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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Descubramos la semilla del Reino, y hagamos el bien que tenemos que hacer.
Homilía ao16002a, predicada en 19990718, con 16 min. y 26 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos. El Evangelio está lleno de preguntas profundas ¿Qué tal esta, que ha salido en el pasaje de hoy? ¿Por qué hay mala hierba? Esa es una pregunta como para romperse la cabeza uno. ¿Por qué si la Tierra es para todos, no alcanza para todos? Estadísticas recientes muestran que las tres personas más ricas del mundo en este momento tienen más dinero que los ochenta países más pobres. ¡Tres personas, más dinero que ochenta países!. Algo debe andar mal ahí. ¿Qué pasa con esta tierra a la que ensuciamos tanto, con esa naturaleza que ya parece rebelarse contra el ser humano y querer como excluirlo?. ¿Por qué hay mala hierba? ¿Por qué hay problemas que son endémicos? Nuestra patria sufre endémicamente de la violencia, generación tras generación. Un recorrido por la historia de Colombia nos lleva a esa conclusión: -La violencia no es de este año ni de hace diez años-. Alguien podrá decir, que no hemos salido de la patria boba. Ese que me responda ¿por qué hay racismo en los Estados Unidos de América? y que me conteste también: ¿Cuántos muertos más va a haber en la guerra entre católicos y protestantes en Irlanda? Y que me diga ¿por qué? el Islam persigue, tortura, aísla a los cristianos. ¿Por qué hay mala hierba? ¿Por qué la maldad en el corazón humano? Es una pregunta aguda, profunda, dolorosa. Si, nos vamos a la iglesia, encontramos algo semejante. Se supone que la iglesia tiene su origen en la predicación y en la santidad de Jesucristo. ¿Por qué hay mala hierba en la iglesia? ¿Por qué nosotros, que hemos sido bendecidos de tantas maneras, nosotros los sacerdotes, tantas veces decepcionamos? Cuando uno lee los documentos de la Iglesia sobre la familia cristiana, se admira. Qué cosa tan sensata y tan hermosa. Pero cuando conoces la realidad de tantas familias con sus fríos, sus indiferencias, sus infidelidades, sus hipocresías. Uno se pregunta: ¿por qué hay mala hierba? ¿Por qué en todos los caminos que recorre el ser humano va quedando ese sello de quedarnos a medio camino, de llegar solo hasta la mitad, de no alcanzar el fruto? Las leyes de los países están llenas de sabiduría muchas veces, pero el comportamiento de los mismos países no está de acuerdo con esas leyes. Las constituciones de las comunidades religiosas están definidas pero el comportamiento de los religiosos a menudo no responde a esa sabiduría. No más ejemplos, que quede la pregunta: ¿Por qué esa mala hierba, incluso en el jardín de Dios? ¿Por qué esa mala hierba? Miremos los Papas. . . Hay grandes ejemplos de santidad y hay unas vergüenzas terribles para nuestra Iglesia católica en la historia de los Papas. Si revisamos los estados de vida, las naciones, los siglos, las culturas, por todas partes, parece que pudiera crecer esta mala hierba, como las enfermedades que tienen la capacidad de surgir hasta en los lugares más inhóspitos, allí donde la vida apenas alcanza a darse, hay suficiente vida para enfermarse. Al Reino de los cielos, dice Cristo: le sucede lo que a la buena semilla, que un hombre sembró en su campo. Hay una semilla buena y hay un campo bueno, pero también hay un enemigo que siembra esa mala hierba. Exasperados por la mala hierba, nosotros seguramente nos identificaremos con lo que dijeron estos amigos del patrón: ¿Quieres que vayamos nosotros a arrancarla? Quisiéramos tomar la justicia por nuestras manos. Cuando la maldad alcanza ciertas cotas, quisiéramos tomar la justicia por nuestras manos. Parece que de ahí surgió ese