|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía ao17004a, predicada en 19990725, con 14 min. y 52 seg. 
Transcripción:
Como pasa con tanta frecuencia que uno no atina a conocer o a obedecer la voluntad de Dios, siempre es una gran noticia. Es algo muy hermoso ver que alguien encontró esa voluntad, que alguien encontró camino para agradar a Dios. Y eso es lo que nos muestra la primera lectura con la petición singular que hace Salomón. Una petición sabia, una petición de sabiduría que es una petición sabia. Salomón no pide conocimiento, pide sabiduría, no pide llenar su cabeza de conocimientos. Pide tener paladar, sabiduría está relacionado con sabor. Pide tener paladar sano para discernir el bien del mal. Y es tan agradable saber que esta petición le gustó a Dios. Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, especialmente en el Antiguo Testamento no son frecuentes las expresiones como esta que acabamos de oír. "Al Señor le agradó" y por eso nosotros, como encontrando la perla de la que hablaba del Evangelio, tenemos que tomar esta perla y ver qué fue lo que le gustó a Dios de esa petición, porque estoy seguro de que quienes estamos aquí lo que más deseamos es buscar, obedecer, agradar la voluntad de nuestro Dios. Hay muchas razones para entender por qué a Dios le agradó esta petición, pero hay una que quiero compartir con ustedes en este día. Recordemos la escena del paraíso. Todos los animales, todas las plantas, todos los árboles están para el servicio de Adán y de Eva. Hay solo un árbol del que Dios ha dicho que no coman. Es el árbol del bien y del mal. Concuerdan los intérpretes de la Escritura en enseñarnos que el sentido de esta prohibición es: -Tú no puedes determinar por ti mismo lo que es bueno y lo que es malo. El discernimiento de lo que es bueno y de lo que es malo no es algo que proviene de tu decisión, sino es algo que tú has de descubrir; es algo que tú has de recibir.- Eva extendió la mano. La mano es imagen de lo que uno puede. Eva tomó la decisión, ella y tomó la fruta, Ella. Se apoderó. Adán recibe de Eva como de un segundo árbol de la vida. Ese mismo fruto. Y Adán toma el fruto en su mano y se apodera de él. Adán y Eva quieren apoderarse del conocimiento del bien y del mal. Adán y Eva quieren decidir por sí mismos lo que es bueno y lo que es malo. El acto de Salomón, en cierto modo, es contrario y reparador, diríamos. Es un acto que en cierto modo devuelve la desobediencia del Paraíso. Salomón, abriendo los ojos a la vida, es apenas un muchacho. Se parece a Adán y Eva, abriendo los ojos a la vida en el paraíso. Pero si Adán y Eva instigados por la serpiente quieren apoderarse de este discernimiento. Salomón lo pide de Dios. No es que la fruta esté prohibida, como que no se pueda recibir. Es una fruta que hay que recibir de Dios. Recibir de Dios el discernimiento, recibir de Dios qué es lo bueno y qué es lo malo, no es otra cosa sino reconocer que nosotros no somos hechura de nuestro poder y que, por consiguiente, si somos hechura de Dios. Dios y solo Dios conoce cuál es nuestro bien y cuál es nuestro mal. La petición de Salomón es grata a Dios porque devuelve, porque deshace la desobediencia de Adán y Eva, porque es un acto de obediencia y es un acto en el que se reconoce Salomón como criatura y reconoce a Dios como su fuente y admite, en su corazón que el bien, el bien que Dios quiera para Él es su verdadero bien. Este acto de Salomón es un acto maravilloso porque es el reconocimiento de su ser de criatura. Es el reconocimiento de Dios como Creador y es el reconocimiento del amor de ese Creador. Si le pido a Dios que me muestre qué es lo bueno y qué es lo malo, es porque sé que Dios conoce cuál es mi bien y también porque reconozco que Dios quiere ese bien para mí. Sigamos el ejemplo de Salomón. El apóstol Santiago en su carta nos dice: -Si hay alguno falto de sabiduría que la pida a Dios. Dios da con generosidad y sin echar en cara.- Insisto, no se trata de pedir mucho conocimiento. Lo que recibió Salomón no fue una especie de tratado de teología moral. Lo que recibió fue paladar de Dios, gusto de Dios. Recibió el estilo de Dios para conocer sobre lo bueno y lo malo. Pidamos también nosotros eso con lo cual nosotros nos reconoceremos criaturas, y con lo cual nosotros reconoceremos que nuestro Creador es el que mejor nos conoce y es el que mejor nos ama. Uno debería terminar ahí la homilía, pero resulta que queda una inquietud. Dice aquí: "Te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti". Como nosotros pertenecemos a Jesucristo y Él es nuestro Señor, a uno le queda cierta inquietud por esa frasecita que aparece ahí como promesa para Salomón. Salomón brilla entre todos los hombres de la Biblia por su sabiduría. Y yo creo que uno se llega a preguntar Bueno, y nuestro Señor Jesucristo, ¿Qué diremos de nuestro Señor Jesucristo? El mismo Cristo dijo en alguna ocasión: -Aquí hay uno que es mayor que Salomón.- ¿Cómo podemos relacionar la sabiduría de Salomón y la sabiduría de Jesucristo? Es que hay una diferencia. Salomón pidió discernimiento del bien y del mal. