cristo. Esas dos ciudades se llamaban Tiro y Sidón. Entonces Jesús estaba en el exterior. Es un pasaje un poco extraño. Uno se pregunta ¿Qué estaba haciendo Cristo allá? No lo sabemos porque Él mismo dice que su tarea era primero con las ovejas descarriadas de Israel. ¿Por qué le interesaban esas ovejas? Porque esas son las que tienen el hilo que lleva hasta ese punto. Es decir, son los que tienen el Dios verdadero, son los que creen en el Dios por quien se vive. Pero Jesús estaba allá y llega esta mujer.

¿Quién es Jesús para esa mujer? Es un curandero. Seguramente ella ya había llevado su niña a mucha gente, como pasa también en nuestra época, que hay gente que tiene el niño enfermo, que tiene una enfermedad grave ellos mismos y empiezan a pasear de médico en médico y de curandero en curandero y de brujo en brujo. A ver por dónde, algo tendrá que salir. ¿Y si nada funciona? Bueno, lo llevaré al Domingo de Milagros, a ver si ahí sí. Entonces tratamos a Dios como si fuera otro, otro entre muchos dioses, y tratamos a Cristo como si fuera otro curandero entre muchos curanderos. Y ese es el trato que Jesús no quiere. Él no quiere que lo traten así.

Él quiere saber cuál es el Dios en el que tú crees y por eso le habla a esta mujer y le dice: "Lo mío es con Israel". Y esta mujer dice, "Pero es que de la mesa caen migajas". Ella se reconoció de esa manera, miembro también de ese pueblo. Ella estaba diciendo, " . . .es que ese es el Dios del que yo quiero recibir. . . Ella estaba diciendo . . .ese es el Dios en el que yo también quiero creer". Y cuando ella hizo ese acto de humildad y de fe. El milagro sucedió. Jesús primero la felicitó y la elogió. ¡Qué grande es tu fe! Y luego le dijo, Tu fe ha curado a la niña. Esta traducción dice: "Que se cumpla lo que deseas" que se cumpla lo que deseas. ¿Qué enseñanza queda para nosotros? La enseñanza es muy clara. ¿Cuál es el Dios en el que tú crees? ¿Tú estás buscando los milagros de Dios; o al Dios que hace los milagros?

Porque hay gente que solo busca los milagros de Dios, pero luego siguen llevando su vida como se les da la gana a ellos. Entonces reciben los milagros, pero no reciben a Dios, y eso es lo que Cristo no quiere que suceda. Por eso a Cristo le interesa cuál es el hilo que lleva a ese punto. Por eso a Cristo le interesa cuál es el Dios en el que tú crees, porque ese es el Dios al que luego vas a servir. Entonces este es un día, este es un domingo para que tú le digas al Señor -Mi fe está puesta en ti, y yo no quiero solamente los milagros de Dios, yo quiero al Dios que hace milagros. Ese es el Dios al que yo quiero. Eso es lo que yo quiero.- Ahora, hay que hacerse esta pregunta: ¿Y cómo sé yo si mi fe está puesta en ese Dios que hace los milagros? O si no, será que mi corazón está amarrado a los milagros ¡Y no me importa Dios!

Mira, en el libro de Daniel está la respuesta: Iban a torturar a unos muchachos. De hecho, los iban a matar. Los iban a echar a un horno encendido, de fuego. A quemarlos vivos. El rey Nabucodonosor. Enfrenta a estos muchachos a los que considera unos desobedientes porque no le daban culto a él como Dios. Y el rey Nabucodonosor les dice ¿Y ustedes por qué? ¿Por qué desobedecen? Y loco de ira. El rey ordena que sean condenados a esa muerte tan espantosa. He aquí la respuesta que dicen los muchachos. Palabras más, palabras menos, dicen ellos: "Dios puede liberarnos de tus manos. Porque Nabucodonosor se creía el rey de toda la tierra. Él pertenecía al imperio de esa época, el imperio de turno que eran los caldeos. Estamos hablando del siglo VI, a de C.

Los caldeos eran el imperio de la época. Somos los dueños del mundo. Eso se creían ellos. Y Nabucodonosor se creía el hombre más poderoso del mundo. Y Nabucodonosor les dice: ¿Qué Dios va a librarlos a ustedes de mis manos? Porque él se cree el Dios. Y le dicen estos muchachos: Dios, el Dios verdadero, Yahvé, Dios puede liberarnos de tus manos. . . " Ahí hacen una proclamación de fe. Pero la parte más interesante es la que sigue. . . "Pero aunque Dios no nos liberara, tampoco vamos a obedecerte a ti". Amén. -Tampoco vamos a obedecerte a ti. Entonces, la fe verdadera. ¿Cuál es? La fe verdadera por supuesto que trae milagros maravillosos. Por supuesto. Y lo hemos visto muchas veces. Si tenemos los ojos bien abiertos, vemos milagros todos los días. Eso es así. Eso existe, porque Dios está vivo, porque su poder obra entre nosotros. Eso está fuera de duda.

Pero la fe verdadera va más allá de eso. Mira lo que es la fe verdadera. La fe verdadera es esto, yo tengo mi fe puesta en Dios. Yo sé que Dios puede concederme lo que yo quiera. Pero aunque Dios no me conceda lo que yo quiera, Dios sigue siendo mi Dios. Cuando uno habla así. ¿Qué es lo que está diciendo uno? Uno está diciendo me gustan los milagros. El que diga que no le gusta, está mal. Los milagros me gustan. Y recibir milagros. Ave María, decimos los colombianos. Ave María. ¿A quién no le gusta recibir milagros? Me gusta y lo necesito. Pero si me pones a escoger entre los milagros, mira la frase que voy a decir: Entre los milagros. Sin Dios y Dios sin milagros. Me quedo con Dios, sin milagros. ¿Sabes por qué es importante esa frase? Porque el demonio siempre va a tratar de decirte -Oye, yo también puedo lograr ese milagrito a través de. . . y te hace una trampa.-

Por eso nosotros tenemos que responder, como los jóvenes del libro de Daniel. Dios me puede librar de todo. Pero aunque Dios no me librara, diríamos en esta tierra, aunque Dios no me librará, Dios sigue siendo mi Dios. Dios sigue siendo mi Dios. Vamos a quedarnos con ese pensamiento. Lo repetimos simplemente tres veces: "Dios sigue siendo mi Dios. Dios sigue siendo mi Dios. Dios sigue siendo mi Dios". Pero ahora acabamos con una pequeña caricia espiritual. Y yo sigo siendo su niño o su niña. A ver, le dices eso: -Y yo sigo siendo su niño.- Eso. Claro que los hombres no dicen fuerte. Entonces solo se oyen niñas, ¿No? ¿Cómo es? -Dios sigue siendo mi Dios. Y yo sigo siendo su niño. A ver, los hombres. Saquen esa voz, hombre. Última vez. Dios sigue siendo mi Dios. Y yo sigo siendo su niño. Amén.

Amén. De pie, por favor.

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