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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El esquema del mundo es: calcular mucho; querer controlar todo; encerrarse en el egoísmo; rebelarse contra la ley de Dios. La propuesta de Cristo es: abundancia recibida y compartida en la gracia; confianza; caridad y gozosa obediencia.
Homilía ao15013a, predicada en 20170716, con 16 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, la Palabra de Dios es abundante en su significado y con mucha frecuencia un mismo pasaje de la Biblia nos ilumina desde distintos ángulos. En esta oportunidad quisiera que reflexionáramos en las tres lecturas del domingo, no solamente el Evangelio. Y si miramos las tres lecturas, la primera del profeta Isaías, la segunda de la carta de San Pablo a los Romanos y la tercera del Evangelio según San Mateo. Encontramos que hay una palabra que puede servir de hilo conductor. Es bonito cuando en las lecturas de la misa uno busca una idea, una palabra, una enseñanza que sirva como de conexión entre las lecturas. Piense usted que cuando cae la lluvia. No pregunta sobre qué suelo está cayendo, cuando cae la nieve, no pregunta a dónde va a llegar cada copo. Cuando cae la semilla, en el Evangelio no se sabe en qué tierra o a qué tierra va a llegar. Y eso es interesante. Jesús decía alguna vez: "Dios hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos". Eso tiene que ver con abundancia, casi con desperdicio. Pero hay una palabra que creo que resulta útil, la palabra "cálculo". Muchas veces uno calcula qué puede sacar de un negocio, o de una amistad, o de una persona, o de una relación, o de unos minutos escasos que tienen. Muchas veces nuestra vida humana está marcada por el cálculo. Y vamos calculando y vamos midiendo y vamos tasando muchas cosas. A veces calculamos tanto que no queremos perder ni un minuto, ni un centavo, ni un esfuerzo, ni una sonrisa. Muchos estudiantes universitarios hacen cálculos y se preguntan ¿Si vale la pena prepararse bien; si vale la pena estudiar esto? Están haciendo un cálculo. Están pensando ¿Para qué me dedico yo a estudiar Integrales en dos Variables; de qué me va a servir eso? ¿Para qué me dedico a aprenderme las capitales de África? ¿Para qué me sirve conocer la geografía de la China? Y empezamos a marcar nuestra vida por el cálculo. El problema de esa mentalidad es que nuestra mente calculadora deja a algunos de nuestros hermanos sin lo mínimo. Por ejemplo, qué tal un papá que empiece a hacer este cálculo. . . ¿Cuántos minutos exactamente le tengo que dar a mi hijo, 5 minutos al día, 16 minutos al día, 74 minutos al día? un papá que calcule demasiado el número de minutos que le da al hijo, posiblemente deja ese hijo sin los abrazos, sin los consejos, sin el amor que necesita. Imagínense ustedes una chica que tiene su novio y que hace estas cuentas ¿Cuántas veces a la semana debemos agarrarnos de la mano para seguir siendo novios? ¿Cuántas veces; 35, 48, 61? Casi siempre, cuando uno empieza a calcular, uno empieza a disminuir y nos volvemos gente de corazón, de piedra, como decía el profeta Ezequiel. Gente que economiza tanto las sonrisas que no las pierde, por ejemplo, siendo amable con un extraño. ¿Por qué voy a ser amable con esa persona; qué saco yo con eso? Nada. Como conclusión, voy con mi carota de piedra por la calle, pero cuando usted lleva su cara de piedra, yo llevo la mía. El otro lleva la suya. La calle se vuelve un lugar temible donde todos parecemos enemigos porque todos estamos calculando. Piense usted. Un médico. Un médico que calcule demasiado. Ese médico sabe que cuantos más pacientes atienda en el menor tiempo posible, más dinero logra. Entonces este médico, si llega a ese extremo, ni siquiera le mira la cara a la gente. Yo me he encontrado amigos, amigas que me dicen, fui donde el médico y comentan, cómo se ha deshumanizado la medicina. El médico no salía de su pantalla. Edad, grupo sanguíneo, le han hecho una operación. ¿Qué alergias tiene? No necesito ni siquiera mirarlo a usted, porque si lo miro, pierdo tiempo. Ese es el fruto de calcular demasiado. Un político que calcule demasiado rápidamente se vuelve inescrupuloso. Porque los cálculos del político son los votos. ¿Qué tengo que decir para que voten por mí? A ver qué tengo que decir. Un servicio de consultoría, por favor, que averigüe qué tengo que decir. Parece que la gente lo que quiere ahora es aborto libre. Gratuito, subsidiado a todas horas, pagado por el gobierno. ¡¡¡Yo les prometo aborto libre, subsidiado!!! Este político no cree en sus palabras ni sabe si podrá cumplirlas, ni le interesa el bien o el mal, porque simplemente está calculando. Nos damos cuenta que la palabra cálculo así entendida nos lleva en una pendiente resbaladiza, porque el que mucho calcula pasa a otra palabra, "Control". Todo lo quiere controlar y el que mucho controla pasa a otra palabra, "Egoísmo". Solo