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo. ¡Qué petición tan bella esa! Se reconoce siervo para ser rey. Esa es la manera. Ese es el estilo que le gusta a Dios. Fíjate que es el mismo estilo de la Virgen. "Aquí está la esclava . . . " y ella es la reina del universo. Ese es el estilo. Pero examinemos la petición. Un corazón dócil para gobernar a tu pueblo. Para discernir el mal del bien. ¿Qué le falta a la sabiduría de Salomón? Él pide sabiduría, docilidad y capacidad de escucha con una finalidad. Gobernar al pueblo. Y en eso podemos decir que Salomón descuella y brilla. Pero hubo algo que faltó a la petición de Salomón. Es que Salomón tampoco es perfecto. Él no es San Salomón. No es perfecto. Salomón pidió sabiduría para gobernar al pueblo y Dios le dio sabiduría para gobernar al pueblo. Le faltó sabiduría para gobernarse a sí mismo. En eso falla la sabiduría de Salomón. Estos no son inventos míos. Está en la Sagrada Escritura. Salomón efectivamente hizo una gestión maravillosa gobernando al pueblo. Fueron los años dorados, los años de la paz en las fronteras, los años del esplendor, los años de la grandeza y del cultivo de la palabra y de la ciencia. Bueno, una época esplendorosa. Pero a Salomón le faltó sabiduría para gobernarse a sí mismo. No supo conjugar el servicio al prójimo con el cuidado de sí mismo. Esto lo sabemos también por la Escritura. Resulta que en la época de Salomón los pactos se sellaban no por acuerdos bilaterales en la Asamblea de las Naciones Unidas, porque no había Naciones Unidas, sino se celebraban sobre todo a través de matrimonios. La manera de asegurar que el enemigo no me va a matar a mí y a mis hijos. Es mezclar las sangres, mezclar los linajes, tener hijos en común. Esa era la práctica usual en el Medio Oriente. Una manera de lograr la paz por vínculos de carne y de sangre. Por esta razón, Salomón, en su gusto por la paz y para tener paz con todo el mundo, empezó a coleccionar esposas de todas partes. Cada esposa de Salomón lo que está indicando es un pacto. O sea que cuando se dice que Salomón tenía cientos de esposas, no se está diciendo que era un degenerado. Se nos está diciendo que buscó tener paz, pero paz sustentada en la carne y la sangre con todo el mundo. Y resulta que cada esposa que llegaba a la colección, llegaba con su propio dios, con su propia religión, con su propio pensamiento. Y nos dice la Escritura y esta multitud de corazones y esta multitud de religiones pervirtió el corazón de Salomón, que ya no fue completamente para el Señor. Salomón tuvo gran sabiduría, tuvo gran discernimiento para gobernar el pueblo, pero le faltó discernimiento para gobernarse a sí mismo. El apóstol San Pablo quiere que esto no vuelva a suceder, y por eso, cuando le da consejos a Timoteo, le dice: -Cuídate a ti y cuida la predicación o cuida la doctrina.- Mandato que sirve para misioneros, para predicadores, para pastores, para superiores, para todos aquellos que tienen una responsabilidad con los hermanos en el pueblo de Dios. Podemos decir que Salomón no tuvo el balance en ese mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo. De alguna manera, aunque suene extrañísimo, hay que decir que Salomón amó más al prójimo que a sí mismo. Y eso no es virtud, eso no es virtud. Cuidar tanto del prójimo que desaparezca el cuidado sobre el propio corazón, sobre la propia vida y sobre el propio camino ante Dios. Eso no es virtud. Es necesario tener la medida de Cristo en nosotros. Y Cristo dijo amar al prójimo como a sí mismo, que entre otras cosas, es una frase casi infinita. Pero entre otras cosas significa ten cuidado, gobierna con sabiduría, pero gobiérnate tú con sabiduría, de manera que tu corazón esté entero para Dios, que no te vaya a pasar lo de Salomón. De manera que si pensamos en los gobiernos según la carne y la sangre, si pensamos en Salomón como lo que él pidió en su momento, no hay nadie como Salomón. ¿Ni Cristo? Pues sí, ni Cristo, porque Cristo no gobierna según la carne y la sangre. En términos de gobiernos de carne y de sangre, en términos de gobiernos para esta tierra no hay nadie como Salomón para esta tierra. Pero dice Jesucristo no es el mundo el que me ha hecho rey. Expresión que se solía traducir por mi reino. No es de este mundo. No es el mundo el que me ha hecho rey. Mi poder no viene de este mundo. El reinado de Cristo es superior, pues claro, infinitamente superior al de Salomón. Pero no es un gobierno según la carne y la sangre. Entonces ¿Lo que le dijo Dios se cumplió, no se cumplió? Claro, te doy un corazón sabio e inteligente, se entiende para gobernar al pueblo, que fue lo que pidió Salomón. Ese corazón que pediste te lo doy para gobernar al pueblo. Como no lo ha habido antes, ni lo habrá después de ti. Y efectivamente, no hay un reinado en la historia que se asemeje al reinado de Salomón en lo que atañe a la carne y la sangre. Pero como dijo nuestro Señor Jesucristo, el menor en el Reino de los cielos es mayor que este. Es mayor Cristo que Salomón. Desde luego que sí, el reinado de Cristo es total, es universal. Pero en términos de reinos de carne y de sangre, hay que decir que Cristo no vino a reinar según la carne y la sangre, y que en ese sentido el reinado de Salomón es mayor que el de Cristo. Y de aquí podemos completar la primera parte de nuestra homilía. Hay que pedirle a Dios que nos dé discernimiento, que nos dé sabiduría, que nos permita recibir de sus manos y no arrancar con nuestras manos el fruto del bien y del mal, es decir, el discernimiento sobre lo que es bueno y malo y por consiguiente, el reconocimiento de que Él es nuestro Creador, el que mejor nos conoce y el que mejor nos ama. Pero hay que pedirle esa sabiduría no solo para estar para los otros, para servir a los demás, sino sabiduría ante todo, para que nuestro corazón sea completamente de Él y el reinado de Él se instaure completamente en nuestras vidas.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|