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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Como Dios no le tiene que demostrar nada a nadie, la medida de su poder es la misma medida de su amor.
Homilía ao16006a, predicada en 20140720, con 4 min. y 47 seg. 
Transcripción:
¡Feliz domingo para todos! La primera lectura de este domingo está tomada del capítulo 12 del Libro de la Sabiduría. Es un pasaje muy hermoso que nos muestra un aspecto inesperado y muy bello del poder de Dios. Creo que la frase fundamental es que Dios no le tiene que demostrar nada a nadie, precisamente porque es soberano, precisamente porque su poder no tiene límite. También Él puede obrar con libertad y no necesita probar su poder delante de nadie. Consideremos el caso que es lo que hace el Libro de la Sabiduría. Consideremos el caso del pecador, el que ofende a Dios. La actitud de Dios, su paciencia, su misericordia, su providencia con el pecador son demostraciones de su poder. Uno podría pensar que la paciencia de Dios es una especie de debilidad, Pero no es así. Más bien es muestra de fortaleza, porque en la medida en que Dios ejerce esa paciencia y derrama con abundancia esa misericordia, está mostrando que no necesita del tributo de sus criaturas y está mostrando que más allá de la respuesta que cada uno de nosotros le pueda dar, Él sigue siendo Dios. No es que no le importemos, es que no depende de nosotros. Él no depende de nosotros. Y esa grandeza de Dios queda confirmada entonces por su misericordia. El hermoso razonamiento que nos presenta este pasaje yo creo que está en agudo contraste con lo que muchas veces vemos en nuestro mundo, porque lo que encontramos a menudo en nuestra tierra es que el que tiene poder exhibe el poder. Pero observa que la exhibición del poder en el fondo está mostrando una fragilidad, una debilidad. ¿Para qué exhibes lo que eres? Porque ¿Necesitas el reconocimiento de alguien? Porque tienes que probarle a alguien que debe temerte o que debe estar bajo tu dominio. Dios no tiene que exhibirse. Su inmensa majestad, su total soberanía está completamente por encima de el aplauso, la reprobación, el cuestionamiento de cualquiera de sus criaturas. Lo más hermoso de esto, por supuesto, es que mientras que en nuestra tierra se encuentra esa situación de exhibición de poder y por consiguiente de dureza y a veces de crueldad, el Dios que es infinitamente poderoso y que no tiene que exhibirse ni tiene que demostrarle nada a nadie, es el Dios infinitamente misericordioso. Aquellos que tienen que demostrar una y otra vez que si mandan suelen ser crueles. Pero el Dios que no tiene que demostrar nada es el Dios que puede manifestar también su misericordia. De este modo, el capítulo 12 de la Sabiduría nos ayuda a descubrir cómo en el Señor se unen el poder y la misericordia. Cómo Él no se vuelve débil por el hecho de ser compasivo, pero tampoco tiene que volverse cruel o déspota por el hecho de ser poderoso. Esta hermosa unión entre el poder y la misericordia la encontramos particularmente en la persona de Jesucristo. Al mismo tiempo, es majestuoso y es la expresión más plena y más perfecta de su bondad. De la bondad de Dios mismo. Alabemos al Señor por esta misericordia, por este poder, y descubramos especialmente en el sacramento eucarístico, cómo se conjugan estas dos palabras. Solo el poder de Dios logra ese milagro y solo la compasión de Dios lo pone en nuestras manos y en nuestra boca. A Él sea la alabanza por los siglos. Amén.

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