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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El lenguaje de la siembra, en Isaías y en Mateo, sirve para descubrir las dimensiones de la gracia: operante y cooperante.
Homilía ao15010a, predicada en 20140713, con 17 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Indudablemente la parábola del sembrador es una de las más conocidas de nuestro Señor Jesucristo. La disposición que tienen las lecturas de hoy en este domingo nos ayuda, sin embargo, a descubrir algo que, por lo menos para mí, es una novedad, una hermosa sorpresa. Siempre es buena idea cuando parece que ya entendemos demasiado un texto; es bueno escucharlo en ese ambiente especial que se llama la liturgia. Porque en la liturgia la riqueza de los signos y la complementariedad de los distintos textos ilumina cosas que uno no vería de otra manera. Por ejemplo, la primera lectura habla de fruto y el Evangelio habla también de fruto, pero de un modo bastante distinto. Y yo creo que es interesante hacer la comparación entre estos dos modos de hablar. Dicho sea inmediatamente estos dos modos de hablar tienen que ver exactamente con la reflexión que tuvimos hace unos minutos: -La omnipotencia de la gracia y la necesidad de las disposiciones-. Omnipotencia de la gracia es lo que presenta el profeta Isaías en ese capítulo cincuenta y cinco, nos dice: "La palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin resultado" , Es interesante ver que en la descripción de Isaías, parece que no se reclama nada, no se espera nada con respecto al lugar donde cae esa palabra, simplemente es una palabra que tiene fuerza, es una palabra que produce resultado, es una palabra que no puede quedar infecunda. De esa manera, esa primera lectura nos está recordando la omnipotencia de la gracia. Es decir, que más allá de las distintas circunstancias y de los distintos auditorios y de las distintas persecuciones, finalmente el triunfo es de Dios y la Palabra no queda estéril, La Palabra da fruto. Pero luego nos vamos al Evangelio y encontramos que el tema de los terrenos es muy importante porque parece que hay terrenos que se quedaron sin fruto. Ese terreno al borde del camino, donde la semilla fue pronto consumida por las aves, se quedó sin fruto, el terreno que tenía poca profundidad se quedó sin fruto, el terreno que estaba lleno de espinos, que sofocaban las plantas jóvenes, se quedó sin fruto. Entonces el Evangelio está destacando la necesidad de una buena disposición. Podemos ser buen terreno y parece que, qué clase de terreno seamos, es algo que cuenta. Entonces, fíjate que hay una relación interesante entre la primera lectura, la de Isaías y el Evangelio de Mateo en el capítulo 13. Por un lado, tenemos una proclamación vigorosa y gozosa del triunfo de la gracia, que es omnipotente. Pero por otro lado, tenemos una confesión, que también es muy importante y es la necesidad de las buenas disposiciones. De hecho, el texto que cita Nuestro Señor tomado de Isaías, curioso eso, tomado también de Isaías, habla de la dureza de corazón. Es decir, parece que si el ser humano se endurece, si el ser humano se blinda contra la acción del amor de Dios, le sucede lo mismo que cuando están lloviendo bendiciones del cielo; pero hay gente que sale con paraguas y así sucede a veces, nos endurecemos, nos blindamos y nos perdemos, para desgracia nuestra, nos perdemos muchos bienes. Pero hay un contraste, ¿al fin que?, la gracia es omnipotente o al fin sí, depende de la respuesta humana. Y lo que hay que decir es que las dos cosas son ciertas, pero para entender esa relación, pues precisamente, hay que entrar en ese hermoso tema de la teología, que es, la teología de la gracia. Nos cuenta, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino que hay por lo menos dos significados de la gracia. Hay una gracia que él llama operante y hay otra gracia que él llama cooperante. Él llama gracia operante a la gracia que obra como sin contar con nosotros. Es decir, la que correspondería a la primera lectura de hoy. Gracia operante es la que tiene que ver, por ejemplo, con una conversión en una acción absolutamente soberana; el amor de Dios parece que se adueña de tal modo de un corazón y de una mente, de tal forma lo fascina que aunque no fuerza la libertad humana, la deja en una condición en la cual lo único que puede elegir, aunque elige, es el bien. Es una maravilla y es exactamente lo que sucede en cada conversión. Esa