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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús siempre quiere que lo reconozcamos con fe como Nuestro Salvador.
Homilía ao20003a, predicada en 20080817, con 18 min. y 26 seg. 
Transcripción:
En mi experiencia, queridos hermanos, este es uno de los textos del Evangelio que produce mayor extrañeza en muchas personas. Estamos acostumbrados a pensar en Jesús como un hombre lleno de compasión y misericordia, que está siempre atento a las necesidades de los demás. Y resulta que en el Evangelio de hoy hay una persona que tiene una gran necesidad, una persona que está reclamando esa ayuda y Jesús lo encontramos particularmente duro. Parece que si los discípulos no le hubieran insistido. Parece que si esta mujer no hubiera llegado al punto de volverse fatigosa, él no hubiera hecho esa obra, ese exorcismo a distancia. Y eso nos parece extraño, porque Jesús Usualmente derrama su amor con tanta abundancia, su compasión, su ternura, incluso por ejemplo, con los niños, con los leprosos, con los pecadores. Entonces nos preguntamos ¿Qué es lo que sucede en el texto de hoy? ¿Qué es lo que produce esa diferencia? O sería simplemente que Jesús había pasado mala noche, estaba de mal genio o estaba enfermo y no quería que ya lo pusieran a hacer más milagros ni le pusieran más trabajo Esa explicación parece pobre. Una primera pista para resolver esta pregunta la tenemos en la primera lectura de hoy. Ustedes saben que nuestra Iglesia es supremamente pedagógica, es maestra. La Iglesia es madre y maestra. En la primera lectura de hoy se habla de cómo los pueblos extranjeros van a venir a la casa de Dios. Por ejemplo, dice a los hijos de una tierra extranjera que se han unido al Señor para servirlo, a todos los que observen el sábado sin profanarlo, yo los conduciré hasta mi santa montaña. Esto es muy importante porque dentro del judaísmo había la idea de que como ellos son el pueblo elegido, ningún otro pueblo podía verdaderamente llegar a conocer a Dios, llegar a recibir alianza con Dios, sellar alianza con Dios. Entonces este texto de Isaías, que está en el capítulo 56, nos dice que vendrán personas de otras naciones, que no solamente los del pueblo judío podrán acercarse a Dios, sino que también otros. Y ¿Cuáles son esos otros? Pues esos otros somos nosotros. Porque creo que tal vez sin excepción, por ejemplo, los que estamos aquí hoy, nosotros no venimos de familia judía, nosotros no pertenecemos a la descendencia de Abrahán según la carne y la sangre. Entonces nosotros somos estos extranjeros de los que ya habló Isaías en el capítulo 56. O sea que la tónica general de las lecturas de hoy es, ¿Cómo van a llegar los pueblos extranjeros, los pueblos que no pertenecen a la Alianza de Moisés; cómo esos pueblos van a entrar en alianza con Dios? Y esos pueblos, ¿Cuáles son? Los incas, los aymaras, los aztecas. Y por supuesto, los celtas y los muiscas y los aborígenes de Australia, y los animistas en África, los pueblos, los pueblos, todos los demás pueblos, la inmensa mayoría de la humanidad. En realidad. Toda esa gente que somos nosotros. ¿Cómo es que nosotros llegamos a entrar en amistad con Dios y en alianza con Dios; siendo que nosotros no pertenecemos a la descendencia de Abrahán? ¿Cómo pudimos nosotros llegar? Ese es el tema del domingo de hoy. Y observemos una cosa, esta mujer, la mujer que le pide el milagro a Jesús, ¿Qué característica tiene? Vamos a ver. Jesús partió de Genesaret. Genesaret es el lago que queda en Galilea, al norte. Se retiró al país de Tiro y de Sidón. Tiro y Sidón ya eran países vecinos, aunque el concepto de país obviamente era muy difuso o no existía en esta época. Pero para que nos entendamos, Tiro y Sidón pues eran ciudades, ciudades poderosas, ciudades que pertenecían a los fenicios. No eran entonces parte del pueblo de Dios. No lo era. Y esta mujer era una mujer sirofenicia. Ella era una mujer que no sabía de Moisés, que no sabía de la Alianza, que no sabía de mandamientos, que no sabía nada de eso. Ella no conocía esa alianza. Lo que ella sí conocía era que su hija tenía un problema muy grave. Lo que ella sí conocía es que su hija estaba sufriendo mucho y lo que ella sí conocía es que necesitaba ayuda y seguramente había buscado ayuda en muchas partes. No es absurdo imaginar que esta mujer había buscado ayuda en muchos otros lugares y con muchas otras personas antes de que Jesús apareciera en su vida. Muy probablemente ella había ido a los curanderos, a los chamanes o como se llamaran en ese lugar, a los brujos, a los que invocan espíritus, a toda esa clase de personas