Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo se pospone para practicar la abnegación. Lo que le da fuerza a Jesús para posponer lo que Él quería es su misericordia inagotable hacia los demás.

Homilía ao18009a, predicada en 20200802, con 6 min. y 53 seg.

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Transcripción:

¡Feliz domingo para todos!

La primera lectura de hoy nos habla de un banquete abundante preparado por Dios. El Evangelio de San Mateo nos presenta un gran banquete preparado en lugar despoblado por nuestro Señor Jesucristo. Es el milagro de la multiplicación de los panes. Y sin embargo, de esos banquetes, en esta ocasión yo quisiera que reflexionáramos un momento sobre una virtud que está casi totalmente olvidada en la predicación cristiana actual. Me refiero a la abnegación, es decir, la capacidad de posponer o incluso negar uno, sus propios intereses por la búsqueda de un bien mayor, algo que redunda en la gloria de Dios, algo que trae bien al prójimo, pero que supone una renuncia a mi comodidad, a mi bienestar, a mi preferencia, a mi ganancia, eso es la abnegación.

Efectivamente, ante lo espectacular del milagro que realiza Cristo, tal vez a uno se le puede olvidar cómo empieza este pasaje del Evangelio: está en el capítulo 14 de San Mateo. Esa frase introductoria cautiva mi atención en este momento, dice: -Cuando se enteró Jesús de la muerte de Juan Bautista, se fue en barca a un lugar tranquilo y apartado-.

Cuando nosotros hemos escuchado las palabras de elogio que Cristo tuvo para Juan diciendo por ejemplo, entre los nacidos de mujer no hay otro como él. Eso es demasiado elogio viniendo de Cristo. Y cuando nos damos cuenta que la humanidad de nuestro Señor cruje, se lamenta, llora por la muerte de Lázaro, podemos suponer que es lo que Cristo está buscando cuando se va en esa barca junto con sus discípulos, a un lugar tranquilo y apartado.

¿Qué busca Cristo? La explicación más sencilla, la palabra más elemental y natural, es un duelo; se trata de un momento de recogimiento, de oración, de silencio. Recordemos que Cristo y Juan se conocían literalmente desde antes de nacer, recordemos ese dato que es importante: Cuando María Santísima fue a visitar a su prima Isabel, ahí se encontraron por primera vez físicamente estos dos bebés que estaban en los vientres de sus respectivas mamás.

Es decir, que Juan ha acompañado a la vida de Cristo, es cercano a Él por la sangre, ya que María e Isabel eran parientes, pero mucho más que por la sangre, por ese ardor en el servicio de Dios. Y ahora a Juan lo han decapitado, ahora Juan ya no está más. Cristo busca ese lugar tranquilo, el lugar para recoger sus pensamientos, seguramente hacer larga oración, descansar un poco, eso que es tan humano.

Recordemos que Cristo es el Hijo de Dios en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Y no hay pecado en hacer el duelo, y no hay pecado en sentir tristeza por ese hermano, ese amigo, ese primo que fue arrancado de la tierra de los vivos de una manera tan violenta; no hay pecado en ello. Por eso lo que estoy proponiendo, lo que estoy diciendo de Cristo, no ofende en absoluto el misterio de Cristo.

Él se va a ese lugar tranquilo, pero allá se encuentra con la gente. Gente que ha ido por tierra de muchos pueblos, hasta juntarse miles y miles de personas. Y entonces ¿qué hace Cristo? Cristo se pospone y lo que le da fuerza para posponer lo que Él quería, seguramente quería ese momento de silencio, de paz, de oración para hacer su duelo, lo que le da esa fuerza para posponerse, es algo más grande, otra expresión de amor que está en su corazón.

Y esa expresión es una misericordia inagotable. Al ver a esta multitud tan necesitada, llena de enfermos, llena de ignorancia, llena de errores heridos por el pecado, Cristo deja a un lado lo suyo y se pone a servir a la gente. Y será como parte de ese servicio que Él haga esta multiplicación de los panes.

Pero antes observemos un detalle, Cristo quiere que sus discípulos se formen en ese mismo espíritu, en ese espíritu de abnegación, en ese espíritu de dar lo que tienen, lo único que tenían, ese era todo su alimento, eran cinco panes y dos peces. Pues vamos, a que vamos a repartir eso y el texto del Evangelio es muy claro, ellos lo dan a Jesús, Jesús da gracias, Jesús lo bendice y lo multiplica.

Pero fíjate cómo al entregar ellos lo único que tenían, les toca también renunciar; les toca duro, les toca muy fuerte, tienen que renunciar, tienen que posponerse. Es Cristo el que primero se pospone, deja a un lado el dolor de su duelo por atender a la gente y luego enseña a sus discípulos a que también ellos se pospongan, a que también ellos, practiquen la abnegación.

¡Bendito sea Jesucristo! Bendito sea el Evangelio que tanto nos enseña. Amén.

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