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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El Reino de Dios es dinamismo que transforma; pero se requieren prudencia y paciencia.
Homilía ao16007a, predicada en 20140720, con 26 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Lo primero que debemos destacar en el Evangelio de hoy es el dinamismo. Si observamos las tres parábolas que aparecen, lo que tienen en común es dinamismo. El Reino de Dios no es una cosa, mucho menos una cosa estática. Movimiento. Crecimiento, cambio, dinamismo. Podemos utilizar la palabra transformación. El Reino de Dios supone un comienzo, un desarrollo, y llega a una culminación. Se trata entonces más de una corriente de vida. Se trata de una fuerza transformante que entra en la historia, que se hace parte de la historia y que hace distinta la historia. De aquí sacamos varias enseñanzas. Si el Reino de Dios es dinamismo. Quiere decir que nosotros no podemos participar de ese reino si nosotros mismos no estamos dispuestos a cambiar, a transformarnos. Se nota particularmente en los procesos de formación en un postulantado o en un noviciado. Lo que se espera es una transformación, una semilla que dijera estoy muy feliz como semilla, déjenme ser semilla, déjenme quieta, que estoy bien como semilla. Esa no sirve para el Reino, Se necesita cambio, Tienes que dejar de ser algo que eras y tienes que empezar a hacer algo que no eras. Por supuesto, ese cambio no es simple aniquilación de lo que estaba y creación de la nada para lo que no existía. Hay continuidad, pero también hay transformación. Por eso las parábolas de Cristo muchas veces apelan al crecimiento, porque cuando crecemos a la vez somos lo mismo y algo nuevo. Por ejemplo, San Pablo dice: "Cuando yo era niño tenía cosas de niño, crecí y me volví hombre. Ya dejé las cosas de niño". Sin embargo, es la misma persona. Esa es la imagen del reino. No es destrucción, no es aniquilación a la manera del comunismo. El comunismo, si quiere destruir, hay que acabar con la clase opresora. Acabemos con toda esa gente y surgirá una sociedad nueva. Ese es el comunismo. El cristianismo no es comunismo, es crecimiento lo nuestro, pero hay que estar dispuestos a crecer. Y quien no está dispuesto a crecer, pues se pierde la fuerza y el dinamismo del Reino de Dios. Imaginémonos que tuviéramos cuatro o cinco semillas y las plantamos así, en distintas materas, o en unos frascos o lo que sea, y cuatro de ellas están dispuestas a crecer y se vuelven hermosas plantas. Pero hay una que permanece obstinada, no yo semilla, semilla seré semilla, nací semilla, seré semilla, moriré. Pues ahí quedaste. Tu obstinación, tu resistencia a cambiar, va en contra tuya. El reino sigue. Los demás crecen. Tú te quedaste. Esta es la primera enseñanza, la necesidad de entrar en una dinámica de transformación y de crecimiento. La segunda dinámica o la segunda enseñanza, digo mejor, me recuerda una palabra que muchas veces le dijo el Señor a nuestra amiga Santa Catalina de Siena. -El alma, le dice muchas veces Dios, es primero imperfecta y luego perfecta.- Hay un peligro en la impaciencia. Sobre todo la impaciencia que uno empieza a tener con uno mismo. Y luego veremos algo más sobre la impaciencia que uno tiene con las demás personas. La impaciencia que uno tiene con uno mismo es porque, pues uno sabe que hay que cambiar; pero así como hay gente que se obstina en quedarse como semilla, hay gente que ya quiere ser árbol robusto, en dos días o en dos semanas. Que yo sepa, ninguna semilla tiene esa capacidad de volverse un árbol robusto en dos semanas. El alma es primero imperfecta y luego perfecta, dice el Señor. Eso significa que uno no debe rendirse ante los propios defectos, no debe rendirse, pero tampoco debe impacientarse demasiado. Es un balance que no es fácil, porque entre la mediocridad del que no quiere cambiar y la impaciencia del que quiere cambiar