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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestras vidas están sembradas con la Palabra de Dios.
Homilía ao15003a, predicada en 19990711, con 10 min. y 41 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, acabamos de escuchar una parábola del Evangelio. Tal vez la parábola más conocida de todos, es decir, más conocida por todos nosotros la parábola del sembrador. Cuanto más conocido un texto, pues, en cierto modo más difícil para la predicación. Porque, ¿Qué podría yo decir sobre esta parábola del sembrador que usted no hubiera escuchado en otro momento? Pero la Iglesia no nos ha regalado hoy solamente esta parábola, sino que nos ha propuesto otras lecturas. Y a veces pasa como hoy, que el conjunto de las lecturas nos ayuda a descubrir contrastes insospechados, riquezas que a primera vista no encontrábamos. Es lo mismo que hace un pintor, un hábil pintor combinando colores hace que veamos los colores; porque los colores, llega un momento en el que se vuelven invisibles si no tienen cerca otros colores que les sirvan de contraste, de preparación, de contexto. Por ejemplo, qué tal intentar hoy una relación entre la segunda lectura de la carta a los Romanos; una lectura mucho menos cercana, mucho menos accesible a nosotros. ¿Qué tal relacionar esa segunda lectura con el Evangelio? Porque la relación entre la primera lectura de Isaías y el Evangelio de San Mateo es prácticamente obvia, de un modo poético y vigoroso, como es el estilo de este profeta. Isaías nos dice que la palabra es eficaz, que no vuelve a Dios sin dar fruto. Ya ahí queda como anticipada la imagen de la palabra en cuanto semilla, imagen que luego aparece en el Evangelio. No es tan difícil entonces relacionar el texto de Isaías con el santo Evangelio. En cambio, la segunda lectura, que está tomada de la Carta a los Romanos, tiene un escenario muy distinto. Ahí no se trata solamente del evento de la predicación y de un auditorio particular. San Pablo nos invita a contemplar el universo entero, un universo que está en expectativa, un universo que está en esperanza. Considero nos dicen que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que está a punto de revelarse en nosotros. La revelación de la gloria es algo que sucede en nosotros, pero es algo así como la cosecha. Mientras no aparece el fruto maduro, parece que no hubiera fruto. Qué hermoso comparar la eficacia de la Palabra de Dios, como la presenta Cristo en la parábola del sembrador con el curso de la historia humana. No le parece a usted sugerente eso de mirar la historia humana, el conjunto de la historia humana, vaya cuadro, con un inmenso sembrado. Y qué tal pensar que la tierra entera, la historia humana entera, está sembrada de gloria de Dios. ¿Qué tal pensar que la gloria de Dios ya está sembrada y ya se va abriendo curso misteriosamente? Que hermosos son los misterios de la biología, especialmente en lo que tiene que ver con el nacimiento, con la reproducción. Por ejemplo, ¿Qué tal el desastre de una semilla que puesta en la tierra, donde no hay luz, donde no hay brújula, empezará a crecer de para abajo? Las semillas tienen sus orientaciones geotrópica y heliotrópica, y todos los nombres que ven los biólogos, que hacen que identifiquen por medio de la fuerza de la gravedad, hacia dónde tienen que crecer. Pero si pudiéramos meter una microcámara en esa semilla que está ahí enterrada, descubriríamos el milagro de un crecimiento que va hacia el aire, que va hacia la luz, que se apresura hacia el fruto, en medio de la tierra oscura y ciega. No es hermoso pensar, que nuestra historia está sembrada de Dios, que nuestras vidas están sembradas con la Palabra de Dios y que también dentro de esta historia, tantas veces ciega y negra como la tierra por dentro, también en esta historia, la semilla de la Palabra de Dios, aunque parezca increíble, por caminos inesperados, se va abriendo su ruta, va abriendo su camino y se apresura al fruto. Y ese fruto que un día contemplaremos, es la gloria inmensa de Dios nuestro Padre, una gloria que tiene su primicia en la resurrección de Jesucristo, pero que sólo alcanzará su plenitud cuando nosotros mismos hayamos florecido. Porque efectivamente, el texto de San Pablo nos invita a pensar todavía en otra realidad. Vamos a seguir con este ejercicio de comparar las lecturas, la siembra de Isaías y de San Mateo con el texto hermoso de San Pablo. Vamos a pensar esta vez. Vamos a pensar ahora que la Palabra está sembrada no solo en la tierra, no solo en los oídos o corazones de las personas, sino que está sembrada en nuestro cuerpo. San Pablo nos habla de la redención corporal. He dicho que la plenitud de la historia humana ya tiene su anticipación en la resurrección de Jesucristo. Esto quiere decir que el cuerpo de Cristo resucitado es como el fruto más hermoso de la siembra de Dios en nuestra tierra y en nuestra historia. Pero el cuerpo de Cristo no es el único que va a resucitar. Hay una redención corporal en nosotros. Podemos entonces pensar que nuestro cuerpo, éste cuerpo que tocamos, este cuerpo que amamos y con el que amamos, este cuerpo con el que abrazamos, saludamos y besamos, éste cuerpo está sembrado de Dios y que al final de los tiempos nuestro propio cuerpo dará su cosecha. Cada bienaventurado en la Jerusalén celestial tendrá no solo la alegría de ver a Dios como afuera de sí mismo, sino tendrá la expresión del poder de Dios en su cuerpo florecido. Los cuerpos de los santos en la Jerusalén del cielo, los cuerpos de nosotros y Dios nos concede la gracia de su cielo, serán la cosecha. ¡Qué dignidad tan alta! ¡Qué hermosura tan profunda y tan serena descubren nuestros ojos en el cuerpo humano cuando pensamos que este cuerpo nuestro está sembrado de Dios! Y aunque le veamos enfermarse, cansarse, ensuciarte, aunque veamos este cuerpo corromperse en la tumba. Este cuerpo sembrado de Dios lleva por dentro una semilla de victoria que es mayor que todas las fuerzas de corrupción, de muerte o de pecado. Y un día será primavera. Un día será Pascua, como el cuerpo resucitado de Cristo. Esta imagen nos invita a amar nuestro cuerpo, éste cuerpo que tenemos, amarlo y respetarlo. El cuerpo no es algo que nosotros usamos como un vestido. Según dicen los de la reencarnación Mi cuerpo está sembrado de Dios, mi cuerpo tiene dignidad en la palabra que Dios me regala. Desde luego, aquellos de nosotros que vamos a comulgar por bondad de Dios en esta Santa Misa, tendremos un motivo más para sentirnos sembrados de Dios. Dice Jesucristo: -El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna. El que no come mi carne y bebe mi sangre, no tiene vida eterna-. Un sentido de esta palabra de Jesucristo es que el que come el pan que da la vida, el pan que da la resurrección, tiene en sí una semilla más fuerte que la muerte. Tiene un principio, podríamos decir, de gloria, de esa misma gloria maravillosa de la que nos habló San Pablo en su carta a los Romanos. Qué hermoso pensar que cuando escuchamos la Palabra de Dios, Dios está sembrando en nuestras vidas y cuando comulgamos el cuerpo de Cristo, Dios. Dios está sembrando nuestro cuerpo para que un día en la gloria del cielo, muestre todo el esplendor de la Pascua de Cristo, toda la belleza que mientras vamos en esta tierra apenas queda sugerida.

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