es gracia operante. Luego explica Santo Tomás que una vez que la gracia de Dios ha llegado a nuestras vidas, no queda infecunda, sino que empieza a transformar nuestra voluntad. De modo que, sobre la base de la gracia operante, esa acción ulterior de la gracia se llama cooperante. Es decir, nosotros cooperamos con Dios, pero la manera como nuestra voluntad coopera con Dios, no es como, dos socios en una empresa o como dos personas que estuvieran empujando un carro. La manera como nosotros cooperamos con Dios, según explica Santo Tomás, es esta: Dios ha llegado primero, ha renovado, ha transformado, ha alimentado, ha fortalecido nuestra voluntad. Y esa voluntad tomada por Él es la que colabora con Él. O sea que finalmente, sigue siendo Dios el único que hace toda la obra. Pero ha querido que esa obra también suceda a través de nosotros. Entonces, ¿cómo hay que entender el tema de las disposiciones y el tema de los terrenos? Ese lenguaje solamente tiene sentido cuando nosotros caemos en cuenta que el único que nos ayuda a preparar el terreno es Él, es decir, el terreno sí hay que prepararlo, pero el que prepara el terreno en nosotros y a través de nosotros es Él, es decir, es gracia cooperante. Y finalmente, toda honra, toda alabanza, todo honor se debe únicamente a Él. Los protestantes tienen una gran preocupación con el tema del mérito, y esa fue de las grandes discusiones de Lutero, cuando entró en disensión con la teología católica. Porque como entienden las cosas, muchos protestantes, hablar de los méritos, los méritos de los santos, por ejemplo, es algo así como poner en el mismo plano el esfuerzo humano y la obra de Dios, la voluntad humana y la voluntad de Dios. Pero bien entendidas las cosas al modo de Santo Tomás o al modo de la teología clásica católica. En ningún momento nuestros méritos están en paralelo con los méritos de Cristo, ni nuestros esfuerzos están en paralelo con los esfuerzos de Dios, ni nuestra voluntad está en paralelo con la voluntad de Dios. Porque aquello bueno que puede nuestra voluntad, lo puede, porque ha sido renovada desde dentro por la acción de la gracia. Aquello bueno que es meritorio en nosotros es precisamente lo que es comienzo de fruto, primicia de fruto, por la obra que Él ha hecho en nosotros. Y por eso tiene nuestro hermano Tomás de Aquino esa frase tan bella, dice que la: "Gratia, Gratia Principium merendi" -La gracia es la que hace posible el mérito-. ¡Hay mérito!, ¿tiene mérito un mártir? Claro, tiene un mérito inmenso. ¿Hay mérito en un misionero? Por supuesto. ¿Hay mérito en quienes trabajan por la justicia, por la misericordia?, por supuesto. Pero ese mérito no es un esfuerzo que ellos hacen en paralelo a lo que Dios hace, sino más bien es el fruto de lo que Dios ya ha hecho en ellos. Entonces Dios sostiene al mártir, Dios da fuerzas al mártir y el mártir renovado desde dentro por esa gracia, por ese espíritu, es el que logra hacer la obra. Entonces hay que preparar el terreno ¿sí o no? Claro, hay que preparar el terreno, pero hay que entender que el hecho mismo de que nos preocupe preparar el terreno y el hecho de que podamos ser terreno preparado, finalmente se debe a que Dios ya viene obrando en nosotros. San Agustín de Hipona, que es llamado el Doctor de la Gracia, tiene una expresión muy bonita sobre esto: él dice que el mismo hecho de llamar a Dios, el mismo hecho de buscar a Dios, ya significa que Él nos ha encontrado. Buscamos a Dios porque Él nos ha encontrado. El hecho de que uno sienta deseo de Dios, ya es prueba de que Dios ha puesto ese deseo en nosotros, o, como dice también la doctora de Siena: -La súplica, la verdadera súplica es la que hace Dios en nosotros-. Entonces, cuando Dios atiende a una oración de súplica, en el fondo está completando la obra que hizo, cuando desde dentro hizo nacer esa súplica en el corazón que ora. Es maravilloso sentir como esta teología de la gracia nos sumerge en el misterio de un Dios que cuenta con nosotros, pero que compasivo y sabio como es, sabe que por nosotros mismos no damos la medida. Entonces este Dios nos renueva desde dentro, este Dios obra desde dentro para que nosotros en realidad cooperemos y sin embargo, cooperemos desde lo que Él nos da. No quiero terminar sin hacer una referencia a la segunda lectura, porque este es uno de esos domingos en que las tres lecturas logran coincidir de un modo muy hermoso. Cuando uno se da cuenta de que toda la obra de la redención es puro regalo, es pura