todo en muy poco tiempo, entre esos dos extremos está el verdadero estilo cristiano. Sé que debo cambiar. Sé que estoy trabajando. Sé que ahí voy y sé que necesitaré tiempo. Entre otras cosas, la semilla necesita tiempo porque la semilla necesita que le lleguen cosas que no le han llegado todavía. Por ejemplo, siembro la semilla hoy domingo, esa semilla no ha recibido el agua del miércoles próximo, no ha recibido el agua del mes próximo, no ha recibido el sol del año próximo. Tienen que llegar cosas a la vida de uno. Es decir, el crecimiento, nuestro crecimiento cristiano, no es un proceso autocontenido que uno pueda controlar completamente. Siempre existe esa tendencia. Yo creo que todos la tenemos, la tendencia a querer tener todo bajo control y si se trata de crecer en el amor de Dios, o de crecer en la oración o de crecer en la guarda de los votos. Siempre existe esa idea de que es simplemente un asunto de que yo me controle, de que yo haga. Pero es que hay muchas cosas que te tienen que suceder. Hay agua que tiene que llegar de otras partes, hay sol que tiene que llegar de otras partes. Hay experiencias que tienes que vivir que no las has vivido. Entonces, el proceso de maduración no es simplemente lo que tú quieras, por más que quieras, por más que quieras. Si esa semilla se esfuerza y se esfuerza, no puede producir el sol de la semana entrante. Tiene que llegarle ese sol. Por eso son tan sabias las comunidades religiosas como guiadas por el Espíritu Santo. Son tan sabias las comunidades porque van llevando a los candidatos por distintas experiencias. para que te dé otro sol. Es que necesitamos que te dé otro sol. Pero, ¿Por qué me llevan a tal . . . ? Necesitamos que te dé otro sol cuando te dé ese otro sol. Cuando conozcas esas otras personas, cuando vivas esas otras cosas, recibirás nutrientes que tú no los puedes conseguir en un solo sitio, simplemente con las ganas, con el deseo, con la obstinación. Por eso es muy necesario, muy necesario; si uno quiere ser cristiano, es muy necesario ser discípulo. Fíjate que el nombre que se da a los seguidores de Cristo es precisamente ese discípulos. Discípulo quiere decir el que va aprendiendo, discípulos. Y Cristo es el Maestro. Entonces hay que ser discípulo. Entonces ya va una segunda enseñanza. La primera es dinamismo. No me puedo quedar quieto. La segunda es no puedo ser impaciente y no puedo ser impaciente porque no todo depende de mí. Finalmente, el que me va llevando es El Señor. Él sabe en dónde está el sol que me va a hacer bien. Solo Él sabe dónde está ese sol. El otro día estaba oyendo una conferencia sobre una de las maravillas de la naturaleza, que es la clorofila, esta sustancia que permite a las plantas liberar oxígeno y absorber dióxido de carbono. Es una transformación química espectacular. Pero lo más impresionante es que la molécula fundamental en esa transformación necesita un átomo, un átomo. Cada molécula necesita un átomo, de un elemento que yo no me acuerdo cuál es. Es como magnesio, o uno de esos. Un átomo de magnesio. Y uno se pone a pensar viendo todo el verde, viendo el pasto, los árboles. Cada célula tiene no sé cuántas moléculas de clorofila y cada molécula tiene exactamente un átomo de esa, de ese elemento. Y uno dice, ¿Pero cómo puede llegarle magnesio a la hoja que está a veinticinco metros de altura? ¿Cómo puede llegar eso allá? Pues ahí está la sabiduría del Creador, allá, a esa hojita, a esa molécula, le llega su átomo y puede cumplir su función. Es algo espectacular. Entonces uno tiene que pensar lo mismo para su propio proceso. Hay cosas que tienen que llegar a mi vida, pero ¿Cómo van a llegar? Dios es el Maestro. Dios es el Maestro. Dios es el que sabe cómo van a llegar a mi vida esas cosas. Entonces mi proceso es mío, pero no solamente mío. Esa es una segunda enseñanza que aprendemos de este dinamismo. La tercera enseñanza nos invita o para obtenerla necesitamos acercarnos