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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús ve más.
Homilía ao20001a, predicada en 19960818, con 16 min. y 35 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, los santos Evangelios nos han acostumbrado a la figura de Jesús lleno de bondad, de mansedumbre, de compasión, de paciencia, de generosidad. Este evangelio parece contradecir algunos o todos esos adjetivos. Podemos considerar bueno y bondadoso, manso y generoso a este Cristo que tanto tarda en atender la súplica de la mujer que le suplica, y que luego la atiende cómo tan duramente. Es ese el mismo Jesús que en otras oportunidades ha llegado a decir: -Se me conmueven las entrañas por este pueblo.- Es ese mismo Jesús que multiplica los panes. En el Aleluya se leyó este versículo, hoy: "Jesús proclamaba la buena noticia del Reino de Dios y curaba toda clase de enfermedades en el pueblo". Si había venido a curar, a sanar, a aliviar, ¿Por qué esa indiferencia ante un dolor tan manifiesto? Si podía hacerlo, ¿Por qué no lo hizo desde el principio? ¿Por qué dejó que ella rogara tanto; que se humillara tanto? ¿Por qué tuvo ella que arrancar ese milagro casi como de mala gana a Cristo? Estas preguntas o semejantes se las han hecho muchos cristianos. Porque ciertamente este Evangelio como que contradice la imagen más conocida, la faceta más amable de Cristo Jesús. Bien, aceptemos entonces que hay que dar una respuesta. Y yo vuelvo a la frase que leímos en el Aleluya. "Jesús curaba toda clase de enfermedades en el pueblo," toda clase de enfermedades. Yo no quiero simplemente dar una respuesta a las preguntas que he planteado hace un momento. Y por eso, permitidme, hermanos, que recuerde aquel otro pasaje del Evangelio. Me refiero a ese momento en el que Jesús está rodeado de gente y traen un paralítico. Pero hay tanta multitud que tienen que abrir un hueco en el techo y descolgar al paralítico frente a Jesús. Cuando va bajando la camilla delante de él y finalmente queda el enfermo frente a Jesús. Jesús dice una palabra desconcertante, quizá no menos desconcertante, que la actitud que nos presenta el Evangelio de hoy. Jesús le dice a este hombre paralítico y postrado: "Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados". Y uno que está viendo la parálisis de ese hombre, de pronto podría pensar: -Pero hombre, ¿Qué importa que pecados o que no pecados? ¿No ves que es un paralítico? Un paralítico, y se pone a perdonarle los pecados a un paralítico. Si así le hablara alguien a Jesús, Jesús le respondería: -Es que la primera parálisis que tiene este hombre es la parálisis de un corazón que no puede creer. Es la parálisis de un corazón que ya no sabe esperar. Es la parálisis de un alma que ya no alcanza a amar.- Y así como cuando llega un paciente gravemente herido por un accidente, llega a urgencias al hospital, los médicos se concentran primero en lo más grave. Supongamos una persona que, por ejemplo, tenía una gripa muy fuerte, lo atropella un camión ahí. Y está echando sangre por los cuatro costados. Ustedes ¿Qué pensarían de que llega este hombre chorreando sangre a urgencias? Y un médico dice, a ver démosle un Dristán para la gripa, porque esa gripa lo tiene vaciado. Nosotros le diríamos médico inepto, este señor se está muriendo de primero cúrele el desangre. Primero logremos sanar la conmoción y el shock nervioso, el paro cardíaco y luego veremos si tenía o no tenía gripa. Pues así obró Cristo también con el paralítico aquel. Cuando le presentan el paralítico, los demás que no eran ni médicos ni enfermeros, sino malos teguas y esos somos nosotros. Trataban de curar lo que más se veía su parálisis física. Jesús ve más. Tal vez esa es la primera enseñanza grande de este domingo. En una época en esta parroquia, yo veía que utilizaban carteles, carteles grandes con la respuesta del salmo, con otras cosas. Si yo tuviera que hacer un cartel para motivar a cada uno de ustedes a este Evangelio, yo haría un cartel gigantesco, bueno, que no alcance a tapar a la Virgen de Chiquinquirá, pero un cartel bien grandote que dijera que -Jesús ve más y sí sabe dónde están los problemas.- Por consiguiente, lo que hizo Jesús con ese paralítico fue ir allí donde estaba más grave la enfermedad, así nadie viera. Y lo que hace Jesús con esta mujer es ir allí donde es más grave la enfermedad. Así nosotros no lo entendamos en el primer momento, porque el versículo del Aleluya dice: "Jesús curaba toda clase de enfermedades", no simplemente las enfermedades que nosotros alcanzamos a ver, curaba toda clase de enfermedades. Con ese presupuesto seguramente podremos entender mejor y sobre todo agradecer el Evangelio de hoy. Esta mujer, ¿Quién era? Una cananea, cananea, significa de Canaán. Ese era el nombre que tenía la tierra de Jesús antes de que llegaran los israelitas. Después de volver de Egipto. Una cananea. Por definición, los cananeos eran idólatras. Y si hay una tierra donde haya abundado la brujería es Canaán. Por consiguiente, esta mujer, cuando se acerca a Jesús, está atravesada de dolor por el problema de la hija. Pero ¿Cuál es la imagen de Jesús que ella tiene? ¿Qué es lo que ella busca en Jesús? Ella mira a Jesús como un hombre que tiene poderes extraordinarios. Ella busca a Jesús como buscaría a un brujo. Busca a alguien que tiene poder. Desde luego que tenía un