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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La fuerza de un corazón unificado por la fe.
Homilía ao19010a, predicada en 20170813, con 31 min. y 18 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, es propio del pecado crear división. Y es propio del amor crear unidad. El pecado crea división entre las personas, pero también causa división adentro de la persona. Esa división adentro de la persona se nota, especialmente cuando uno quiere algo que no debe. Es como estar roto por dentro. Por ejemplo, la persona que quiere apropiarse de algo que no le pertenece. Por una parte tiene un deseo. Por otra parte, tiene conciencia de que es un deseo malo. Está dividido interiormente. El pecado, entonces, crea división. Y esto de varias maneras. Podríamos mencionar otras maneras. Por ejemplo, cómo el pecado causa división entre el bien de la naturaleza y el bien del ser humano. La humanidad en pecado termina destruyendo a la naturaleza. Algo que nos ha recordado el Papa Francisco en su encíclica -Laudato Si.- Hay una división entre la naturaleza y el hombre. Y así podríamos mencionar otros Ejemplos. Pero el tema principal de hoy no es exactamente ese. Y yo quiero volver más bien a esa división interior que causa el pecado. Esa división se nota también cuando uno se enfrenta a situaciones extremas. Hay muchos lugares del mundo donde se hacen peregrinaciones multitudinarias y a veces pasa que hay una señal de peligro, por ejemplo, un fuego. Y ante el pánico que causa el fuego, la gente sale a correr. Dios nos libre. Y en medio de su carrera alguien se resbala y cae. Y los demás que en condiciones normales respetarían a ese que se ha caído y le ayudarían a levantarse, llevados por el pánico no lo ayudan, sino que caminan encima de la persona. De este modo han muerto muchos también en este año. Se llama una estampida; en una estampida la gente muerta de pánico, sale a correr y se pisan unos a otros. No hay espacio para la compasión, no hay espacio para la reflexión. Luego sale el saldo del desastre. Quince muertos, cuarenta muertos, muchísimos heridos. De modo que ante las situaciones trágicas, adversas, inesperadas; fácilmente uno actúa de una manera egoísta, irracional, salvaje, en contradicción con los propios principios. Cuando se estaba hundiendo ese barco tan famoso, el Titanic, se aplicó una regla que se suele aplicar en esos casos darle prioridad a las mujeres y a los niños. Pero se dio el caso de algunos varones, que se disfrazaron de mujer para subirse a los botes salvavidas. Llevados por el momento de miedo, a la vista de una situación trágica, le quitaron el lugar a niños y a mujeres. Se quedaron con esos sitios disfrazados ellos de mujer y así salvaron su vida. Pero muchas veces para quedar después con una sensación de culpa que nunca les abandonó. No tanto por el hecho de haberse disfrazado de mujer, que ya podría ser; sino sobre todo de pensar, le quité la posibilidad de salvación a un niño, o a unos niños, o a una mamá. Es decir, que el miedo hace que uno se rompa por dentro y uno empiece a obrar de una manera irreflexiva, instintiva, muchas veces cruel. No pasa siempre, pero sí sucede. Y aquí conectamos en un primer momento con el Evangelio de hoy. Observemos lo que le sucede al apóstol Pedro, en el momento en el que entra el miedo, sale la fe. Si le abres la puerta al miedo, expulsaste de tu casa la fe, porque el miedo desarticula la unidad que Dios quiere de nosotros. El miedo nos divide interiormente y hace imposible esa unidad que es la que Dios quiere a través de la inteligencia y a través de la fe. Ahí hay una primera conexión entre esta reflexión y las lecturas de hoy. Pero resulta que la primera lectura, que fue tomada del primer libro de los Reyes en el capítulo 19, nos cuenta una experiencia mística que tuvo el profeta Elías. El profeta Elías se encuentra con tres fenómenos de los que producen pánico, un viento huracanado que es algo enloquecedor, no piense usted en un ventarrón, simplemente, piense