gracia. Pero al mismo tiempo se da cuenta que esa gracia en cierto momento tiene que tocar y transformar la voluntad humana. Entonces se siente algo, se siente algo muy profundo que San Pablo describe como un gemido. Yo creo que cualquiera de nosotros que haya hecho oración de intercesión; bien hecha por lo menos una vez en la vida, entiende qué significa esto del gemido. Pensemos en el caso de un hermano o una hermana de comunidad que uno lo ve en una actitud, vamos a llamarla tonta, una actitud rebelde, de esas actitudes inmaduras muchas veces, esos momentos tal vez los hemos vivido todos, en que uno está como peleando con Dios y entonces, no quiere hacer las cosas , y se convierte como en una carga. Tal vez todos hemos sido alguna vez así, pero yo me refiero aquí al caso en el que uno lo ve en otra persona y uno trata como de hablarle a esa persona y decirle: -mira, no tomes todo de un modo tan personal, fíjate que se pueden ver-. -No, no, no, ya usted se puso de parte de los otros- con una prevención y con una cosa, con una prepotencia y con una distancia. De modo que hay personas a las que uno siente que casi no se les puede hablar porque todo lo interpretan por donde no es, y siempre se sienten atacados y siempre son víctimas y -lo mío nunca cuenta- y están en una mezcla de victimización y de arrogancia. Y esa mezcla es un cóctel muy venenoso; realmente es un cóctel que el enemigo malo sabe preparar y lo tiene reservado especialmente para sacerdotes y religiosos. Uno se victimiza y a la vez se vuelve arrogante, entonces nadie me puede ayudar, pero nadie sufre como yo. . ., -espere lo ayudo-, -no, no, usted no me puede ayudar-, pero nadie sufre como yo. Y una persona así se vuelve muy difícil, porque uno ve cómo va enfermándose emocionalmente, psicológicamente y uno se da cuenta. . . Finalmente, uno se da cuenta que solo el Señor, obrando adentro de esa persona, puede hacer que esa persona quiera dar un paso. Y entonces ¿qué puede hacer uno? Pues ahí es donde nos dice San Pablo, ahí es donde entra el tema del gemido. Dice aquí: -La creación entera gime y sufre dolores de parto-. Ese gemido de la creación, es una manera hermosísima de describir la desproporción entre el plan de Dios y la realidad actual, incluyendo, por supuesto, las implicaciones que esto tiene para la misma naturaleza. Y luego dice San Pablo: -no solo ella, también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios-. Y ese, ese gemido, ¿qué es?, Ese gemido está como en la mitad, entre la gracia operante y la gracia cooperante. Porque cuando uno se encuentra con esos casos de rebeldía, que les repito, los hay en todas partes y en hombres y en mujeres, y siempre es el mismo cuadro: -Yo soy víctima, pero , que nadie se meta conmigo- Y eso duele muchísimo, y uno se ve como impotente y uno se ve como limitado y finalmente se da cuenta de que lo único que hay, es orar. Pero la oración en ese momento sale con gemido. Es una oración con gemido, porque uno, uno, se da cuenta de lo que está sucediendo, del daño que se está causando y al mismo tiempo se da cuenta que solo Dios puede solucionarlo. Así que es muy hermoso, ver cómo este tema de la gracia operante de la primera lectura y la gracia cooperante del evangelio se encuentra en ese gemido que no es otra cosa, sino sino una súplica de renovación y una conciencia muy grande de que solo Dios puede hacer las obras. Que este tiempo de retiro espiritual sea también un tiempo para entrar en esa dimensión de oración. Yo estoy convencido de que, si nosotros nos volvemos verdaderamente comunidades de oración, podemos dar pasos muy hermosos y podemos vencer obstáculos que en cierto momento parecían imposibles. Pero sí necesitamos orar más. Sí, necesitamos más de este gemido que es el gemido de Santo Domingo: ¡Dios mío! ¿Qué será de los pecadores? Domingo se da cuenta que las cosas no se solucionan simplemente argumentando. No es simplemente tener un buen equipo de un buen conjunto de argumentos y llegar donde la persona y caerle; y ahí le gané la discusión. ¡No! La evangelización no es ganar discusiones, es ganar corazones. Y Domingo se da cuenta que hay un límite en el poder de las palabras que dirigimos a los oídos humanos. Y cuando se llega a ese límite, no hay otra posibilidad, sino empezar a gemir ante los oídos del Altísimo. Que este retiro espiritual nos renueve en ese tipo de oración y que podamos un día proclamar victoria. Amén.

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