a la primera parábola, que es la más visible en el Evangelio de hoy lo del trigo y la cizaña. A ver qué vamos a aprender de esa parábola. Pues aprendemos varias cosas. Según comenta el Papa en el Ángelus del día de hoy, la primera enseñanza que nos da esa parábola es que el mal no viene de Dios. El mal viene del enemigo de Dios. Qué Dios puede utilizar los males para cosas buenas. Eso es un hecho. Pero el mal no viene de Dios. O sea, es necesario reconocer en esta parábola, la realidad del maligno. Pero llama la atención la manera tan serena como el dueño de este campo reconoce la presencia del maligno. Me permito leer esa parte los trabajadores fueron a decirle al amo: -Señor, ¿No sembraste buena semilla en tu campo; de dónde salió esta cizaña? El amo les respondió: -De seguro lo hizo un enemigo mío.- ¡Qué serenidad! De seguro lo hizo un enemigo mío. Esto es importante. Uno sabe que el mal existe, uno sabe que el demonio existe, uno sabe que la tentación existe. Uno sabe que los enemigos de la Iglesia existen. Pero el ejemplo de este dueño del campo tiene que llegar a nosotros. Uno sabe que el mal existe, lo reconoce, lo identifica, pero no le da el tributo de la admiración ni comete tampoco el error de ignorarlo. Los dos errores que se pueden cometer con el mal son ignorarlo como si no existiera. Por supuesto, es gravísimo error, porque entonces más daño nos hace. Pero también existe el otro daño, que es el del aspaviento y el escándalo y agarrarse la cabeza ¿Y cómo está el mundo y hasta dónde vamos a llegar? ¿Y esto cómo es? Ese aspaviento y ese escándalo son una manera de darle alabanzas al mal. Nosotros no tenemos que darle al mal. El tributo de nuestro aspaviento y nuestro espanto. ¿Y cómo va a ser esto? Cada vez que hablamos así, lo que estamos diciendo es -Oh, ¡Qué poderoso es el mal! Pero ¡Cuánta fuerza tiene el mal! ¡Mal qué grande eres! ¡Mal eres poderoso! Pura alabanza. Pura alabanza a las tinieblas. ¡Jamás! El cristiano sabe que el mal existe. No lo ignora, pero tampoco le da el tributo de ninguna admiración. Ahí está. Ahí está el enemigo. Sabe dónde está. El Papa Pablo VI, en una ordenación, a un buen número de sacerdotes. Hizo una plegaria bellísima, bellísima por estos sacerdotes. Y una de las cosas que decía era que conozcan el mal sólo para evitarlo. ¡Precioso, Precioso! Que conozcan el mal sólo para evitarlo. Uno sabe que está ahí y lo evita y lo vence. Pero uno no le da el tributo de la admiración. Entonces se sabe, se sabe que existe el demonio. A veces hay personas que le dan mucha importancia a todo esto de las tinieblas y el demonio, y todos son posesiones y todos son maleficios. Ciertamente esas cosas pueden darse, pero los que son expertos en esos temas y los han tratado pastoralmente por años y años, pues nos dicen que realmente el porcentaje es ínfimo, el porcentaje, por ejemplo, de verdaderas posesiones. Eso existe, pero, las verdaderas posesiones, son un porcentaje mínimo. Entonces, la manera de atacar el mal no es obsesionarse con el mal, ni es escandalizarse con el mal. El mal existe, pero no me voy ni a escandalizar por ese mal, ni le voy a dar mi admiración. Bueno, esa es la primera enseñanza, pero ahora viene la otra parte. ¿Y qué hacemos con la cizaña? Se sabe que este texto tiene que ver con la misericordia. Por eso la primera lectura del libro de la Sabiduría habla de cómo Dios es tan poderoso como es misericordioso. Tiene unas palabras muy hermosas. ¿No? "Siendo tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza". ¡Qué palabras tan poéticas! Ese libro realmente está lleno de sublime poesía. Tiene un mensaje de misericordia. Pero atención, que encontrar el mensaje de misericordia en el pasaje de hoy no es tan obvio como parece. Realmente la dimensión de la misericordia que aparece en este pasaje del trigo y la cizaña, es la dimensión de la prudencia y la paciencia. Es decir, se trata del vínculo que tiene la hermosa virtud de la misericordia con otras dos grandes virtudes que son la prudencia y la paciencia. Prudencia porque uno se equivoca fácilmente sobre qué es trigo y qué cizaña. Ojo con eso. Aquí es donde aparece la manera como nosotros nos solemos equivocar al juzgar de otras personas. Entonces la prudencia está en una especie de autocrítica. El buen cristiano, el buen discípulo del Señor, tiene que aprender a ser muy crítico de sus ojos. Acuérdate lo que nos dijo el Señor en otra parte: -Tienes una viga en tu ojo y ¿Quieres sacarle una motita del ojo del otro?