en un ciclón, piense en un tornado, piense en un huracán. Luego otra experiencia muy fuerte, un terremoto. El terremoto que enloquece a la gente no solamente por el movimiento, sino por el crujir de la masa terráquea, es algo que no se olvida. Quien ha estado en un terremoto serio, lo que más recuerda es el ruido, no el movimiento, el ruido. Es algo que causa pánico. El fuego ya lo hemos mencionado en el ejemplo de la estampida. El fuego también causa pánico. Entonces lo que vivió Elías es que en esas experiencias, impresionantes, avasalladoras, como es el huracán, el terremoto, el incendio. En esas experiencias que son impresionantes pero que en el fondo te dividen interiormente o revelan la división que llevas por dentro si soy más preciso. En esas experiencias bárbaras, la persona queda paralizada, desarticulada, fragmentada, rota por dentro. Y lo que nos muestra la experiencia del apóstol San Pedro es que cuando uno está roto por dentro, cuando uno está fragmentado, cuando uno está muerto de pánico, es imposible la fe. Entonces ya llevamos un segundo punto, que es esa conexión entre el Evangelio y la primera lectura. ¿Cuál es esa conexión? Esa conexión es el pánico, es el miedo. Lo que le sucedió a Pedro es que él estaba sobre esa superficie líquida y resulta que viene la fuerza del viento y la fuerza del viento lo desarma por dentro, lo desconecta, por dentro, lo desarticula y entonces él queda incapaz de creer y se hunde, y se hunde. Bueno, ¿Qué podemos aplicar? De esta reflexión y de estas lecturas; ¿Qué podemos aplicar para nuestra vida? Con la ayuda del Espíritu Santo, a quien no cesamos de invocar, vamos a tratar de encontrar unas dos o tres aplicaciones a nuestra vida. Primera: Algunas veces uno cree que cuanto más espectacular, extraordinario, impresionante sea, algo, más va a revelar a Dios. De hecho, a Jesús le pidieron cosas espectaculares. A ver, haga una señal en el cielo. Haga algo. Algo. Haga algo fuerte. Es decir, a veces creemos que Dios se manifiesta más cuanto más impresionante es esa manifestación y lo que nos muestra la primera lectura y lo que nos muestra el lago tranquilo del Evangelio es que no es el estilo preferido de Dios. Si recordamos todavía más, nos vamos a un pasaje del libro del Éxodo en el que Dios le dijo a Moisés: Me voy a mostrar a todo el pueblo. Diles que se purifiquen y que pasado mañana me voy a mostrar a todo el pueblo que laven sus ropas y que estén todos listos a los pies de la montaña. Y efectivamente, temprano en la mañana estaban las huestes de Israel al pie de la montaña Santa, el Horeb. Y todos reunidos, y de repente empieza a salir como un humo de toda la montaña. Toda la montaña ardía. Fue la misma montaña donde Moisés vio la zarza, solo que ahora todo el monte se volvió zarza. No era un matorral el que estaba ardiendo, era toda la montaña. Y empieza como a salir fuego y empieza a sacudirse la tierra entera y empieza un clamor. Junto con ese terremoto empieza un clamor de trompetas que nadie veía. Nadie sabía de dónde salía ese ruido. Y empieza a subir el volumen de esas trompetas. Algo así como los ejércitos del cielo que vienen a hacer de escolta al Rey de Reyes. ¡Y va subiendo el volumen! ¡¡Y va creciendo el humo!! ¡¡¡Y va temblando la tierra. Y la gente entra en pánico y dice: Moisés. Moisés!!! "Que no nos hable Dios, que no nos hable Dios. Háblanos tú. Háblanos tú". Entonces la primera enseñanza es esa. A veces uno cree que Dios interviene más cuando rompe más el orden de la naturaleza o el orden o secuencia de las cosas. Uno como que a veces le pide a Dios que rompa el orden de las cosas para saber que es Él quien está obrando. Y como decíamos en la predicación de la tarde. Efectivamente, Dios lo hace. Esos se llaman los milagros. Este pasaje se sitúa muy próximo del pasaje de la multiplicación de los panes. Y claramente, si alguien multiplica panes, está haciendo algo absolutamente espectacular. Algo absolutamente maravilloso, algo que rompe el orden de las cosas. O sea que Dios puede hacer esa