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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía ao16004a, predicada en 20080720, con 15 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Esta es una buena ocasión, amigos, para que reflexionemos sobre la enseñanza de Cristo. Y eso de que utilizaba parábolas. Las parábolas tienen muchas ventajas. Una parábola es una pequeña historia. Es una narración que está llena de significado y que se puede aplicar de muchas maneras. Precisamente la primera ventaja de una parábola es eso, que es un cuento, es una historia, y la mente humana es especialmente hábil para recordar historias. Porque la vida nuestra, la vida misma, es historia. También es nuestra historia. Entonces el cerebro está como muy adaptado para guardar recuerdo de las historias, mientras que los datos aislados son las cosas más difíciles de recordar. Si a uno le empiezan a decir números durante dos minutos, a menos que uno sea un prodigio o se haya entrenado mucho, uno no puede repetir los mismos números porque no ve una conexión entre ellos. En cambio, en una parábola uno puede ir siguiendo la historia, cada elemento, cada escena, como que ayuda a recordar la siguiente. Y así, por esa especie de asociación continuada, uno puede recordar al final todo el texto. Los Evangelios fueron escritos muchos años después de los hechos sucedidos. Por lo menos eso es lo que se cree más comúnmente hoy en las facultades de Sagrada Escritura, en los lugares de estudio de la Biblia. Es posible que, por ejemplo, los Evangelios de Marcos o de Mateo hayan sido escritos unos treinta años, tal vez después de que todo esto había pasado; y el Evangelio de Juan fue el último que se escribió y probablemente se escribió unos 60 años después de todo lo que había sucedido. O sea que muchas cosas tuvieron que haberse olvidado por el camino, pero no se olvidó que Jesús era un gran contador de historias, un gran narrador. Y precisamente ese recurso pedagógico fue lo que sirvió para que se salvara mucho de su mensaje en una época en que tan poquitas personas sabían leer y escribir. En estas parábolas lo primero entonces que hay que admirar es ese recurso. Es como poner a hablar a la vida, las cosas sencillas en sus parábolas, como acabamos de oír, Jesús utiliza elementos muy sencillos la levadura, el trigo, el campo, la viña, las ovejas, cosas todas relacionadas con la vida de la gente de aquel tiempo, pero también cosas que nos resultan no muy difíciles de entender a nosotros, así no hayamos vivido en los mismos campos. La otra cosa interesante es que casi todas las parábolas, por no decir todas, se pueden aplicar, diríamos, a distintos niveles. Vamos a hacerlo con esto del trigo y la cizaña, porque parte de mi objetivo es que ustedes y yo nos enamoremos de la Biblia, nos enamoremos de la Palabra de Dios. Vivimos en un tiempo en el que a menudo se habla mal de la religión. El Papa, recientemente, allá en Australia, tuvo un encuentro con representantes de otras religiones y el mensaje del Papa, que fue muy bien recibido, gracias a Dios, fue sobre eso, cómo la mayor parte de la gente hoy solo está oyendo la parte negativa, digamos, las desfiguraciones de la religión. Pero esa no es la religión. Y las desfiguraciones de la religión son cuando se utiliza para otros propósitos. Cuando se utiliza, por ejemplo, desde una estructura de poder para manipular a la gente o para usarla, o para empobrecerla o para atontarla. Esas cosas han sucedido. Pero esa no es la esencia de la religión. La religión es bella y en particular nuestra religión es tan hermosa. Pero hay que saber enamorarse de ella. Y no es posible enamorarse de la fe sin enamorarse de la Biblia. Un gran santo que se llama Jerónimo, San Jerónimo, dijo -No se puede desconocer la Biblia sin desconocer a Cristo. No se puede ignorar la Biblia sin ignorar a Cristo.