problema gravísimo, una hija muy enferma y eso lo podía ver todo el mundo. Pero el estado de fe de esa mujer no lo podía ver todo el mundo, porque sólo Jesús ve más. Sólo Jesús sabía el estado de su corazón. La actitud de Jesucristo, su no responderle, aplazar la respuesta y luego hablarle de los niños y los perros, ese lenguaje aparentemente duro y cortante, ¿Qué está haciendo? Que ella no busque a Cristo como a un brujo. Mira la palabra que le dice Jesús: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Esta mujer no pertenecía al pueblo de Israel. Era una idólatra y buscaba a Jesús como un brujo. Jesús le habla de tal manera que ella entienda que más allá del problema del demonio que tiene la hija, ella misma no ha hecho sino servir al demonio con sus brujerías. Porque hay que saber que toda idolatría y superstición así se venda en la puerta de esta Iglesia o al frente, pasando la trece. Toda idolatría termina siendo un servicio al demonio. De manera que esta señora venía muy afanada porque veía muy grave la situación de endemoniada de su hija y Jesús veía la cosa más grave. Tu hija estará poseída por el demonio, pero tú no tienes ni los rudimentos, ni el principio, ni la raíz de la fe que te pueden salvar. Y mientras Jesús le hablaba así con dureza, exteriormente, con la gracia de su Espíritu, interiormente la movía. Porque esta cualidad tiene la Palabra de Dios, tiene esa capacidad de golpear nuestros oídos y al mismo tiempo quebrantar nuestro corazón. Y por eso usted sabe que cuando yo hablo de idolatrías y de las tiendas que están al otro lado de la trece de esta iglesia, usted fíjese que el corazón se le acelera, porque probablemente usted, lo mismo que esta mujer ha estado buscando a Jesús como a un brujo. Entonces usted ha de saber que el que busca a Cristo Jesús como a un brujo, el que entra donde el indio amazónico, donde María Lionza, donde el negro Felipe, donde la mano milagrosa. El que entra a esos locales que tienen imágenes de la Virgen y al lado tienen imágenes repugnantes de poderes oscuros. Usted tiene que saber que si usted se acerca a esos lugares y le ha puesto su fe a esas aguas de colores, usted lo único que necesita es una respuesta dura y cortante como esta de Cristo. Usted necesita escuchar en esta tarde la frase del Señor: -Yo he sido enviado solamente para las ovejas perdidas de la casa de Israel.- Perdidas, sí, pero ovejas. Y por eso este es el día para preguntarnos no solamente si hemos llevado una vida perdida, sino sobre todo si somos o no somos ovejas del rebaño de Cristo. De manera que Cristo le habla a esta mujer provocándola a la fe, llamándola a la fe. Y lo logró porque Cristo cura toda clase de enfermedad. Lo logró. ¿Cómo lo logró? No está bien tirar el pan de los niños a los perros. Si esa palabra te parece dura. Ve y mira cómo están los santuarios idólatras. Mira cuánta gente tira su fe por buscar un cuarzo. Mira cuánta gente puede mezclar un rosario con un agua de colorines o con unas oraciones raras a Gregorio Hernández para que le hagan una operación. Pues hay que saber que quien hace ese tipo de revueltos debe escuchar que ha abdicado, que ha renunciado a la mesa de los hijos y que ha vuelto a la mesa de los perros. Le dice Cristo semejante frase y con esa frase le estaba moviendo el corazón hacia la fe, porque la respuesta de ella es inspirada por Dios: "Así es Señor. Pero los perros también comen de las migajas que caen de la mesa de los niños" las migajas. Esta mujer descubre efectivamente su propia condición de alejada de Dios. Descubre que ha sido idólatra, pero descubre que hay una clase de pan que también con el perrito. Es decir, que todavía queda algo en común entre el niño que se sienta a la mesa y el perrito que ronda esa mesa. Y así lo que logró Cristo con su actitud, con su aparente dureza y con este diálogo tan cortado, lo que logró Cristo fue que esta mujer empezará a creer y comiera del mismo pan de los hijos y dejara de comer del pan de los perros. Le respondió Jesús: "Mujer, ¡Qué grande es tu fe! " ¡Qué grande es tu fe! Ahora es grande tu fe porque ahora si comes el pan de los hijos, lo recibes como migaja. Pero es el mismo pan, lo mismo que Dios ha prometido a Israel hoy te lo promete a ti. Porque hay que saber que en esa cananea estamos representados todos nosotros, los pueblos, que no somos judíos por nacimiento, sino que hemos sido injertados en el árbol del judaísmo. Mujer, ¡Qué grande es tu fe! Así, esta mujer venía pidiendo un milagro la sanación de su hija. Y Cristo le concedió dos milagros: La sanación de la niña como ella quería, pero sobre todo la sanación del corazón y la capacidad de creer en Jesús. No buscando en Él simplemente un poder. No simplemente un brujo, logrando que esta mujer no buscara algo, sino que encontrara a alguien, a un Dios que la ama, que se preocupa por ella, que la salva. Ven hoy, Señor Jesucristo, ven a tu pueblo católico que está amenazado por tantas idolatrías. Ven, Señor, te pido con lo mejor de mi alma que tú inspiras. Ven y enséñanos a comer el pan de los hijos. Así hayamos llevado vida de perritos. Ven, Señor Jesucristo, y restaura la fe en esta cananea que es la Iglesia nacida de la gentilidad. Ven, Cristo Jesús, y enséñanos a creer con fe viva, con fe fuerte, con fe firme en ti, el único Salvador. Amén.

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