clase de manifestaciones. Pero no le exijas a Dios que siempre tenga que obrar de una manera espectacular, porque a veces en lo más sencillo, en lo más discreto, en lo más humilde, está Él. Entonces, cuidado con pedir cosas espectaculares. Sobre todo por un detalle, que hay alguien a quien sí le encanta el espectáculo. Hay alguien a quien sí le encanta la ostentación, el ruido. Hay alguien a quien sí le interesa mostrarse para hacer creer a todos que es muy poderoso. Y ese alguien es el Señor de las tinieblas. Es el diablo. Por eso en los exorcismos el diablo siempre trata de hacer show, siempre trata de hacer espectáculo. Porque esa es la mentira en la que vive el demonio y en la que quiere que nosotros entremos. Es decir, a través de todo el espectáculo, las cosas extrañas que suceden en las personas posesas, sus cuerpos se mueven de maneras imposibles, tienen una fuerza que es inexplicable. Hace poco estaba leyendo el testimonio de un psiquiatra que trabaja con sacerdotes exorcistas y él decía: -Yo soy un científico y como científico soy escéptico. Pero he visto cosas que no me dejan duda del modo de obrar del demonio.- Por ejemplo, el caso de una señora bruja, así como se oye no en metáfora, bruja invocadora de espíritus. Una señora con pacto demoníaco. Posesa. ¡Dios mío! ¡Dios nos libre! Esta señora, se ponen a hacer oración sobre ella y ella empieza a hablar en lenguas, pero no oración de lenguas de la que conocemos, sino hablar en lenguas desconocidas. Por ejemplo, hacer un discurso perfecto en latín. Yo he estudiado latín muchos años y les puedo decir que no es nada fácil hacer un discurso en latín. Y esta señora no había estudiado media hora ni quince minutos de latín y hablaba perfectamente esa lengua. O sea que el demonio hace esas cosas. De hecho, la Iglesia para hacer el discernimiento, si se trata de un exorcismo, o sea, si se necesita o no exorcismo. Uno de los criterios es este tipo de ostentación que utiliza el demonio, porque el demonio tiene adicción a la ostentación y al espectáculo. El demonio trata de engrandecerse. El demonio trata de mostrarse grande. El demonio se parece a un gorila enloquecido que se golpea a su pecho como diciendo Aquí estoy yo. Ese es el demonio. Entonces la primera lección es: No nos volvamos adictos a las cosas, ni espectaculares ni extraordinarias, porque ahí puede haber engaño. Unas religiosas misioneras trabajan en el sur de mi país y una de ellas contaba una historia muy interesante, que en la escuela donde ella da clases, un día les preguntaba a los niños y niñas que estaban ahí qué oficio, qué trabajo tenían los papás de esos niños. Y cada niño iba diciendo mi papá es agricultor, mi papá es jardinero, cada uno iba diciendo. Uno de ellos dice: Mi papá trabaja de paralítico. ¿Cómo así? Sí, es que mi papá. El niño todo inocente ¿No? Los niños pequeñitos. Pues ellos dicen las cosas. Es que a mi papá acompaña un misionero que está por aquí y él va así por los pueblos. Y mi papá trabaja de paralítico. Él es el que siempre se cura. Esas son las estrategias del enemigo hacer ostentación, hacer espectáculo. Por eso la Iglesia tiene prohibido, está prohibido que los exorcismos sean filmados y mucho menos transmitidos. ¿Por qué? Porque si tú le acercas micrófonos o cámaras al demonio le estás acariciando su ego y su deseo de mostrarse y hacer ostentación. Entonces, ¡¡Lo de Dios en general!! Como ¡¡Norma general!! Lo de Dios es tan discreto. Lo de Dios es como esa brisa de la primera lectura. Lo de Dios es humilde. Tan humilde ¿Cómo qué? Tan humilde como una Hostia sobre el altar. Tan humilde como esa Hostia. Dele el aplauso a Jesús. Lo de Dios es así. Si tu miras los sacramentos, todos están marcados por el perfume delicado de la humildad de Jesús. Entre otras cosas, hay una santa Dominica llamada Catalina de Siena, que entre los muchos dones espirituales que recibió, es que su olfato estaba sellado por el Espíritu Santo y ella sentía en el olor la presencia de la gracia. ¡Qué cosa tan linda! Entonces, tú mira lo que es la absolución. El sacerdote nos da la absolución. Algo tan humilde. Un poquito de agua. Un poquito de agua sobre la cabeza del niño. Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu. Y ha cambiado para siempre la historia de ese niño. Eso es lo de Dios. Y tenemos que amar lo que es discreto y lo que es humilde, sin quitarle por otra parte, la gloria a Dios. Donde Dios quiere hacer un milagro del tamaño que Él a veces los quiere hacer. Tipo resurrección de Lázaro. Bienvenido el milagro. Pero como norma general, prefiramos el camino de la infancia espiritual que nos enseñó Santa Teresa del Niño Jesús, prefiramos el camino de la discreción que nos enseñó la Virgen María, tan discreta que después de que prestó ese gran servicio, orando para que sucediera Pentecostés, después de eso, desapareció. No vuelve a mencionarse a la Virgen en la Sagrada Escritura. ¡Qué cosa tan linda, qué discreción, qué humildad! Ese es el estilo de Dios. Y en los pasos de María Santísima hemos de aprender a avanzar. Segundo; segunda aplicación a nuestra vida. Cuidado con las divisiones. El mismo profeta Elías que hemos encontrado en la primera lectura de hoy es el que en la cima del monte Carmelo interpeló a su pueblo con las siguientes palabras: -¿Hasta cuándo estarán ustedes cojeando de ambos pies? Si Dios es Dios, sigan a Dios. Si Baal es Dios, sigan a Baal, pero dejen de estar un rato con Baal, un rato con Dios.- ¡Cuidado con la división interior! Esa es la segunda enseñanza. La primera enseñanza es, una vida discreta, humilde. Más o menos así como la de un fraile agustino. Así ha de ser la vida. Que si no lo menciono, nadie sabía que estaba ahí. Entonces esa era la primera. La discreción. La segunda. ¿Cuál es? Cuidado con la división interior. Por eso Elías le dijo al pueblo: A ver, si Yahvéh es Dios, sigan a Yahvéh. Si Baal es Dios. Sigan a Baal pero decídanse. Yo creo que necesitamos nuevos Elías, que en nuestra época nos digan eso, porque hay cristianos que están revolviendo una cosa con otra y la mezcla indiscriminada de distintos credos tiene un nombre en la Iglesia. Se llama "Sincretismo". El sincretismo es el pecado de estar revolviendo creencias distintas según me convenga. Entonces, hay un peligro en algunas zonas de este querido Caribe, la zona Caribe, hay una cantidad de revueltos muy peligrosos, de los cuales el más famoso y el más venenoso se llama Santería. La santería es eso; es decir, yo sí creo en Dios y sí menciono a los santos. Pero resulta que cuando yo estoy mencionando a Santa Bárbara, estoy pensando en una antigua divinidad africana. ¿Ah? Cuidado con el vudú. Cuidado con la brujería. Cuidado con la santería. Y eso pasa en algunas regiones del Caribe. En todo el Caribe sucede eso. Es muy peligroso eso, y la gente revuelve una cosa con otra. Los que ya no se consideran de clase social de santería, tienen otra santería que se llama -La nueva era,- que es otro revuelto, otro revuelto incomestible, pero que la gente lo consume. Entonces yo me he encontrado en mi vida, me he encontrado con personas que dicen yo soy católico, pero yo creo en la reencarnación. ¡¡¿Cómo va a decir eso por Dios?!! La resurrección y la reencarnación son absolutamente incompatibles. Porque la resurrección afirma una unidad sustancial, única, indestructible entre lo espiritual y lo material. De modo que mi alma y mi cuerpo forman una unidad sustancial y yo no puedo tener vida eterna si no es con este cuerpo renovado claro por la gloria del Padre y de su Hijo resucitado. Entonces hay católicos que están revolviendo. Y la segunda enseñanza de hoy ¿Cuál es? Cuidado con esas divisiones. Otra forma de división es la división entre la fe y la vida. Creo una cosa, pero vivo otra. La Biblia nos presenta qué clase de crímenes terminan cometiendo las personas que tienen esa clase de división. Los que cometen esa clase de división tienen por patrono a Herodes. Ustedes recuerdan que hace poco salió en las lecturas de la misa. No, creo que era de entre semana. No estoy seguro, como tengo que preparar homilías de distintos días. A veces pierdo la noción del tiempo. Pero todos conocemos el pasaje de Herodes, que admiraba por una parte a Juan Bautista, pero no le hacía caso a Juan Bautista. ¿Sí ves cómo estaba dividido? La Biblia dice: -Lo escuchaba con gusto.