Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Caemos en la soledad triste y egoísta porque nos cansamos de ser buenos; pero la fe nos conecta con el que no se cansa.

Homilía ao19006a, predicada en 20140810, con 15 min. y 38 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy es continuación del Evangelio de la semana pasada. Veíamos la semana pasada a Cristo que multiplica los panes, prepara un banquete en despoblado, alimenta a una inmensa multitud. Es ahí donde empieza el texto de hoy. Cristo despide a los discípulos y despide a la gente. Evidentemente está buscando un momento de soledad. No es la primera ni la única vez que vemos a Cristo buscar esta soledad.

Y sobre la soledad, quiero que reflexionemos un poco porque nos dice San Mateo: Que llegada la noche estaba allí solo. Por otra parte, los discípulos iban juntos en una barca. Y se pasa y sucede una cosa interesante: Cristo está solo en la montaña, y estos están acompañados en el lago, pero en realidad, los que están acompañados se sienten solos y en realidad, el que estaba solo se sabe acompañado; esta es la belleza del texto de hoy.

Una de las maneras de reflexionar este texto es en clave de soledad y de compañía. Es decir, hagamos la pregunta ¿Quién está solo y quién está acompañado? Y descubrimos a los discípulos supuestamente acompañados, pero solos, indefensos frente a la noche, indefensos frente al viento, indefensos frente al agua. Por eso tienen miedo, aunque parecen más, y aunque supuestamente están acompañados, en realidad se sienten solos. Por otro lado, tenemos a Jesucristo, no hay nadie con Él. Él ha despedido a todo el mundo, pero es Cristo, el Cristo de la soledad, el que les da ánimo a ellos, es Cristo, el Cristo de la soledad, el que viene a acompañarlos, es Cristo, el Cristo de la soledad, el que rescata a los que se hunden.

Por eso aquí hay un mensaje: La verdadera soledad es quedarse sin Dios y la verdadera compañía es encontrar a Dios. Nos dice el capítulo 14 de San Marcos, algo parecido: es el comienzo del relato de la Pasión, y Cristo dice a sus discípulos: "Ustedes se van a ir todos y me van a dejar solo, pero no estoy solo, El Padre está conmigo" . No hay soledad para el que ha encontrado a Dios y no hay compañía para el que no tiene a Dios. El que no tiene a Dios puede llenarse de ruido, puede rodearse de gente, pero sigue solo. Y hay mucha gente que está acompañada de mucha más gente, pero están terriblemente solos.

Hay una cosa que me ha llamado la atención en diálogo con algunos amigos, que están en la universidad o que están terminando, sobre todo estudios universitarios o que los han terminado hace poco. Una sensación de soledad, precisamente; tienen muchos compañeros, pero no tienen amigos, no tienen hermanos; tienen muchos a su lado y sin embargo están solos. Eso me llama mucho la atención. Cuando se despiden, cuando salen de su lugar de estudio, cada uno sigue construyendo su propia historia, pero en realidad se saben solos. Lo mismo podríamos decir de muchas parejas, están juntos en el sentido de que viven en una misma dirección, una misma casa, por ejemplo; a veces incluso duermen en una misma cama, pero están solos.

Nuestro mundo sufre de una dolorosa soledad, que no logra resolver a base de risa, fiesta, rumba, estruendo, carcajada. No logra resolver esa soledad, siguen estando solos. La verdadera respuesta, está en la soledad de Cristo. Cristo, en su soledad, es la fuente de toda compañía. Y como es evidente, el tema de la fe en el Evangelio de hoy, entonces podemos unir el tema de la fe y el tema de la soledad y la compañía. La fe es la certeza de que no estoy solo en lo que estoy.

El miedo de los discípulos, es el miedo de presentir que están solos en eso, están solos en la noche, están solos frente a la tormenta, están solos en el lago; ese es el miedo de ellos. La fe significa que nunca estoy solo en lo que estoy haciendo, la fe significa que aunque el mundo abandone, traicione o dé la espalda; aunque las personas que uno, podría considerar cercanas o amigas se alejen, aunque eso suceda, no estoy solo. La fe es la verdadera respuesta frente a la soledad.

Eso que realiza Cristo al final del Evangelio de hoy: Jesús extendió la mano, lo agarró, esa es la fe, la fe es la que me permite agarrar la mano que me agarra. La fe es la que me permite encontrar al que ya me encontró, la fe es la que me permite responderle al que responde a mis oraciones, la fe es la respuesta frente a la soledad. Y un mundo que se queda sin fe es un mundo radicalmente solo.

Un mundo en el que, así haya mucha gente en la barca, estamos de noche, así haya mucha gente en la barca, el viento es contrario, las cosas no funcionan, no salen; necesitamos ser sanados de nuestra soledad más profunda, soledad que experimenta con dolor el mundo cuando se pregunta si las cosas tienen sentido: ¿Soy acaso el único tonto que todavía cree en la bondad? ¿Soy el único tonto que cree en la sinceridad? ¿Soy el único que todavía cree en la solidaridad, en el apoyo, en la verdad de la sonrisa, en el bien que trae un abrazo?