- Aprende a ser crítico de tu mirada crítico de tus ojos. ¿Estaré viendo bien? Uno tiene que aprender a restringir muchísimo al limitar muchísimo sus opiniones. Uno tiende a equivocarse demasiado porque uno desconoce demasiados elementos sobre la vida de otras personas. Un ejemplo que me gusta dar es el de las personas que son reservadas o son tímidas con mucha facilidad pasan por orgullosas. No, la persona no es orgullosa, es tímida, que es muy distinto. Pero en una primera impresión, uno puede creer que la persona es orgullosa. No lo es. Uno se equivoca, uno carece de muchos elementos. Uno se equivoca juzgando a los iguales, a los inferiores, a los superiores. Lo que más estorba, lo que más hace daño, por ejemplo, en una comunidad religiosa, es ese pésimo hábito de estar juzgando las intenciones de otros, sobre todo de los superiores. Ah, me dijo esto por esto. . . Seguro fue por esto. . . Seguro fue porque le dijeron. Y entonces ella creyó. . . Y entonces la otra le dijo. . . Y toda una película. Yo pienso que muchas hermanas deberían trabajar en Hollywood haciendo guiones para el cine. Se hacen unas películas por allá. Y esto me dijo por esto y esto quiere y esto es lo que pretende y uno se equivoca, uno no tiene los elementos, Pero ¡Qué difícil es para el corazón humano! ¡Qué difícil es reconocer! -Realmente no sé, no sé, es posible que sí, es posible que no, no lo sé.- Aprender a limitarse como María Santísima. Cuando no entiende, no empieza a especular, no empieza a murmurar. ¿Qué hace María cuando no entiende? Guarda en su corazón. Ora y medita. ¡Uy, qué difícil! Qué es eso. Eso es muy difícil para el corazón humano. Uno siempre tiene que encontrar la respuesta y si no la encuentra, se la inventa. Pero ese es un error gravísimo. Entonces el trigo y la cizaña, sobre todo cuando están brotando, se parecen mucho y es muy difícil, muy difícil, reconocerlos con la suficiente claridad y agilidad. De modo que si los trabajadores empiezan a arrancar cizaña, se van a llevar un poco de trigo también, porque uno se equivoca mucho. Esa es la prudencia y, por consiguiente, la paciencia. Durísima virtud, pero es muy necesaria la paciencia. En otro texto nos dice Jesús: -Por sus frutos los conoceréis.- Pero eso requiere paciencia, porque de aquí a que salga el fruto, de aquí a que aparezcan los verdaderos frutos, eso es muy difícil. Por eso es virtud de los superiores y de los formadores y de los buenos pastores tener no solamente mucha prudencia, ya que saben que pueden equivocarse, sino también paciencia hasta que aparezca lo que es. O sea que este texto sí nos habla de misericordia, sí habla de misericordia, pero es la misericordia en su vínculo con la prudencia, que es restricción del juicio. Yo no voy a juzgar eso. No estoy seguro de eso. Si no estoy realmente seguro, mejor es no dar una opinión y mejor es no estar comentando lo que uno no sabe en realidad. Y la paciencia; sí. Entonces aparece la misericordia por ese lado. Pero hay que anotar algo, y es que Jesús nunca dice que la cizaña se va a volver trigo, y Jesús nunca dice que a la cizaña le va a ir bien. No, a la cizaña le va mal y la cizaña no se vuelve trigo. ¿Esto por qué lo digo? Porque hay una idea de misericordia que supone que el mal es como equivalente al bien. Porque Dios es misericordioso. Esta idea está muy presente, por ejemplo, este año