- Pero por otra parte, Juan le decía, "Tú no puedes estar viviendo con la esposa de tu hermano como si fuera tu esposa". Y Herodes quedaba confundido, quedaba incómodo, no sabía qué hacer, pero no le soltaba la mano a esa mujer. ¿En qué terminó esa historia? Ustedes saben, en un cumpleaños, la hija de Herodías danzó. Por eso hay que pedir que sean santas las que danzan en la liturgia, porque una danza mal hecha no acerca a Dios. Y entonces danzó esta chica y Herodes, entre la superstición que llevaba en su cabeza desde niño, la cantidad de vino que se había metido entre pecho y espalda y el ardor de la lujuria por esa chica semidesnuda. Le dice a la muchacha: "Pídeme lo que sea. . . -Aunque sea la mitad de mi reino, te lo doy,- te lo doy. . . La muchacha, que era un caso muy raro. Era una muchacha que tenía cuerpo, pero no tenía cabeza. Era una muchacha decapitada, porque se ve que tenía cuerpo, porque gustaba mucho, pero no tenía cabeza porque era incapaz de pensar. Entonces ella tomó prestada la cabeza de la mamá. -Mamá, ¿Qué hago?- La mamá dijo, -Esta es mi oportunidad.- Y mandó decapitar a Juan Bautista. O sea que fíjate que cuando uno está con división interior, tarde o temprano traiciona y tarde o temprano vende a Cristo por treinta monedas de plata o menos. Ese es otro que tenía división también. Entonces llevamos dos enseñanzas de las lecturas de hoy. Primero, preferir la discreción, la vida humilde. ¿Dios hace maravillas? ¡Sí! Pero yo preferiré la vida humilde, discreta, oculta. Dice San Pablo: "Vuestra vida está oculta con Cristo en Dios". Y María Santísima dice: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado la humillación de su esclava". Esa es la vida que me toca a mí, una vida de humildad y de ocultamiento. Segunda enseñanza: Cuidado con las divisiones. Cuidado con que soy católico, pero estoy practicando cosas que no son católicas. O cuidado con que por un lado va mi fe y por otro lado va mi vida. Última aplicación de estas lecturas a nuestra vida. Nos damos cuenta que a Pedro le falló la fe, o mejor dicho, si voy a ser más preciso. Pedro le falló a la fe. Porque la fe no falla, la fe no falla. El que falla es uno que se desconecta de ese don maravilloso. Pedro le falló a la fe. ¿Qué le pasó? Empezó a hundirse. ¿Qué hizo Pedro cuando empezó a hundirse? Gritó. Pidió ayuda. Pedro no era inocente. Cristo lo regaña, pero, lo salva. ¡Mire qué lindo eso! Lo regaña, pero lo salva. Eso quiere decir que si por culpa de mis pecados y miserias yo me estoy hundiendo, no debo seguir el camino de Judas, que es el camino que quiere el demonio. El camino que quiere el demonio. ¿Cuál es? Que si me estoy hundiendo yo me desespere, maldiga mi suerte y me suicide. Eso es lo que quiere el demonio. No seguiré yo el camino de Satanás. No seguir el ejemplo de Judas Iscariote. ¿Qué haré? Si me estoy hundiendo, gritaré. Soy culpable, pero sálvame. Soy pecador, pero sálvame. Es decir, la tercera aplicación es aún en la peor de las circunstancias. No se te olvide clamar al Señor. El Señor seguramente te regañará, porque Cristo no te va a decir ¡Qué bonito que te veías Pedro! Así con el agua hasta los muslos te veías bonito. Pedro no te va a decir Jesús, no te va a decir qué bonito te veías. Jesús te va a regañar. Y uno tiene que estar dispuesto a que Jesús lo regañe. Eso es muy importante porque a veces creemos que la vida cristiana es únicamente que nos cuiden la autoestima, nos animen, nos estimulen, nos aplaudan. No señor, también se necesita el regaño, también hay que regañar, pero, aunque Cristo te regañe, te va a salvar, te va a levantar, te va a restablecer y va a renovar en ti el don precioso de la fe. A Él la gloria y la alabanza por los siglos. Amén. Amén.

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