que en el mundo antiguo y también en nuestra época, ofrecen algún tipo de curación. Entonces, en la mente de esta mujer. Y esta es la clave, en la mente de esta mujer, Jesús, ¿Quién era? Otro, Jesús, era otro brujo. Jesús era otro que tenía poderes. Ya ella había intentado con uno y con otro, y con otro Había ido a estos grandes sitios, seguramente como la ciudad de tiro. Le voy a contar otro detalle. Resulta que los fenicios fueron los grandes navegantes en la antigüedad. Los fenicios fueron, por ejemplo, los que fundaron la ciudad de Cartago, al norte de África, la ciudad que entró en guerra contra Roma, por allá en el siglo III, A de C, esas famosas guerras púnicas. Bueno, eso viene de la ciudad de Cartago y Cartago. Fue ciudad fundada por los fenicios. Pero cuando tú miras dónde está Roma? En el mapa dónde está Italia y el norte de África. Y luego te vas hasta Tierra Santa, pues calcula qué calidad de navegantes eran estos, hasta donde alcanzaron a llegar y aún más allá. Y destaco que los fenicios eran navegantes para decir que en la ciudad de Tiro, como después pasaría también en la ciudad de Corinto, toda clase de ideas, toda clase de religiones, toda clase de filosofía circulaban. Es lo propio de los puertos. En los puertos siempre llegan frescas las ideas, los cultos, las religiones, las filosofías, las distintas formas de meditación. De modo que esta mujer podemos imaginarla yendo de un brujo al otro, y de un chamán a un curandero, y del curandero a un médico espiritista. Ella había recorrido toda esa gama de posibilidades y de pronto le dicen: -Oye, que hay por ahí un judío que ha curado una cantidad de gente. . . - Ella, que no soportaba ver sufrir a su hija, es muy explicable. Una mamá que ama a su hija, pues se pone en camino y sale al encuentro de Jesús y se encuentra con Jesús y sucede la escena del Evangelio por congraciarse con Él, le da un título que es de máximo elogio. Un título bellísimo: "Hijo de David". Esa expresión significa Tú eres el Mesías. "Señor, tú eres el Mesías. Ten piedad de mí". Pero esta mujer está mirando a Jesús como un curandero. Está mirando a Jesús como un brujo. Hay gente que utiliza la religión de esa manera. La religión la miran como un poder. Un poder para salirse con la suya, un poder para aplicarlo a sus propios planes y para lograr sus propios intereses. Y esta, mis hermanos, ésta es la gran diferencia entre la fe y la magia. La fe consiste en que yo me pongo en manos de Dios. La magia consiste en que yo quiero que Dios quede en mis manos. Son dos cosas totalmente distintas. En la fe yo me entrego a Dios y le digo -Hágase tu voluntad,- como vamos a decir en el Padrenuestro en unos minutos. Esa es la fe. Yo me entrego a Dios, yo me pongo en manos de Dios. Esa es la fe. La magia, en cambio, ¿Qué es? A ver cómo le arranco los secretos a la naturaleza. A ver cómo logro que las fuerzas del cosmos operen para que yo logre lo que yo quiera. Y lo que yo quiero es salud, dinero y amor. A ver cómo consigo que las fuerzas del universo me den el hombre que yo quiero o la mujer que yo quiero. Que me den el dinero que yo quiero, el éxito que yo quiero. La magia es ante todo idolatría de la propia voluntad. Esta mujer viene del mundo de la magia y lo que ella conoce es eso, que uno tiene que caerle bien al curandero o al brujo para que el brujo le haga el favor a uno de conseguirle la salud o el dinero o el amor. Jesús no responde nada a esta mujer. Recordemos que Jesús mira mucho más de lo que suelen ver nuestros ojos. Jesús con su mirada penetra el corazón humano. Jesús se da cuenta qué hay en ese corazón de ella y se da cuenta que ese corazón en ese momento no saca nada y no adelanta nada con conseguir ese favor. Porque efectivamente toda la gente que se pone a practicar espiritismo, horóscopo, brujería y logra lo que quiere, ¿Esas personas adelantan algo? Es decir, en el camino verdadero, en el camino de Dios, en el camino hacia la vida eterna. ¿Ganan algo esas personas? Lo único que ganan es que se extravían más. Bien dice Santo Tomás de Aquino el que está fuera del camino, cuanto más corre, más se pierde. De modo que Jesús no quiere que ella lo trate como un curandero. Eso no es lo que Él quiere. No es simplemente el sufrimiento, ¡No! Los milagros de Jesús. Las curaciones de Jesús no son simplemente soluciones al sufrimiento. Sí, las curaciones de Jesús fueran soluciones al sufrimiento. Lo que Jesús tenía que haber hecho era lo siguiente: En vez de ponerse a recorrer toda esa Galilea y toda esa Judea, lo que tenía que haber hecho Jesús es pararse en una montaña y decir Ordeno y mando, que se curen los ciegos del mundo. Y se curaron todos los ciegos del mundo. Y luego decía ordeno y mando, que se curen los paralíticos del mundo y se curaban todos los paralíticos. Pero Jesús no es un milagrero. Jesús no es una fábrica de milagros. Ese no es Jesús. El propósito de los milagros de Jesús no es simplemente aliviar el sufrimiento. Eso no es ni lo primero ni lo principal. Eso no es lo básico. Lo primero y principal es que en el alivio del sufrimiento, nosotros descubramos el plan de Dios que no muere. Porque a ver, si yo tengo, por ejemplo, una infección en el riñón y le digo a Jesús, -Oh Jesús, tú que eres compasivo, cúrame.