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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Renunciar a los ídolos y declarar que Cristo es nuestro único Dios, que sólo por Él somos salvos trae verdadera alegría y transformación.
Homilía ao17013a, predicada en 20170730, con 4 min. y 59 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! El Evangelio del día de hoy ha sido tomado del capítulo número 13 de San Mateo. Nos presenta escenas de alegría. El comerciante de perlas preciosas que encuentra la perla de su vida, o aquel que encuentra un tesoro en un campo y lleno de júbilo, vende todo lo que tiene y adquiere ese campo. En esta oportunidad quisiera destacar la importancia de ese verbo que aparece en los dos ejemplos que nos da Cristo. Tanto el hombre que encontró el tesoro como el comerciante en perlas venden. ¿Por qué destaco ese verbo? Porque indica la resolución de quien ha encontrado algo verdaderamente valioso. Ese vender todo lo que tiene marca un antes y un después en la persona. El que vende todo lo que tiene quiere decir que no piensa regresar a la vida que tenía. El que vende todo lo que tiene está diciendo, ahora empieza para mí una vida distinta. Eso es exactamente lo que quiere decir la palabra conversión. Cuando nosotros hablamos de conversión, es como el que traza una línea y el que dice: -Yo era esto, pero ahora soy esto otro.- Ese cambio, esa conversión, es esencial en el Evangelio. Tan esencial que las primeras palabras de Cristo en su predicación incluyen precisamente el llamado a la conversión. Dice Jesucristo: "Convertíos y creed la Buena Noticia. El Reino de Dios está cerca". La conversión. La fe, es decir, creer la Buena Noticia y el anuncio del Reino de Dios. Anuncio del Reino, Fe y conversión son inseparables en el corazón de Cristo. Son inseparables en la predicación de Cristo y tienen que ser inseparables también para nosotros. ¿Por qué destaco esta parte del vender y esta parte del renunciar? Porque la lógica del politeísmo es la de no renunciar. Es decir, los que son politeístas y por extensión los que son idólatras, siempre están sumando dioses. Me contaba un misionero irlandés que estuvo durante muchos años en la India que muchas personas de ese país eran gustosas de escuchar historias sobre Jesús o sobre la Virgen en particular. La Virgen María producía en estos hindúes un gran atractivo. En ese sentido, parecía que iban a tener una buena recepción de la fe cristiana. Pero a menudo esto terminaba en desilusión. ¿Por qué? Porque apenas se empezaba a hablar de que Cristo es único, de que Él es el Señor y de que no hay bajo el cielo otro nombre por el cual podamos ser salvos. Apenas se anunciaba la unicidad, el señorío de Jesucristo, y por consiguiente, apenas se descartaban los ídolos. Ah ya la gente cambiaba de actitud, es decir, la gente si quería aceptar a Jesús y a María, pero como otros dioses más. Hay tanto Dios que uno más uno menos, no importa. En el momento en el que tú les vayas a decir que realmente Jesucristo es único, y que aceptar a Cristo implica dejar los ídolos, ah ya en ese momento ya no quieren oír más. De hecho, tristemente en estos últimos años, hace un par de décadas, se ha ido desencadenando una progresiva violencia contra los cristianos en la India. Y la razón es que sienten que el modo de ser cristiano es incompatible con su propia cultura, ¿Por qué lo sienten? Porque apenas se anuncia que Jesucristo es el Señor y es el único. La gente no quiere vender todo lo que tiene. La gente no quiere dejar el pasado. La gente quiere continuar con su vida pasada y también con lo nuevo. Ese no es el camino. El Evangelio de hoy es claro, una gran alegría nos espera. Pero esa gran alegría también supone una gran transformación. Y, por qué no decirlo, una gran renuncia.

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