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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Varias razones explican por qué Cristo enseñaba en parábolas: (1) el estilo narrativo facilita la recordación; (2) la parábola tiene un significado, que sin embargo no es obvio y por eso actúa como una especie de desafío o de filtro para los oyentes, de modo que Cristo ofrece pero no se impone; (3) las parábolas iluminan aspectos sobre el reino de Dios pero no nos dan los detalles que ofrecería por ejemplo un proyecto, en el que nosotros terminaríamos siendo los dueños y los reyes, en vez de reinar Dios.
Homilía ao16011a, predicada en 20200719, con 19 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Mis amados hermanos, sin duda alguna esto de enseñar con parábolas es una de las características más propias de nuestro Señor Jesucristo. Para los que hemos crecido dentro de la fe católica, es algo que nos puede parecer tan natural que quizás ni siquiera nos lo preguntamos. Hoy es un buen día para hacer la pregunta, ¿Por qué enseña en parábolas? Y vamos a ofrecer tres respuestas que nos ayuden a entender la parábola que destaca especialmente el día de hoy, que es la del trigo y la cizaña. Cristo enseña en parábolas, entre otras cosas porque la mente humana. Casi podríamos decir. El cerebro humano está hecho particularmente para recibir narraciones. Como hemos dicho en otras oportunidades, la vida misma es una narración. Y tú no puedes conocer a una persona ni puedes conocerte a ti mismo si no es a través de una narración. La narración es la que permite que tú integres los distintos elementos de la vida de una persona. Por eso nuestro cerebro parece particularmente adaptado para las narraciones. Nos resulta más fácil recordar un relato en el que unos eventos y personajes dan origen a otros eventos y situaciones, y así formando un todo organizado. La enseñanza queda muy grabada en nuestra mente. Así que el primer motivo por el que Cristo parece que enseña en parábolas es porque la mente humana es muy apta para recibir narraciones. Segundo motivo: Una parábola trae una enseñanza, pero la enseñanza no siempre es obvia. Esta dificultad en la comprensión, que fue, por ejemplo, lo que motivó a que los apóstoles le dijeran. . . "Explícanos la parábola del trigo y la cizaña". Esta dificultad de comprensión, que no es un obstáculo insalvable, es como una especie de filtro, una especie de criba. Imagínate que viene, por ejemplo aquí a Colombia viene un especialista en temas de salud pública, algo que nos preocupa a todos y resulta que este hombre habla en su propio idioma. Él no habla español, quizás habla ruso o árabe o francés, lo que sea. Se necesita entonces un esfuerzo, se necesita un traductor. Pero para aquellos que estén interesados en el tema, hacer ese esfuerzo, conseguir ese traductor vale la pena, porque realmente lo que nos va a decir ese hombre es muy importante. Otras personas, en cambio, dirán yo ya con lo que sé tengo suficiente. No necesito más explicaciones ni más enseñanzas. Entonces, el pequeño obstáculo que supone en ese caso, el que él habla en otro idioma, hace que unas personas sigan adelante en la comprensión, mientras que otras personas digan, no, no es tan importante. Es un filtro. Pues bien, debemos decir que las parábolas de nuestro Señor Jesucristo son también un filtro. No solo la primera vez que oyes la parábola, en que tal vez entiendes o no entiendes. No es solo la primera vez. Para mí, por ejemplo, como sacerdote por misericordia de Dios y como predicador, una parábola también es un filtro. Cada vez que se proclama la parábola, cada vez que la parábola llega en la liturgia de la Iglesia, es como si Cristo, a través de esas palabras, me estuviera preguntando, -Nelson, ¿Crees que ya lo entendiste todo y te vas a retirar con lo que ya sabes; o te atreves también ahora a tratar de entender más?- Porque la parábola siempre se puede entender más. Y por eso debemos decir que la parábola no solamente es un filtro, sino que es un filtro permanente. Por eso, si el sacerdote, por decir el caso, si el sacerdote se descuida, bien puede suceder que simplemente dice ¡Ah! Otra vez la parábola del trigo y la cizaña; y simplemente apela a su disco duro que puede estar sobre un escritorio, que puede estar encima de sus hombros, su cabecita, y decir Voy a soltar otra vez el mismo sermón que yo ya sé. De manera que no avanza en la comprensión del texto, sino que se queda simplemente con lo que ya sabe. La parábola es una especie de desafío, un desafío es un filtro, es un filtro permanente. ¿Te vas a quedar con lo que ya sabes o quieres aprender algo más? De modo que la parábola es un gran recurso pedagógico de Cristo, porque ya vemos que tiene dos ventajas. La