piensa en su provecho y el que cae en ese -egoísmo calculador- que muy bien denuncia el Papa Francisco en su encíclica: -El Gozo Del Evangelio-. El que cae en ese egoísmo no soporta un Dios. Dios es un estorbo. Ese Dios que me dice que ame a los enemigos, que sea fiel a mi esposa, que me preocupe por cuidar el planeta. ¡Qué cuentos! Yo veré qué hago. Entonces uno ve que esa es una pendiente resbaladiza que nos tienta a todos. Demasiado cálculo, demasiado control, demasiado egoísmo y de ahí rebeldía contra Dios, Demasiada rebeldía. En cambio, qué es lo que nos presentan las lecturas de hoy? a un Dios que no calcula demasiado. Un Dios que sabe mucho y calcula poco. Ese podría ser el título de esta homilía. Un Dios que sabe mucho. De hecho, lo sabe todo, pero calcula poco. Entonces riega la lluvia. Suelta la nieve, esparce la semilla. Entonces, frente a esa pendiente resbaladiza del cálculo al control y del control al egoísmo y del egoísmo a la rebeldía, la Biblia nos propone un camino diferente, un camino que empieza por la generosidad. En vez de tanto cálculo, más generosidad. En vez de tanto control, más confianza, empezando por la confianza en Dios mismo. Acuérdate todo lo que Jesús nos dice en esos capítulos 5, 6 y 7 de San Mateo, lo que se suele llamar el Sermón de la Montaña. Cómo nos invita a tener una actitud de confianza en Papá Dios. Entonces, en vez de cálculo, generosidad en vez de control, confianza y en vez de egoísmo, amor. Y en vez de rebeldía, obediencia. Ese es el camino que propone la Palabra de Dios. Y fíjate cómo se integra hermosamente la segunda lectura en esto que estamos diciendo. La primera frase que nos dijo San Pablo en el texto de hoy de la carta a los Romanos fue esta: "Los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que está a punto de revelarse en nosotros". Es decir, que la persona que es demasiado calculadora lleva muy bien las cuentas de sus dolores, de sus problemas, de sus derrotas, y termina paralizado en la cárcel de sus propios recuerdos amargos. En cambio, el que conoce al Dios abundante, el Dios de la gracia, el Dios del amor incontenible, puede decir con San Pablo, -Es verdad que estoy sufriendo, pero en medio de mi sufrimiento sé que Dios es incalculable-. Esto tiene que ver con problemas morales muy serios de nuestra época. Piense usted, por ejemplo, el tema del enfermo terminal, el enfermo terminal que se dedica a calcular. Rápidamente llega la idea del suicidio. ¡¡Yo qué voy a sacar de este sufrimiento!! Ya esta enfermedad es incurable. La vida se me vuelve insoportable. No, señor. No es la vida la que se te vuelve insoportable. Son tus cálculos. Lo que tú calculas. Si conocieras el capítulo octavo de la Carta a los Romanos, dirías, -Los sufrimientos de la vida presente no se comparan con lo que Dios prepara-. Y entonces empieza uno a descubrir el sufrimiento. Cosas benditas, cosas maravillosas. Se los dice un servidor de ustedes que vio morirse durante años y años a una mujer verdadera heroína de la fe. Mi abuela materna, una mujer afectada por múltiples accidentes cerebrovasculares y que desde su cama y desde su postración, fue gran maestra de la fe para todos en casa. Hay una fecundidad en el sufrimiento. Hay una fecundidad en la donación, pero el que mucho calcula no sabe de eso. Y cuando el esposo, cuando la esposa se enferma, hace rápidamente sus cuentas y dice, ya con este no hay nada que hacer. Por eso quiero terminar esta reflexión con una historia muy bonita que circula por internet y que quizás usted ya la haya leído. . . Se encuentran dos amigos y el uno le dice al otro: Te veo de afán. ¿A dónde vas a estas horas tan temprano, con tanta carrera? Ya eran personas mayores de estos que ya están retirados, jubilados. No se supone que tenga tanto afán. Y él dice, es que voy al hogar donde está mi esposa. El otro sabía que la esposa padecía desde hacía tiempo de un grave Alzheimer y entonces le dice con una frase que yo no sé cómo calificar. Le dice: -Pero, por qué corres tanto, ¿Si ya ella no te reconoce ni sabe quién eres? Y le responde este hombre sin aminorar el paso. Ella tal vez no se acuerda de quién soy yo, pero yo sí me acuerdo de quién es ella. ¡¡Éso es amor!! Uno que está calculando y calculando dice: Bueno, allá que la tengan hasta el día en que le inyecten su cianuro y se acabe y cobramos el seguro o la herencia. El que mucho calcula termina siendo suicida y homicida. El que aprende a amar puede decir como aquel hombre. Tal vez ella no se acuerda de mí. Yo sí me acuerdo de ella. Y ahora pregunto yo: ¿Qué ruta queremos que siga el mundo? La pendiente escabrosa y desastrosa del cálculo, el control, el egoísmo, la rebeldía frente a Dios? ¿O queremos aceptar la propuesta de Jesús empezando por la manera como Él nos amó en la cruz? Sin hacer cuentas de un modo infinito, irreversible y perfecto. De pie, por favor.

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