fenómeno de los paramilitares. . ., del agotamiento, de la exasperación, de la necesidad de hacer algo, -hay que acabar con ellos, hay que acabar con los enemigos-. La solución que propone Cristo no es arrancar esa mala hierba. Dice: -que no hay que arrancarla, no vaya a ser que al arrancarla, arranquéis también el trigo-. ¿Es esta una respuesta pasiva a una pregunta dramática? Lo que dice el Evangelio de hoy es que hay que dejar que crezcan juntos. Pero cómo dejar que crezcan juntos. si vemos lo que está pasando, si vemos los frutos de maldad, de violencia y de muerte. Pues hay que dejar que crezcan juntos, porque al arrancar unos podríamos arrancar de los otros. Sobre todo hay que creer que es mayor la fuerza de la buena semilla Y hay que creer, cosa que no dice la parábola, que también esa maldad se puede convertir; si se pudiera distinguir completamente, si se pudiera diseccionar completamente el bien del mal- Si pudiéramos poner exactamente de un lado las personas buenas y otras las personas malas, si pudiéramos lavar completamente nuestras manos y separarnos de toda complicidad, entonces podríamos arrancar la mala hierba y dejar solo el trigo. Pero esto no se puede, porque el corazón humano es ambiguo, tiene de bueno y de malo. Un día puede ser muy perverso y luego puede convertirse, un día puede ser muy generoso y luego un criminal. Además, existen las redes de complicidad. Especialmente cuando estudiamos los problemas de la psicología y de la sociología, descubrimos maldades de unas personas, tienen sus orígenes en las indiferencias, los egoísmos, las soberbias de otras personas. ¿Quién sabe? cuánta responsabilidad tenemos nosotros, los que estamos aquí con las situaciones que vive el país o que vive el mundo. Y uno no lo cree, uno no cree que la pequeña maldad, que el pequeño egoísmo, que la pequeña indiferencia de uno, se pueda sumar con el mal de otros y pueda llegar a convertirse en una carga insoportable que genera muerte, exasperación o violencia en otras personas. Pero aún en un plano pequeño como es, el plano familiar, esto se puede comprobar. Un adolescente se suicidó. Estudio del caso: Él sentía que no le importaba a nadie. Pregunta: En qué momento el papá le dijo a él: -Usted no me importa mijo-, no se lo dijo nunca, esas palabras no se las dijo nunca. En qué momento la mamá le dijo a este muchacho: -Usted no me importa-. No se lo dijo nunca. ¿De dónde salió la muerte del muchacho.? Salió de una suma de actos pequeños, de no prestar atención muchas veces, de descuidar no sólo del mal que hacemos, sino del bien que dejamos de hacer, de todos los bienes que no hemos hecho y de todos los males que a nosotros nos parecieron pequeños, pero que trajeron consecuencias grandes. Hemos hecho difícil la vida para otras personas. Después de que esas personas están metidas en sus problemas, es fácil señalarlas y decir: mala hierba, ¡muérase!, después de que están allá. Es lo que ve uno como sacerdote, por ejemplo, con el problema del aborto. Muy cómoda la posición de los que dicen: -despenalicemos el aborto- Muy cómoda, la posición de los que dicen no se le permite a la mujer abortar. Pero, ¿qué hay detrás de eso? ¿Qué hay detrás de eso? ¿Qué hubo en esa familia? ¿Qué hubo en ese colegio que hubo en esos amigos? ¿Qué hubo en esas amigas, que hubo en esas conversaciones? Ese muerto no es el muerto causado por un doctor en una clínica de abortos. Ese muerto, es el muerto de mucha gente que hizo malo y que dejó de hacer bienes. Y después de que las personas están en problemas, les hacemos lo mismo que le hicieron los sumos sacerdotes a Judas. Ese es tu problema, dijo Judas: -he condenado a muerte un inocente-. Y le dicen los sumos sacerdotes y a nosotros que; -es tu problema-. Y