primera ventaja es que es muy apta para la recordación en nuestro cerebro. La segunda ventaja es, que la parábola sirve de desafío, sirve de filtro y en ese filtro algunas personas se auto descalifican, se separan, algunas personas, otras personas dicen, aunque no es fácil de entender, voy a tratar de avanzar. Y ese filtro le interesa mucho a Cristo, porque ese filtro se parece mucho a aquello de estoy a la puerta llamando. Estoy llamando a la puerta. Ese es Cristo. Él llama a tu puerta. No la tira abajo. Llama a tu puerta. Siempre te da la opción. O aceptas o no aceptas. Para eso se requiere un filtro. La tercera razón por la que parece muy bueno que Cristo enseña en parábolas es porque estas parábolas hablan en su gran mayoría del Reino de Dios. Es uno de los temas absolutamente centrales esenciales en la predicación del Señor. Pero al presentar al reino de Dios bajo el velo de estas parábolas, Cristo no nos deja un proyecto definido que quede en nuestras manos, que quede en nuestro análisis, que quede en nuestra sola y escueta voluntad. Es una comparación que utilizo con alguna frecuencia. Supongamos el caso de un líder, por decir algo, un político. Un buen político. Este buen político tiene un programa de gobierno y él tiene que explicar de dónde van a salir los recursos, cuáles van a ser las personas, cuáles son las etapas en su proyecto, cuáles son los resultados, qué va a hacer con las consecuencias laterales indeseables, etcétera. Eso tiene que hacer el político. Si ese político, entre comillas, se muriera, pues entonces ese proyecto en principio podría seguir funcionando. Otra persona podría tomar esas ideas, esos estudios, esos análisis y decir pues aquí está la ruta, hagamos lo que dice esta ruta. Eso podría hacer otra persona. Es decir, el proyecto se puede separar de quien lo ha proyectado el autor se puede separar de su obra. Y cuanto más descrita, cuanto más precisa, cuanto más definida está la obra, más independiente es la obra del autor. Repito, si un proyecto está perfectamente estipulado, pues entonces ya se puede seguir adelante aunque no esté el autor. El autor se puede separar de la obra. Hay una curiosidad en el libro de las Crónicas y es que en el libro de las Crónicas se cuenta la construcción del templo de Jerusalén, y el constructor, como sabemos, fue Salomón. Esa misma construcción se cuenta en el primer libro de los Reyes. Pero hay una diferencia entre el primer libro de los Reyes y el primer libro de las crónicas. Y es que en el primer libro de las crónicas, cuando se habla de la construcción del templo, se dice que ya David había dejado todo proyectado, diseñado y los materiales reunidos. Eso no lo dice el primer libro de los Reyes. Entonces, hablando de esto, de la autoría de la obra, lo relaciono. El primer libro de las Crónicas nos presenta el ejemplo de una separación entre el autor y la obra. Porque el autor del templo, según el primer libro de las Crónicas, fue el rey David y el ejecutor, pero fue un simple ejecutor. Según el primer libro de las Crónicas, el ejecutor fue Salomón. Ya les dije que esa no es la única versión que aparece en la Biblia. Entonces, fíjate, David se murió, pero quedó su proyecto. El autor se puede separar de la obra El lenguaje de las parábolas no permite algo así. Y de hecho, cada vez que intentamos convertir al Reino de Dios en una especie de proyecto que tiene sus etapas, sus recursos, sus responsables, sus mecanismos de evaluación, todo lo que suele utilizarse en la ciencia actual de la planeación y de la gerencia. Cuando el Reino de Dios se convierte en algo así, ya deja de ser el Reino de Dios, se convierte en el reino nuestro, porque quienes realizan ese proyecto son los intereses, las manos y los corazones humanos. Entonces, el lenguaje de las parábolas nos permite ver algunos aspectos, algunos aspectos del reino de Dios. Pero el reino de Dios sigue siendo de Dios. Es decir, el autor es inseparable de la obra. Mientras que en un proyecto el autor se puede separar de la obra, como muestra el primer libro de las crónicas. En las parábolas de Cristo. El autor del Reino de Dios, que es Dios. No se puede separar de la obra que es su Reino. De manera que las parábolas no nos cuentan qué es lo que tenemos que hacer nosotros para que suceda el Reino de Dios, sino más bien, cómo entramos nosotros en que Dios reine. Ese es el interés de la parábola. Cómo nosotros entramos en que Dios reine y cómo podemos reconocer que es Él el que está reinando. Eso es lo que nos ofrecen las parábolas. Entonces, cerremos esta parte. ¿Por qué habla Cristo en parábolas? Hay muchas explicaciones posibles. Esta vez hemos estudiado tres. Primero, porque las parábolas facilitan la recordación. El cerebro humano está hecho para