- Entonces hay que enamorarse de esta palabra, hay que conocerla, valorarla. Vamos a esa parábola de hoy. El trigo y la cizaña. Esto se puede aplicar, por ejemplo, a la sociedad, que tal vez es como lo más inmediato. El mismo Jesús dice que, "La cizaña son los servidores del maligno. Servidores del demonio". La gente que está destruyendo o envenenando la sociedad de muchas maneras. Esa es una manera de aplicarla. Y en ese sentido, la parábola nos está ayudando a caer en cuenta que la gran solución no es exterminar a los que consideramos malos. Precisamente los abusos más terribles se han cometido cuando un grupo, por ejemplo un grupo étnico, decide hacer una limpieza, vamos a quitar a los sucios. Así, por ejemplo, los nazis dijeron Nosotros somos la raza limpia, la raza aria, Vamos a quitar la cizaña del judaísmo. Y con eso, pues se llevaron por delante a seis millones de judíos, además de muchos cuyo único pecado era no ser arios o no estar ligados con Alemania. Por ejemplo, aquí hay que recordar todo el sufrimiento del pueblo polaco bajo el nazismo también. El nazismo no tenía como único enemigo a los judíos. Entonces, fíjate que todos tenemos algo de esto. Hay momentos en que uno quiere exterminar al enemigo. Vamos a acabar con los comunistas. En mi país, que por supuesto es el que puedo conocer un poco mejor. Eso se oye, ¿No? Hay que barrer de la tierra a los guerrilleros que les repartan bala. A acabar con ellos. Esa clase de soluciones terminan engendrando más violencia. El Evangelio nos invita a tomar una perspectiva distinta, a encontrar mejor el suelo en el que ha crecido esta gente y a encontrar mejor el fruto que pueden producir. O sea que ahí hay una aplicación. La aplicación social. Pero también hay otra aplicación en el plano psicológico, porque también dentro de cada uno de nosotros, cada uno puede hacer el ejercicio de encontrar trigo y cizaña. Yo creo que ninguno de nosotros diría. . . -Yo soy completamente bueno, todo lo mío es bueno.- Tampoco diríamos, todo lo mío es malo. Entonces también uno puede aplicar esto, trigo y cizaña también hay dentro de cada uno de nosotros. También nosotros tenemos cizaña que va creciendo. Por eso a veces uno envejece y las mañas o pecados van envejeciendo con uno. La persona que era mentirosa se vuelve cada vez más experta en mentir. El que era orgulloso o vengativo se vuelve cada vez más resentido y agresivo. El que era perezoso se vuelve más manipulador para seguir con su pereza. Es decir, uno puede crecer y de hecho uno a veces crece en los vicios que tiene, pero también hay cosas dentro de uno que van mejorando. Hay virtudes que uno tiene y que también uno las va empleando cada vez mejor en su inteligencia, en su voluntad, en lo que sea. O sea que cada uno de nosotros también tiene trigo y cizaña. Pero lo gracioso es que a veces las cosas que uno considera que son cizaña dentro de uno, terminan prestando un buen servicio. Si no por otra razón, por lo menos porque le ayudan a uno a bajarse de esa nube de orgullo en que uno a veces vive. Un ejemplo histórico interesante es el de San Agustín. San Agustín, que vivió hacia el siglo quinto, era un hombre tremendamente inteligente y con una gran facilidad de palabra. Pero San Agustín al mismo tiempo, veía que cometía con mucha facilidad toda clase de excesos en torno a los pecados de la carne. Y él se sentía dividido incluso antes de ser cristiano. A él no le preocupaba ahí los mandamientos de Dios, sino que él mismo se sentía. Sentía como asco de la cantidad de cosas que hacía y que volvía y repetía y volvía y repetía, y se sentía impotente frente a sí mismo. Por supuesto que no es bueno estar en esa situación, como en esas cadenas de lujuria, pero fíjate que eso tuvo una cosa buena, porque él, que se consideraba tan inteligente por su inteligencia, se había vuelto una persona muy soberbia. Pero toda esta cizaña de lujuria que iba creciendo en él, le sirvió para darse cuenta que también él era de barro y que él tenía que bajarse de ese orgullo, que él tenía que reconocer que él no podía hacer todo lo que se proponía, y eso, reconocer su limitación, reconocer si se quiere, su impotencia, fue el principio de su conversión. San Agustín se convirtió a Cristo Jesús, no gracias a su tremenda inteligencia, la de Agustín, sino gracias a que se sintió muchas veces derrotado en dos o tres cosas, y entre ellas, muy especialmente este tema de la lujuria. Lo cual quiere decir que eso que podía parecer solamente perverso, hasta cierto punto le ayudó. Y algo parecido nos cuenta San Pablo en su segunda carta a los Corintios, donde él dice que algo le perturbaba. Él habla de un aguijón que se hundía en su carne y que Él le pidió a Dios -Líbrame de esto, líbrame de esto.