esa frase, -es es tu problema-, es la que llevó a Judas a la desesperación y al suicidio, y es la que puede llevar a muchas personas a cometer crímenes contra sí mismos o contra la sociedad. Por eso Jesús tiene razón, pues claro que tiene razón. Vamos a quitar la mala hierba. ¿Eso significa que vamos a quitarle todas las raíces? Y qué tal que esas raíces nos implicarán también a nosotros, los que nos consideramos buenos y nos consideramos jueces. Estoy por pensar que alguno de ustedes dirá: -pero si yo no le hago mal a nadie, yo vivo mi vida tranquila y honrada, yo ¿por qué tengo que soportar lo que está viviendo este país y lo que está viviendo este mundo?- Pues sí, tiene razón; usted no le hace mal a nadie, admitamos eso. ¿Hace usted el bien que tiene que hacer? ¿Hace usted el bien que puede hacer? Eso solo lo descubre uno, cuando descubre la semilla del Reino. Para saber uno cuál es todo el bien que uno puede hacer, tiene que haberse encontrado con la semilla del Reino, tiene que haberse fascinado por la semilla del Reino. Usted siente que tiene una noticia maravillosa y alegre que darle a este mundo. Si no lo siente, usted no ha descubierto cuál es la predicación de Jesús. Y entonces su primer deber. . . Lo primero que usted ha dejado de hacer es, descubrir la semilla del Reino. Y, sí usted, en cambio, ya ha descubierto esa semilla y está fascinada y está fascinado por el Reino de Dios ¿Qué pasa con usted que no lo anuncia? Yo no creo que usted sea inocente, ni creo que yo sea inocente. Nuestros años perdidos, nuestras palabras negadas, nuestra falta de pasión por el Reino de los cielos nos acusan. Nosotros no podemos considerarnos trigo para señalar a los otros y decir que son mala hierba. Nosotros, los que hemos tenido ocasión de escuchar la Palabra, debemos preguntarnos si hemos descubierto el vigor de la semilla del Reino y si habiéndola descubierto, la hemos propagado con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro amor, más allá de los límites, de nuestros egoísmos colectivos. Porque hay quien cree, que porque le hace bien a su familia ya cumplió con todo. Hermanito, usted ¿no recibe de toda la sociedad?, ¿No considera que tiene una responsabilidad más allá de su apartamento, de su casa, de su carro, de su club? ¿No considera que usted tiene algo que hacer mucho más allá de sus fronteras? Es que existe el egoísmo de las personas, pero también existe el egoísmo de las parejas y también existe el egoísmo de las familias y de las clases sociales. Yo le puedo apostar que si, usted descubre la maravillosa noticia del Reino, si usted descubre esa semilla y si usted se fascina por esa semilla y usted tiene la palabra llena de gozo del Evangelio de Cristo, usted se asombrará de todo el bien que nunca hizo, porque usted creyó que estaba haciendo todo el bien que podía. Tal vez usted está haciendo todo el bien que puede, todo el bien que se puede hacer sin conocer la semilla del Reino. Pero cuando se conoce la semilla del Reino, cuando se encuentra el vigor de la semilla del Reino de los Cielos, uno descubre que uno lo que ha estado haciendo es protegiendo sus afectos, protegiendo su pequeño mundo y defendiéndose del resto de la sociedad. Pobre balance que no nos deja clasificados como trigo, ciertamente. Mis hermanos, al recibir la comunión en el día de hoy, pidámosle a Cristo que nos ayude a descubrir la semilla del Reino, la noticia fantástica de su amor y de su gracia. Pidámosle al Padre Celestial que nos dé el gozo irreprimible del Evangelio de Jesucristo y el deseo irreprimible de transmitirlo a otros y de hacer el máximo bien posible. Descubriremos que muchos que parecían mala hierba son trigo de la mejor calidad.

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