narraciones. Segundo, porque las parábolas sirven como de desafío o también de filtro, de manera que ofrecen la enseñanza pero no la imponen. Es Cristo tocando a la puerta. Las parábolas son un filtro que permite que actúe tu voluntad. Tercero, porque la mayor parte de las parábolas hablan del Reino de Dios, y el reino de Dios no es equiparable a un proyecto humano. Como si Dios nos estuviera diciendo mire, hagan esto, y después esto, y después esto ¡A trabajar, muchachos! No, Cristo no nos está poniendo un proyecto delante para que lo hagamos, sino Cristo nos está diciendo estoy viniendo a reinar y estas son las señales de mi Reino. Y esto es lo que tú puedes hacer para entrar en ese reino. Una vez hecha esa aclaración, miremos brevemente qué podemos aprender de esta parábola del trigo y la cizaña. Como por la bondad de Dios he cumplido más de 28 años de sacerdocio. Es posible que yo mismo haya cometido un error que ahora quiero corregir. Y es que muchas veces cuando se presenta esta parábola del trigo y la cizaña, se quieren presentar las cosas como que a veces lo bueno se puede volver malo o a veces lo malo se puede volver bueno, como si fuera una invitación a la paciencia mientras llega la conversión. Con el debido respeto a todos y repito, es muy posible que sea una equivocación que yo mismo he cometido. La parábola no dice eso, realmente la parábola no habla de cizaña que se vuelve trigo, ni tampoco habla de trigo que se vuelve cizaña. De eso no es de lo que habla, desde el principio el trigo es trigo y desde el principio la cizaña es cizaña. Lo bueno es bueno y lo malo es malo, y esa parte es muy importante tenerla en cuenta. Eso es muy importante. Pero. Pero hay un punto muy, muy clave aquí, y es que aunque lo bueno es bueno y lo malo es malo, debemos tener en cuenta que nuestros ojos no siempre son capaces de reconocerlo. Por eso utilizó Cristo esta comparación con esos vegetales, con esas plantas. Sucede que cuando el trigo está apenas empezando a verdear, que es el verbo que se utiliza en esta traducción que hemos leído, cuando el trigo apenas está empezando a verdear, cuando apenas está empezando a brotar, es muy, pero muy fácil confundirlo con la cizaña. Entonces la parábola nos está invitando, no a que nosotros pensemos en que el bien se puede volver mal o el mal se puede volver bien, sino más bien a que tengamos la humildad para reconocer que no siempre, no siempre, nuestros ojos pueden reconocer cuál es el bien que está en algo que nos fastidia o cuál es el mal que está en algo que nos gusta. Vienen a mi memoria aquellas palabras tan sabias de San Agustín cuando decía: -Contendían, estaban en conflicto, contendían dentro de mí alegrías dignas de ser lloradas y tristezas dignas de elogio.- ¿Ves? El ser humano se equivoca. Entonces la parábola nos invita a la prudencia. La parábola nos invita a la humildad. Y la parábola nos invita a dejarle el juicio final a Dios, no a nosotros. A eso es a lo que nos invita. Entonces, lo bueno es bueno, lo malo es malo, pero mis ojos se pueden equivocar. Yo puedo confundir cizaña con trigo o trigo con cizaña. Por consiguiente, lo único sabio es dejar el resultado final a Dios. Debo obrar con prudencia y debo ocuparme ante todo de purificar mi corazón. Eso sí, como hemos dicho en otra homilía resulta que Cristo quiere que uno obre con agilidad cuando se trata de arrancar los propios defectos y pecados. Por eso dice: "Si tu ojo te hace caer, sácatelo. Si tu mano te hace caer, córtatela". Son maneras de hablar de cómo debemos obrar con radicalidad y con presteza. Pero cuando se trata de nuestros pecados, de nuestras faltas, cuando se trata de lo exterior, cuando se trata de lo de afuera, recuerda siempre cuánto puede equivocarse uno. Recuerda cuánta humildad se necesita y cuánta prudencia. Y finalmente, déjale la última palabra a Dios. Ése parece que es el mensaje. Entonces, si tú quieres avanzar en el Reino de Dios en lo que atañe a ti, actúa pronto y con agilidad y con radicalidad. En lo que atañe a otros. Prudencia, prudencia, prudencia y humildad, porque hay muchas cosas que no conoces y es fácil confundirse. Así que dejamos el veredicto final a Dios cuando se trata de otras personas. Sigamos esta celebración. Mis queridos hermanos, con una comparación muy bonita que alguna vez escuché, esta parábola habla de trigo y cizaña. Pero lo que tenemos aquí. Esto que tenemos aquí, este pan bendito, el pan que será consagrado, no es cizaña, es solo trigo. Aliméntate del trigo de Dios, que es el pan vivo bajado del cielo. Aliméntate del trigo de Dios para que tú seas trigo. De eso sí tienes que ocuparte, de eso sí, lo demás, prudencia, humildad y dejar el juicio final a Dios. Amén.

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