- Y Dios le dijo: "En la debilidad se muestra más perfectamente la gracia". Entonces, a veces es bueno en vez de entrar uno en un conflicto con uno mismo porque soy sucio o porque soy impuro, quiero decir, o porque soy un fracasado, porque no tengo el dinero que quisiera tener porque no tengo el cuerpo que quisiera tener, porque yo quisiera tener un cuerpo mucho más atlético. Esos cuerpos de la gente de 6 horas de gimnasio, pero no lo tengo. En vez de entrar uno en esa clase de conflictos, parece que es mejor encontrar como el fruto bueno que todo eso va trayendo, que repito, en buena parte es humildad, pero no solo humildad. Muchas veces, a través de nuestras limitaciones, también aprendemos a ser más comprensivos con otras personas. Fíjate que cuando una persona ha pasado por algún vicio que realmente lo tuvo muy atrapado en una época, casi siempre se convierte en un instrumento privilegiado para ayudar a otros a que salgan también de ese vicio. Entonces, hay poder en esa clase de conversión. Todo esto significa que uno puede tomar este texto del Evangelio que está en el capítulo 13 de San Mateo. Uno puede tomar este texto y lo puede aplicar de una manera, llamémoslo así, psicológica. El texto se puede aplicar a la sociedad, los buenos y los malos en la sociedad, pero también se puede aplicar al propio corazón, a la propia vida. Y luego uno se pone a pensar en muchos otros ejemplos por, decir algo, las empresas o qué sé yo, y se da cuenta que esto también se cumple. Muchos de los grandes empresarios y gente de gran éxito fueron despreciados, despreciados, olímpicamente, despreciados y humillados y marginados. Cuando los hermanos Wright estaban haciendo sus experimentos que dieron origen finalmente a lo que hoy es la aviación. Había, pero muchos científicos es que no era ni uno ni dos que decían: Está científicamente demostrado que un objeto más pesado que el aire jamás podrá volar. Pero a veces estos tercos que han sido marginados y que parece que no van a servir para nada, hacen las grandes revoluciones. El mundo es un lugar muy distinto desde que tenemos los aviones que tenemos. Thomas Alva Edison. Es una historia semejante. Albert Einstein. Es una historia semejante. Y en el mundo de las empresas, gente como Steve Jobs, el de Apple o como Bill Gates, el de Microsoft, fueron gente que parecían unos fracasados. En particular, estos dos últimos empresarios norteamericanos ni siquiera terminaron College. O sea, eran nada. Tú miras las fotos que por ahí circulan en internet de quién era Bill Gates en esa época y parecía cualquier hippie, tonto, distraído, soñador, iluso. Pero ese hombre tenía también su propia idea. Y esta es una gran enseñanza. A veces uno cree que no se va a sacar nada de la gente que uno conoció en su colegio, en su universidad, en su empresa. Y a veces esas son las personas que pueden dar las sorpresas más grandes. Y esa también es otra especie de aplicación de esta parábola. Jesús era un gran maestro, mis hermanos. Y cuando Jesús nos dejó estas parábolas, nos dejó lo que yo a veces llamo como una especie de chicle. Pero a ver, este es un chicle nutritivo. No es el solo ejercicio de mascar y mascar. Este es un chicle que alimenta. Yo te invito a que te lleves este chicle del alma que son las parábolas de Cristo. Si tú las tomas en tu mente, en tu corazón, y las masticas y piensas y piensas en ellas, vas encontrando aplicaciones sorprendentes y vas viendo que había mucha luz en el Profeta de Nazaret. Había, había una promesa de eternidad y de amor que es maravillosa. Que el Señor nos permita penetrar cada vez más su Palabra, apreciarla y vivirla. Amén.

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