- Jesús me puede curar de ese problema en el riñón, pero eso significa que voy a tener salud para siempre? Pues no, porque igual si voy al médico de la esquina y me cura de mi problema del riñón, un día me voy a volver a enfermar de otra cosa. Todos nos volveremos a enfermar y todos nos vamos a morir. El objetivo de los milagros no es, en primer lugar el sufrimiento, sino en primer lugar, expresar un amor que no muere. Eso es lo que Jesús quiere con sus milagros. Eso es lo que Jesús quiere con sus exorcismos. Eso es lo que Jesús quiere con sus curaciones. Que nosotros descubramos ese plan de Dios que no muere y que entremos en alianza con Él. Una alianza que no se acaba. Eso es lo que Jesús quiere. Entonces Jesús sigue caminando y la mujer se da cuenta de que este curandero no es tan fácil de convencer y sigue diciendo que la ayude y que la ayude. Jesús dice esto: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Y la mujer hace un acto que es a la vez de profunda humildad y de profunda fe, de profunda humildad. Porque Jesús le dice: -Mira, el pan de los hijos no es para los perritos, para los cachorros.- La palabra perro no era tan despectiva en esa época como es para nosotros. Casi que la palabra perro equivale aquí a mascota o como traducen aquí en el leccionario argentino. Cachorro no es una palabra despectiva, no es un insulto que Jesús le está diciendo a ella. Es como si Jesús dijera una cosa es la comida de la familia y otra cosa es la comida de las mascotas. Algo así, pero aún más leve que eso, seguramente. Y esta mujer hace un acto de humildad. Ella dice: -Bueno, pues si nosotros somos los cachorros, pues cuando cae algo de la mesa uno también come.- Ese es un acto de humildad. Pero es sobre todo un acto de fe, porque es reconocer que el mismo pan de Israel es el pan que yo necesito. El mismo pan de la alianza con Moisés. Ese es el mismo pan que yo necesito. Y cuando ella dice esa palabra en donde se unen la fe y la humildad, entonces Jesús le concede el milagro. Pero fíjate la palabra que le dice Jesús no le dice simplemente ya se curó tu hija como deshaciéndose de ella. Jesús nunca deja de ser maestro. Mira la frase que le dice: "Qué grande es tu fe". -¡Qué grande es tu fe! Es decir, es una catequesis en seis palabras o menos. ¡Qué grande es tu fe! En cinco palabras. Es una catequesis, es decirle mira, cuando pusiste tu confianza en el Dios de Israel, cuando descubriste que las promesas de Israel son para ti, ahí recibiste lo que querías. ¿Te das cuenta de eso? Esa es la catequesis que le está dando Jesús. Lo que a ti te cura no es lo que tú le pagues al curandero, lo que tú le pagues al brujo. Lo que tú le pagues al de la astrología, el tarot, las cartas o lo que sea. Lo que a ti te cura, lo que verdaderamente te cura, lo que verdaderamente cambia tu vida, es que tú aceptes al Dios de Israel como lo acabas de hacer, mujer. Eso es lo que te ha curado. Que nunca se te olvide eso. Esa es la enseñanza. Esa es la preciosa catequesis que le da Jesús a esta mujer. Y es la misma catequesis que nosotros recibimos hoy, que lo que a nosotros nos trae la salud, es ese Dios el Dios de la Alianza. Porque de la mesa, del Dios de la Alianza nosotros hemos recibido el pan de los hijos, a pesar de que no pertenecíamos al pueblo de Abrahán. Bueno, entonces, ¿Cómo es la enseñanza de hoy? ¿Cómo la resumimos? Primero, que Jesús no es un curandero, no es una fábrica de milagros. Segundo, que los milagros no son simplemente alivio al sufrimiento, sino que son señales de la alianza nueva con Dios. Y tercero, que a esos milagros se llega por virtud de la fe. Es decir, cuando uno se reconoce miembro del mismo pueblo de Abraham y reconoce que el Dios de Abraham es el Dios que puede salvarlo a uno. Porque la fe es lo contrario de la magia. Mientras que en la magia yo quiero tener el poder de Dios en mis manos, en la fe, soy yo mismo el que me entrego al poder de las manos de Dios.

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