Hay mucha gente que siente, siente eso. -Yo soy el último, el último tonto, la última tonta que cree en estas bobadas-. Y precisamente porque se sienten solos en su empeño de ser buenos, dejan de ser buenos. Qué sentido tiene tratar de sonreír, tratar de ayudar si nadie ayuda, tratar de consolar si nadie consuela, tratar de construir algo si cada quien va por lo suyo. Entonces se cansan de ser buenos y se encierran en una tristeza que presagia el sepulcro, se encierran en la tristeza.

De esto nos habla el Papa en su encíclica Evangelii Gaudium: cómo, ese egoísmo triste prepara la muerte y ese egoísmo triste nos vuelve maniáticos y nos vuelve amargados y nos vuelve suspicaces y nos vuelve deprimidos y nos vuelve sombríos porque perdemos el don que teníamos. Pero es imposible sostener el don únicamente con las propias fuerzas. ¿Cómo puedo yo seguir diciendo que el mundo es hermoso, que la vida es valiosa, que hay que ser caritativos, que hay que ser honrados, que hay que ser sinceros, que hay que ser generosos; si me siento como el único tonto que cree en esas bobadas?

¿Qué es lo que me da la fe? La fe me conecta con otro que al parecer es más absurdo, y si me recibes, la palabra más tonto, más tonto que yo. Parece que fuera Dios, que sigue haciendo salir su sol sobre malos y buenos. Que sigue brindando oportunidades, extendiendo manos, que sigue proclamando misericordia y lanzando las redes para recogernos. Entonces la fe me hace reconocer que no soy el único tonto porque hay otro tonto mayor, tonto, entre comillas, por supuesto. Y ese tonto, ese que es más absurdo que yo, es el que ama sin límites, el que perdona sin límites, el que siempre se compadece, el que siempre está ahí, el que siempre llama; y se llama Dios.

Por eso la fe sana la soledad, porque la fe me hace entrar en el lenguaje de ese que tiene la idea absurda de amar y de solo amar y siempre amar y de siempre perdonar. La fe me pone en contacto con ese, ese que parece el tonto mayor, porque es el que sigue haciendo caer su lluvia sobre justos e injustos. La fe me conecta con Él. Y la fe hace que yo sea una expresión de Él. Cristo aparece aquí, un gran tonto sirve y sirve y ayuda y perdona y sana y apoya a todos. Y después se queda solo. ¿Qué clase de bobo es ese? Pero es que ese está apoyado en otro, que puede parecer más absurdo, que es Papa Dios, fuente infinita que irradia bondad, que no sabe hacer otra cosa.

Eso explica por qué el que no tiene fe finalmente se cansa. Y cuando se cansa de ser bueno, deja caer sus brazos y cuando se cansa de ser bueno, ya deja de sonreír y ya deja de cantar y ya deja de soñar y ya deja de esperar, porque ya se cansó. Entonces ya no sabe esperar nada y entonces ya no canta, ya no tiene nada que cantar, ya no tiene nada que esperar. Y entonces empieza a mendigar unos cuantos placeres fugaces; y cuando ya no encuentra otro sentido, sabe que su último, su último destino, es únicamente arrojarse a la fosa de la nada. Casi que tiene esperanza de que no haya eternidad porque la eternidad se le vuelve tediosa. No, no quiere que haya eternidad, quiere que todo termine, porque no le ve el sentido a prolongar por más tiempo, una vida que en realidad es pura agonía.

Qué distinta es, en cambio, la situación cuando la oración y cuando la fe llegan a nuestra vida. Entonces, aunque pareciera que estuviéramos solos, aunque pareciera que somos los últimos tontos que todavía perdonan, aman, oran, esperan, sonríen, cantan. Aunque parezcamos los últimos tontos, estamos unidos al delicioso absurdo de Dios, estamos unidos al maravilloso absurdo de Dios. Y de esa bondad, sigue brotando nuestra sonrisa sigue brotando, nuestro canto, sigue brotando nuestro gozo que es Evangelii Gaudium, El gozo del Evangelio.

Y la gente nos mira y nos miran como ingenuos, siempre nos dirán, que somos ingenuos, siempre nos dirán que no tiene sentido. ¡Hay, esto cómo se siente especialmente en Europa!; cansados de todo, tantos europeos cansados de todo, miran siempre la alegría con un desprecio terrible, como quien dice: -¿Es que no te has enterado que la vida es una agonía perpetua?- ¿Qué haces tú cantando? ¿Qué haces tú celebrando? ¿Celebrando qué? -Tu funeral será-.

Pues no, es que estoy conectado al absurdo mayor y el absurdo mayor es la misericordia que no se agota. Y eso es lo que me da la fe, eso es lo que me da la oración. Me conecta a ese absurdo mayor para amar, para esperar, para cantar, para celebrar. Nadie entiende, nadie lo puede entender.

Pero de vez en cuando, esos que están tan asustados y tan entristecidos se encuentran con alguien que tiene la presencia densa de Cristo. Y cuando se encuentran con alguien que tiene la presencia densa de Cristo, entonces se animan algunas veces a extender sus manos. Y nosotros nos volvemos manos de Jesús también para sacar del agua oscura, para sacar del agua que devora a aquellos que se hunden. Y quizás un día aprenden también, a ser tontos como nosotros y a celebrar y a esperar y a proclamar la grandeza del amor divino.

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