en que se ha especulado tanto con el tema del Sínodo de la Familia y ha aparecido muchísimo el tema de si se puede o si se debe dar la comunión a los divorciados vueltos a casar. Y muchas personas creen que la misericordia de Dios implica eso. Si somos misericordiosos, ¿Cómo; Cómo por favor, le vamos a negar la Eucaristía a una pareja que está viviendo bien? Claro que dejó una esposa abandonada y unos hijos que no se sabe cómo están, pero; por ahora, por ahora, lo que se ve, la foto de hoy se ven contentos esa parejita. ¿Cómo les vamos a negar la comunión? Eso equivale a decir que da lo mismo una cosa que otra. Y Jesús nunca dice que da lo mismo la cizaña que el trigo. Y Jesús nunca dice que podemos llamar mal al bien o bien al mal. Acuérdate que eso lo critica el profeta Isaías: ¡Ay de aquellos que llaman mal al bien y bien al mal! ¡Ay de aquellos que llaman trigo a la cizaña o cizaña al trigo! No da lo mismo, no es lo mismo. No son equivalentes. O sea que la misericordia no significa hacer equivalentes el bien al mal o el mal al bien. Y la misericordia tampoco significa que la cizaña le va a ir bien, como si fuera trigo. No he visto yo en los años de vida que tengo, nunca me he encontrado en ninguna panadería que digan Ay, les ofrecemos pan de cizaña. Eso no sucede. No se ofrece pan de cizaña, eso no existe. O sea que la cizaña acaba mal. La paga del pecado es la muerte. La cizaña acaba mal, porque esa es la otra idea de misericordia, la otra falsa idea de misericordia, que también hay. La idea de que al final todo acabará bien. Al final todo acabará bien. Violó, mató, robó, profanó, insultó y nunca creyó en nada. Pero. Pero va derechito al cielo. Dios es misericordioso. Imposible que haya infierno. No puede haber infierno. Todo el mundo pal cielo, echen todos pal cielo. Todos para el cielo. Al cielo todo el mundo. Un momento. Por supuesto que nosotros no sabemos ni si hay condenados, ni cuántos condenados, ni cuáles condenados. Eso no nos interesa a nosotros, ni debemos resolverlo nosotros. Pero así como toma el lugar de Dios el que pretende asegurar que tal persona va para el infierno o está en el infierno, así también toma el lugar de Dios el que dice que todas las personas van para el cielo. Ese también está tomando el lugar de Dios. Entonces hay una falsa misericordia que consiste en decir que el trigo es igual a la cizaña y la cizaña igual al trigo. Que en el fondo da lo mismo que comulga todo el mundo. Comulgar, Comulgar, todo el mundo. No, señor, no da lo mismo. Y la cizaña no acaba bien. La paga del pecado es la muerte. La cizaña no acaba bien. Entonces no se puede predicar la misericordia, que consiste en que todo da lo mismo, ni se puede predicar la misericordia que consiste en que todo el mundo va al cielo. Entonces, cuál misericordia se puede predicar? La misericordia que indica que nosotros hemos de ser prudentes en nuestro discernimiento y que hemos de ser pacientes, y que finalmente es Dios el que conoce. Eso debemos conocerlo, eso debemos practicarlo. Y también la misericordia del que advierte lo que va a suceder. Cuando Cristo dice aten en gavillas la cizaña y quémenla. Eso es una imagen del infierno. El Misericordioso Cristo está predicando el infierno. ¿Por qué? Por misericordia. Para que no te pase. La predicación de las consecuencias del pecado es misericordia. O sea que la misericordia no es solamente la paciencia, la comprensión, la tolerancia, la misericordia también es contar las consecuencias. Bueno, y sin ser tan, digamos, tan extremos, también es misericordioso el que en un camino de formación le va diciendo a uno mire, así cómo va usted, así no va bien. Si usted sigue con esta actitud, así no es. Eso es misericordia, es decir, corregir es misericordia, advertir es misericordia. Por supuesto, también lo otro que dijimos antes, es saber esperar, saber acoger y siempre amar.

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